Capítulo 1

Cierro la maleta con fuerza, dejando que el golpe hueco resuene por toda la habitación. Escucho los pasos de mi madre acercándose, y me levanto mientras siento los ojos arder. Días… o mejor dicho, meses intentando no llorar. Porque esto está bien, ¿no? Es por un futuro mejor. Quedarme sería egoísta conmigo misma.
—Vamos, Elia, que se te hace tarde —dice mi madre al otro lado de la puerta.
Y lo siento. Mi corazón se hunde poco a poco, como si por fin entendiera que esto es real, que no es un sueño ni un invento de mi cabeza.
Todos hablan de lo genial que es irse, explorar otros lugares, buscar un futuro mejor. “Eres la única que puede hacerlo.” Pero nadie habla de esto. De tener que meter toda tu vida en una maleta de 60 kilos. En una maleta donde no cabe mi madre, ni mi abuela, ni nadie. Solo unas cuantas cosas… hasta que la situación mejore.
Tomo aire y salgo, con la cara lo más neutra posible.
—Estoy lista, mamá.
Afuera veo el coche de mi tío, viejo y algo destartalado, pero tan él. Y otra vez ese apretón en el pecho.El camino al aeropuerto se hace largo. Demasiado largo. Tanto que me da tiempo a recordar cada uno de los meses que tuve para despedirme de mi familia.
Hago los trámites y me subo al avión, soltando por fin las lágrimas y sintiendo que firmo un contrato de lejanía incierta con mi familia. Me cubro el rostro con las manos, sintiendo cómo las lágrimas mojan mis palmas y recorren mi cara.
Siento una mano sobre mi espalda. —Oye… ¿estás bien? —pregunta un chico con voz suave. Levanto el rostro y me encuentro con sus ojos llenos de preocupación.
—Creo que puedes ver que no —respondo, secándome la cara—. No creo que alguien llore así porque está teniendo un buen día.
Aparto su mano con una ligera sacudida y vuelvo a mirar al frente.
—Lo siento —dice—. No quería molestarte, pero… es difícil no notar a alguien llorando así en un avión.
Fastidiada, vuelvo a levantar la cabeza para mirarlo, ignorando por completo el desastre que debo tener en la cara. —Y a mí me parece difícil no notar cuando alguien invade tu espacio personal sin conocerte de nada.
En ese momento, una azafata se acerca para comprobar que todos llevamos el cinturón. Cuando se va, el chico guarda silencio. Yo me giro hacia la ventana, tomando aire e intentando despejar la mezcla de pensamientos que me abruma.
—Vaya vida… —murmuro.