epílogo
Hay palabras que parecen demasiado grandes hasta que te pasan.
Inmarcesible es una de ellas.
La leí una vez —en una Biblia, creo— y no entendí por qué alguien necesitaría una palabra para algo que no se marchita. Ahora sí.
Dicen que las personas destinadas a encontrarse lo hacen.
No de forma épica.
No con fuegos artificiales.
Sino así:
cruzando la calle, mirando al piso, llegando tarde a todos lados.
Como si nada.
Como si todo.
Siempre pensé que había dos tipos de personas.
Las que creen en el “para siempre”
y las que salen corriendo cuando lo escuchan.
Nunca supe bien cuál de las dos era yo.
Porque una parte mía quiere algo eterno, algo que no se rompa,
algo que no desaparezca cuando cierro los ojos.
Pero la otra…
la otra sabe que cuando algo empieza a importar demasiado,
también empieza a doler.
Maite creía.
Siempre creyó.
En el amor, en las coincidencias, en que algo —o alguien— la estaba esperando.
Joaquín no.
O eso decía.
Caminaba como si nadie pudiera alcanzarlo.
Como si quedarse fuera perder.
Como si dejar que alguien lo vea fuera el verdadero peligro.
Y sin embargo,
ahí estaban.
En la misma ciudad.
En la misma calle.
En el mismo momento exacto en el que todo podría empezar…
o arruinarse.
No sé si creo en el destino.
No sé si existe algo como un hilo invisible o un pacto de almas.
Pero sé esto:
hay personas que sentís conocidas antes de que te digan su nombre.
Y eso tiene que significar algo.
Quizás no sea eternidad.
Quizás no sea para siempre.
Pero hay cosas que no se marchitan.
No del todo.
A veces se quedan en la forma en la que alguien te miró.
En una canción que no podés dejar de escuchar.
En la sensación de que, aunque todo termine,
hubo un momento en el que coincidieron.
Y eso…
eso alcanza para volverse
inmarcesible.