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El Caos de Aslaug

Summary

¿Cómo sería si la Valkiria Brunhilde y El Matadragones Siegfred tuviera una hija en el Valhalla?

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1
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n/a
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16+

Cap 1

El Valhalla era un lugar diseñado para la eternidad. Sus salones estaban construidos para resistir el choque de los titanes, el fuego de los dragones y el orgullo desmedido de los dioses. Sin embargo, nadie, ni siquiera el mismísimo Zeus, había previsto que la mayor amenaza para la paz del reino divino mediría menos de un metro y llevaría un vestidito con volantes.

Su nombre era Aslaug.

Tenía cinco años. Poseía el cabello negro y lacio de su madre, los ojos brillantes y llenos de una energía inagotable de su padre, y una capacidad destructiva que habría hecho sudar al mismísimo Shiva. Era la hija de Brunhilde, la líder de las valquirias, y de Siegfried, el héroe de los nibelungos.

—¡Siegfried! ¡Quítale esa espada de las manos ahora mismo! —El grito de Brunhilde resonó por los pasillos de la mansión de las valquirias, haciendo temblar los cuadros en las paredes y provocando que un par de cuervos que pasaban cerca de la ventana perdieran plumas del susto.

En el centro del salón, Siegfried, el legendario asesino de dragones, estaba arrodillado en el suelo, riendo a carcajadas mientras una pequeña niña balanceaba una réplica de madera (pero sorprendentemente pesada) de la espada Balmung.

—¡Jajaja! ¡Mírala, Hilde! —exclamó Siegfried, esquivando un golpe que habría decapitado a un humano normal, con una sonrisa de oreja a oreja—. ¡Tiene un agarre perfecto! ¡Esa es mi niña! ¡Golpea más fuerte, Aslaug! ¡Imagina que soy un dragón!

—¡Gwaaaar! —rugió la pequeña Aslaug, mostrando sus pequeños dientes mientras lanzaba un tajo horizontal.

Brunhilde se frotó el puente de la nariz. Sus ojeras eran más profundas que durante el Ragnarok. Vestía su impecable traje formal azul y blanco, pero su aura era la de una mujer que estaba a tres segundos de iniciar un genocidio divino.

—Siegfried... —dijo Brunhilde, su voz bajando a un tono gutural, ese tono que usaba justo antes de enviar a alguien a la muerte—. Hoy es el Banquete del Milenio. La cumbre de paz entre los dioses del Valhalla y los Einherjar. No puede ir cubierta de astillas y sudor. ¡Y por amor a Odín, deja de enseñarle a decapitar gente!

—Oh, vamos, Hilde. El mundo es peligroso —Siegfried atrapó a la niña en el aire cuando esta intentó una estocada voladora, sentándola sobre sus hombros—. Un par de trucos no le harán daño. Además, ¿quién se atrevería a tocar a la hija del asesino de dragones y la mejor valquiria?

—Ese es exactamente el problema —murmuró Brunhilde, mordiéndose la uña del pulgar con nerviosismo, un viejo hábito que no podía dejar—. Los dioses son rencorosos. Los humanos son impredecibles. ¡Todos son un peligro! ¡Göll!

La puerta se abrió de golpe y Göll entró tropezando con sus propios pies. Llevaba una pila de vestidos infantiles que amenazaban con aplastarla.

—¡A-Aquí estoy, hermana Hilde! —Göll lloriqueó, dejando caer los vestidos sobre el sofá—. ¡Traje las opciones! Pero no sé cuál es mejor. ¡El vestido rosa es lindo, pero Hrist dijo que necesitaba algo con placas de acero en caso de que Ares estornude cerca de ella!

Justo en ese momento, Hrist entró en la habitación. La segunda valquiria lucía calmada y maternal, acomodándose las gafas con elegancia.

—Göll, querida, exageras. Solo sugerí una ligera cota de malla debajo de la seda. La niña debe lucir hermosa para la gala —Hrist sonrió dulcemente, acariciando la cabeza de Aslaug—. ¿Verdad que sí, mi pequeña princesa?

Aslaug le sacó la lengua y agitó su espada de madera. Hrist parpadeó. De un segundo a otro, la expresión maternal desapareció, sus ojos se inyectaron en sangre y su voz se volvió un rugido demoníaco.

—¡ESO ES! ¡MATA A ESOS BASTARDOS EGOCÉNTRICOS DE LOS DIOSES! ¡MUESTRA QUE EL LINAJE DE LAS VALQUIRIAS NO SE INCLINA ANTE NADIE! ¡CÓRTALES LAS PIERNAS!

—¡Hrist, por favor, controla tu segunda personalidad frente a la niña! —gritó Brunhilde, sintiendo que le latía una vena en la sien.

Siegfried se rió a carcajadas, bajando a Aslaug y dándole unas palmaditas en la espalda. —Bueno, iré a ponerme mi traje. Hilde, no te estreses tanto. Será un día divertido.

—Divertido... —Brunhilde miró al vacío. Recordó el Ragnarok. Recordó la sangre, los gritos, los dioses enfurecidos. Y ahora, tenía que llevar a su pequeña hija, la combinación genética de la rebeldía humana y la terquedad de las valquirias, a un salón lleno de esos mismos seres. ¿Qué podría salir mal?

El salón de banquetes era una maravilla arquitectónica. Mesas kilométricas repletas de manjares de todos los rincones de la Tierra y el cielo. En un lado de la sala, los dioses supremos conversaban (o discutían). En el otro, los campeones de la humanidad, los Einherjar, disfrutaban de su eternidad ganada con sangre.

Heimdall, el vigía del apocalipsis, estaba en una esquina con su gigantesco cuerno, anunciando las llegadas.

—¡Y AHORA, HACIENDO SU ENTRADA! ¡LA LÍDER DE LAS VALQUIRIAS, BRUNHILDE, EL HÉROE SIEGFRIED, Y... EHH... LA PEQUEÑA ASLAUG!

Las pesadas puertas de roble se abrieron. Brunhilde entró marchando con la rigidez de un general inspeccionando tropas, sus ojos escaneando la habitación en busca de francotiradores, trampas mágicas o dioses con malas intenciones. A su lado, Siegfried caminaba relajado, saludando con la mano a varios guerreros.

En medio de los dos, sostenida firmemente por la mano de su madre (y con un dispositivo de rastreo oculto en el lazo de su vestido rojo que Brunhilde había instalado la noche anterior), estaba Aslaug. La niña miraba todo con ojos enormes.

El primer grupo con el que se cruzaron fue el de los humanos.

—Vaya, vaya. ¿Pero qué tenemos aquí? —Una voz elegante y teñida de un ligero acento británico se escuchó. Jack el Destripador estaba sentado en un sillón de terciopelo, bebiendo té de Darjeeling. Acomodó su monóculo y sonrió amablemente—. Qué color tan fascinante tiene esta pequeña. Un alma vibrante, llena de... travesuras.

—Jack. Te lo advierto. A cinco metros de ella —gruñó Brunhilde, poniéndose instintivamente frente a Aslaug.

—Oh, no tema, my lady —Jack sacó una rosa de la nada con un elegante movimiento de muñeca, cortando las espinas con sus dedos desnudos en un parpadeo antes de ofrecérsela a la niña—. Una flor para una joven dama.

Aslaug tomó la rosa, la miró, y luego intentó comérsela.

—¡No se come, cariño! —Siegfried rió, quitándole los pétalos de la boca.

—¿Alguien necesita ayuda? —Una voz calmada hizo que todos se giraran. Adam, el Padre de la Humanidad, se acercó caminando despacio. Estaba completamente desnudo, salvo por su característica hoja de parra, y masticaba perezosamente una manzana.

Al ver a Aslaug, los ojos de Adam se suavizaron. Se agachó hasta quedar a la altura de la niña y sacó una manzana verde de su bolsa, ofreciéndosela.

—Hola, pequeña. Eres muy linda. ¿Tienes hambre? No dejes que tu mamá te estrese tanto, los padres a veces nos preocupamos de más —dijo Adam con una voz tan pacífica que incluso Brunhilde sintió que sus hombros se relajaban un poco.

Aslaug tomó la manzana felizmente. —¡G-Gracia, Paba!

Adam sonrió, dándole unas palmaditas en la cabeza. —Buena chica. Brunhilde, si alguna vez necesitas una niñera, Eva y yo estaríamos encantados. Nuestros hijos ya están un poco grandes.

Antes de que Brunhilde pudiera agradecer (o rechazar por paranoia) la oferta, un estruendo hizo temblar las mesas cercanas.

—¡HAAAO! —Qin Shi Huang, el Primer Emperador de China, apareció con los brazos extendidos y los ojos vendados, caminando por una alfombra roja que sus sirvientes habían desenrollado mágicamente—. ¡Un nuevo súbdito ha llegado ante el Emperador! ¡Y qué súbdito tan adorable!

Qin se inclinó y, sin pedir permiso, le quitó el lazo del pelo a Aslaug y le colocó una réplica exacta, en miniatura, de su propia corona de emperador.

—¡Ahora eres una princesa de China! ¡Camina con orgullo! —declaró Qin.

—¡Oye, viejo, devuélvele su lazo! —se quejó Göll, que venía detrás del grupo cargando una mochila con pañales divinos, biberones de ambrosía y un botiquín de primeros auxilios.

A un lado, Sasaki Kojiro estaba sentado en el suelo, afilando su espada. Miró a la niña y luego a Siegfried. —Tiene buena postura. Si alguna vez quiere aprender a leer las corrientes de aire y cortar golondrinas, búscame.

—¡Por supuesto, Kojiro! ¡Sería un honor! —respondió Siegfried, chocando los cinco con el espadachín japonés.

—¡Siegfried, no vas a enseñarle a nuestra hija de cinco años a usar una katana! —siseó Brunhilde.

De repente, una sombra masiva cubrió al grupo. Lu Bu Housen, el General Volador, estaba de pie junto a ellos. No dijo una sola palabra. Sus ojos, salvajes e inyectados en sangre, miraron fijamente a la niña. El silencio fue absoluto. Brunhilde se tensó, lista para invocar su Volundr si era necesario.

Lu Bu acercó su enorme y cicatrizada mano hacia el rostro de Aslaug. Göll soltó un grito ahogado. Siegfried simplemente observó, confiando en el guerrero.

La mano de Lu Bu se detuvo a un centímetro. Detrás de él, el enorme caballo demoníaco, Red Hare, asomó la cabeza y le dio un gran lengüetazo en la mejilla a Aslaug, dejándola cubierta de baba equina. Lu Bu dejó escapar un bufido que pareció una pequeña risa, dio media vuelta y se marchó.

—Bueno... eso salió mejor de lo esperado —murmuró Thrud, la enorme valquiria musculosa, que se había posicionado detrás de Lu Bu lista para hacerle un suplex por si acaso.

Superar a los humanos era fácil; al fin y al cabo, eran familia extendida. Pero luego, cruzaron el centro del salón. La temperatura pareció bajar y subir al mismo tiempo. El aura de los dioses era sofocante.

—Vaya, vaya, vaya... ¡Ho, ho, ho!

Un anciano decrépito con una barba descuidada apareció frente a ellos, moviéndose a una velocidad que desafiaba la física. Zeus se agachó frente a Aslaug, sus músculos contrayéndose esporádicamente.

—Pero mira qué criaturita tan fascinante —dijo Zeus, estirando una mano nudosa para pellizcarle la mejilla—. La hija de la valquiria rebelde y el prisionero del Tártaro. Tiene mucha energía... ¡Me pregunto si sabrá pelear! ¡Ho, ho, ho!

Brunhilde dio un paso al frente, interponiéndose entre Zeus y su hija. Sus ojos eran témpanos de hielo.

—Lord Zeus. Le sugiero que mantenga sus manos alejadas de ella. La última vez que tocó algo mío sin permiso, perdió a su hermano en el torneo.

La tensión se podía cortar con un cuchillo. Ares, el Dios de la Guerra, que estaba de pie detrás de Zeus, comenzó a sudar a mares.

—P-Padre, por favor, no provoques a la valquiria. ¡Y mira a la niña! —Ares tragó saliva temblando. Aslaug lo estaba mirando fijamente, con los ojos muy abiertos y la corona de Qin ligeramente torcida en su cabeza—. ¡Me está mirando! ¡Está analizando mis puntos débiles! ¡Lo sé! ¡Tiene la mirada de un monstruo!

—Hermano, es solo una niña de cinco años —suspiró Hermes, apareciendo a un lado con una bandeja de plata—. ¿Le gustaría un poco de jugo de néctar, señorita Aslaug?

Antes de que Hermes pudiera servirle, una nube de humo verde apareció frente a la cara de la niña. Loki, el Dios del Engaño, estaba colgando boca abajo en el aire, flotando.

—¡Bú! —gritó Loki, transformando su rostro en el de un monstruo grotesco con tentáculos.

Aslaug parpadeó. Luego, en lugar de llorar, levantó su pequeña mano y le dio un bofetón directamente en la nariz a la ilusión de Loki con una fuerza sorprendentemente brutal para su tamaño. El sonido de la bofetada resonó en la sala.

—¡Ay! —Loki volvió a su forma normal, frotándose la nariz—. ¡Oye, eso dolió, mocosa!

—¡Loki! ¡Aléjate de ella! —rugió Brunhilde, a punto de lanzarse sobre él.

—¡Tranquila, Hilde! ¡Solo están jugando! —Siegfried la sujetó por la cintura, riendo—. Es divertido ver cómo se integra.

Fue entonces cuando ocurrió.

Caminando por el pasillo, ignorando a todo el mundo con su habitual apatía, pasó Thor, el Berserker del Trueno. Llevaba a Mjolnir arrastrando por el suelo, abriendo surcos en el suelo de mármol indestructible. No le prestó atención a la familia de valquirias.

Pero Aslaug sí le prestó atención a él. O más bien, al martillo.

Los ojos de la niña se iluminaron. Dejó caer la manzana de Adam y la rosa de Jack. Señaló con su dedo gordito hacia el Mjolnir.

—¡Papi! ¡Quiero eso! —gritó Aslaug, tirando de la capa de Siegfried.

Thor se detuvo. Giró lentamente la cabeza, sus ojos sin vida clavándose en la pequeña figura.

Siegfried sonrió nerviosamente. —Ehh... princesa, ese no es un juguete. Es el martillo del señor Thor. Pesa un poco.

—¡QUIERO! —insistió Aslaug, su rostro empezando a enrojecerse.

Brunhilde sintió que el estómago se le caía a los pies. Conocía esa mirada. Era la misma mirada que Göll ponía cuando no le compraban dulces, multiplicada por la terquedad de los nibelungos.

Thor, en un acto que sorprendió a todos los presentes (incluyendo a Zeus, que levantó una ceja), soltó el mango de Mjolnir. El martillo cayó al suelo con un estruendo sísmico. Thor miró a Aslaug y, con su voz profunda y monótona, dijo:

—Levántalo. Si puedes, es tuyo.

Los dioses contuvieron el aliento. Los humanos se acercaron por curiosidad.

Aslaug, emocionada, corrió hacia el martillo. Brunhilde intentó detenerla, pero Siegfried la tomó de la mano. —Déjala, Hilde. Se dará cuenta de que es imposible y se rendirá.

La niña agarró el enorme mango del martillo con ambas manos. Apretó los dientes. Sus pequeños músculos se tensaron. Tiró hacia arriba.

Mjolnir no se movió ni un milímetro.

Aslaug lo intentó de nuevo, gruñendo. Puso un pie sobre la cabeza del martillo para hacer palanca. Nada.

Se detuvo. Miró el martillo. Luego miró a Thor, quien la observaba con absoluta indiferencia. Y finalmente, miró a sus padres. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Su labio inferior comenzó a temblar.

—Oh, no... —murmuró Göll, escondiéndose detrás de Randgriz—. ¡Cúbranse todos!

—¡WAAAAAAAAAAAHHHHH!

El grito de Aslaug no fue un llanto infantil normal. Fue una onda de choque sónica que hizo estallar todas las copas de cristal en un radio de cincuenta metros. Ares salió volando hacia atrás, cayendo de espaldas sobre una mesa de postres. Hermes tuvo que aferrarse a una columna. Los cuervos de Odín, Huginn y Muninn, salieron volando despavoridos gritando obscenidades en nórdico antiguo.

¡Era el berrinche de un semidiós!

Aslaug se tiró al suelo, pateando el mármol con tanta fuerza que comenzó a agrietarlo. Sus berrinches eran legendarios en la casa de las valquirias, pero nunca los había tenido en público.

—¡QUIERO EL MARTILLO! ¡MARTILLOOOOOO! —gritaba, golpeando el suelo con los puños.

La sala era un caos. Zeus se reía a carcajadas. Thor había vuelto a tomar su martillo y se alejó en silencio, ignorando el drama. Los Einherjar miraban con una mezcla de diversión y terror.

Siegfried entró en acción de inmediato. El "Padre Complaciente".

Se tiró al suelo junto a ella, ignorando que su fino traje se estaba arruinando. —¡Shhh, Aslaug, mi princesa! ¡No llores! ¡Mira! —Siegfried desenfundó una de sus espadas divinas brillantes—. ¡El martillo es feo! ¡Mira esta espada! ¡Brilla! ¡Si dejas de llorar, te dejaré cortar el árbol del patio trasero!

Aslaug no lo escuchó. Le tiró la espada de un manotazo (la cual casi empala a Loki en la pierna) y siguió llorando más fuerte. —¡NO! ¡MARTILLO GRANDE!

Siegfried sudaba. Intentó hacerle cosquillas. Intentó prometerle un dragón de mascota. Nada funcionaba. El berrinche estaba alcanzando niveles catastróficos; pequeñas chispas de energía (herencia de la volatilidad del alma de Siegfried) empezaban a chisporrotear a su alrededor.

Y entonces, el aire se congeló.

Brunhilde dio un paso al frente. Ya no era la madre estresada. Era la Comandante de las Valquirias, la mujer que había liderado la rebelión contra los cielos. Su rostro estaba ensombrecido, y sus ojos brillaban con un verde esmeralda mortal.

Emanaba un aura asesina tan densa y pura que incluso Adam dejó de masticar su manzana y Jack bajó su taza de té.

Caminó lentamente hacia su hija. Sus tacones resonaban ominosamente en el suelo de piedra.

Clack. Clack. Clack.

Siegfried, sintiendo el peligro, se hizo a un lado lentamente, tragando saliva.

Brunhilde se detuvo frente a Aslaug, que seguía en el suelo llorando y pataleando. La valquiria no gritó. No intentó negociar. No le ofreció juguetes.

Simplemente cruzó los brazos sobre su pecho, la miró desde arriba y pronunció su nombre con un tono frío, bajo y desprovisto de cualquier emoción terrenal.

—Aslaug.

Fue como si alguien hubiera cortado el cable del sonido de la realidad.

La niña se detuvo en seco. Las lágrimas cesaron. El pataleo se detuvo en el aire. Aslaug miró hacia arriba, encontrándose con la mirada de su madre. El instinto de supervivencia más primario, codificado en el ADN de cada ser vivo en el universo, le gritó a la niña que el peligro inminente estaba parado frente a ella.

Brunhilde se agachó muy despacio, hasta que sus rostros estuvieron al mismo nivel.

—Levántate —ordenó Brunhilde. Su voz era un susurro, pero resonó en las mentes de todos los presentes.

Aslaug, temblando ligeramente, se puso de pie, limpiándose los mocos con el dorso de la mano de forma apresurada.

—Ese comportamiento es inaceptable —continuó Brunhilde, señalándola con un dedo firme—. Eres la hija de Siegfried y Brunhilde. No te tiras al suelo a llorar por algo que no te pertenece. Si quieres algo, entrenas, te vuelves más fuerte y te lo ganas. ¿Comprendes?

La niña asintió frenéticamente, con los ojos muy abiertos.

—Bien —Brunhilde se enderezó—. Por tu falta de disciplina, esta noche no habrá postre de ambrosía. Y mañana a primera hora, limpiarás todas las armaduras del salón de Randgriz. Sin magia. Con un trapo.

Aslaug bajó la cabeza. —Sí, mami.

—Y discúlpate con el señor Ares por romperle los tímpanos.

La niña se giró hacia donde Ares estaba siendo atendido por Hermes y, haciendo una reverencia torpe, dijo: —Peldón, señor grandote.

Ares, aún temblando, solo asintió desde el suelo.

El silencio en la sala era sepulcral. Nadie se movía. Brunhilde exhaló un suspiro, relajando sus hombros y dejando que su aura asesina se disipara. Inmediatamente, la tensión en el aire se rompió.

Siegfried soltó una carcajada nerviosa y se acercó, levantando a Aslaug en brazos. —¡Bueno! ¡Crisis evitada! Eres increíble, Hilde. ¡Yo habría terminado regalándole una armadura de oro para que dejara de llorar!

Brunhilde lo miró de reojo. —Eres demasiado blando con ella, Siegfried. Si seguimos consintiéndola, terminará siendo más mimada que Afrodita.

Siegfried sonrió dulcemente, besando la mejilla de su esposa. —Tal vez. Pero para eso estás tú, ¿no? Para mantenernos en línea a los dos.

Brunhilde intentó mantener su expresión severa, pero un pequeño e imperceptible rubor apareció en sus mejillas. Apartó la mirada, ajustándose el cuello de la camisa. —Hmph. Idiota.

Desde la mesa de los humanos, Qin Shi Huang levantó una copa de vino. —¡Esa es una verdadera reina! ¡Sabe cómo gobernar a sus súbditos! ¡Incluso a los pequeños!

Sasaki Kojiro rió, palmeando la espalda de Jack. —Tengo más miedo de ella que de Poseidón, te lo juro.

Varias horas después, el banquete había terminado. La noche eterna del Valhalla cubría el cielo con su manto estrellado.

En la mansión de las valquirias, el silencio reinaba al fin.

En su habitación, Aslaug dormía profundamente en su cama, abrazada a un peluche con forma de dragón que Siegfried había tejido torpemente con la ayuda de Thrud. La corona en miniatura de Qin estaba cuidadosamente colocada en su mesa de noche, junto a la manzana (ya un poco mordida) que le dio Adam.

En el pasillo, Brunhilde entrecerró la puerta de la habitación con extremo cuidado, asegurándose de que la niña estuviera en el quinto sueño.

Al darse la vuelta, se encontró con Siegfried apoyado contra la pared, mirándola con esa sonrisa cálida que le había robado el corazón eones atrás.

—Sobrevivimos —susurró Siegfried, acercándose y pasando un brazo por los hombros de Brunhilde.

Brunhilde suspiró, recostando su cabeza contra el pecho de él. Toda la tensión del día, la paranoia, el aura autoritaria, se desvaneció. Se permitió mostrarse vulnerable, algo que solo hacía frente a él.

—Casi me da un infarto cuando le gritó a Thor —confesó Brunhilde en voz baja—. A veces la veo y... me aterra. Me aterra pensar en lo frágil que es en este mundo lleno de monstruos. Si los dioses decidieran...

Siegfried le puso un dedo sobre los labios, interrumpiéndola suavemente.

—No lo harán —dijo él, y su voz no era la del padre bromista, sino la del guerrero que había hecho temblar a los cielos—. Y si lo intentan, tendrán que pasar por mi espada. Y por tus planes. Además... —Siegfried miró hacia la puerta entreabierta—. Ella tiene tu temperamento, Hilde. Creo que los dioses deberían tenerle más miedo a ella que ella a ellos.

Brunhilde sonrió, una sonrisa pequeña, genuina y rara.

—Probablemente tengas razón —murmuró, cerrando los ojos mientras Siegfried la abrazaba.

Eran la valquiria que había traicionado a los dioses y el hombre que había desafiado al destino. Habían peleado guerras, enfrentado la muerte y cambiado la historia. Pero mientras escuchaban la suave respiración de su hija desde la otra habitación, ambos sabían que la paternidad era, sin duda, la batalla más difícil y hermosa de toda su eternidad.

—Oye, Hilde... —susurró Siegfried de repente.

—¿Mmm?

—¿Crees que a Aslaug le gustaría un perrito de tres cabezas? Cerbero tuvo cachorros y...

Brunhilde abrió los ojos de golpe. Su instinto asesino volvió de inmediato.

—¡Siegfried, juro por el Valhalla que si traes un perro infernal a esta casa, te enviaré de vuelta al Tártaro yo misma!

La risa de Siegfried resonó en los pasillos, marcando el final de un día más en el caótico pero feliz hogar de la familia más fuerte del universo.

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