Capitulo 1
El eco de los tacones de Brunhilde resonaba contra el mármol pulido del Valhalla como el tictac de un reloj acercándose al apocalipsis. Cada paso era firme, metódico, pero carecía de la altivez habitual que la líder de las valquirias solía proyectar. El Ragnarok había cobrado su peaje, y la sangre derramada manchaba tanto la arena del Valhalla como las almas de los que aún respiraban.
Loki había muerto.
El Dios del Engaño, la burla encarnada de la mitología nórdica, el sádico de sonrisa perpetua, había sido finalmente silenciado. Su muerte no fue hermosa, ni poética. Fue cruda, brutal y definitiva. Y aunque Brunhilde debería haber sentido un triunfo embriagador, una vindicación por la humanidad y por sus hermanas caídas, lo único que sentía en ese momento era un vacío pesado, un frío lúgubre que se aferraba a sus huesos. El universo no se sentía más limpio sin Loki; se sentía como si hubieran levantado una roca para revelar los gusanos que se retorcían en la oscuridad debajo.
A su lado, caminando con una elegancia que rozaba lo espectral, iba Hermes. El Mensajero de los Dioses no había derramado una sola lágrima por el nórdico. Su rostro mantenía esa cortesía inescrutable, una máscara de mármol que jamás revelaba si estaba de luto o si simplemente disfrutaba del espectáculo de la tragedia ajena. Hermes conocía a Loki, compartían una sutil alianza basada en el caos y la observación, pero también conocía a Brunhilde. Él era el puente, el espectador neutral en la guerra entre deidades y humanos.
—Me sorprende que hayas insistido en venir aquí, Brunhilde —murmuró Hermes, su voz suave y aterciopelada cortando el silencio sepulcral del pasillo—. Los aposentos de un dios caído suelen ser sellados. Especialmente los de alguien con... los pasatiempos de Loki. Podría haber enviado a mis sirvientes a confiscar cualquier documento de interés.
—Tus sirvientes no saben lo que busco, Hermes —respondió ella, su voz ronca, desprovista de emoción—. Loki era una araña. Y aunque la araña esté muerta, su veneno y sus telarañas siguen intactos. Necesito saber qué conspiraciones dejó a medias, qué trampas nos esperan en las próximas rondas. No confío en el criterio de nadie más que en el mío.
Hermes esbozó una media sonrisa, inclinando levemente la cabeza.
—Como desees. Aunque debo advertirte... el Dios de las Mentiras rara vez dejaba algo útil sin esconderlo detrás de una locura.
Se detuvieron ante una puerta doble de madera de fresno, tallada con runas retorcidas que parecían moverse por el rabillo del ojo. No había guardias. Nadie quería acercarse a las habitaciones de Loki en vida, y mucho menos en la muerte.
Hermes extendió una mano enguantada y trazó un símbolo en el aire. La puerta gruñó, un sonido casi orgánico, y se abrió lentamente, liberando una ráfaga de aire viciado.
El olor fue lo primero que golpeó a Brunhilde. Era una mezcla asfixiante y contradictoria: incienso dulce, flores en estado de putrefacción, cobre viejo y un hedor químico que recordaba a los conservantes utilizados en la disección. Brunhilde arrugó la nariz, su expresión endureciéndose en una mueca de disgusto. Entró, con Hermes siguiéndola a una distancia prudencial, cerrando la puerta detrás de ellos y sellándolos en la tumba del engaño.
La habitación era inmensa, pero claustrofóbica. Las paredes estaban cubiertas de cortinajes de terciopelo verde oscuro y dorado, muchos de ellos rasgados o manchados. Había espejos por todas partes, pero ninguno reflejaba la luz correctamente; todos estaban curvados, agrietados o diseñados para distorsionar la imagen de quien se mirara en ellos. En el centro, un caos ordenado: mesas repletas de frascos con líquidos bioluminiscentes, máscaras de teatro con sonrisas grotescas, armas a medio forjar, y montañas de pergaminos apilados de forma precaria.
Era la mente de Loki vomitada sobre el espacio físico. Un manicomio de lujo.
Brunhilde avanzó, sus ojos esmeralda barriendo la habitación con una frialdad calculadora. No se dejó intimidar por las máscaras que parecían seguirla con la mirada.
—Revisa los mapas astrales y los archivos del Valhalla —le ordenó a Hermes, sin mirarlo—. Yo revisaré su escritorio personal.
Hermes asintió en silencio, dirigiéndose hacia una estantería abarrotada. Brunhilde se acercó a un escritorio de madera negra, macizo, que desentonaba con el resto del caos por estar impecablemente ordenado. Había una lámpara de aceite de llama verde perpetua, unas cuantas plumas de cuervo, y un cajón cerrado.
Sin dudarlo, Brunhilde levantó su mano, canalizando una fracción de su poder, y destrozó la cerradura mágica del cajón de un solo golpe. La madera crujió y cedió.
Dentro, no había mapas tácticos. No había listas de debilidades de los luchadores humanos. Sólo había un libro.
Era un tomo grueso, encuadernado en un cuero pálido y tenso que, de manera perturbadora, se parecía demasiado a la piel humana. Las páginas estaban hechas de un pergamino amarillento, casi crujiente. No tenía título.
Brunhilde lo sacó, sintiendo un leve cosquilleo de energía repulsiva al contacto con la cubierta. Lo abrió sobre el escritorio. La caligrafía era inconfundiblemente la de Loki: errática, afilada, cambiando de tamaño y presión como si reflejara los espasmos de su mente.
Era un diario.
Brunhilde suspiró, irritada. Esperaba encontrar estrategias, no las memorias delirantes de un dios egocéntrico. Sin embargo, su instinto le dijo que siguiera leyendo. A veces, las mayores debilidades de los dioses se encontraban en sus delirios de grandeza.
Comenzó a leer. Las primeras páginas eran exactamente lo que esperaba: quejas sobre Zeus, burlas crueles sobre la estupidez de Ares, esquemas para humillar a los dioses menores. Pero a medida que avanzaba, la fecha de las entradas se acercaba al inicio del Ragnarok. Y entonces, el tono del diario cambió bruscamente. El sarcasmo desapareció, reemplazado por una intensidad febril.
Y lo que era peor: el tema central de sus escritos cambió. Se centró en ella.
Día 4 antes del Juicio.
"La vi hoy en el Consejo. Esa postura estúpida, tan rígida, tan convencida de su propia rectitud. Todos los demás ven a una valquiria rebelde, una mosca molesta que será aplastada. Pero yo veo cómo aprieta la mandíbula. Veo la vena que palpita en su cuello cuando Zeus habla. Es tan hermosa cuando está al borde de la desesperación. Quiero presionar mi pulgar contra esa vena. Quiero verla romperse. No, no quiero que se rompa... quiero ser yo quien la desarme, pieza por pieza."
Brunhilde frunció el ceño. Un escalofrío, frío e involuntario, reptó por su columna vertebral. Leyó la siguiente entrada.
Día 1 del Ragnarok.
"Lu Bu. Un peón interesante, pero inútil. Thor hizo su trabajo. Pero la cara de Brunhilde... oh, dioses, su cara. Cuando su hermana fue destruida, vi cómo sus ojos se apagaban por una fracción de segundo. Ese dolor... fue exquisito. Me excitó de una manera que la ambrosía y la sangre ya no pueden. Es un monstruo disfrazado de santa, sacrificando a sus hermanas por orgullo. Somos tan parecidos, ella y yo. Ambos estamos podridos por dentro. ¿Por qué se resiste a verlo? ¿Por qué no me mira como yo la miro a ella?"
Las manos de Brunhilde comenzaron a temblar. No era miedo, era una repulsión tan profunda que amenazaba con hacerle devolver el estómago. Ella siempre había sabido que Loki era un sádico, que disfrutaba torturándola mentalmente, pero esto... esto no era simple burla. Era una obsesión enfermiza. El diario apestaba a una devoción retorcida, una lujuria nacida de la crueldad.
El diario detallaba cómo la espiaba. Describía la forma en que su cabello caía sobre sus hombros, el sonido exacto de su respiración cuando estaba cansada. Había dibujos, bocetos hechos a carboncillo que captaban sus expresiones de ira, de dolor, de frustración. Ninguno la mostraba sonriendo. Loki estaba enamorado de su sufrimiento.
Pasó las páginas con violencia, buscando el final, buscando algo que pudiera usar, algo que no fuera el testimonio de un acosador divino.
Y entonces, sus ojos se detuvieron en una página manchada con lo que parecía vino derramado... o sangre seca. El nombre escrito en la parte superior hizo que el corazón de Brunhilde se detuviera.
Siegfried.
El aire pareció abandonar los pulmones de la valquiria. El nombre que había enterrado en lo más profundo de su ser, el amor de su vida, el héroe encadenado en lo más profundo del Tártaro. Apretó los dientes hasta que las mandíbulas le dolieron y obligó a sus ojos a enfocar las palabras retorcidas de Loki.
"Ese maldito semidiós. Ese perro sarnoso. ¿Cómo se atreve a tocar lo que me pertenece por derecho de caos? Brunhilde sonríe para él. Una sonrisa real, cálida. Me enferma. Me da asco. He visto cómo se miran en los jardines. He visto cómo él aparta un mechón de su cabello. Debería arrancarle los dedos uno por uno."
La respiración de Brunhilde se volvió errática.
"No podía matarlo, por supuesto. Eso la convertiría en una mártir, fortalecería su estúpido concepto del amor humano. No. La tragedia es un maestro mucho mejor. Tenía que ser el destino. Tenía que ser la Ley de los Dioses quien se lo arrebatara, para que ella odiara el sistema, no a mí."
Brunhilde se aferró al borde del escritorio, la madera astillándose bajo la fuerza de sus nudillos blancos.
"Fue patéticamente fácil. El viejo Odín está tan ciego por su paranoia sobre el equilibrio de los mundos. Solo necesité unas cuantas palabras susurradas en los banquetes. Unos cuantos documentos falsificados dejados en la biblioteca del Valhalla. Insinué que Siegfried, con sus conexiones con los dragones y su rebeldía inherente, estaba planeando un golpe contra el panteón nórdico. El viejo cuervo mordió el anzuelo. No fue Zeus quien exigió el encarcelamiento de Siegfried. Fue Odín. Y Odín lo hizo porque yo le mostré las sombras que no existían."
"Y así, el gran héroe fue arrojado al Tártaro. Y yo estuve allí, entre las sombras, viendo cómo se lo llevaban. Vi cómo el corazón de Brunhilde se partía en dos. Estuvo llorando en sus aposentos durante tres días. Me paré afuera de su puerta cada una de esas noches, escuchando sus sollozos. Era la melodía más hermosa del mundo. Se quedó sola, amargada, fría. Perfecta. Justo como yo la quería. Si no puedo tener su amor, me conformaré con haber creado su odio."
—¡NO! —El grito rasgó la garganta de Brunhilde antes de que pudiera contenerlo.
Fue un sonido gutural, salvaje, desprovisto de toda la compostura que la caracterizaba. Con un movimiento violento, barrió el diario, la lámpara, los frascos y las plumas del escritorio, enviándolo todo a estrellarse contra el suelo de piedra. El cristal se hizo añicos, y el líquido verde siseó al tocar el suelo, levantando un humo acre.
Brunhilde cayó de rodillas. El impacto contra el suelo resonó en la habitación, pero ella no sintió dolor físico. El dolor estaba en su pecho, un agujero negro que se expandía, devorando sus entrañas.
Siegfried...
Todos estos años. Todos estos siglos de agonía, de culpa, creyendo que el sistema de los dioses, el destino inevitable, era lo que los había separado. Ella había iniciado el Ragnarok por la humanidad, sí, pero también impulsada por el rencor hacia un panteón que consideraba injusto.
Y todo había sido una mentira. Una maldita broma pesada.
No fue el destino. No fue una ley inquebrantable. Fue él. Fue la rabieta de un dios celoso, asqueroso y mezquino. Loki había destruido la única fuente de felicidad pura en su larga existencia simplemente porque no podía soportar no ser el centro de atención, porque su retorcida mente confundía la crueldad con el amor.
Siegfried estaba pudriéndose en el Tártaro en ese mismo instante, soportando tormentos inenarrables, no por ser una amenaza, sino por ser víctima de un engaño infantil y perverso.
Brunhilde se cubrió el rostro con las manos. Las lágrimas, calientes y furiosas, comenzaron a brotar, quemando su piel. Era una mezcla nauseabunda de dolor absoluto y de una ira tan pura, tan concentrada, que amenazaba con hacerla estallar. Se odió a sí misma por no haberlo visto. Odió a Odín por ser un idiota paranoico. Pero, sobre todo, sintió un odio hacia Loki que trascendía la muerte. Deseó poder revivirlo, solo para destriparlo lentamente, durante milenios.
Unos pasos suaves se acercaron. Hermes se detuvo a un par de metros de ella. No se arrodilló para consolarla; sabía que ella lo mataría si lo intentaba. En su lugar, su voz flotó en el aire, fría, clínica, pero con un matiz de genuina curiosidad.
—He leído documentos similares en mi larga existencia, Brunhilde. La depravación de los dioses no es un secreto para mí —dijo Hermes, observando el diario tirado en el suelo—. Pero confieso que el nivel de injerencia de Loki en tu vida personal... es notable. Fue el arquitecto de tu miseria.
Brunhilde levantó el rostro. Sus ojos estaban inyectados en sangre, las lágrimas surcaban sus mejillas pálidas, pero su mirada era la de un lobo acorralado, letal y rota.
—Lo sabía... —siseó ella, su voz temblando por la furia contenida—. ¿Tú lo sabías, Hermes? ¡DÍMELO! ¿¡SABÍAS QUE ÉL INCRIMINÓ A SIEGFRIED!?
Hermes no retrocedió ante la explosión de ira de la valquiria. Mantuvo su postura impecable.
—No. Lo sospechaba, quizás. Los rumores sobre la traición de Siegfried siempre me parecieron... torpes. Incompletos. Carecían de la elegancia de una verdadera rebelión. Pero no tenía pruebas. Y aunque las tuviera... yo soy un mensajero, Brunhilde. No un juez.
Ella soltó una carcajada amarga, un sonido áspero que rozaba la locura.
—Por supuesto. Los dioses sólo miran. Qué asco me dan. Todos ustedes.
Se puso en pie con dificultad, apoyándose en los restos del escritorio destrozado. Respiró profundamente, obligando a su mente a compartimentar el dolor. Habría tiempo para llorar por Siegfried. Habría tiempo para encontrar la forma de liberarlo, ahora que sabía la verdad. Pero todavía estaba en la habitación de Loki. Sentía que el aire estaba contaminado, que las paredes mismas se burlaban de ella con la voz muerta del bromista.
—Terminemos con esto —dijo, limpiándose el rostro con el dorso de la mano con ferocidad—. Quiero asegurarme de que no haya nada más en este pozo séptico de habitación. Voy a quemarlo todo.
Hermes asintió, aunque sus ojos se desviaron hacia el fondo de la estancia.
—Si ese es tu deseo. Sin embargo... me temo que hay algo más que deberías ver antes de encender la cerilla.
El tono de Hermes había cambiado. Por primera vez, no había sarcasmo ni neutralidad clínica. Había una leve nota de inquietud, algo extremadamente raro en el Dios Griego.
Brunhilde siguió la mirada de Hermes. En la parte más alejada y oscura de la inmensa habitación, detrás de una serie de biombos tallados con figuras deformes, había un rincón que ella había pasado por alto. Estaba oculto tras un grueso telón de terciopelo carmesí, asegurado con pesadas cadenas de plata.
—¿Qué es? —preguntó Brunhilde, su instinto advirtiéndole que diera media vuelta y huyera de esa habitación de inmediato.
—La magia de ocultación aquí es densa. Demasiado densa —murmuró Hermes, caminando lentamente hacia el telón—. Loki gastó una cantidad exorbitante de poder divino sólo para mantener esta esquina aislada del resto del Valhalla. Ni siquiera el aura de Odín podría haber penetrado esto. Estaba diseñado para esconder algo... íntimo.
El estómago de Brunhilde volvió a contraerse. La palabra "íntimo" asociada a Loki era sinónimo de pesadilla.
Caminó hacia las cadenas. Ya no sentía furia, sólo un pavor frío, viscoso, que se adhería a sus pulmones. Agarró la plata fría. Las cadenas vibraron, emitiendo un leve zumbido mágico, pero la voluntad de Brunhilde era ahora un hierro forjado en la desesperación. Canalizó todo su rechazo, y con un crujido sordo, los eslabones de plata se rompieron, cayendo al suelo como serpientes muertas.
Brunhilde agarró el borde del pesado telón carmesí y tiró de él.
El polvo se arremolinó en el aire, brillando bajo la luz tenue de las velas mágicas.
Y entonces, Brunhilde la vio.
El grito que se formó en su garganta murió antes de nacer, ahogado por una parálisis total y absoluta. Su cerebro se negó a procesar la imagen durante varios segundos, entrando en un estado de negación primitiva.
Allí, en el centro de un pequeño pedestal rodeado de velas medio derretidas y ofrendas podridas, había una figura.
Era ella.
O, mejor dicho, una réplica grotescamente perfecta, perturbadoramente exacta de ella misma.
No era una simple estatua. No estaba esculpida en mármol ni tallada en madera. Era un maniquí de tamaño real, pero el término "maniquí" no le hacía justicia a la atrocidad que se erguía ante ellos. Era una obra maestra de la nigromancia y la obsesión más enfermiza, un trabajo de "taxidermia divina".
Brunhilde retrocedió un paso, sus piernas amenazando con ceder. Sus ojos estaban desorbitados, incapaces de apartar la vista del horror.
La piel de la figura no era sintética. Tenía la textura, la palidez y el ligero brillo de la piel real. Parecía... viva, aunque fría. Brunhilde sintió una arcada violenta al darse cuenta de que Loki probablemente había despellejado a ninfas o a deidades menores que tuvieran un tono de piel similar al suyo, cosiendo los fragmentos con una magia tan meticulosa que las costuras eran casi invisibles.
Pero lo peor no era la piel. Era el rostro.
Era su rostro. Cada ángulo de sus pómulos, la ligera curva de su nariz, la forma de sus labios. Estaba todo allí, recreado con una exactitud que solo alguien que la hubiera estudiado durante siglos podría lograr. Los ojos eran esferas de cristal, pero de alguna manera, Loki había logrado capturar el verde esmeralda exacto de los ojos de Brunhilde. Sin embargo, no tenían vida. Eran pozos muertos, brillantes, que la miraban fijamente, devolviéndole su propia mirada aterrada.
La expresión del rostro de la muñeca era lo que verdaderamente congeló la sangre de Brunhilde. No estaba enojada. No estaba seria ni estoica. La muñeca tenía una expresión de sumisión absoluta, los labios ligeramente entreabiertos en un rictus de adoración ciega, los ojos vidriosos mirando hacia arriba, como si estuviera arrodillada ante su amo.
Brunhilde sintió que el aire se volvía venenoso. Empezó a hiperventilar, llevándose una mano a la boca para contener la náusea que subía por su garganta como bilis negra.
—Por todos los dioses... —El susurro de Hermes a sus espaldas fue lo único que rompió el silencio. Incluso él, que había visto las profundidades del inframundo y las atrocidades de los titanes, sonaba genuinamente perturbado.
La mirada de Brunhilde descendió hacia el cabello de la figura. Era largo, oscuro, con el inconfundible tono del cielo nocturno de medianoche. Era idéntico al suyo. No. No era idéntico. Era su cabello.
Recuerdos fragmentados comenzaron a asaltar la mente de la valquiria. Las veces, a lo largo de los siglos, que se había despertado sintiendo que alguien había estado en su habitación. Los cepillos que desaparecían. Los mechones de cabello que faltaban tras batallas o reuniones tensas. Loki había estado recolectando sus cabellos, uno por uno, hebra por hebra, a lo largo de cientos de años, para tejer la cabellera de esta abominación.
La muñeca estaba vestida con una réplica exacta de la armadura de valquiria de Brunhilde, pero la ropa estaba desaliñada. La corbata estaba deshecha, la tela alrededor del cuello estaba arrugada y manchada. Y el posicionamiento...
La figura no estaba de pie con orgullo. Estaba dispuesta sobre un diván de terciopelo manchado, sus articulaciones—magicamente articuladas, se dio cuenta Brunhilde con un nuevo estallido de terror—colocadas en una pose de vulnerabilidad, de entrega.
Había marcas en la piel pálida del cuello de la muñeca. Marcas de mordeduras, moretones purpúreos falsos pintados o infligidos mágicamente, suciedad en la ropa. Era el rastro de un uso frecuente, sucio y repulsivo.
La mente de Brunhilde finalmente se quebró.
La visualización de lo que Loki hacía en esta habitación, con esta... cosa. De cómo le hablaba, de cómo la tocaba, de cómo proyectaba en este trozo de carne muerta y magia oscura todas sus fantasías depravadas de dominarla y someterla. Él había destruido la vida de su amado Siegfried para dejarla vacía, y luego venía aquí, a este santuario de la demencia, a jugar a ser el dueño de un cuerpo que imitaba el de ella.
Era una violación espiritual. Una profanación de su misma existencia.
Un grito desgarrador, un aullido de pura agonía, asco y terror, finalmente estalló desde lo más profundo del ser de Brunhilde. Fue el sonido de un alma que se daba cuenta de que nunca, jamás, había estado a salvo.
Se abalanzó hacia adelante, la cordura abandonándola por completo.
—¡AAAAAAAAAHHH! —chilló, sus manos, envueltas en luz divina y fuerza bruta, se cerraron alrededor del cuello de la muñeca.
La piel falsa cedió bajo sus dedos con un sonido húmedo repugnante. Brunhilde tiró con toda la fuerza de un ser celestial, arrancando la cabeza de la réplica de sus hombros. Los hilos mágicos y los tendones falsos chasquearon como látigos. Sangre negra y espesa, un líquido alquímico asqueroso, brotó del muñón, salpicando el rostro y la ropa de Brunhilde.
Pero ella no se detuvo. Lanzó la cabeza falsa contra la pared de piedra, donde el cráneo artificial se hizo añicos, enviando un globo ocular de cristal esmeralda a rodar por el suelo hasta detenerse cerca de los zapatos de Hermes.
Brunhilde se lanzó sobre el cuerpo inerte, destrozándolo con sus propias manos. Rompió la caja torácica que simulaba los senos de una mujer, arrancó los brazos de sus articulaciones esféricas, rasgó la ropa, destripó el relleno macabro de hierbas malditas y carne muerta. Lloraba, gritaba maldiciones en lenguas nórdicas antiguas, gruñía como una bestia salvaje intentando matar a un depredador que ya estaba muerto.
Sus manos estaban cubiertas de esa savia negra y restos de carne no identificable. Destrozó el diván, aplastó el pedestal, rompió cada espejo de la zona oscura, buscando borrar el reflejo de lo que acababa de ver.
Quería arrancarse su propia piel. Sentía que cada milímetro de su cuerpo estaba sucio, contaminado por la mirada invisible y muerta de Loki. Él la había poseído en esta habitación. La había mancillado sin siquiera tocar su verdadero cuerpo.
Hermes no intervino. Observó en silencio la masacre, su rostro solemne. Comprendía que detenerla en ese momento sería el equivalente a intentar detener un huracán con las manos desnudas. Solo podía dejar que la tormenta se agotara por sí misma.
Finalmente, Brunhilde cayó de rodillas sobre los restos mutilados de la abominación. Su respiración era áspera, entrecortada. Estaba empapada en sudor, lágrimas y la sangre alquímica de la muñeca. Sus manos, manchadas de negro, temblaban incontrolablemente frente a ella.
El silencio volvió a caer sobre la habitación, pero esta vez, no era un silencio sepulcral. Era un silencio pesado, vibrante, cargado con el eco de un trauma imborrable.
Brunhilde miró sus manos temblorosas. Luego miró los pedazos esparcidos por el suelo. Un trozo de piel falsa con la misma curva de su hombro. El cabello oscuro enredado en los charcos oscuros.
El terror, un terror profundo, negro y existencial, se apoderó de ella.
—No hay luz... —susurró, su voz apenas un hilo rasposo, vacía de toda esperanza—. No hay luz al final de esto, Hermes.
Hermes la miró desde su posición, los ojos oscuros insondables.
—Los dioses son seres de caprichos infinitos, Brunhilde. Y en el infinito, también reside la infinita depravación.
Ella no pareció escucharlo. Su mirada estaba fija en la nada. La líder implacable, la valquiria que había desafiado al mismísimo Zeus, parecía haberse reducido a cenizas por dentro.
Siegfried torturado por una mentira. Su propia imagen profanada por un psicópata inmortal. Todo su sufrimiento, toda su lucha, orquestada en las sombras para el entretenimiento privado de un monstruo.
El pesimismo la aplastó como una montaña que se derrumba. ¿Por qué luchaba? ¿Por la humanidad? ¿Para liberarlos del gobierno de estos seres? Los dioses no eran sólo tiranos; eran enfermos. Eran una enfermedad cósmica incurable. Incluso si la humanidad ganaba el Ragnarok, el universo seguiría manchado por el legado de escoria como Loki. La suciedad nunca se lavaría del todo.
Lentamente, Brunhilde se levantó. Sus movimientos eran rígidos, robóticos. No se molestó en limpiarse las manos ni el rostro. El hedor de la magia muerta se aferraba a ella como una segunda piel, y una parte de su mente rota le susurraba que nunca volvería a sentirse limpia.
Se giró hacia Hermes. Sus ojos esmeralda, los reales, habían perdido su brillo feroz. Eran tan oscuros y vacíos como los de la muñeca de cristal que yacía destrozada en la esquina.
—Quémalo —ordenó, su voz plana, desprovista de cualquier entonación humana.
—¿Todo? —preguntó Hermes suavemente.
—Todo. Quema la habitación. Quema los pasillos si es necesario. Que no quede ni las cenizas de esta podredumbre.
Sin esperar respuesta, Brunhilde comenzó a caminar hacia la salida. Cada paso dejaba una huella oscura y pegajosa en el mármol.
—Y Hermes... —se detuvo en el umbral de la puerta, sin darse la vuelta. Su voz era un susurro frío que helaba la sangre—. Si alguna vez, en el resto de la eternidad, descubro que tú o cualquier otro dios guardó silencio sobre... algo de lo que había aquí dentro... juro por mi alma condenada que el Ragnarok parecerá un juego de niños comparado con lo que les haré.
Hermes bajó la mirada, en una genuina y rara muestra de reverencia ante el dolor ajeno.
—Tienes mi palabra, Brunhilde. Esta habitación, y sus secretos, mueren hoy aquí.
Ella asintió lentamente y cruzó el umbral, adentrándose en los fríos e interminables pasillos del Valhalla.
A sus espaldas, escuchó el siseo del fuego divino de Hermes comenzando a devorar las cortinas, consumiendo el escritorio, el diario, y los restos profanos de la muñeca. El calor intentó alcanzarla, pero el frío en su interior era demasiado denso.
Brunhilde caminó hacia la oscuridad del pasillo, sola. Iba a continuar el torneo. Iba a seguir enviando a sus hermanas a morir, iba a seguir apoyando a los humanos. Pero el fuego justiciero que la había impulsado se había apagado, reemplazado por un odio tóxico, negro y desesperado.
Había descubierto la verdad. Y la verdad era que en el reino de los dioses, incluso el amor era solo una excusa para la más aterradora de las pesadillas.








