Capítulo 1: La grieta en el tronco
Rei
El auto negro estaba estacionado frente a la escuela. Llevaba al menos quince minutos allí. Rei lo había reconocido apenas lo vio desde las escaleras que daban vista directa a la calle y, desde entonces, había decidido retrasar lo inevitable: el momento en que tendría que subirse en él.
Iba camino a los vestidores cuando lo notó. Esa tarde tenía entrenamiento de básquetbol y, aunque sabía que esta vez no podría asistir, su mente se había negado a aceptarlo y fingir que aquel sería un día ordinario más.
De pronto, observó que la puerta del auto se abrió. Un hombre de traje oscuro descendió con movimientos precisos. Rei reconoció su rostro pálido y alargado al instante: Víktor Halden, lo conocía desde que tenia memoria, sin embargo, jamás había entendido cuál era exactamente su papel. Entre todos los hombres que trabajaban para su padre, Víktor era diferente. ¿Su mano derecha? ¿Su guardaespaldas? ¿Su asistente personal? No lo sabía. Lo único seguro era que siempre estaba a su lado, obedeciendo cada orden como si fuera una extensión de su voluntad. Incluso aquellas que no tenían nada que ver con la empresa… como esta. Ahora que lo pensaba, jamás lo había oído contradecirlo. En realidad, nunca había visto a nadie hacerlo.
Lo supo en ese instante: ya no podía retrasarlo más. Si no salía pronto, entrarían a buscarlo. Se acomodó bien su mochila y sintió cómo las manos comenzaban a temblarle. Rei sujetó una con la otra, apretándolas con fuerza para detener el temblor, y se obligó a avanzar hacia el auto.
—Te tardaste, Rei. Sabes que tu padre odia que lo hagan esperar —le reprochó Víktor cuando lo vio acercarse.
Pensó en su padre. En realidad, su imagen había estado demasiado presente en su mente desde hacía unos días, cuando su hermana Marianne le avisó que su padre viajaría a Áverin por negocios. No lo había visto en casi seis meses desde el funeral de su abuelo. Y aunque casi había sido un alivio, el tiempo comenzaba a inquietarlo. Sin su presencia constante, Rei temía olvidar su lugar. Temía relajarse. Temía, incluso, sentirse libre.
Víktor abrió la puerta trasera e hizo un ademán para que entrara.
Rei dudó apenas un segundo, pero recordó que ya lo había hecho esperar demasiado. Se acomodó en el asiento con la espalda recta, casi rígida. Víktor subió después y ocupó el lugar a su lado y con un leve movimiento de la mano, indicó al chofer que avanzara.
El auto emprendió la marcha sin emitir ningún ruido, deslizándose por la calle con una suavidad casi inquietante. El silencio no hacía mas que intensificar aquellos pensamientos que rondaban su mente, y aunque intentó distraerse fijando la vista en las calles comerciales que quedaban atrás, en los escaparates iluminados y las personas que caminaban sin prisa, no podía pensar en otra cosa que en su padre… y en el cuadro de honor del último trimestre, publicado esa misma mañana.
La imagen seguía grabada en su mente. No entendía cómo había sido desplazado al segundo lugar por Darian Velmark, después de haber ocupado el primero durante años. Una parte de él albergaba la esperanza de que aquella información aún no hubiera llegado a oídos de su padre. Pensó en no mencionarlo todavía. Tal vez se trataba de un error y mañana lo corregirían. Después de todo, Velmark no era precisamente un estudiante destacado, aunque sí lo bastante intimidante como para no descartar nada. No le sorprendería que hubiera obligado a alguien para que resuelva sus exámenes de alguna forma. La sola idea hizo que el temblor regresara.
—¿Cómo te ha ido hoy en la escuela? —la pregunta de Viktor lo sacó de sus pensamientos, su tono pretendía ser casual.
Rei no estaba de humor para lidiar con él. Cada vez que Víktor intentaba iniciar una conversación, nunca terminaba en nada bueno. No confiaba en ese hombre en lo absoluto; cualquier cosa que dijera acabaría, inevitablemente, en oídos de su padre. Así que decidió responder de la única forma que consideró segura: fulminándolo con la mirada, sin pronunciar una sola palabra.
—Sigues teniendo esa mirada… —añadió Víktor al verlo, esbozando una media sonrisa casi divertida—. Te pareces tanto a tu padre.
Las palabras de Víktor hicieron que Rei frunciera el ceño con más fuerza. No era la primera vez que escuchaba esa comparación. Se lo repetían con frecuencia: el parecido con su padre, especialmente en la mirada. Para los demás podía ser intensa, dominante… pero para él era fría. Una mirada que le helaba la sangre, que le inundaba el pecho de un terror antiguo y persistente. Y lo peor era que tenía que verla cada vez que se encontraba con sus propios ojos azules frente al espejo.
El resto del trayecto transcurrió en un silencio denso e incómodo. Rei supo que estaban próximos a llegar cuando, al mirar por la ventana del auto, reconoció la zona hotelera y turística de Áverin. Su padre debía de estar hospedado en alguno de aquellos hoteles lujosos que dominaban la avenida principal.
Agradeció en silencio que no se hubiera quedado en la casa del abuelo, donde él vivía. Aunque, en el fondo, sabía que era imposible; jamás lo había visto poner un pie allí desde que tenía memoria. Su padre odiaba aquella casa, solía decir que entre esas paredes había vivido los días más miserables de su vida. Para Rei, en cambio, representaba todo lo contrario, entre esos muros estaban los únicos recuerdos que podían llamarse hogar, y Rei se aferraba a ella como si su cordura dependiera de ello. Mientras siguiera viviendo allí, mientras pudiera recorrer los pasillos, tocar los muebles antiguos y recordar la voz grave de su abuelo que lo llamaba desde la cocina, sentía que una parte de aquellos días —de aquella vida sencilla y feliz— seguía intacta.
El auto se detuvo frente a un edificio que se alzó frente a Rei con un diseño moderno que buscaba impresionar a cualquiera que lo mirara. Víktor lo condujo hacia una sala privada, cruzando pasillos alfombrados y paredes tapizadas, adornadas con madera tallada y detalles dorados. El lujo, presente en cada rincón, le provocaba un escalofrío que le recorría el cuerpo. Había aprendido hacía mucho que detrás de aquella perfección siempre le esperaba lo mismo.
Los minutos que aguardaron a que su padre se desocupara habrían sido apenas cinco… pero para Rei parecieron horas. Con cada segundo que pasaba, sentía el corazón agitado golpeándole el pecho, como si quisiera escapar.
Prefirió mantener la mirada fija al frente, clavada en un punto invisible de la pared. Aun así, por el rabillo del ojo, notó cuando la puerta se abrió. Varias personas salieron primero: trajes impecables, pasos firmes, murmullos contenidos. El aroma a perfume caro y a café recién servido se mezcló en el aire, denso, sofisticado… ajeno.
—Rei, tu padre te espera dentro —las palabras de Viktor cayeron sobre él como una losa.
Arrastró los pies hacia la oficina conteniendo la respiración. Cuando cruzó la puerta, lo primero que distinguió fue la sombra de su padre frente a él, proyectada contra la luz del ventanal. No se atrevió a alzar la vista todavía.
—Déjanos solos —oyó decir a su padre, refiriéndose a Viktor.
Este salió de inmediato y cerró la puerta tras él. El sonido seco del cierre provocó en Rei un sobresalto que lo obligó, finalmente, a levantar la vista.
Lo primero que encontró fueron los ojos azul gélido de su padre, fijos en él, examinándolo de arriba abajo con una lentitud calculada. Apoyado contra el escritorio, tenía el mismo gesto torcido de siempre en su rostro perfectamente afeitado, y el cabello negro peinado hacia atrás sin que se le escapara ni un solo mechón.
Rei siempre se preguntaba cómo lograba eso, cuando el suyo era imposible de domar.
—Acércate, Rei —ordenó Joel Rivas, su padre, con tono frío mientras sacaba un cigarrillo del bolsillo y se lo llevaba a los labios.
Rei obedeció de inmediato. Se acercó, asegurándose de mantener una distancia prudente entre ambos, intentando quedar fuera de su alcance… por ahora, aunque sabia que eso no serviría de nada.
Joel encendió el cigarrillo y dio una calada lenta mientras estudiaba a Rei con cuidado.
—Vaya… has crecido —su voz no transmitía orgullo alguno.
Rei ya casi alcanzaba su estatura. Hubo un tiempo en que pensó que eso jamás ocurriría. Su padre era inalcanzable. Y aun así, incluso ahora, se sentía diminuto frente a él.
Los ojos de Joel descendieron hasta detenerse en una pequeña mancha en la camisa de Rei.
Maldición…
Recordó el accidente en el almuerzo, cuando una gota del almuerzo salpicó el pecho de su camisa. Intentó cubrirla con la mano, demasiado tarde.
Joel frunció apenas el ceño y esbozó una mueca de desaprobación.
—Patético… simplemente patético —escupió con desdén, dejando el cigarrillo sobre el cenicero con el rostro inexpresivo.
—Lo lamento… —la frase salió casi en automático.
Tenía la mirada gacha, por lo que fue demasiado tarde cuando se dio cuenta de que su padre había avanzado dos pasos hacia él y alzado el brazo derecho.
Solo sintió el impacto seco de los nudillos contra su mejilla que casi le hizo perder el equilibrio. El calor comenzó a irradiarse desde el punto del impacto hasta el oído, que quedó sumido en un pitido agudo y constante. Por un segundo, el mundo pareció inclinarse.
—Segundo lugar —dijo Joel con calma, frotándose el dorso de la mano con la que lo había golpeado—. En este mundo, el segundo lugar es solo la primera posición de los perdedores.
Rei sentía el corazón martilleándole el pecho. Sabía que aquel golpe solo sería el primero. Tenía que arreglarlo antes de que… Prefirió actuar antes que terminar ese pensamiento.
—Mi promedio mejoró —explicó con rapidez—. No afectará mi rendimiento.
Por la expresión en el rostro de su padre supo que no estaba ni cerca de convencerlo.
Joel lo tomó de la camisa y lo acercó bruscamente hacia él.
—¿Y eso qué? —su voz perdía la paciencia—. Dejaste que un cualquiera te superara… Darian Velmark. Lo mandé investigar. Un estudiante mediocre que, de pronto, obtiene el primer lugar.
Sus dedos se tensaron aún más sobre la tela antes de continuar
—Claramente es más listo que tú.
Lo soltó con tal fuerza que Rei cayó al suelo. Joel tomó el cigarrillo aún encendido y avanzó hasta él. Le tiró del cabello, obligándolo a alzar el rostro, y acercó el cigarro lo suficiente para que pudiera sentir el calor quemándole la piel.
—Aprende esto, Rei —dijo con voz baja, controlada, mientras descendía lentamente el cigarrillo por su cuello—: en este mundo no importa cómo lo hagas… solo importa cumplir el objetivo. Y yo solo te pedí una cosa.
La brasa del cigarrillo tocó su piel cuando llegó bajo el borde de la camisa. Lo arrastró. El dolor fue inmediato. Pero fue aún peor cuando bajó hasta la clavícula y presionó con todas sus fuerzas hasta que el cigarro se apagara. El olor a piel quemada le revolvió el estómago antes de que el dolor terminara de instalarse. Rei se mordió el labio inferior y clavó las uñas en el suelo para evitar gritar. Sabía que las quejas solo empeoraban las cosas.
Joel se apartó finalmente, pero a Rei le tomó unos segundos recuperar el aliento y levantarse. El ardor seguía latiendo bajo la piel, mezclado con el temblor que recorría sus brazos. Una idea comenzó a rondarle la mente. Se obligó a callarla. Después de un castigo así, cualquier persona sensata habría permanecido en silencio, agradeciendo que aquello hubiera terminado. Él mismo sabía que debía hacerlo. Pero los ojos azules y el cabello oscuro de su padre no eran lo único que había heredado. También había heredado esa personalidad impulsiva e imprudente que tantas veces le había jugado en contra.
Y, peor aún, había heredado algo que Joel jamás había logrado arrancarle: los principios que su abuelo le había enseñado.
Y habló.
—No estoy dispuesto a obtener nada que no haya ganado con mi propio esfuerzo —dijo con voz baja, casi rota, pero lo suficientemente clara para que su padre la escuchara. Y en el instante en que las palabras abandonaron su boca, se arrepintió.
Joel bufó una risa áspera, cargada de desprecio.
—Eso suena exactamente a tu abuelo… —murmuró con desdén—. Ese viejo fracasado solo te llenó la cabeza de ideas absurdas. Esa basura sentimental que no sirve para nada.
Hacía seis meses que su abuelo había fallecido. Había sido la única persona con la que Rei se sentía realmente seguro. Durante años, nada de lo que ocurriera a su alrededor parecía importar mientras lo tuviera a él. Aún no había logrado sobreponerse a aquella pérdida.
La forma en que su padre hablaba de su abuelo provocó que Rei apretara los puños, intentando contener la sensación áspera y caliente que comenzaba a abrirse paso por su pecho.
—Ese imbécil nunca fue nadie —continuó Joel, con crueldad en su voz—. Y murió como vivió, siendo un don nadie. Sin lograr nada en su patética y miserable vida.
Rei tenía los puños tan cerrados que las uñas se le clavaban en las palmas. La vista se le nubló y la sangre hirviendo que corría por sus venas hizo que, por un instante, el miedo desapareciera.
—¡Cállate! —estalló Rei—. ¡No te atrevas a mencionarlo! ¡¡Tú no sabes nada de él!!
Joel se irguió y cruzó la distancia entre ambos con pasos firmes. Rei supo de inmediato lo que venía y no le quedó más que prepararse para recibir lo que, en ese momento, creía merecer.
Joel descargó el golpe contra su rostro, obligándolo a retroceder, pero lo sujetó de la camisa antes de que perdiera el equilibrio y lo atrapó por el cuello. El ardor punzante que le recorría el labio quedó opacado por el esfuerzo que hacía para poder respirar.
—Insolente… ¡Claro que lo sé! —rugió Joel mientras apretaba mas fuerte la mano que le sujetaba el cuello—. Sus consejos solo sirvieron para arruinar el comienzo de mi vida. ¿Eso quieres para ti? ¿Terminar como ese viejo inútil? Tu abuelo solo fue un fracasado que pasó su vida consolándose con cuentos sobre honor y esfuerzo… porque nunca fue lo suficientemente bueno para ganar.
Rei tuvo que esforzarse para evitar el reflejo de llevar las manos hacia el agarre de su padre e intentar apartarlo. No era la primera vez que lo hacía y sabía que no iba a durar mucho, así que prefirió aguardar y resistir.
—¡No vuelvas a levantarme la voz! —exclamó con firmeza—. ¿Acaso necesitas que te recuerde cuál es tu lugar?
Cada segundo le exigía más esfuerzo para que un poco de aire lograra entrar en sus pulmones. La desesperación por no poder respirar comenzaba a provocarle náuseas. Negó con la cabeza como pudo, y su padre por fin lo soltó, dejándolo caer al suelo.
Joel lo observó con frialdad mientras Rei tosía, tratando de recuperar el ritmo de su respiración y contener el vómito que amenazaba con subirle por la garganta.
—No te confundas, Rei. Que te haya dejado vivir con tu abuelo no significa que no seas mi hijo. Tú eres mío, ¿entiendes? Y eres el heredero de la Corporación Hansac. Empieza a actuar como tal.
Hizo una pausa breve.
—Levántate —ordenó.
Rei obedeció, pero se tambaleó al intentar levantarse. Apoyó una mano en el suelo y luego la otra, tratando de estabilizar la respiración, que todavía llegaba en sacudidas. Cuando el mareo cedió lo suficiente, se obligó a incorporarse. Las piernas le temblaron, pero logró mantenerse en pie.
Su padre le plantó un documento en el pecho.
Era una guía académica de la Universidad Varelia de Altos Estudios (UVAE). Rei la miró y sintió como sus sueños de desmoronaban en un suspiro invisible.
—Te dejaré terminar este último año en la preparatoria Sairan, aunque tu abuelo ya no esté —continuó Joel—. No porque lo merezcas. Fue algo que Marianne me pidió.
El estómago de Rei se tensó. Si su hermana había pedido eso, algo había dado a cambio. Nada que involucrara a su padre era gratuito, y mucho menos una gentileza como aquella.
—No me importa qué hagas con tu estúpido equipo de baloncesto. Lo único que me importa es que la UVAE te acepte. Y no me interesa cómo lo consigas.
Joel se inclinó apenas.
—Tal vez te motive saber que cualquier error tuyo… tendrá consecuencias para Marianne. Después de todo, tus éxitos son los suyos… y tus fracasos también.
Un nudo helado le cerró la garganta, sofocando cualquier intento de respuesta. Joel se acercó a su oído.
— Di “Si, padre”— le susurró
El aliento de su padre en el oído lo estremeció más de lo que le gustaría y una punzada presionó su pecho. Rei siempre supo su destino; sabía qué era lo que su padre querría de él. Decirlo en voz alta era aceptar ese camino. Se demoró unos segundos, pero no tenía otra opción más que obedecer.
— Sí padre — dijo en voz baja, casi derrotado.
Rei no levantó la vista para observar a su padre. Sabía que estaría satisfecho de verlo así. Escuchó sus pasos avanzar hacia la puerta y cómo la abría.
—Víktor, retíralo de mi vista —ordenó.
Viktor lo tomó del brazo y lo arrastró fuera de la sala. Rei, aún aturdido, no opuso resistencia; simplemente dejó que lo llevaran.
En el auto, el silencio era pesado. Mientras avanzaban por las calles, Viktor extendió un pañuelo, intentando limpiar la sangre de su labio. Rei lo apartó de un manotazo, sin mirarlo siquiera. Solo quería que lo dejaran en paz, aferrándose con fuerza al poco control que le quedaba sobre sí mismo.
Agradeció que Viktor no insistiera y perdió la mirada más allá de las casas que pasaban una tras otra al otro lado de la ventana.