Su letra en mi boca

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Summary

Cinco años sin verse. Un año juntos que nunca llegó a consumarse del todo. Gabriel la reconoció desde lejos en la fiesta, pero tardó veinte minutos en animarse a caminar hacia ella. Helga lo vio antes, y no dijo nada. Eso es exactamente lo que siempre fueron: dos personas que se desean y se contienen. Que llegaron hasta el borde y frenaron, una y otra vez, por miedo, por tiempo, por todo lo que en ese momento llamaban de otra manera. Pero eso era antes. Ahora él tiene claro lo que quiere. Y ella, aunque no lo admita, también. Lo que sigue es un reencuentro que empieza como una oportunidad y termina como algo más difícil de nombrar. El deseo que siempre estuvo ahí, finalmente sin excusas. Y la pregunta que ninguno de los dos se anima a hacer en voz alta: ¿alcanza con esto, o hay algo más que todavía no pudieron decirse? Su letra en mi boca es una historia sobre lo que queda pendiente. Sobre el cuerpo que recuerda lo que la cabeza intenta olvidar. Sobre dos personas que se conocen demasiado bien para fingir que no.

Genre
Romance
Author
Abril
Status
Complete
Chapters
27
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: Un viernes cualquiera

La pantalla parpadea. Siempre parpadea.

Hay algo en el cursor parpadeando sobre una celda de Excel que resume bastante bien en qué punto está mi vida un viernes a las cuatro de la tarde. No es tristeza, que conste. Es algo más plano que eso, algo que no tiene nombre dramático: es simplemente la temperatura exacta de los días que funcionan.

Trabajo en una empresa que importa repuestos. No sé bien para qué máquinas. Nadie me preguntó nunca si quería saberlo y yo tampoco pregunté. Lo que sé es que hay columnas, y que las columnas tienen que cerrar, y que cuando cierran me depositan el primer día hábil de cada mes una cifra que alcanza para el alquiler del monoambiente, para comer sin angustia, para alguna cerveza de más un fin de semana. Una vida correcta. Una vida que en los papeles no le falta nada y que en la práctica le falta ese no sé qué, algo que no logro nombrar cuando estoy sentado acá pero que a veces se me aparece a las tres de la mañana con una claridad que molesta.

Mi escritorio está contra la ventana. Eso fue lo único que conseguí cuando entré, y lo tuve que negociar en serio. Desde acá veo un trozo de ciudad que a esta hora empieza a cambiar de luz — la tarde se pone amarilla, casi naranja, ese tono de viernes que reconocerías en cualquier parte del mundo. La gente apura el paso en la vereda de enfrente. Hay algo en ese apuro de fin de semana que me gusta, aunque yo esté adentro mirándolo. Como ver un río desde la orilla.

—¿Mandaste el cierre del mes?

La pregunta viene de Mauricio, que tiene la rara habilidad de hablar sin despegar los ojos del teléfono. Lleva así toda la tarde.

—Mandé.

—¿Con el ajuste del dólar?

—Con el ajuste.

—Dale. —Pausa. —¿Venís esta noche?

Esta noche. El chat del grupo lleva desde el mediodía bombardeando: ¿Vamos a la fiesta del centro?, ¿cuál fiesta?, no hagan rimas boludas jaja, la del Bajo, te mandé el flyer, yo salgo tarde, yo también, pero vamos, dale sí, confirmen, confirmar, confirmando. El tipo de conversación que en teoría organiza algo y en la práctica es puro ruido hasta que alguien finalmente dice a qué hora y en qué esquina.

—Sí, voy —digo, y mientras lo digo ya estoy pensando en la ducha, en qué ropa limpia y decente tengo.

Mauricio asiente sin mirarme. Vuelvo a la pantalla.

El cursor sigue parpadeando.


Salgo antes que nadie, con la excusa de un trámite que no existe. El jefe ya se fue. En esta oficina el viernes a las cinco de la tarde el edificio se vacía con una velocidad que desmiente todo el discurso de la cultura laboral. Bajo en el ascensor solo, con el saco doblado en el brazo, y cuando salgo a la calle el aire tiene ese olor raro de ciudad en otoño, mezcla de humedad y caños de escape y algo verde que viene no se sabe de dónde.

Camino las cuadras hasta el subte con los auriculares puestos pero sin música. A veces hago eso: los pongo para que no me hablen, pero no escucho nada más que la ciudad filtrada por la goma de los auriculares como si fuera otra ciudad, más amortiguada, más mía.

El monoambiente me recibe con ese silencio particular que tienen los departamentos chicos cuando uno llega solo. No es un silencio triste. Es un silencio funcional. Las cosas están donde las dejé. La taza del desayuno lavada y boca abajo en el escurridor. El sofá cama ordenado con la eficiencia mínima indispensable. Un libro abierto sobre la mesa que no estoy leyendo desde hace dos semanas pero que tampoco cierro, como si cerrarlo fuera admitir algo.

Me doy una ducha larga.

El agua caliente es el único lujo real que tiene este departamento: la presión es buena, la temperatura adecuada. Quince minutos bajo el chorro pensando en nada en particular — el cierre del mes, las cervezas de esta noche, si Mauricio va a aparecer o va a cancelar a último momento como siempre. Me lavo el pelo con más cuidado del habitual. Me corto las uñas prolijamente. Sin saber bien por qué. Esas cosas que uno hace sin preguntarse.

Me visto frente al espejo del baño porque no hay otro. Jean oscuro, camisa que no arruga mucho, zapatillas limpias. No es mucho pero es lo que hay, y he estado peor. Me paso los dedos por el pelo húmedo y lo dejo así, sin producto, ya fue.

En la cocina me tomo una cerveza de pie, apoyado en la mesada, mirando la pantalla del teléfono. El chat sigue activo. Estoy en la ducha. En veinte. Yo también. ¿Alguien sabe dónde es exactamente? Aparece un pin en el mapa. Una calle del centro que conozco, de esas que los viernes se cortan al tránsito y ponen parlantes y la gente se derrama sobre el asfalto con vasos de plástico en la mano.

Termino la cerveza.

Pongo el vaso en la pileta.

Agarro las llaves al lado de la puerta, que están en el mismo gancho de siempre. Me pongo la campera. Abro la puerta.

Un viernes como cualquier otro.