El síndrome del alma rota

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Summary

Ander no tenía nada la noche que una nave cayó del cielo frente a él. Sin hogar. Sin dinero. Sin nadie. Lo que encontró entre los árboles cambiaría eso para siempre: una mujer herida, cabello plateado, ojos rojos, y un secreto que podría salvar o destruir la galaxia entera. Karasinn es la princesa fugitiva del imperio más poderoso del universo. Y el arma que carga consigo solo puede ser activada por alguien cuya alma haya sido destrozada por el sufrimiento. Ander es el candidato más compatible que jamás ha existido. Lo que ninguno anticipó fue esto: que mientras el ejército de su padre se acerca a la Tierra y el tiempo se agota, lo único que podría salvarlos a ambos no es el poder de los dioses. Es lo que está creciendo entre ellos.

Genre
Romance
Author
John
Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
16+

01:EL ENCUENTRO



El bosque no estaba en ningún mapa.

Ander lo sabía porque había caminado estas calles suficientes noches como para conocerlas mejor que su propio nombre. Era un pedazo de naturaleza que había sobrevivido en medio del concreto como testigo silencioso de algo que nadie recordaba ya. Árboles viejos. Suelo húmedo. Oscuridad suficiente para que nadie lo molestara.

Era su única opción para esta noche.

Se adentró entre los árboles con el gorro del polerón sobre la cara y las manos en los bolsillos vacíos. No por frío, aunque frío hacía. Sino porque caminar así, con la cabeza baja y el rostro cubierto, hacía más difícil que alguien lo reconociera. Y ser reconocido, en el estado en que estaba, era la única cosa que le quedaba por perder.

La vergüenza, pensó, pesa más que el hambre. Nadie te avisa eso.

Dos meses atrás tenía apartamento, trabajo y a Esmeralda. Ahora tenía el bosque.

No había sido una caída dramática. Eso era lo más brutal, que no hubo un momento único donde todo se derrumbara de golpe. Fue gradual. Metódico. Como si el universo hubiera decidido tomarse su tiempo para desmantelarlo pieza por pieza. Primero ella. Luego el trabajo. Luego el apartamento. Luego el dinero. Luego la dignidad, aunque esa se fue tan despacio que no supo exactamente cuándo.

Lo había intentado. Eso era lo que más pesaba mientras caminaba entre los árboles, más que el frío y más que el hambre. Lo había intentado de verdad, más de una vez y de más de una manera, y cada vez el universo había encontrado la forma de cerrarle la puerta en la cara con una precisión que ya empezaba a sentirse personal.

Los que podrían haber ayudado descubrieron una habilidad sorprendente para no estar disponibles. Algunos no contestaban. Otros prometían y luego no contestaban. Unos pocos, los más honestos en su cobardía, cruzaban la calle cuando lo veían venir para ahorrarse la conversación.

Sus hermanos no fueron una opción. Habían heredado demasiado del vocabulario de su padre. Esa manera de mirarlo como si fuera un problema que alguien más debería resolver.

Su madre era otra cosa. Esa puerta no la tocó. No porque estuviera cerrada sino porque abrirla significaba añadirle peso a alguien que ya cargaba demasiado. Había cosas que Ander sabía sin que nadie se las dijera en voz alta.

La única persona que no le había pedido nada a cambio era una señora del barrio antiguo, una mujer pequeña y de manos ásperas que le daba algo de comer cuando lo veía pasar porque decía que un muchacho amable no debía andar con el estómago vacío. La última vez que la vio le había puesto algo en la mano antes de que pudiera negarse. Un colgante pequeño con una piedra rosada y puntiaguda, colgando de una tira de cuero tan gastada que el color original ya no importaba. Para la buena suerte, había dicho, con la seriedad de quien entrega algo que vale. Ander no había sabido qué decir. Solo lo guardó.

Los dedos subieron hasta el colgante que llevaba al cuello. La piedra rosada era pequeña, fría. No llevaba más de dos semanas ahí pero ya había aprendido a encontrarla sin buscarla. La apretó una vez, brevemente, como se aprieta algo cuando no queda nada más a qué aferrarse. El banco de madera junto a la panadería donde siempre se sentaba estaba vacío, y Ander no supo qué hacer con eso, si preguntar o seguir caminando. Siguió caminando. Y el no saber qué había sido de ella era un peso pequeño pero persistente, del tipo que no pide permiso para quedarse.

Treinta y un años, pensó. Y a esto llegaste.

Encontró un claro. El suelo era húmedo pero estaba cubierto de hojas secas. Suficiente. Empezó a calcular dónde recostarse cuando levantó la vista por un instinto que no supo explicar.

Y la vio.

Una luz atravesaba el cielo en línea recta.

Sin la trayectoria errática de un meteorito ni la caída caótica de algo en problemas. Caía con propósito. Con dirección. Desapareció entre los árboles más adelante y el impacto llegó medio segundo después, no como sonido sino como algo que Ander sintió subir desde el suelo por las plantas de los pies hasta el pecho. Una vibración que no tenía nombre en ningún idioma que él conociera.

Se quedó completamente inmóvil.

El bosque entero se quedó inmóvil con él.

Luego llegó el olor. Una nota metálica que no pertenecía a ningún bosque ni a ningún lugar de este mundo, como si algo del vacío hubiera quedado impregnado en el aire sin pedir permiso.

Aléjate, le dijo cada instinto que tenía. Lo que sea que acaba de caer no es cosa tuya.

Sus pies empezaron a moverse hacia allá.

No fue una decisión exactamente. Fue más parecido a lo que ocurre cuando el cuerpo actúa antes de que la mente termine de formular la pregunta. Caminó primero, luego sus pasos se hicieron más rápidos, y cuando se dio cuenta estaba corriendo entre los árboles con la respiración agitada.

Los árboles se abrieron en otro claro.

Había algo en el suelo. Metal negro que absorbía la luz en lugar de reflejarla, con líneas que no parecían soldadas sino crecidas, como si el material hubiera sido cultivado en lugar de construido. Estaba enterrado en ángulo, humeando con un vapor frío que no tenía ningún sentido físico. Ander lo miró durante dos o tres segundos completos antes de que su mente terminara de armar la imagen.

¿Una nave?

El pensamiento tardó en asentarse. Lo revisó. Lo miró de nuevo. Seguía siendo lo mismo.

Entonces la vio.

Una mujer tirada en el suelo a metros de la nave, semiconsciente, con una mano apoyada en la tierra húmeda como si hubiera intentado levantarse y no hubiera podido. El cabello plateado distribuido sobre el suelo húmedo como filamentos de mercurio. La piel con un matiz que no era enfermedad.

El primer pensamiento fue puramente reflejo: está herida, ayúdala.

El segundo llegó cuando sus ojos terminaron de procesar lo que estaban viendo.

No es humana.

El pensamiento no llegó con miedo. Llegó con la certeza fría de quien reconoce algo que ya no tiene discusión.

No es humana. Esa es su nave. Y vino del espacio.

Ander procesó las tres cosas al mismo tiempo, de pie en el claro, sin moverse todavía.

Dio un paso hacia ella.

Fue ese movimiento, solo ese, lo que la despertó del todo.

Los ojos se abrieron de golpe. Lo encontraron con una precisión que no era humana, la mirada de alguien entrenado para medir amenazas en décimas de segundo. Lo escanearon de arriba abajo, procesando, calculando, y lo que concluyeron no fue tranquilidad.

En un movimiento que desafió cualquier lógica, una navaja se materializó en su mano, surgida de ningún lugar visible, brillando con un filo que Ander supo instintivamente que era capaz de hacer daño real.

Él levantó las manos. Palmas abiertas.

—Tranquila. No voy a hacerte daño.

Ella respondió en un idioma que sus cuerdas vocales no deberían poder producir. Sílabas imposibles con peso físico, como si el sonido mismo ocupara espacio en el aire. No era agresión. Era advertencia. La voz de alguien que tiene miedo pero no lo va a mostrar.

Ander reconoció ese tono.

Lo había usado él mismo demasiadas veces.

Entonces ella intentó levantarse.

Se veía venir que era mala idea. Ander lo vio antes de que ella lo intentara, en la forma en que tensó el cuerpo, en cómo el brazo libre buscó apoyo en el suelo húmedo. Aun así lo intentó. Con una determinación que no tenía nada de irracional, la clase de determinación de quien prefiere caerse de pie que quedarse en el suelo.

Llegó hasta las rodillas.

Los brazos le temblaron. La herida entre las placas de la armadura seguía manando algo demasiado denso para ser sangre, demasiado negro. Se sostuvo así un segundo, dos, con los ojos todavía fijos en Ander y la navaja todavía apuntando, como si la pura concentración pudiera compensar lo que el cuerpo ya no podía dar.

No pudo.

El brazo cedió.

Ander ya estaba moviéndose.

No fue una decisión. Fue el mismo reflejo que te hace extender la mano cuando algo cae. Se impulsó hacia ella y la tomó antes de que golpeara el suelo, un brazo bajo su espalda, el otro sosteniéndola por el costado con cuidado de no tocar la herida.

Ella lo sintió.

La reacción fue inmediata. El cuerpo entero se tensó entre sus brazos. La mano libre empujó contra su pecho y la navaja apareció entre los dos apuntando hacia su costado. Forcejó. No con furia sino con la urgencia desesperada de quien no conoce a este extraño, no sabe qué quiere, no sabe qué hará, y prefiere arrastrarse sola sobre tierra húmeda antes que confiar su vida a alguien que podría ser otro peligro distinto.

La armadura bajo sus manos no tenía costuras ni puntos de soldadura. Era orgánica. Nacida de ella, no construida sobre ella.

Ander no soltó.

Ella forcejó de nuevo. Más débil esta vez. El cuerpo le respondía cada vez menos y los dos lo sabían. Hubo un momento en que Ander sintió la tensión cambiar, como cable que pierde presión gradualmente, y ella dejó de empujar. No porque quisiera. Sino porque ya no podía hacer nada más.

Se quedó quieta entre sus brazos.

Y fue en ese momento, en ese silencio pequeño entre el forcejeo y la rendición, cuando el viento movió el gorro del polerón.

Fue así de simple. Una ráfaga sin importancia que empujó la tela hacia atrás y dejó a la vista el cabello oscuro de Ander, sus ojos verdes, su cara pálida y cansada con el peso de dos meses de calle escrito en cada línea.

Ella lo miró.

La navaja se desmaterializó. Silenciosamente, sin drama, como si nunca hubiera estado ahí.

Sus ojos se abrieron completamente. No era miedo. Ander conocía el miedo y no era eso. Era otra cosa, algo entre el asombro y el reconocimiento, como si estuviera viendo algo que no esperaba encontrar en ningún lugar de este planeta. Lo miró durante un instante que pareció extenderse más de lo que los segundos permitían, y entonces sus ojos brillaron, un destello breve y profundo como brasas que reciben aire, rojo intenso pulsando desde adentro, vivo.

Y entonces el color llegó a sus mejillas. Rosado e imposible sobre la piel metálica, subiéndole por el cuello, por las orejas levemente puntiagudas que Ander recién notaba ahora.

Él no dijo nada. No sabía qué decir.

Ella tampoco. Solo lo miraba.

Luego extendió el brazo libre hacia la nave, con un gesto que era claramente una instrucción aunque Ander no entendiera las palabras que lo acompañaban.

—No entiendo —dijo él.

Ella repitió el gesto. Más directo.

Hacia la nave.

Ander la miró. Miró la nave. Tomó la decisión.

La cargó.

Esta vez no hubo forcejeo. Solo una tensión breve en su cuerpo, casi formal, como si necesitara dejar constancia de que no lo había pedido así. Luego se quedó quieta.

Ander notó el peso. O más bien la ausencia de él. Era sorprendentemente ligera, como si estuviera hecha de algo menos denso que la carne humana. Como si la gravedad le aplicara reglas distintas.

La falda se movía con una fluidez que no le correspondía al metal. Ander no supo por qué eso fue lo que finalmente hizo que todo encajara.

Caminó hacia la nave.

El panel se abrió antes de que llegaran, respondiendo a algo que Ander no podía ver ni entender. La bajó con cuidado, dejándola apoyada contra el costado de la nave, sosteniéndola por los hombros para que no cayera. Ella buscó hacia adentro con el brazo libre. Los dedos encontraron algo.

Lo que sacó no tenía nombre en ningún idioma que Ander conociera. Un objeto no más grande que su palma, con una forma que no correspondía a ninguna geometría conocida, ángulos que cambiaban levemente según desde dónde lo mirara, como si el objeto no hubiera terminado de decidir qué forma quería tener. La superficie no brillaba ni era opaca. Simplemente existía de una manera que los objetos de este mundo no existían.

Ander lo miró sin poder apartar los ojos.

Ella sostuvo el objeto frente a ella. Dijo algo. El objeto emitió un sonido, breve, casi musical, como si una cuerda muy fina hubiera sido pulsada en el interior de una cámara sin eco.

Luego silencio.

Ander esperó. No pasó nada más.

—¿Qué tratas de mostrarme? —dijo.

El objeto respondió.

No con música esta vez. Con una voz. Mecánica, sin género, sin emoción, pronunciando palabras en el idioma imposible de ella con una cadencia diferente. Procesando. Como si estuviera buscando algo dentro de lo que Ander acababa de decir.

Luego una pausa.

Luego dos palabras en perfecto castellano:

—Lenguaje reconocido.

Ander se quedó completamente inmóvil.

El objeto volvió a emitir ese sonido musical breve, casi como puntuación, como cierre de un proceso. Y entonces ella abrió la boca.

—¿Puedes entenderme?

Su voz. Sus sílabas que un momento antes habían sido imposibles. Perfectamente comprensible ahora, con una cadencia ligeramente distinta a cualquier acento que Ander hubiera escuchado antes, pero comprensible.

Él parpadeó.

—Sí.

Antes de que ella pudiera reaccionar, la volvió a tomar en brazos. El gesto la tomó por sorpresa, un respingo breve, los ojos abriéndose, pero ya no había energía para forcejear. Se quedó quieta otra vez, y Ander sintió algo en su cuerpo que no era exactamente resistencia. Era más parecido a la rigidez de alguien que no sabe cómo recibir ayuda, que no tiene práctica en eso.

Se quedó de pie sosteniéndola, mirando hacia los árboles.

Tenía que sacarla del bosque. Eso era lo primero. Pero el pensamiento siguiente llegó solo y se detuvo antes de terminar de formarse.

El hospital.

Lo descartó casi de inmediato. No por falta de opciones sino por exceso de problemas. Había visto la herida. Lo que manaba de ella era demasiado negro, demasiado denso. Le pondría eso delante a un médico y lo que vendría después no sería tratamiento. Sería protocolo. Llamadas. Gente con autoridad y preguntas que Ander no podría responder. Y ella, en una camilla bajo luces fluorescentes, con una herida que no tenía ninguna explicación médica posible.

No. El hospital no era el camino.

Miró hacia el lugar donde la nave había caído. En algún punto de la ciudad, alguien había visto bajar esa luz. En una ciudad de este tamaño era imposible que no. Teléfonos, cámaras, alguien despierto mirando hacia el cielo en el momento equivocado. No sabía cuánto tiempo tenían antes de que llegara alguien al bosque a verificar, pero sabía que no era mucho.

Salir tenía que ser rápido. Y discreto. Y por el lado contrario a donde había caído la nave.

Miró hacia ella.

Ella lo miraba también, con esos ojos que calculaban sin descanso.

—Voy a sacarte de aquí —dijo Ander—. Después veremos qué hacer con eso.

Señaló la herida con un movimiento de cabeza.

Ella no respondió de inmediato. Lo miró durante un momento, con una expresión que podría haber sido evaluación o podría haber sido algo más difícil de nombrar. Luego bajó los ojos hacia la herida. Luego volvió a mirarlo.

Y con una voz que llegaba desde muy adentro, quebrada y apenas sostenida, dijo:

—Solo… quita esto.

Ander miró la daga. Luego la miró a ella. Los ojos rojos sostenían los suyos con lo único que le quedaba, que no era fuerza sino algo más parecido a una decisión. La de confiar en alguien que no tenía ninguna razón para merecer esa confianza todavía.

La sangre negra seguía cayendo sobre la tierra húmeda del bosque.