Parte 1, Academia Aria
PARTE 1 Nación Aria
El primer día no se sintió como un comienzo, sino como haber llegado tarde a algo que ya había empezado sin mí.
Era una sensación difícil de explicar, pero persistente, incómoda, casi física. Mientras avanzaba hacia las puertas de la Academia Aria tenía la impresión de estar entrando en un lugar donde todos conocían reglas que yo apenas intuía, como si en cualquier momento alguien pudiera detenerse, observarme lo suficiente y descubrir lo que yo llevaba demasiado tiempo sospechando.
Que no pertenecía.
Las puertas se alzaban frente a mí con una perfección que intimidaba. No parecían diseñadas para recibir a nadie, sino para decidir quién merecía cruzarlas. Por absurdo que sonara, tuve la sensación de que me observaban, y esa idea hizo que el pulso me subiera antes de que pudiera dominarlo.
Retrocede.
El pensamiento apareció con claridad.
No lo hice.
Las puertas se abrieron con un sonido suave y, en el instante en que crucé el umbral, algo cambió. No sabría decir si fue el aire, la luz o la manera en que mi cuerpo reaccionó al espacio, pero nada volvió a sentirse igual.
El interior era impecable, frío en una forma que no tenía que ver con la temperatura. Columnas blancas se elevaban con una precisión imposible, las superficies reflejaban una luz constante, sin una sola variación, y cada línea parecía pensada para borrar cualquier rastro de error humano. Hasta mis pasos me resultaron extraños. Tocaban el suelo, pero el sonido no regresaba, como si incluso el eco estuviera bajo control.
La Academia imponía algo más que respeto.
Había una presión invisible en ese lugar.
—Tranquila.
La voz de Henry me devolvió al presente.
Giré y, solo al verlo, sentí alivio.
Siempre había tenido esa seguridad que volvía simples cosas que a mí me superaban. Dos años dentro de la Academia, último año, uno de los mejores estudiantes, según todos.
Yo no podía imaginarme siendo una de “los mejores” en nada.
—Vas a estar bien —dijo.
Asentí, aunque no estaba segura de creerle.
Seguimos avanzando mientras observaba a los otros aspirantes. Caminaban en silencio, contenidos dentro de una normalidad que no parecía natural. Casi nadie levantaba la vista. Era como si todos supieran que estaban siendo observados.
Las paredes no decoraban.
Ordenaban.
Pantallas oscuras se activaban a intervalos exactos, repitiendo frases que sonaban más a mandatos que a información.
Obedecer sin cuestionar.
El orden es prioridad.
La Nación Aria protege.
El estómago se me tensó.
—¿Siempre es así? —pregunté en voz baja.
Henry dejó escapar una pequeña risa.
—Hoy están siendo amables.
Lo miré sin saber si hablaba en serio.
Lo peor fue que no parecía estar bromeando.
Llegamos al sector de alojamiento. Las puertas estaban alineadas con una precisión casi agresiva, todas idénticas, sin nombres, sin marcas, como si nadie debiera diferenciarse.
Henry señaló una.
—Esa es tu habitación. Descansa. Mañana empieza lo real.
No sé qué me impulsó a preguntarlo. Tal vez el miedo.
—¿Y si no soy suficiente?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Henry tardó en responder y ese silencio me inquietó más que cualquier palabra.
—Entonces te van a romper hasta que lo seas.
No lo dijo como amenaza.
Lo dijo como alguien que sabía exactamente de qué hablaba.
Y eso me heló.
Antes de que pudiera responder, una voz llenó el edificio.
No era fuerte.
Pero era imposible ignorarla.
—Bienvenidos a la Academia Aria.
Todo se detuvo.
Las pantallas cambiaron.
Y entonces la vi.
Directora Marín.
Cabello oscuro recogido con precisión, piel morena, ojos azules imposibles de ignorar. No necesitaba imponerse. El espacio parecía pertenecerle antes de que hablara.
Su mirada recorrió a todos lentamente.
Y por un instante se detuvo en mí.
No sé cuánto duró.
Tal vez nada.
Tal vez demasiado.
Pero sentí algo extraño, casi físico, como si entre ella y yo se hubiera tensado un hilo invisible que no entendía.
Mi respiración cambió.
—Aquí no entrenamos soldados —dijo—. Entrenamos el futuro del orden.
Su voz era serena y, aun así, había algo en ella que intimidaba sin esfuerzo, algo difícil de nombrar que no nacía del tono ni de las palabras, sino de la certeza con la que parecía hablar desde un lugar que todos aceptaban sin cuestionar.
La transmisión terminó, pero yo seguía inmóvil, porque algo estaba ocurriendo y no sabía si pasaba afuera o dentro de mí. El aire parecía distinto, más húmedo, y cuando parpadeé vi que el vidrio de una de las pantallas comenzaba a empañarse lentamente.
Di un paso atrás sin entenderlo, con el pulso golpeándome en los oídos mientras una sensación extraña me recorría el cuerpo.
No podía ser.
Y sin embargo lo supe.
El agua.
No como si estuviera apareciendo en ese momento, sino como si siempre hubiera estado ahí, dormida, esperando algo para despertar.
La sensación no fue violenta. Fue suave, constante, profunda.
Cerré los ojos y por primera vez no tuve miedo de fallar, sino de acertar, porque si aquello era real, si eso estaba verdaderamente dentro de mí, entonces el problema nunca había sido la Academia.
El problema era yo.