Capítulo I: Vorágine.
Evaristo atravesó la luna de cristal del bar tras romperla con la cabeza. Su cuerpo inerte golpeó el suelo entre cientos de trocitos de vidrio, que caían a la velocidad de un mundo que se detenía.
Un segundo después, aunque ahora a un ritmo frenético, por el hueco que acababa de dejar el cristal y también por la puerta, salió un tropel de gente. De estos, los dos primeros agarraron el cuerpo inerte del suelo y lo arrastraron unos metros hasta depositarlo en mitad de la calle.
—¡Despierta, nenaza! No ha sido para tanto —le gritaba el primero mientras le abofeteaba la cara.
—No aguanta nada —se reía el segundo individuo.
Detrás aparecieron otros dos que entre risas jaleaban a los agresores. Un quinto, Arsenio, les reprendía a gritos. Naiara, la novia de este último, salió corriendo detrás al tiempo que rogaba:
—Cariño, ¡vámonos! Esto va a acabar muy mal.
—Naiara, son mi hermano y sus amigos, tengo que pararles como sea —le contestó Arsenio.
—Ya sabes lo que pienso de tus amigos. Hace tiempo que debiste separarte de ellos —sentenció tajante Naiara.
—No lo hago por ellos. Lo sabes bien. Lo hago por mi hermano Pencho.
Mientras, cuatro gorilas habían rodeado el cuerpo de Evaristo: los dos que habían arrastrado el cuerpo al principio, y otros dos más que interpretaban un papel secundario. Estos últimos seguían un guion invisible en el que oficiaban de palmeros. Lo pisotearon y patearon mientras la víctima permanecía indefensa, inconsciente e inmóvil. Uno de ellos alzó la voz para gritar de una manera que distaba de cualquier forma de cordura:
—¡Kiniiii, mátalo!
Kini se giró para mirar al que le acababa de interpelar. Sonrió con una mueca ausente de toda humanidad. Bajó la mirada para fijarla en la cabeza de la víctima, y sin dejar un instante a la reflexión descargó una patada sobre ésta. La sangre de todas las personas presentes se heló al escuchar el eco que dejó un fuerte chasquido en la noche.
El silencio sólo fue roto por el sollozo nervioso de Keti, una muchacha que se arrodilló desmadejada y rota sobre el cuerpo de Evaristo. La mujer joven lo estrechó entre sus brazos y se agitó incrédula al pensar que tan sólo cinco minutos antes sonreía feliz mientras bailaba con su Evaristo.
Los cuatro animales, que le habían arrebatado la vida a Evaristo, corrían ahora calle abajo, mientras de fondo comenzaba a escucharse el eco de las sirenas de la policía. El pequeño grupo de gente que se había reunido alrededor de la tragedia se mostraba entre asombrada e indolente, una muestra más de que sin duda hacía tiempo que la comunidad había dejado de existir; aquello no era una comunidad, sólo gente que vivía apretujada en una ciudad. Las lentillas de todos ellos habrían grabado la escena desde diferentes puntos de vista, como si se tratara de una superproducción de cine; todas esas imágenes ya estarían en poder de la policía. Por eso nadie se había tomado la molestia de llamarlos; GNN había dado ya el aviso. La policía llegaría en breve, aunque tarde. Demasiado tarde.
Arsenio permanecía paralizado, sin saber qué hacer. Por un lado, su hermano en este momento era un sospechoso de colaborar en un asesinato; la policía ya tenía las grabaciones de todos los presentes: prueba suficiente para condenarlo. Pero, por otro lado, él no había tenido nada que ver, aunque se sentía responsable de no haber podido evitarlo antes. Naiara, más resolutiva, volvió sobre las palabras que le había dicho antes, e insistió:
—Arsenio, ahora sí que tenemos que irnos. ¡Ya! ¡Espabila! Escucha—dijo llevándose el índice a su oreja—. Ya están aquí —añadió mientras chasqueaba los dedos una y otra vez.
—Pero Naiara, mi amor, nosotros no hemos hecho nada.
—¡¿Crees que vivimos en los tiempos de nuestros padres?! —le espetó Naiara con sarcasmo.
Arsenio comprendió lo que ella quería decir con esa pregunta retórica. La democracia y la justicia con garantías no eran más que ecos del pasado. Esos conceptos ya sólo eran una bonita ensoñación en el recuerdo de otras generaciones. La pérdida de derechos hacía tiempo que había tomado una peligrosa velocidad de caída libre hacia el abismo de un sistema totalitario. Agarró de la mano a Naiara y se la llevó hasta donde ella había aparcado la moto a unos metros de la puerta del bar. Se pusieron el casco y con el susto aún metido hasta la médula, salieron a toda velocidad del lugar. La moto se encabritó levemente cuando Naiara giró el puño para acelerar.
Al cabo de interminables momentos recorriendo la ciudad, casi habían llegado hasta su bloque de apartamentos. Naiara acababa de pasar uno de los puentes de la ría, se apartó con un movimiento brusco, y detuvo la moto a un lado de la calzada. Se giró hacia atrás, y le dijo a Arsenio muy despacio y silabeando:
—Ge, ene, ene…
—¡¿Qué?!—contestó él, extrañado.
—¡Joder! GNN. La red ésa que han puesto en marcha hace unas semanas.
Arsenio se quedó pálido al comprender lo que significaban esas siglas. GNN (Global Neural Network). O lo que es lo mismo, la monitorización en tiempo real de todos los terminales móviles y demás periféricos. Toda esa información era analizada por una inteligencia artificial que, supuestamente, velaba por la seguridad de todos. Entre otras aplicaciones, ese análisis servía para la búsqueda de posibles delitos. En caso de detectar un delito o indicio de delito lo ponía en comunicación de la policía. Por supuesto que era un atentado contra la privacidad. Sin embargo, no era obligatorio tener teléfono ni lentillas inteligentes; sólo era una opción. De cualquier modo, a estas alturas, no quedaba casi nadie capaz de prescindir de las bondades que proporcionaban “gratuitamente” los pequeños dispositivos que después de décadas hacían la vida mejor a sus usuarios.
—¡Está todo grabado! —comprendió Arsenio.
—Efectivamente, así que de nada nos serviría huir, ni escondernos. Bueno, para ser más preciso: de nada te serviría a ti.
—Cierto, fuiste lista al prescindir de cualquier aparatejo portátil cuando empezó todo esto de GNN —dijo Arsenio con una mezcla de terror y arrepentimiento en la cara.
—Ahora te estarás preguntando por qué no me hiciste caso, ¿eh? —sonrió Naiara de una manera sombría.
—¿Qué más da ahora? De cualquier modo, yo no he hecho nada.
—No, no has hecho nada, pero tampoco hiciste nada para evitarlo. Siento ser agorera, pero tal y como están las cosas…
—¿Qué quieres decir?
—Que nos detendrán a los dos. La chica dirá que tú y yo íbamos también con los hijos de puta esos. Y sabes que las imágenes lo confirmarán.
—Un respeto, mi hermano va con ellos.
—¿Y qué? Mantengo lo que pienso. Lo sabes de sobra. Incluso sabes lo que pienso de tu hermano. No me sorprende que vaya a acabar mal. Hace tiempo que te lo digo.
Unas sirenas comenzaron a escucharse más cerca. Naiara le pidió a Arsenio que subiera a la moto de nuevo, aunque era demasiado tarde. Un dron de asalto asomó por una calle a dos manzanas de donde se encontraban y después de un quiebro imposible, enfiló hacia ellos con precisión. A los pocos segundos, la misma calle escupió un coche que seguía al dron. Otro segundo coche patrulla surgió de frente con la intención de cerrarles el paso. La única opción razonable que encontró Naiara fue la de quedarse quieta; al fin y al cabo, eran inocentes. No obstante, Naiara no estaba tranquila. El Nuevo Orden ya había dado muestras de ofrecer pocas garantías e imponía su ley con trazo grueso.
Los dos coches patrulla se detuvieron a su altura. Ambos, se mostraron cooperantes, se bajaron de la moto sin mostrar ningún tipo de resistencia. Uno de los agentes se adelantó hacia ellos, y vieron cómo de su casco brotaba una luz que proyectaba como suspendida en el aire, justo delante de ellos, la orden virtual de detención. Naiara lamentó tener siempre la razón. El agente habló dirigiéndose a Arsenio:
—Arsenio Marín, queda detenido por colaboración en asesinato, según lo dispuesto por la Ley de Control y Orden Ciudadano / GNN.
Naiara aguardó unos instantes, esperaba escuchar su nombre de boca del agente, pero tras unos segundos, no sucedió nada. Arsenio se colocó las manos tras la cabeza como le ordenaron. Luego le registraron y confiscaron la documentación y el móvil; también le pidieron que se quitara las lentillas y las depositara en una cápsula que le facilitó uno de los agentes. Cuando lo iban a subir al coche patrulla, Naiara intentó abrazarle. Pero un agente se interpuso y cerró la puerta mientras ella le gritaba:
—¡Eres inocente, te conseguiré un buen abogado!
Los dos coches patrulla se alejaron por la calle, dejando un silencio y un vacío que se llenó con velocidad de la rabia e impotencia que manaba de Naiara. Comenzó a menear la cabeza y hablar en alto como tratando de encajar lo sucedido:
—¿Por qué no me han detenido a mí? Yo estaba allí con Arsenio; igual que él. —Alzó la cabeza para mirar el coche patrulla que se alejaba—. ¿Cuál era la diferencia? ¡¿Qué soy una tía?! —Meneó la cabeza con más fuerza, y añadió—: No lo puedo creer…
No había tiempo que perder. El juicio se celebraría rápido y si no encontraba un abogado pronto, le asignarían un abogado virtual de oficio. Y eso ya sabía que tendría consecuencias catastróficas. Garantía nula.
Se sobrepuso a su indignación. montó en la moto y siguió camino a casa.