Capitulo 1: No Era Un Rumor
Chicago, 1985. El frío del amanecer se colaba por las ventanas de un pequeño apartamento en la calle 63. Erika Montoya se levantó antes de que sonara el despertador. No era raro; la costumbre de sobrevivir le había enseñado que el tiempo siempre valía más que el sueño. Se puso la chaqueta gastada, recogió su cabello en una coleta y se miró un segundo en el espejo rajado del baño.
—Otro día, Erika —se dijo a sí misma, como un recordatorio de que, aunque nada cambiara, debía seguir.
El diner donde trabajaba quedaba a quince minutos caminando. El aroma de café barato y pan recién hecho la recibió al entrar. Saludó a la cocinera, una señora gorda que siempre mascaba chicle, y tomó su libreta de pedidos. La jornada apenas comenzaba, pero Erika ya sentía el cansancio en las piernas. Sin embargo, había algo en su forma de sonreír, en la firmeza de sñu voz al atender, que hacía que los clientes la respetaran.
"Siempre logras que parezca fácil", le había dicho una vez su jefe. Ella solo sonrió. Si supiera lo que era llegar a fin de mes con las monedas contadas, no diría lo mismo.
En otro rincón de la ciudad, Noemí Carter cerraba la tapa de un libro con un gesto cansado.
La biblioteca del barrio estaba casi vacía, salvo por un par de estudiantes que terminaban sus tareas. Noemí disfrutaba de aquel silencio, aunque a veces se convertía en una soledad pesada.
Guardó sus apuntes y caminó hasta la recepción. La señora Gómez, la bibliotecaria principal, le lanzó una sonrisa.
—¿Ya terminaste de ordenar las estanterías, Noemí?
—Sí, todo está en orden. Como siempre.
Ese "como siempre" llevaba un matiz orgulloso, casi desafiante. Noemí sabía que tenía talento, que era inteligente y disciplinada. A veces, ese ego se le escapaba en la voz, como si necesitara recordarle al mundo que ella no era cualquiera. Pero, en el fondo, sabía que esa actitud era una máscara. Una forma de cubrir el vacío de no tener a nadie con quien compartir más que libros polvorientos.
Cerró la biblioteca al caer la tarde. Afuera, el viento arrastraba hojas secas por la acera, y una sensación extraña la recorrió. Había escuchado en la radio rumores sobre plagas de ratas más grandes de lo normal, pero lo desestimó. Chicago estaba lleno de historias de pasillo, y ninguna era real.
—Puras tonterías —murmuró, ajustándose el abrigo.
Mientras tanto, Vivian Leclerc se ajustaba los guantes blancos de enfermera en el hospital. Llevaba horas de guardia, y sus párpados pesaban como plomo. Aun así, mantenía esa sonrisa amable que daba calma a los pacientes.
—Gracias, señorita Vivian —le dijo una anciana, al recibir un vaso de agua.
—De nada, señora. Descanse, por favor.
Vivian se apartó un momento en el pasillo y apoyó la frente contra la pared fría. Respiró hondo. El hospital estaba saturado, siempre lo estaba, y aunque la rutina la desgastaba, no se quejaba. Ayudar a otros era lo único que le daba sentido.
La jefa de enfermeras pasó frente a ella y comentó:
—Tienes buen corazón, Vivian. No dejes que el cansancio te lo robe.
Vivian asintió, aunque por dentro sabía que su fragilidad era un secreto a voces. Podía ser fuerte para los demás, pero en soledad, se sentía como un cristal a punto de romperse.
En una residencia universitaria no muy lejos de ahí, Marcus "MJ" conectaba su mezcladora de música. El cuarto estaba lleno de cables, pósters de conciertos y latas vacías de refresco. Sus compañeros lo miraban expectantes.
—¡Vamos, MJ, súbele! —gritó uno.
Marcus soltó una carcajada y movió los diales, dejando que el ritmo invadiera la habitación. Siempre había sido así: el chico bromista, el que lograba que todos olvidaran sus problemas aunque fuera por un par de horas.
Al terminar, se desplomó en la cama, respirando agitado. Sacó de su bolsillo una pequeña libreta con cálculos de gastos. Su economía era un desastre. Entre la universidad, los equipos de música y la renta, apenas podía sostenerse.
"Pero vale la pena", pensó, mirando su mezcladora como si fuera un tesoro. Sabía que no tenía la vida resuelta como otros, pero al menos tenía la música. Y mientras hubiera música, había esperanza.
Erika caminaba de regreso a casa, con la chaqueta cerrada hasta el cuello. Pasó junto a una alcantarilla y escuchó un ruido extraño. Frunció el ceño y aceleró el paso.
Noemí, desde su ventana, observaba las calles oscuras, incapaz de sacarse de la cabeza el murmullo de las noticias.
Vivian se despedía de los médicos en el hospital, deseando con fuerza que esa inquietud en su pecho fuera solo cansancio.
Y Marcus, en su dormitorio, subía un poco más el volumen de la música para acallar la sensación de que algo no estaba bien allá afuera.
Ya en la noche, el apartamento de Dylan se encontraba envuelto en penumbra, iluminado solo por las luces tenues que entraban desde la ciudad. El joven estaba recostado en el sillón de cuero negro, con una botella de whisky a medio terminar sobre la mesa. El sonido lejano de motores y música se filtraba por los ventanales, pero dentro de ese espacio reinaba un silencio denso, interrumpido solo por risas apagadas.
Junto a él, una chica de cabello oscuro llamada Rafaela se inclinaba hacia adelante, jugando con la copa entre sus dedos. Había música suave de fondo, un ritmo que acompañaba el vaivén de las palabras y de las miradas cargadas de intención.
—¿Siempre bebes tanto? —preguntó ella, arqueando una ceja, con una sonrisa traviesa en los labios.
—Solo cuando quiero olvidar que mañana tengo que ser "el gran Dylan Reyes" —contestó él, con un tono irónico, mientras le apartaba un mechón del rostro.
La chica rió bajo, acercándose más. Él no la conocía de verdad, no recordaba ni su nombre completo; solo sabía que estaba ahí, porque había aceptado su invitación sin pensarlo mucho. Dylan no buscaba compromiso, buscaba apagar el vacío que lo perseguía en medio de lujos.
Los besos empezaron torpes, rápidos, casi desesperados. Ella se dejó llevar y él se aferró a esa sensación como si fuera un salvavidas. El sofá crujió bajo sus movimientos y las copas tintinearon cuando alguno de los dos las empujó sin cuidado.
—Eres intenso... —susurró ella entre risas cortas, mientras sus labios se rozaban una y otra vez.—No me conoces aún... —respondió él con voz ronca, mirándola fijamente a los ojos.
Las caricias se volvieron más atrevidas, los murmullos más bajos, cargados de esa energía juvenil y hormonal que no necesitaba demasiadas palabras para entenderse. La habitación se impregnó de ese aire de deseo que a veces no sabe distinguir entre necesidad y vacío. Dylan, en medio del momento, cerró los ojos un instante. No pensaba en ella, no pensaba en nada concreto. Solo sentía el calor de la cercanía, el roce de la piel, la adrenalina que lo mantenía en un estado casi frenético.
—¿En qué piensas? —preguntó la chica, notando que se había quedado quieto por unos segundos.
—En nada... —mintió él, y volvió a besarla con una urgencia repentina, como si quisiera borrar la pregunta
El apartamento entero parecía vibrar con esa escena: la respiración acelerada, las risas entrecortadas, los susurros cargados de insinuaciones. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente al torbellino de emociones que se desataba entre esas cuatro paredes.
El reloj marcó la medianoche cuando ambos, exhaustos, quedaron tendidos en el sofá, envueltos en la penumbra. Ella jugaba con su cuello, él sostenía la botella como si fuera una extensión de sí mismo. Dylan sonrió, pero era una sonrisa vacía.
SÁBADO 15 DE ABRIL 1985 – 8:30 AM
Chicago amanecía con un aire extraño, aunque nadie parecía notarlo. El sol iluminaba las calles, la gente caminaba con sus cafés en mano, los autos rugían en los semáforos y las risas de los transeúntes parecían llenar el aire cómo un coro de rutina. Era un día cualquiera... hasta que dejó de serlo.
En la estación de tren, los altavoces anunciaban horarios con esa voz metálica y calmada. Erika, con su mochila colgando de un hombro, esperaba el tren que la llevaría al trabajo. Se veía cansada, pero firme, cómo siempre. Miraba el reloj con impaciencia, mientras a unos metros Dylan, de lentes oscuros y chaqueta cara, hablaba por teléfono con un tono altanero.
—Sí, dile a mi padre que si quiere números, que venga él mismo —soltó Dylan, irritado—. No pienso joderme el sábado por una junta estúpida.
Más allá, Vivian revisaba su cámara fotográfica. Había pasado la mañana capturando paisajes urbanos y ahora esperaba el tren para regresar a casa. Su pelo rubio caía desordenado y sus manos manchadas de tinta demarcador revelaban que también había estado escribiendo notas.
Naomi, con su estilo juvenil y desenfadado, escuchaba música a todo volumen desde sus audífonos, masticando chicle mientras pateaba el suelo con sus zapatillas desgastadas. Parecía no importarle nada ni nadie.
Y en un banco apartado, Marcus hojeaba un libro de tapa vieja, completamente ajeno al movimiento de la estación. Sus ojos oscuros parecían perdidos en otro mundo.
La vida fluía como siempre. El murmullo de la gente llenaba la estación: conversaciones triviales, risas, gritos de vendedores ambulantes, el rechinar metálico de los trenes al frenar en los rieles. Incluso en la radio local, un periodista comentaba con voz animada:
—Chicago sigue siendo ejemplo de prosperidad en estos últimos años...
Pero entonces ocurrió.
Primero fue un sonido bajo, como un murmullo extraño que venía del subsuelo. Nadie le prestó atención. Luego, un olor fétido empezó a filtrarse por el aire, un hedor metálico mezclado con basura podrida. Las primeras personas comenzaron a mirar alrededor con caras de desagrado.
Y de pronto, las rejillas de las alcantarillas comenzaron a temblar.
Un niño fue el primero en señalarlo:
—¡Mamá, mira! —dijo, apuntando hacia la calle.
Las tapas de las alcantarillas saltaron por los aires, y de ellas salió un torrente oscuro y vivo. Eran ratas. Decenas, luego cientos, después miles. Sus chillidos desgarraban los oídos, un sonido agudo y desesperante. Los animales trepaban unos sobre otros, formando una marea peluda que se expandía por las calles como un río imparable.
—¡Qué carajos...! —exclamó un hombre, soltando su café al suelo.
Los roedores comenzaron a abalanzarse contra los transeúntes. Mordían tobillos, manos, lo que fuera. La gente gritaba, corría, tropezaba. En cuestión de segundos, la ciudad pasó de la calma al caos absoluto.
En la estación, los chillidos de las ratas se intensificaron. Los animales empezaron a bajar por las escaleras, deslizándose entre los rieles y saltando desde los techos.
Erika retrocedió instintivamente, con la respiración agitada.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Qué diablos es esto?
Dylan, incrédulo, lanzó su celular al suelo mientras veía la marea de ratas acercarse.
—¡No puede estar pasando! ¡Son... son ratas, joder!
Vivian levantó su cámara por inercia y alcanzó a tomar una foto antes de que el horror la paralizara.
—¡No, no, no... esto no es real!
Naomi arrancó los audífonos de un tirón.
—¡Corre, idiota, que nos van a comer vivos! —gritó, empujando a un hombre que estaba bloqueando el paso.
Marcus cerró su libro con calma sorprendente y se puso de pie. Su voz fue fuerte que se escucho por toda la estación y firme:
—Al baño. Cierren la puerta. Es lo único que nos dará tiempo.
Los cinco corrieron sin conocerse, como si una fuerza invisible los empujara. El suelo vibraba bajo la estampida de patas diminutas. La gente gritaba, caía, algunos eran cubiertos por la marea gris y sus alaridos se mezclaban con los chillidos de los roedores.
Un guardia de seguridad intentó disparar, pero las ratas saltaron sobre él, mordiéndole el cuello. El sonido de huesos crujiendo y su grito desgarrador resonó en toda la estación.
Erika miró hacia atrás y casi se congeló, pero Dylan la jaló del brazo.
—¡Vamos, carajo! ¡No te quedes!
Corrieron por el pasillo hasta alcanzar la puerta de los baños. Naomi fue la primera en abrirla de una patada. Todos entraron a trompicones y cerraron la puerta con fuerza, atrancándola con un banco metálico.
El silencio duró apenas unos segundos. Afuera, las ratas golpeaban y arañaban la puerta, sus chillidos se colaban por las rendijas
Todos respiraban agitados. Nadie hablaba. El miedo estaba tatuado en sus rostros
Finalmente, Erika fue la primera en romper el silencio:
—¿Alguien puede decirme qué mierda fue eso?
Dylan pasó la mano por su cabello, sudoroso.
—No lo sé... pero parecía sacado de una pesadilla.
Naomi golpeó la pared con rabia.
—¡Pesadilla mis cojones! ¡Es real! Estaban... estaban mordiendo a todos.
Vivian, aún con la cámara en la mano, hablaba con la voz quebrada:
—Yo vi... vi cómo esas cosas le caían encima a la gente... y no... no se detenían.
Marcus se quedó callado un momento antes de hablar:
—Lo que sea que esté pasando allá afuera... no es normal. No son ratas comunes.
Dylan lo miró con dureza.
—¿Y tú qué sabes?
—Sé —respondió Marcus, sin levantar la voz— que estamos vivos solo porque nos encerramos aquí. Y que si no pensamos rápido, vamos a terminar como los demás.
Los golpes contra la puerta se intensificaron. Erika retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos.
—No van a parar, ¿verdad?
Naomi bufó.
—¿Tú qué crees? ¿Qué esas malditas se van a aburrir y se largarán?
Un silencio incómodo llenó la habitación. El eco de los chillidos afuera era como un reloj macabro recordándoles que el tiempo se agotaba.
Vivian, temblando, se dejó caer contra la pared.
—No quiero morir aquí...
Dylan apretó los dientes.
—Nadie va a morir, ¿me oyeron? ¡Nadie!
—¿Y qué mierda planeas hacer? —saltó Naomi, cruzándose de brazos—.¿Tienes un puto plan, rico?
Dylan la fulminó con la mirada, pero Erika intervino antes de que las cosas escalaran.
—¡Basta! Si seguimos peleando, no saldremos de aquí.
Marcus asintió despacio.
—Ella tiene razón. Necesitamos calmarnos... y pensar.
El silencio en aquel baño era tan denso que parecía aplastarles el pecho. Los chillidos de las ratas habían cesado hacía apenas unos minutos, y sin embargo, el eco todavía vibraba en los oídos de todos. Nadie quería acercarse a la puerta. Nadie quería ser el primero en comprobar qué quedaba del mundo al otro lado.
Fue Dylan quien rompió la calma. Con su respiración aún agitada y la frente perlada de sudor, se acercó lentamente a la puerta.
—No hagan ruido —susurró, sin mirar a los demás.
Colocó la mano en el picaporte, lo giró con cuidado y abrió apenas unos centímetros. La oscuridad del pasillo lo recibió primero, luego un silencio extraño, casi sepulcral. Se inclinó para mirar por la rendija, y lo que vio le heló la sangre.
El suelo estaba cubierto de cuerpos. Personas que momentos antes habían gritado, corrido y llorado... ahora estaban de pie, tambaleantes, con miradas vacías. Movían los brazos de manera torpe, algunos se golpeaban la cabeza contra la pared, otros se rasguñaban la piel como si quisieran arrancarse algo de dentro. Uno de ellos lanzó un alarido desgarrador antes de estrellar una botella contra el suelo y clavarse los pedazos de vidrio en el brazo.
Dylan retrocedió de inmediato, cerrando la puerta de golpe.
—No son solo las ratas... —dijo con voz grave, temblorosa.
Erika frunció el ceño.
—¿Qué viste?
—Las personas... —tragó saliva, su tono cargado de incredulidad—. Se están... volviendo locas. Se cortan, se atacan entre ellos... como si hubieran perdido la cabeza.
Vivian se cubrió la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo... yo lo sabía. No eran mordidas normales... no era solo dolor...
Naomi golpeó la pared con frustración.
—¡Mierda, mierda! Esto no es real... no puede serlo.
Marcus, que había permanecido en silencio observando a todos, se enderezó y habló con calma.
—Si queremos sobrevivir, necesitamos algo más que gritos y pánico. Lo único que tenemos es a nosotros mismos.
Sus ojos recorrieron el pequeño grupo.
—Lo primero es saber quiénes somos. Si vamos a mantenernos juntos, no podemos hacer extraños. Al menos aquí no
El ambiente estaba cargado, pero había algo en la voz de Marcus que transmitía lógica. Nadie discutió.
Uno a uno, comenzaron a presentarse.
Erika, con la voz firme, dio el primer paso:
—Erika Montoya, veinticuatro años.
Naomi levantó la barbilla, todavía alterada, pero siguió el juego.
—Naomi Carter. Veintitrés.
Vivian apretó su cámara contra el pecho como si fuera un amuleto.
—Vivian Leclerc. Veinticuatro.
Marcus asintió.
—Marcus Johnson, pero díganme MJ. Veintitrés.
Dylan esperó un instante, respiró hondo y habló por último.
—Dylan Reyes. Veinticuatro.
El eco de sus nombres flotó en la habitación. Era como si el simple hecho de decirlos les recordara que aún eran personas, que no habían sido reducidos al caos que los rodeaba.
Erika se pasó una mano por el cabello y sacó algo de su mochila: un cuaderno desgastado, lleno de notas y garabatos. Arrancó una hoja en blanco y se agachó en el suelo.
—Si queremos salir de aquí, necesitamos un plan —dijo, mientras sacaba un bolígrafo—. He estado en esta estación muchas veces. No es grande, pero tiene varios pasillos y salidas de emergencia.
Comenzó a dibujar un croquis improvisado del lugar: los andenes, las escaleras, la entrada principal, los baños donde se encontraban. El trazo era rápido, pero claro.
—Aquí estamos —señaló con el bolígrafo—. La salida principal está cubierta de ratas y... lo que sea que sean ahora esas personas.
Vivian la miró con desesperación.
—Pero, ¿a dónde iríamos si logramos salir? ¿Dónde estaríamos a salvo?
La pregunta dejó un silencio incómodo. Nadie tenía respuesta inmediata.
Hasta que Dylan habló, con un brillo de decisión en los ojos.
—Yo sé a dónde. Tengo una biblioteca. Es mía. Está a unas cuadras de aquí, en la avenida State. Es un edificio grande, con puertas reforzadas y sótano. Podría servirnos de refugio.
Naomi arqueó una ceja, incrédula.
—¿Una biblioteca? ¿En serio? ¿Y qué se supone que vamos a hacer ahí?¿Leer hasta que las ratas se aburran?
—No seas idiota —replicó Dylan, con dureza—. Tiene rejas, tiene espacio y está cerca. Lo necesitamos.
Marcus lo observó con detenimiento, luego asintió.
—Es lo único que tenemos. Un lugar conocido, cercano, y con puertas que podamos cerrar.
Erika levantó la hoja con el croquis.
—Entonces la ruta es esta: salimos por la escalera lateral, bordeamos los pasillos y subimos a la calle por la salida de emergencia. Si nos movemos rápido y juntos, podemos llegar sin que nos vean.
El ambiente se llenó de una mezcla de miedo y esperanza. Era un plan frágil, pero era un plan.
Afuera, los golpes contra la puerta habían cesado. Solo se escuchaba el crujido distante de vidrios rotos y algún grito aislado, como un eco que recordaba que el mundo había cambiado en cuestión de minutos.
Vivian tragó saliva, temblorosa.
—¿Y si nos encuentran?
Erika la miró fijamente.
—Entonces peleamos. O corremos. Pero no podemos quedarnos aquí.
Naomi respiró hondo y se pasó la mano por la cara.
—Pues jodido o no, prefiero intentarlo.
Dylan se acercó a la puerta de nuevo, con más cuidado que antes. Pegó el oído contra la madera y escuchó. El silencio era extraño, pero peor que los chillidos. Abrió apenas unos centímetros otra vez.
El pasillo estaba casi vacío. Las ratas habían desaparecido en su mayoría, pero lo que quedaba era aún más perturbador. Las personas caminaban sin rumbo, golpeando paredes, rompiendo cristales, arrastrando los pies. Algunos se reían de manera desquiciada, otros murmuraban palabras incomprensibles.
—Se han calmado... pero no están bien —susurró Dylan al resto—. Caminan como si no supieran dónde están.
—Perfecto para movernos —dijo Marcus, serio.
Erika dobló el croquis y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Cuando salgamos, no nos separamos. Ni un paso. ¿Entendido?
Todos asintieron.
El aire en el baño se volvió más pesado. La tensión era insoportable. Era como si en cualquier momento, algo golpeara la puerta y los devolviera al terror inicial.
Vivian abrazó su cámara con fuerza.
—Solo quiero... solo quiero que esto acabe.
Naomi, en un raro gesto de suavidad, le tocó el hombro.
—Tranquila. No vamos a dejar que nada te pase.
El reloj del mundo había cambiado. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: lo que había comenzado allá afuera no se detendría pronto. La ciudad estaba perdida en un mar de locura, y ellos apenas eran cinco extraños atrapados en un baño, tratando de convertirse en algo más. Dylan apretó la mandíbula y se colocó frente a la puerta.
—Es ahora o nunca. Erika asintió.—Ahora.
El grupo respiró hondo, preparándose para enfrentar lo desconocido. El plan estaba hecho, la ruta definida y el destino marcado: una biblioteca que quizás podría convertirse en refugio, o en tumba.
Con un último empujón, abrieron la puerta, y el pasillo oscuro los recibió con el eco de un mundo quebrado.
El baño olía a miedo. Un miedo áspero, casi tangible, mezclado con el sudor y el humo rancio de las tuberías. El grupo entero estaba al borde del colapso, pero sabían que no podían quedarse allí. Afuera, la estación era un infierno.
Erika levantó la vista, buscando algo con qué defenderse. En un rincón, junto al cubo de limpieza, había un par de escobas. Marcus también lo notó y se adelantó, arrancando el palo de una con un tirón brusco.
—No es gran cosa, pero servirá —murmuró.
Naomi le siguió, tomando otro. Dylan, sin dudar, partió el palo contra la pared para hacerlo más corto y afilado en la punta. El sonido resonó como un disparo, y todos contuvieron la respiración. Nadie afuera parecía haber escuchado.
—Bien —dijo Dylan con voz firme, aunque su mirada estaba cargada de tensión—. A la cuenta de tres, abrimos la puerta y salimos despacio. Ni un puto ruido de más. ¿Entendido?
—Entendido —respondieron casi al unísono, aunque la voz de Vivian temblaba.
Dylan asintió.—Uno... dos... ¡tres!
Abrieron la puerta. El pasillo estaba bañado por una penumbra grisácea, la luz parpadeante de los fluorescentes colgaba como si fueran velas moribundas. Los infectados estaban allí: decenas de ellos. Algunos se golpeaban contra las paredes, otros se arañaban el rostro hasta sangrar, y un par se reían con carcajadas huecas que helaban la piel. Pero ninguno los había visto todavía.
El grupo avanzó en fila, con los palos firmemente en las manos. Sus pasos eran casi imperceptibles, cada respiración parecía un rugido en medio de aquel silencio roto.
Todo iba bien. Demasiado bien.
Hasta que ocurrió.
Marcus, que iba de tercero en la fila, tropezó con un jarrón olvidado en el pasillo. La cerámica se hizo añicos contra el suelo, y el estruendo rebotó por todas las paredes.
El mundo se detuvo por un segundo.
Luego, como una marea oscura, los infectados voltearon al mismo tiempo. Sus ojos vidriosos brillaban con un fulgor rabioso. Un grito inhumano se elevó desde sus gargantas, y en cuestión de segundos, todos comenzaron a correr hacia ellos.
—¡CORRAN, JODER! —gritó Dylan.
El grupo se lanzó hacia adelante. Sus pasos retumbaban como truenos, sus corazones latían al borde de la explosión. Los infectados corrían tras ellos, algunos tropezando, otros lanzando chillidos desgarradores.
Llegaron al primer tramo de escaleras, pero en medio del caos, Erika tropezó con un cuerpo tirado en el suelo. Cayó de bruces, golpeándose la rodilla con fuerza.
—¡AHH! —gritó, el dolor la inmovilizó.
Los infectados ya estaban a unos metros. Uno de ellos, un hombre corpulento con la boca cubierta de sangre, se abalanzó sobre ella.
—¡ERIKA! —Naomi soltó un alarido que partió el aire.
Sin pensarlo, corrió hacia ella y levantó el palo. Con todas sus fuerzas, golpeó al infectado en la cabeza. El crujido seco resonó, y la criatura cayó de lado. Otro se acercaba, y Naomi lo enfrentó de nuevo, descargando un segundo golpe con un rugido de rabia.
—¡Muévete, carajo! —gritó, extendiendo la mano a Erika.
Erika, con la respiración agitada y lágrimas en los ojos, tomó su mano y se levantó como pudo. Juntas corrieron hacia las escaleras, mientras Dylan y Marcus golpeaban a otros dos infectados que habían alcanzado la retaguardia.
—¡Vamos, vamos! —vociferó Dylan, blandiendo su palo como si fuera una lanza improvisada.
Subieron los escalones a toda prisa. Detrás de ellos, los chillidos aumentaban. Los infectados trepaban como bestias descontroladas, algunos resbalando, otros empujándose entre sí.
Arriba, en la zona principal de la estación, la pesadilla era aún mayor. Había humo, vidrios rotos, gente golpeándose con furia, otros destrozando máquinas expendedoras, y varios cadáveres en el suelo. El olor a hierro y suciedad se mezclaba con el de la desesperación.
—¡Dios santo...! —murmuró Vivian, llevándose las manos a la boca.
Erika, aún jadeante, miró alrededor en busca de una salida. Fue entonces cuando lo vio: un extintor tirado cerca de una de las columnas.
Su mente reaccionó de inmediato. Corrió hacia él, lo levantó con ambas manos y, con un grito de fuerza, lo lanzó lejos, contra un muro de metal. El impacto resonó como un cañonazo, y varios infectados que estaban cerca giraron hacia el ruido.
—¡Allí! ¡Síganlo! —gritó Erika, sudando a mares.
El grupo aprovechó la distracción. Se movieron rápido, agachados, atravesando la multitud enloquecida. Los infectados corrían hacia el estruendo, golpeándose entre sí, cegados por su frenesí.
Marcus, aún jadeante por la carrera, soltó una carcajada nerviosa.—Bueno, al menos ya sabemos que tienes puntería, Erika... si no sobrevivimos, deberías probar en béisbol.
—¡Cállate, imbécil! —replicó Naomi, aunque en su voz había un dejo de alivio.
Dylan los empujó hacia adelante, liderando el camino.
—¡Dejen las bromas para después!
Avanzaron entre las sombras de la estación. A cada paso, sentían cómo la locura se expandía, cómo los chillidos y golpes se mezclaban en un eco infernal.
Vivian lloraba en silencio, aunque seguía moviéndose. Marcus la sostenía de un brazo, arrastrándola cuando flaqueaba. Naomi y Erika corrían juntas, aún con el recuerdo de la caída marcado en sus corazones. Y Dylan, con la mirada fija en la salida, no permitía que la esperanza se desmoronara.
Cada segundo era una eternidad. Cada esquina, una trampa. Pero el grupo estaba unido. Por primera vez, no eran cinco extraños: eran una chispa de resistencia en un mundo que se consumía.
El rugido de los infectados volvía a crecer tras ellos. El tiempo se agotaba.
Y la salida estaba a pocos metros. El sol aún brillaba, pero la ciudad ya no tenía vida.
El humo se alzaba desde las calles rotas y los edificios que horas antes estaban llenos de risas ahora parecían esqueletos de concreto. El aire olía a hierro y a polvo. Las sirenas habían dejado de sonar. Solo quedaba un silencio extraño, espeso, como si el mundo contuviera la respiración.
El grupo salió tambaleándose de la Estación del metro. Estaban cubiertos de sudor, polvo y manchas secas que preferían no mirar demasiado. Erika iba adelante, sosteniendo un pedazo de tubo oxidado; sus manos temblaban, pero no lo soltaba. Marcus respiraba agitado, mirando a todos lados, esperando que algo saltara desde las sombras.
Dylan caminaba un poco más atrás, con una chaqueta rasgada y una mirada que por primera vez no mostraba arrogancia. A su lado iba Noemí, con los ojos enrojecidos y el cabello pegado al rostro por el sudor. Vivian apenas hablaba; sus manos aún temblaban después de ver morir a tanta gente.
—Debemos seguir —dijo Erika en voz baja, mirando el cielo—. No podemos quedarnos aquí.
—¿Seguir a dónde? —preguntó Marcus, con voz ronca—. Todo está hecho mierda, Eri. Todo.
Dylan alzó la vista y señaló una esquina, donde un sedán negro estaba estacionado. Tenía los vidrios manchados de polvo y la pintura llena de raspones, pero parecía intacto.
—Ese carro servirá —dijo, con una seguridad que contrastaba con el miedo que los rodeaba—. Es mío... o lo era.
Erika lo miró de reojo, sin decir nada. Dylan se acercó al vehículo, miró el interior y golpeó la ventana con el codo hasta romperla. El sonido del vidrio hizo eco en la calle vacía. Nadie se movió. No hubo respuesta. Por primera vez en horas, no había ratas, ni gritos, ni golpes.
—Suban —ordenó Dylan.
Marcus miró el interior con desconfianza. —¿Y si el ruido atrae a esas cosas?
—Entonces nos iremos rápido —respondió Dylan, encogiéndose de hombros—. ¿Prefieres quedarte?
Marcus suspiró y entró sin responder. Vivian lo siguió, sin decir palabra. Erika esperó un instante, mirando la calle una vez más. Había cuerpos, pero inmóviles. Noemí se le acercó.
—Vamos —le dijo en voz baja—. Ya no hay nada que hacer por ellos.
Las dos se miraron unos segundos. Erika asintió y subió. Dylan se sentó frente al volante, insertó las llaves que aún colgaban del tablero y el motor rugió débilmente.
El sonido fue casi reconfortante.
Por fin, algo seguía funcionando.
El auto empezó a moverse lentamente, avanzando por la avenida llena de restos y papeles volando con el viento. Nadie hablaba. Solo el motor y el golpeteo de las ruedas sobre los escombros rompían el silencio.
Durante varios minutos, el grupo no dijo una palabra. Todos parecían atrapados en sus propios pensamientos. Fue Noemí quien habló primero.
—¿Creen que... haya más gente viva?
Marcus soltó una risa nerviosa.
—Si la hay, seguro están tan cagados de miedo como nosotros.
Vivian lo miró, molesta.
—No digas eso, por favor.
—¿Y qué quieres que diga? —respondió él, sin tono de burla, solo cansado—. Vi a un tipo arrancarse la piel con las uñas. No creo que eso tenga arreglo
.Dylan apretó el volante, los nudillos blancos.
—No sabemos qué pasa. Solo que no es una simple infección.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Erika, con voz firme.
—Porque vi cómo uno de ellos se reía mientras se cortaba —respondió Dylan, con un nudo en la garganta—. No era dolor. Era placer.
Un silencio incómodo llenó el coche.
Vivian empezó a llorar en silencio. Marcus la miró, dudando si decir algo. Finalmente le puso una mano en el hombro.
—Eh... aún estamos vivos. No es mucho, pero es algo.
Ella asintió, sin mirarlo.
El auto giró por una avenida lateral. Las tiendas estaban destruidas, los escaparates vacíos. A lo lejos, un autobús chocaba contra una farola y un humo gris salía de su interior. Nadie quiso mirar demasiado tiempo.
Erika rompió el silencio.—Dylan, ¿esa biblioteca... está lejos?
—A unas seis cuadras. Está en el centro histórico. Mi padre la compró hace años, pero casi nadie iba. Es antigua, con puertas de hierro y sótano reforzado. Servirá para refugiarnos.
—Perfecto —murmuró Noemí—. Un escondite entre libros. Poético.
Marcus soltó una risita. —Bueno, mientras no salgan ratas lectoras...
El grupo rió apenas un segundo. Fue una risa corta, rota, pero necesaria. Por primera vez desde que todo empezó, sonó algo parecido a humanidad.
El sol pegaba fuerte a través del parabrisas. La ciudad se veía vacía, pero no muerta. Había movimiento a lo lejos, sombras que se arrastraban o caminaban tambaleantes entre los restos.
Vivian los vio y tragó saliva.
—No quiero quedarme aquí cuando anochezca.
—No lo haremos —dijo Erika—. Llegaremos antes.
El camino se volvió más estrecho. Dylan esquivó un poste caído y un par de autos chocados.
—Maldita sea... —susurró—. Si llegamos con el tanque medio lleno, será un milagro.
Marcus miró por la ventana.
—Hey... miren eso.
A su derecha, una familia estaba reunida en un balcón. Un hombre, una mujer y un niño. Parecían normales, pero sus movimientos eran lentos, rígidos.
El hombre levantó la cabeza y su mirada vacía se cruzó con la de ellos. Luego, sin dudar, comenzó a golpearse contra el barandal. El niño gritó. La mujer lo imitó.
Vivian desvió la vista.
—Dios...
—No los mires —dijo Noemí, con voz dura—. Solo sigue manejando.
Dylan apretó el acelerador.
El auto dejó atrás el edificio y el silencio volvió.
Por un momento, Erika cerró los ojos. Sintió el motor vibrar, el aire entrar por la ventana rota, el sol en su rostro. Todo parecía un sueño. Uno horrible, pero al menos estaban juntos.
Abrió los ojos y miró a Noemí.—¿Cómo estás?
—Viva. Eso ya es suficiente.—Sí...
—respondió Erika, con una media sonrisa—. Supongo que sí.
Noemí le devolvió la sonrisa, leve, sincera
.Marcus los observó desde el asiento trasero y alzó una ceja.—Oigan, si se van a mirar así, mínimo compartan el aire, ¿no?
Erika bufó y Marcus soltó una carcajada suave.
—Idiota —murmuró ella.
—Sí, pero vivo —respondió él.
Vivian suspiró, mirando hacia la carretera.
—Ojalá todo esto termine pronto... quiero volver a casa.
Dylan la miró por el retrovisor.—Ya no hay "volver", Vivian. Solo "seguir".
Nadie respondió.
El coche continuó avanzando, y poco a poco las calles se hicieron más estrechas, los edificios más viejos. A lo lejos se veía la estructura imponente de una biblioteca antigua, con columnas de piedra y vidrios rotos.
Dylan redujo la velocidad. —Ahí es.
El grupo se inclinó hacia adelante, observando. La puerta principal estaba entre abierta.
Erika frunció el ceño. —¿Estás seguro de que está vacía?
—No —respondió Dylan—. Pero es lo mejor que tenemos.
El motor se apagó y el silencio volvió. Todos se quedaron quietos unos segundos, escuchando el sonido distante del viento y el crujir de las hojas en la calle.
Vivian se abrazó a sí misma.
—No puedo creer que hace unas horas todo estaba bien...
Marcus asintió. —A veces el mundo solo necesita un empujón para caerse.
Erika salió del coche, el sol golpeándole la cara. El calor y el olor a muerte eran insoportables, pero respiró hondo.
—Vamos. Si nos quedamos aquí, no duraremos mucho.
Los demás salieron tras ella. Dylan cerró la puerta del coche y echó un último vistazo al horizonte, donde el humo cubría los rascacielos de Chicago.
—Adiós, ciudad de mierda —murmuró.
Y mientras el grupo caminaba hacia la biblioteca, las sombras del mediodía se alargaban sobre el pavimento. No sabían qué encontrarían dentro, pero por primera vez tenían un destino... y eso, en medio del fin del mundo, era esperanza.Chicago, 1985. El frío del amanecer se colaba por las ventanas de un pequeño apartamento en la calle 63. Erika Montoya se levantó antes de que sonara el despertador. No era raro; la costumbre de sobrevivir le había enseñado que el tiempo siempre valía más que el sueño. Se puso la chaqueta gastada, recogió su cabello en una coleta y se miró un segundo en el espejo rajado del baño.
—Otro día, Erika —se dijo a sí misma, como un recordatorio de que, aunque nada cambiara, debía seguir.
El diner donde trabajaba quedaba a quince minutos caminando. El aroma de café barato y pan recién hecho la recibió al entrar. Saludó a la cocinera, una señora gorda que siempre mascaba chicle, y tomó su libreta de pedidos. La jornada apenas comenzaba, pero Erika ya sentía el cansancio en las piernas. Sin embargo, había algo en su forma de sonreír, en la firmeza de su voz al atender, que hacía que los clientes la respetaran.
"Siempre logras que parezca fácil", le había dicho una vez su jefe. Ella solo sonrió. Si supiera lo que era llegar a fin de mes con las monedas contadas, no diría lo mismo.
En otro rincón de la ciudad, Noemí Carter cerraba la tapa de un libro con un gesto cansado.
La biblioteca del barrio estaba casi vacía, salvo por un par de estudiantes que terminaban sus tareas. Noemí disfrutaba de aquel silencio, aunque a veces se convertía en una soledad pesada.
Guardó sus apuntes y caminó hasta la recepción. La señora Gómez, la bibliotecaria principal, le lanzó una sonrisa.
—¿Ya terminaste de ordenar las estanterías, Noemí?
—Sí, todo está en orden. Como siempre.
Ese "como siempre" llevaba un matiz orgulloso, casi desafiante. Noemí sabía que tenía talento, que era inteligente y disciplinada. A veces, ese ego se le escapaba en la voz, como si necesitara recordarle al mundo que ella no era cualquiera. Pero, en el fondo, sabía que esa actitud era una máscara. Una forma de cubrir el vacío de no tener a nadie con quien compartir más que libros polvorientos.
Cerró la biblioteca al caer la tarde. Afuera, el viento arrastraba hojas secas por la acera, y una sensación extraña la recorrió. Había escuchado en la radio rumores sobre plagas de ratas más grandes de lo normal, pero lo desestimó. Chicago estaba lleno de historias de pasillo, y ninguna era real.
—Puras tonterías —murmuró, ajustándose el abrigo.
Mientras tanto, Vivian Leclerc se ajustaba los guantes blancos de enfermera en el hospital. Llevaba horas de guardia, y sus párpados pesaban como plomo. Aun así, mantenía esa sonrisa amable que daba calma a los pacientes.
—Gracias, señorita Vivian —le dijo una anciana, al recibir un vaso de agua.
—De nada, señora. Descanse, por favor.
Vivian se apartó un momento en el pasillo y apoyó la frente contra la pared fría. Respiró hondo. El hospital estaba saturado, siempre lo estaba, y aunque la rutina la desgastaba, no se quejaba. Ayudar a otros era lo único que le daba sentido.
La jefa de enfermeras pasó frente a ella y comentó:
—Tienes buen corazón, Vivian. No dejes que el cansancio te lo robe.
Vivian asintió, aunque por dentro sabía que su fragilidad era un secreto a voces. Podía ser fuerte para los demás, pero en soledad, se sentía como un cristal a punto de romperse.
En una residencia universitaria no muy lejos de ahí, Marcus "MJ" conectaba su mezcladora de música. El cuarto estaba lleno de cables, pósters de conciertos y latas vacías de refresco. Sus compañeros lo miraban expectantes.
—¡Vamos, MJ, súbele! —gritó uno.
Marcus soltó una carcajada y movió los diales, dejando que el ritmo invadiera la habitación. Siempre había sido así: el chico bromista, el que lograba que todos olvidaran sus problemas aunque fuera por un par de horas.
Al terminar, se desplomó en la cama, respirando agitado. Sacó de su bolsillo una pequeña libreta con cálculos de gastos. Su economía era un desastre. Entre la universidad, los equipos de música y la renta, apenas podía sostenerse.
"Pero vale la pena", pensó, mirando su mezcladora como si fuera un tesoro. Sabía que no tenía la vida resuelta como otros, pero al menos tenía la música. Y mientras hubiera música, había esperanza.
Erika caminaba de regreso a casa, con la chaqueta cerrada hasta el cuello. Pasó junto a una alcantarilla y escuchó un ruido extraño. Frunció el ceño y aceleró el paso.
Noemí, desde su ventana, observaba las calles oscuras, incapaz de sacarse de la cabeza el murmullo de las noticias.
Vivian se despedía de los médicos en el hospital, deseando con fuerza que esa inquietud en su pecho fuera solo cansancio.
Y Marcus, en su dormitorio, subía un poco más el volumen de la música para acallar la sensación de que algo no estaba bien allá afuera.
Ya en la noche, el apartamento de Dylan se encontraba envuelto en penumbra, iluminado solo por las luces tenues que entraban desde la ciudad. El joven estaba recostado en el sillón de cuero negro, con una botella de whisky a medio terminar sobre la mesa. El sonido lejano de motores y música se filtraba por los ventanales, pero dentro de ese espacio reinaba un silencio denso, interrumpido solo por risas apagadas.
Junto a él, una chica de cabello oscuro llamada Rafaela se inclinaba hacia adelante, jugando con la copa entre sus dedos. Había música suave de fondo, un ritmo que acompañaba el vaivén de las palabras y de las miradas cargadas de intención.
—¿Siempre bebes tanto? —preguntó ella, arqueando una ceja, con una sonrisa traviesa en los labios.
—Solo cuando quiero olvidar que mañana tengo que ser "el gran Dylan Reyes" —contestó él, con un tono irónico, mientras le apartaba un mechón del rostro.
La chica rió bajo, acercándose más. Él no la conocía de verdad, no recordaba ni su nombre completo; solo sabía que estaba ahí, porque había aceptado su invitación sin pensarlo mucho. Dylan no buscaba compromiso, buscaba apagar el vacío que lo perseguía en medio de lujos.
Los besos empezaron torpes, rápidos, casi desesperados. Ella se dejó llevar y él se aferró a esa sensación como si fuera un salvavidas. El sofá crujió bajo sus movimientos y las copas tintinearon cuando alguno de los dos las empujó sin cuidado.
—Eres intenso... —susurró ella entre risas cortas, mientras sus labios se rozaban una y otra vez.—No me conoces aún... —respondió él con voz ronca, mirándola fijamente a los ojos.
Las caricias se volvieron más atrevidas, los murmullos más bajos, cargados de esa energía juvenil y hormonal que no necesitaba demasiadas palabras para entenderse. La habitación se impregnó de ese aire de deseo que a veces no sabe distinguir entre necesidad y vacío. Dylan, en medio del momento, cerró los ojos un instante. No pensaba en ella, no pensaba en nada concreto. Solo sentía el calor de la cercanía, el roce de la piel, la adrenalina que lo mantenía en un estado casi frenético.
—¿En qué piensas? —preguntó la chica, notando que se había quedado quieto por unos segundos.
—En nada... —mintió él, y volvió a besarla con una urgencia repentina, como si quisiera borrar la pregunta
El apartamento entero parecía vibrar con esa escena: la respiración acelerada, las risas entrecortadas, los susurros cargados de insinuaciones. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente al torbellino de emociones que se desataba entre esas cuatro paredes.
El reloj marcó la medianoche cuando ambos, exhaustos, quedaron tendidos en el sofá, envueltos en la penumbra. Ella jugaba con su cuello, él sostenía la botella como si fuera una extensión de sí mismo. Dylan sonrió, pero era una sonrisa vacía.
SÁBADO 15 DE ABRIL 1985 – 8:30 AM
Chicago amanecía con un aire extraño, aunque nadie parecía notarlo. El sol iluminaba las calles, la gente caminaba con sus cafés en mano, los autos rugían en los semáforos y las risas de los transeúntes parecían llenar el aire cómo un coro de rutina. Era un día cualquiera... hasta que dejó de serlo.
En la estación de tren, los altavoces anunciaban horarios con esa voz metálica y calmada. Erika, con su mochila colgando de un hombro, esperaba el tren que la llevaría al trabajo. Se veía cansada, pero firme, cómo siempre. Miraba el reloj con impaciencia, mientras a unos metros Dylan, de lentes oscuros y chaqueta cara, hablaba por teléfono con un tono altanero.
—Sí, dile a mi padre que si quiere números, que venga él mismo —soltó Dylan, irritado—. No pienso joderme el sábado por una junta estúpida.
Más allá, Vivian revisaba su cámara fotográfica. Había pasado la mañana capturando paisajes urbanos y ahora esperaba el tren para regresar a casa. Su pelo rubio caía desordenado y sus manos manchadas de tinta demarcador revelaban que también había estado escribiendo notas.
Naomi, con su estilo juvenil y desenfadado, escuchaba música a todo volumen desde sus audífonos, masticando chicle mientras pateaba el suelo con sus zapatillas desgastadas. Parecía no importarle nada ni nadie.
Y en un banco apartado, Marcus hojeaba un libro de tapa vieja, completamente ajeno al movimiento de la estación. Sus ojos oscuros parecían perdidos en otro mundo.
La vida fluía como siempre. El murmullo de la gente llenaba la estación: conversaciones triviales, risas, gritos de vendedores ambulantes, el rechinar metálico de los trenes al frenar en los rieles. Incluso en la radio local, un periodista comentaba con voz animada:
—Chicago sigue siendo ejemplo de prosperidad en estos últimos años...
Pero entonces ocurrió.
Primero fue un sonido bajo, como un murmullo extraño que venía del subsuelo. Nadie le prestó atención. Luego, un olor fétido empezó a filtrarse por el aire, un hedor metálico mezclado con basura podrida. Las primeras personas comenzaron a mirar alrededor con caras de desagrado.
Y de pronto, las rejillas de las alcantarillas comenzaron a temblar.
Un niño fue el primero en señalarlo:
—¡Mamá, mira! —dijo, apuntando hacia la calle.
Las tapas de las alcantarillas saltaron por los aires, y de ellas salió un torrente oscuro y vivo. Eran ratas. Decenas, luego cientos, después miles. Sus chillidos desgarraban los oídos, un sonido agudo y desesperante. Los animales trepaban unos sobre otros, formando una marea peluda que se expandía por las calles como un río imparable.
—¡Qué carajos...! —exclamó un hombre, soltando su café al suelo.
Los roedores comenzaron a abalanzarse contra los transeúntes. Mordían tobillos, manos, lo que fuera. La gente gritaba, corría, tropezaba. En cuestión de segundos, la ciudad pasó de la calma al caos absoluto.
En la estación, los chillidos de las ratas se intensificaron. Los animales empezaron a bajar por las escaleras, deslizándose entre los rieles y saltando desde los techos.
Erika retrocedió instintivamente, con la respiración agitada.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¿Qué diablos es esto?
Dylan, incrédulo, lanzó su celular al suelo mientras veía la marea de ratas acercarse.
—¡No puede estar pasando! ¡Son... son ratas, joder!
Vivian levantó su cámara por inercia y alcanzó a tomar una foto antes de que el horror la paralizara.
—¡No, no, no... esto no es real!
Naomi arrancó los audífonos de un tirón.
—¡Corre, idiota, que nos van a comer vivos! —gritó, empujando a un hombre que estaba bloqueando el paso.
Marcus cerró su libro con calma sorprendente y se puso de pie. Su voz fue fuerte que se escucho por toda la estación y firme:
—Al baño. Cierren la puerta. Es lo único que nos dará tiempo.
Los cinco corrieron sin conocerse, como si una fuerza invisible los empujara. El suelo vibraba bajo la estampida de patas diminutas. La gente gritaba, caía, algunos eran cubiertos por la marea gris y sus alaridos se mezclaban con los chillidos de los roedores.
Un guardia de seguridad intentó disparar, pero las ratas saltaron sobre él, mordiéndole el cuello. El sonido de huesos crujiendo y su grito desgarrador resonó en toda la estación.
Erika miró hacia atrás y casi se congeló, pero Dylan la jaló del brazo.
—¡Vamos, carajo! ¡No te quedes!
Corrieron por el pasillo hasta alcanzar la puerta de los baños. Naomi fue la primera en abrirla de una patada. Todos entraron a trompicones y cerraron la puerta con fuerza, atrancándola con un banco metálico.
El silencio duró apenas unos segundos. Afuera, las ratas golpeaban y arañaban la puerta, sus chillidos se colaban por las rendijas
Todos respiraban agitados. Nadie hablaba. El miedo estaba tatuado en sus rostros
Finalmente, Erika fue la primera en romper el silencio:
—¿Alguien puede decirme qué mierda fue eso?
Dylan pasó la mano por su cabello, sudoroso.
—No lo sé... pero parecía sacado de una pesadilla.
Naomi golpeó la pared con rabia.
—¡Pesadilla mis cojones! ¡Es real! Estaban... estaban mordiendo a todos.
Vivian, aún con la cámara en la mano, hablaba con la voz quebrada:
—Yo vi... vi cómo esas cosas le caían encima a la gente... y no... no se detenían.
Marcus se quedó callado un momento antes de hablar:
—Lo que sea que esté pasando allá afuera... no es normal. No son ratas comunes.
Dylan lo miró con dureza.
—¿Y tú qué sabes?
—Sé —respondió Marcus, sin levantar la voz— que estamos vivos solo porque nos encerramos aquí. Y que si no pensamos rápido, vamos a terminar como los demás.
Los golpes contra la puerta se intensificaron. Erika retrocedió un paso, con los ojos muy abiertos.
—No van a parar, ¿verdad?
Naomi bufó.
—¿Tú qué crees? ¿Qué esas malditas se van a aburrir y se largarán?
Un silencio incómodo llenó la habitación. El eco de los chillidos afuera era como un reloj macabro recordándoles que el tiempo se agotaba.
Vivian, temblando, se dejó caer contra la pared.
—No quiero morir aquí...
Dylan apretó los dientes.
—Nadie va a morir, ¿me oyeron? ¡Nadie!
—¿Y qué mierda planeas hacer? —saltó Naomi, cruzándose de brazos—.¿Tienes un puto plan, rico?
Dylan la fulminó con la mirada, pero Erika intervino antes de que las cosas escalaran.
—¡Basta! Si seguimos peleando, no saldremos de aquí.
Marcus asintió despacio.
—Ella tiene razón. Necesitamos calmarnos... y pensar.
El silencio en aquel baño era tan denso que parecía aplastarles el pecho. Los chillidos de las ratas habían cesado hacía apenas unos minutos, y sin embargo, el eco todavía vibraba en los oídos de todos. Nadie quería acercarse a la puerta. Nadie quería ser el primero en comprobar qué quedaba del mundo al otro lado.
Fue Dylan quien rompió la calma. Con su respiración aún agitada y la frente perlada de sudor, se acercó lentamente a la puerta.
—No hagan ruido —susurró, sin mirar a los demás.
Colocó la mano en el picaporte, lo giró con cuidado y abrió apenas unos centímetros. La oscuridad del pasillo lo recibió primero, luego un silencio extraño, casi sepulcral. Se inclinó para mirar por la rendija, y lo que vio le heló la sangre.
El suelo estaba cubierto de cuerpos. Personas que momentos antes habían gritado, corrido y llorado... ahora estaban de pie, tambaleantes, con miradas vacías. Movían los brazos de manera torpe, algunos se golpeaban la cabeza contra la pared, otros se rasguñaban la piel como si quisieran arrancarse algo de dentro. Uno de ellos lanzó un alarido desgarrador antes de estrellar una botella contra el suelo y clavarse los pedazos de vidrio en el brazo.
Dylan retrocedió de inmediato, cerrando la puerta de golpe.
—No son solo las ratas... —dijo con voz grave, temblorosa.
Erika frunció el ceño.
—¿Qué viste?
—Las personas... —tragó saliva, su tono cargado de incredulidad—. Se están... volviendo locas. Se cortan, se atacan entre ellos... como si hubieran perdido la cabeza.
Vivian se cubrió la boca con las manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Yo... yo lo sabía. No eran mordidas normales... no era solo dolor...
Naomi golpeó la pared con frustración.
—¡Mierda, mierda! Esto no es real... no puede serlo.
Marcus, que había permanecido en silencio observando a todos, se enderezó y habló con calma.
—Si queremos sobrevivir, necesitamos algo más que gritos y pánico. Lo único que tenemos es a nosotros mismos.
Sus ojos recorrieron el pequeño grupo.
—Lo primero es saber quiénes somos. Si vamos a mantenernos juntos, no podemos hacer extraños. Al menos aquí no
El ambiente estaba cargado, pero había algo en la voz de Marcus que transmitía lógica. Nadie discutió.
Uno a uno, comenzaron a presentarse.
Erika, con la voz firme, dio el primer paso:
—Erika Montoya, veinticuatro años.
Naomi levantó la barbilla, todavía alterada, pero siguió el juego.
—Naomi Carter. Veintitrés.
Vivian apretó su cámara contra el pecho como si fuera un amuleto.
—Vivian Leclerc. Veinticuatro.
Marcus asintió.
—Marcus Johnson, pero díganme MJ. Veintitrés.
Dylan esperó un instante, respiró hondo y habló por último.
—Dylan Reyes. Veinticuatro.
El eco de sus nombres flotó en la habitación. Era como si el simple hecho de decirlos les recordara que aún eran personas, que no habían sido reducidos al caos que los rodeaba.
Erika se pasó una mano por el cabello y sacó algo de su mochila: un cuaderno desgastado, lleno de notas y garabatos. Arrancó una hoja en blanco y se agachó en el suelo.
—Si queremos salir de aquí, necesitamos un plan —dijo, mientras sacaba un bolígrafo—. He estado en esta estación muchas veces. No es grande, pero tiene varios pasillos y salidas de emergencia.
Comenzó a dibujar un croquis improvisado del lugar: los andenes, las escaleras, la entrada principal, los baños donde se encontraban. El trazo era rápido, pero claro.
—Aquí estamos —señaló con el bolígrafo—. La salida principal está cubierta de ratas y... lo que sea que sean ahora esas personas.
Vivian la miró con desesperación.
—Pero, ¿a dónde iríamos si logramos salir? ¿Dónde estaríamos a salvo?
La pregunta dejó un silencio incómodo. Nadie tenía respuesta inmediata.
Hasta que Dylan habló, con un brillo de decisión en los ojos.
—Yo sé a dónde. Tengo una biblioteca. Es mía. Está a unas cuadras de aquí, en la avenida State. Es un edificio grande, con puertas reforzadas y sótano. Podría servirnos de refugio.
Naomi arqueó una ceja, incrédula.
—¿Una biblioteca? ¿En serio? ¿Y qué se supone que vamos a hacer ahí?¿Leer hasta que las ratas se aburran?
—No seas idiota —replicó Dylan, con dureza—. Tiene rejas, tiene espacio y está cerca. Lo necesitamos.
Marcus lo observó con detenimiento, luego asintió.
—Es lo único que tenemos. Un lugar conocido, cercano, y con puertas que podamos cerrar.
Erika levantó la hoja con el croquis.
—Entonces la ruta es esta: salimos por la escalera lateral, bordeamos los pasillos y subimos a la calle por la salida de emergencia. Si nos movemos rápido y juntos, podemos llegar sin que nos vean.
El ambiente se llenó de una mezcla de miedo y esperanza. Era un plan frágil, pero era un plan.
Afuera, los golpes contra la puerta habían cesado. Solo se escuchaba el crujido distante de vidrios rotos y algún grito aislado, como un eco que recordaba que el mundo había cambiado en cuestión de minutos.
Vivian tragó saliva, temblorosa.
—¿Y si nos encuentran?
Erika la miró fijamente.
—Entonces peleamos. O corremos. Pero no podemos quedarnos aquí.
Naomi respiró hondo y se pasó la mano por la cara.
—Pues jodido o no, prefiero intentarlo.
Dylan se acercó a la puerta de nuevo, con más cuidado que antes. Pegó el oído contra la madera y escuchó. El silencio era extraño, pero peor que los chillidos. Abrió apenas unos centímetros otra vez.
El pasillo estaba casi vacío. Las ratas habían desaparecido en su mayoría, pero lo que quedaba era aún más perturbador. Las personas caminaban sin rumbo, golpeando paredes, rompiendo cristales, arrastrando los pies. Algunos se reían de manera desquiciada, otros murmuraban palabras incomprensibles.
—Se han calmado... pero no están bien —susurró Dylan al resto—. Caminan como si no supieran dónde están.
—Perfecto para movernos —dijo Marcus, serio.
Erika dobló el croquis y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
—Cuando salgamos, no nos separamos. Ni un paso. ¿Entendido?
Todos asintieron.
El aire en el baño se volvió más pesado. La tensión era insoportable. Era como si en cualquier momento, algo golpeara la puerta y los devolviera al terror inicial.
Vivian abrazó su cámara con fuerza.
—Solo quiero... solo quiero que esto acabe.
Naomi, en un raro gesto de suavidad, le tocó el hombro.
—Tranquila. No vamos a dejar que nada te pase.
El reloj del mundo había cambiado. Nadie lo decía, pero todos lo sabían: lo que había comenzado allá afuera no se detendría pronto. La ciudad estaba perdida en un mar de locura, y ellos apenas eran cinco extraños atrapados en un baño, tratando de convertirse en algo más. Dylan apretó la mandíbula y se colocó frente a la puerta.
—Es ahora o nunca. Erika asintió.—Ahora.
El grupo respiró hondo, preparándose para enfrentar lo desconocido. El plan estaba hecho, la ruta definida y el destino marcado: una biblioteca que quizás podría convertirse en refugio, o en tumba.
Con un último empujón, abrieron la puerta, y el pasillo oscuro los recibió con el eco de un mundo quebrado.
El baño olía a miedo. Un miedo áspero, casi tangible, mezclado con el sudor y el humo rancio de las tuberías. El grupo entero estaba al borde del colapso, pero sabían que no podían quedarse allí. Afuera, la estación era un infierno.
Erika levantó la vista, buscando algo con qué defenderse. En un rincón, junto al cubo de limpieza, había un par de escobas. Marcus también lo notó y se adelantó, arrancando el palo de una con un tirón brusco.
—No es gran cosa, pero servirá —murmuró.
Naomi le siguió, tomando otro. Dylan, sin dudar, partió el palo contra la pared para hacerlo más corto y afilado en la punta. El sonido resonó como un disparo, y todos contuvieron la respiración. Nadie afuera parecía haber escuchado.
—Bien —dijo Dylan con voz firme, aunque su mirada estaba cargada de tensión—. A la cuenta de tres, abrimos la puerta y salimos despacio. Ni un puto ruido de más. ¿Entendido?
—Entendido —respondieron casi al unísono, aunque la voz de Vivian temblaba.
Dylan asintió.—Uno... dos... ¡tres!
Abrieron la puerta. El pasillo estaba bañado por una penumbra grisácea, la luz parpadeante de los fluorescentes colgaba como si fueran velas moribundas. Los infectados estaban allí: decenas de ellos. Algunos se golpeaban contra las paredes, otros se arañaban el rostro hasta sangrar, y un par se reían con carcajadas huecas que helaban la piel. Pero ninguno los había visto todavía.
El grupo avanzó en fila, con los palos firmemente en las manos. Sus pasos eran casi imperceptibles, cada respiración parecía un rugido en medio de aquel silencio roto.
Todo iba bien. Demasiado bien.
Hasta que ocurrió.
Marcus, que iba de tercero en la fila, tropezó con un jarrón olvidado en el pasillo. La cerámica se hizo añicos contra el suelo, y el estruendo rebotó por todas las paredes.
El mundo se detuvo por un segundo.
Luego, como una marea oscura, los infectados voltearon al mismo tiempo. Sus ojos vidriosos brillaban con un fulgor rabioso. Un grito inhumano se elevó desde sus gargantas, y en cuestión de segundos, todos comenzaron a correr hacia ellos.
—¡CORRAN, JODER! —gritó Dylan.
El grupo se lanzó hacia adelante. Sus pasos retumbaban como truenos, sus corazones latían al borde de la explosión. Los infectados corrían tras ellos, algunos tropezando, otros lanzando chillidos desgarradores.
Llegaron al primer tramo de escaleras, pero en medio del caos, Erika tropezó con un cuerpo tirado en el suelo. Cayó de bruces, golpeándose la rodilla con fuerza.
—¡AHH! —gritó, el dolor la inmovilizó.
Los infectados ya estaban a unos metros. Uno de ellos, un hombre corpulento con la boca cubierta de sangre, se abalanzó sobre ella.
—¡ERIKA! —Naomi soltó un alarido que partió el aire.
Sin pensarlo, corrió hacia ella y levantó el palo. Con todas sus fuerzas, golpeó al infectado en la cabeza. El crujido seco resonó, y la criatura cayó de lado. Otro se acercaba, y Naomi lo enfrentó de nuevo, descargando un segundo golpe con un rugido de rabia.
—¡Muévete, carajo! —gritó, extendiendo la mano a Erika.
Erika, con la respiración agitada y lágrimas en los ojos, tomó su mano y se levantó como pudo. Juntas corrieron hacia las escaleras, mientras Dylan y Marcus golpeaban a otros dos infectados que habían alcanzado la retaguardia.
—¡Vamos, vamos! —vociferó Dylan, blandiendo su palo como si fuera una lanza improvisada.
Subieron los escalones a toda prisa. Detrás de ellos, los chillidos aumentaban. Los infectados trepaban como bestias descontroladas, algunos resbalando, otros empujándose entre sí.
Arriba, en la zona principal de la estación, la pesadilla era aún mayor. Había humo, vidrios rotos, gente golpeándose con furia, otros destrozando máquinas expendedoras, y varios cadáveres en el suelo. El olor a hierro y suciedad se mezclaba con el de la desesperación.
—¡Dios santo...! —murmuró Vivian, llevándose las manos a la boca.
Erika, aún jadeante, miró alrededor en busca de una salida. Fue entonces cuando lo vio: un extintor tirado cerca de una de las columnas.
Su mente reaccionó de inmediato. Corrió hacia él, lo levantó con ambas manos y, con un grito de fuerza, lo lanzó lejos, contra un muro de metal. El impacto resonó como un cañonazo, y varios infectados que estaban cerca giraron hacia el ruido.
—¡Allí! ¡Síganlo! —gritó Erika, sudando a mares.
El grupo aprovechó la distracción. Se movieron rápido, agachados, atravesando la multitud enloquecida. Los infectados corrían hacia el estruendo, golpeándose entre sí, cegados por su frenesí.
Marcus, aún jadeante por la carrera, soltó una carcajada nerviosa.—Bueno, al menos ya sabemos que tienes puntería, Erika... si no sobrevivimos, deberías probar en béisbol.
—¡Cállate, imbécil! —replicó Naomi, aunque en su voz había un dejo de alivio.
Dylan los empujó hacia adelante, liderando el camino.
—¡Dejen las bromas para después!
Avanzaron entre las sombras de la estación. A cada paso, sentían cómo la locura se expandía, cómo los chillidos y golpes se mezclaban en un eco infernal.
Vivian lloraba en silencio, aunque seguía moviéndose. Marcus la sostenía de un brazo, arrastrándola cuando flaqueaba. Naomi y Erika corrían juntas, aún con el recuerdo de la caída marcado en sus corazones. Y Dylan, con la mirada fija en la salida, no permitía que la esperanza se desmoronara.
Cada segundo era una eternidad. Cada esquina, una trampa. Pero el grupo estaba unido. Por primera vez, no eran cinco extraños: eran una chispa de resistencia en un mundo que se consumía.
El rugido de los infectados volvía a crecer tras ellos. El tiempo se agotaba.
Y la salida estaba a pocos metros. El sol aún brillaba, pero la ciudad ya no tenía vida.
El humo se alzaba desde las calles rotas y los edificios que horas antes estaban llenos de risas ahora parecían esqueletos de concreto. El aire olía a hierro y a polvo. Las sirenas habían dejado de sonar. Solo quedaba un silencio extraño, espeso, como si el mundo contuviera la respiración.
El grupo salió tambaleándose de la Estación del metro. Estaban cubiertos de sudor, polvo y manchas secas que preferían no mirar demasiado. Erika iba adelante, sosteniendo un pedazo de tubo oxidado; sus manos temblaban, pero no lo soltaba. Marcus respiraba agitado, mirando a todos lados, esperando que algo saltara desde las sombras.
Dylan caminaba un poco más atrás, con una chaqueta rasgada y una mirada que por primera vez no mostraba arrogancia. A su lado iba Noemí, con los ojos enrojecidos y el cabello pegado al rostro por el sudor. Vivian apenas hablaba; sus manos aún temblaban después de ver morir a tanta gente.
—Debemos seguir —dijo Erika en voz baja, mirando el cielo—. No podemos quedarnos aquí.
—¿Seguir a dónde? —preguntó Marcus, con voz ronca—. Todo está hecho mierda, Eri. Todo.
Dylan alzó la vista y señaló una esquina, donde un sedán negro estaba estacionado. Tenía los vidrios manchados de polvo y la pintura llena de raspones, pero parecía intacto.
—Ese carro servirá —dijo, con una seguridad que contrastaba con el miedo que los rodeaba—. Es mío... o lo era.
Erika lo miró de reojo, sin decir nada. Dylan se acercó al vehículo, miró el interior y golpeó la ventana con el codo hasta romperla. El sonido del vidrio hizo eco en la calle vacía. Nadie se movió. No hubo respuesta. Por primera vez en horas, no había ratas, ni gritos, ni golpes.
—Suban —ordenó Dylan.
Marcus miró el interior con desconfianza. —¿Y si el ruido atrae a esas cosas?
—Entonces nos iremos rápido —respondió Dylan, encogiéndose de hombros—. ¿Prefieres quedarte?
Marcus suspiró y entró sin responder. Vivian lo siguió, sin decir palabra. Erika esperó un instante, mirando la calle una vez más. Había cuerpos, pero inmóviles. Noemí se le acercó.
—Vamos —le dijo en voz baja—. Ya no hay nada que hacer por ellos.
Las dos se miraron unos segundos. Erika asintió y subió. Dylan se sentó frente al volante, insertó las llaves que aún colgaban del tablero y el motor rugió débilmente.
El sonido fue casi reconfortante.
Por fin, algo seguía funcionando.
El auto empezó a moverse lentamente, avanzando por la avenida llena de restos y papeles volando con el viento. Nadie hablaba. Solo el motor y el golpeteo de las ruedas sobre los escombros rompían el silencio.
Durante varios minutos, el grupo no dijo una palabra. Todos parecían atrapados en sus propios pensamientos. Fue Noemí quien habló primero.
—¿Creen que... haya más gente viva?
Marcus soltó una risa nerviosa.
—Si la hay, seguro están tan cagados de miedo como nosotros.
Vivian lo miró, molesta.
—No digas eso, por favor.
—¿Y qué quieres que diga? —respondió él, sin tono de burla, solo cansado—. Vi a un tipo arrancarse la piel con las uñas. No creo que eso tenga arreglo
.Dylan apretó el volante, los nudillos blancos.
—No sabemos qué pasa. Solo que no es una simple infección.
—¿Y tú cómo lo sabes? —preguntó Erika, con voz firme.
—Porque vi cómo uno de ellos se reía mientras se cortaba —respondió Dylan, con un nudo en la garganta—. No era dolor. Era placer.
Un silencio incómodo llenó el coche.
Vivian empezó a llorar en silencio. Marcus la miró, dudando si decir algo. Finalmente le puso una mano en el hombro.
—Eh... aún estamos vivos. No es mucho, pero es algo.
Ella asintió, sin mirarlo.
El auto giró por una avenida lateral. Las tiendas estaban destruidas, los escaparates vacíos. A lo lejos, un autobús chocaba contra una farola y un humo gris salía de su interior. Nadie quiso mirar demasiado tiempo.
Erika rompió el silencio.—Dylan, ¿esa biblioteca... está lejos?
—A unas seis cuadras. Está en el centro histórico. Mi padre la compró hace años, pero casi nadie iba. Es antigua, con puertas de hierro y sótano reforzado. Servirá para refugiarnos.
—Perfecto —murmuró Noemí—. Un escondite entre libros. Poético.
Marcus soltó una risita. —Bueno, mientras no salgan ratas lectoras...
El grupo rió apenas un segundo. Fue una risa corta, rota, pero necesaria. Por primera vez desde que todo empezó, sonó algo parecido a humanidad.
El sol pegaba fuerte a través del parabrisas. La ciudad se veía vacía, pero no muerta. Había movimiento a lo lejos, sombras que se arrastraban o caminaban tambaleantes entre los restos.
Vivian los vio y tragó saliva.
—No quiero quedarme aquí cuando anochezca.
—No lo haremos —dijo Erika—. Llegaremos antes.
El camino se volvió más estrecho. Dylan esquivó un poste caído y un par de autos chocados.
—Maldita sea... —susurró—. Si llegamos con el tanque medio lleno, será un milagro.
Marcus miró por la ventana.
—Hey... miren eso.
A su derecha, una familia estaba reunida en un balcón. Un hombre, una mujer y un niño. Parecían normales, pero sus movimientos eran lentos, rígidos.
El hombre levantó la cabeza y su mirada vacía se cruzó con la de ellos. Luego, sin dudar, comenzó a golpearse contra el barandal. El niño gritó. La mujer lo imitó.
Vivian desvió la vista.
—Dios...
—No los mires —dijo Noemí, con voz dura—. Solo sigue manejando.
Dylan apretó el acelerador.
El auto dejó atrás el edificio y el silencio volvió.
Por un momento, Erika cerró los ojos. Sintió el motor vibrar, el aire entrar por la ventana rota, el sol en su rostro. Todo parecía un sueño. Uno horrible, pero al menos estaban juntos.
Abrió los ojos y miró a Noemí.—¿Cómo estás?
—Viva. Eso ya es suficiente.—Sí...
—respondió Erika, con una media sonrisa—. Supongo que sí.
Noemí le devolvió la sonrisa, leve, sincera
.Marcus los observó desde el asiento trasero y alzó una ceja.—Oigan, si se van a mirar así, mínimo compartan el aire, ¿no?
Erika bufó y Marcus soltó una carcajada suave.
—Idiota —murmuró ella.
—Sí, pero vivo —respondió él.
Vivian suspiró, mirando hacia la carretera.
—Ojalá todo esto termine pronto... quiero volver a casa.
Dylan la miró por el retrovisor.—Ya no hay "volver", Vivian. Solo "seguir".
Nadie respondió.
El coche continuó avanzando, y poco a poco las calles se hicieron más estrechas, los edificios más viejos. A lo lejos se veía la estructura imponente de una biblioteca antigua, con columnas de piedra y vidrios rotos.
Dylan redujo la velocidad. —Ahí es.
El grupo se inclinó hacia adelante, observando. La puerta principal estaba entre abierta.
Erika frunció el ceño. —¿Estás seguro de que está vacía?
—No —respondió Dylan—. Pero es lo mejor que tenemos.
El motor se apagó y el silencio volvió. Todos se quedaron quietos unos segundos, escuchando el sonido distante del viento y el crujir de las hojas en la calle.
Vivian se abrazó a sí misma.
—No puedo creer que hace unas horas todo estaba bien...
Marcus asintió. —A veces el mundo solo necesita un empujón para caerse.
Erika salió del coche, el sol golpeándole la cara. El calor y el olor a muerte eran insoportables, pero respiró hondo.
—Vamos. Si nos quedamos aquí, no duraremos mucho.
Los demás salieron tras ella. Dylan cerró la puerta del coche y echó un último vistazo al horizonte, donde el humo cubría los rascacielos de Chicago.
—Adiós, ciudad de mierda —murmuró.
Y mientras el grupo caminaba hacia la biblioteca, las sombras del mediodía se alargaban sobre el pavimento. No sabían qué encontrarían dentro, pero por primera vez tenían un destino... y eso, en medio del fin del mundo, era esperanza.