Prólogo: El Día Cero – 12 de marzo de 2026
12 de marzo de 2026 – Villa Carlos Paz, Córdoba
El verano cordobés apretaba fuerte. El lago San Roque brillaba como un espejo azul bajo el sol del mediodía, y la costanera estaba llena de turistas con helados, mates y selfies. El olor a choripán y cerveza fría flotaba desde los puestos. En las sierras, el viento movía los eucaliptos y pinos, y todo parecía normal. Nadie imaginaba que ese viernes sería el último día del mundo tal como lo conocían.
Javier Morales estaba debajo de un Peugeot 208 en su taller mecánico de la Ruta 38, a pocos kilómetros del centro de Carlos Paz. Tenía 34 años, las manos negras de grasa y una remera sudada pegada al cuerpo. Escuchaba cumbia en una radio vieja mientras cambiaba el filtro de aceite. Las primeras sirenas sonaron alrededor de las 14:30. Pensó que era un choque en la rotonda de la ruta. Siguió trabajando. Diez minutos después, los gritos llegaron claros.
Salió rodando de debajo del auto y vio la escena en la avenida: una mujer de vestido veraniego mordía salvajemente el cuello de un policía municipal. El oficial disparó dos veces al pecho de la mujer. Ella ni se inmutó. Siguió arrancando carne con los dientes. La sangre salpicaba el asfalto caliente. Javi sintió un nudo en el estómago. Agarró el machete grande que usaba para cortar maleza detrás del taller, cerró con candado la persiana y corrió hacia su casa en el barrio Las Delicias.
Las calles ya eran un infierno. Autos chocados, gente corriendo, otros mordiendo. Un colectivo de la línea 100 había volcado cerca del supermercado. Javi esquivó a dos infectados que salían de un kiosco y llegó a su casa. La puerta estaba abierta. Dentro, manchas de sangre en el piso de la cocina. Su esposa, Laura, y su hija de 8 años, Sofía, no estaban. Encontró el celular de Laura roto en el suelo y un mensaje sin enviar: “Javi, vienen por nosotras. Te amo”. Salió corriendo hacia la costanera, gritando sus nombres, pero solo encontró caos. Esa noche durmió en el techo de su taller, con el machete en la mano y el corazón hecho pedazos.
Valentina Ríos, de 19 años, estaba en una pileta privada en el barrio La Quinta, celebrando el cumpleaños de su mejor amiga. Llevaba un bikini negro y reía mientras salpicaba agua. El DJ ponía reggaetón fuerte. De repente, un hombre saltó la reja del fondo, tambaleándose. Tenía la boca ensangrentada y los ojos vidriosos. Arrastró a dos chicas al agua y empezó a morder. Los gritos cortaron la música. Valen reaccionó por instinto: tomó un palo de escoba de la pileta, lo rompió contra el borde y clavó la punta astillada en el ojo del primer infectado que se le acercó. El ruido húmedo la revolvió, pero no se detuvo.
Escapó por los techos de las casas vecinas, saltando de terraza en terraza con solo su short y una remera empapada. Abajo, la ciudad se desmoronaba. Escuchaba disparos lejanos, autos chocando y ese gemido gutural que pronto aprendería a temer. Pasó la primera noche subida a un árbol grande cerca de la ruta 20, temblando de frío y miedo. Desde allí vio cómo las luces de Villa Carlos Paz se apagaban una a una. Lloró en silencio pensando en sus dos hermanos menores, que habían quedado en casa con sus padres.
Mateo López, de 21 años, estaba en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), en Ciudad Universitaria. Era un viernes normal de clases prácticas de anatomía. El profesor explicaba el sistema nervioso cuando, de repente, colapsó sobre la mesa de disección. Se levantó segundos después con un gruñido animal y mordió el brazo de una alumna. El pánico fue inmediato. Tres estudiantes más fueron atacados en menos de un minuto. Teo, todavía con la bata blanca puesta, corrió hacia la salida junto a un grupo de compañeros. El campus enorme —con sus edificios modernos y jardines— se convirtió en una trampa.
Logró llegar al estacionamiento sur, robó una bicicleta que alguien había dejado sin candado y pedaleó hacia el oeste como loco. “Las sierras… menos gente”, se repetía. Atravesó barrios periféricos donde el caos ya era total. En Unquillo perdió a los dos compañeros que quedaban con él: una estampida de infectados los separó. Esa noche se refugió en una casa abandonada cerca de La Calera, con un cuaderno donde empezó a anotar todo lo que había visto: “El virus parece actuar en minutos. No responden a dolor. ¿Cerebro afectado parcialmente?”.
Alexis “Nonno” Rolón, de 24 años, estaba de guardia en la V Brigada Aérea de Villa Reynolds, San Luis. Como mecánico aeronáutico, revisaba los sistemas eléctricos de un IA-63 Pampa en uno de los hangares. El sol pegaba fuerte sobre la pista. A las 15:00 llegó la orden de emergencia por radio: “Disturbios civiles masivos en Córdoba y San Luis. Posible contagio desconocido. Mantengan posiciones”. Dos horas después, el infierno entró por dentro.
Un soldado de su propio escuadrón se levantó del piso del comedor con la boca ensangrentada y atacó a tres compañeros. Nonno tomó un FAL del arsenal cercano, cargó un cargador y disparó. Mató a tres infectados —incluidos rostros que conocía— antes de subirse a una Hilux militar que encontró con las llaves puestas. Puso rumbo norte hacia Villa Carlos Paz, su ciudad natal. Solo pensaba en su familia: sus padres y hermanos que vivían cerca del lago. La rodilla izquierda le dolía por una vieja lesión, pero apretó los dientes. El inhalador para el asma lo llevaba siempre en el bolsillo del pantalón táctico.
Condujo toda la noche, esquivando autos abandonados en la ruta 20. Vio columnas de humo en el horizonte y escuchó disparos aislados. Cuando llegó a las afueras de Carlos Paz al amanecer del 13 de marzo, la ciudad ya estaba perdida.