Incumplimiento de Medidas Cautelares
Había una vez en Manhattan, en uno de los más pulcros y reconocidos bufetes de abogacía, el hombre más astuto, vil, suspicaz y labioso que la historia jamás hubiese conocido. La viva muestra del diablo en persona.
Aunque me mire con ojos de pistola porque no soporte que le digan sus verdades. Y que, afortunadamente para su desgracia, no puede hacer nada contra mi voluntad de expresion.
Este chico se cree el dueño del mundo, pero ¿saben qué? La vida tiene formas graciosas de poner a chiquillos como este, mimados y arrogantes, donde deben estar.
Y ya quiero verle la cara en unos pocos segundos.
—Oye, bruja, no sé qué...
—Sr. Laufeyson, Sara y Sabina quieren hablar con usted, dicen que es urgente.
El chico de los recados sale despavorido y yo no sé qué tanto te me quedas viendo, ¿no han dicho que es urgente?
A largas zancadas y con el soberbio temple de siempre, el rey del mundo se dirige al despacho de sus jefas, porque hasta alguien como él debe dar explicaciones.
—Sr. Laufeyson, buenos días, tome asiento, por favor.
La que lo instruye es una chica dulce, guapa y con tantas curvas que es imposible no tener el deseo de abrazarla todo el tiempo; es tan suave al tacto que resulta hasta desestresante. Y que a este descarado malagradecido le cae en punta por ser todo lo contrario.
Y por eso lo han dejado tantas veces.
—Gracias. —Cruza las piernas elegantemente, refugiado en toda la confianza que le da llevar un traje que vale mucho más que mi alquiler anual y el que se cree con derecho a todo; ni siquiera ha sido capaz de notar la mirada incómoda que cruzan el hombre de traje a su lado con gesto constreñido y la dulce Sara que aprieta los labios y mira a su hermana que no despega la vista de las hojas sobre su escritorio. Las que tienen el nombre de su mejor abogado de divorcios y que están demasiado cerca de letras grandes, rojas y que dicen deportación.
—Bueno... —En vista de que nadie dice nada, el extraño de la sala se aclara la garganta y con voz de tío bueno, ruso y mafioso, como las que todas imaginamos que tienen los protagonistas del dark romance, le suelta la buena a nuestro querido abogado favorito.
—Sr. Laufeyson, mucho me temo que de forma deliberada ha hecho caso omiso a las muy insistentes demandas que le ha hecho el departamento de migración con respecto a la regularización de su estatus en este país, lo que me concede el poder de decirle... —Su mirada penetrante transforma en hielo la sangre que corre hasta los pies de Loki, que aunque yo se lo hubiera repetido mil veces en los últimos meses, el muchacho no caía en que no era intocable.
¿Qué tal eso, pastelito? ¿Qué se siente estar del otro lado de la silla?
Me mira de reojo, entornando los ojos y rechinando los dientes bajo su muy practicada sonrisa cordial, y cuando el hombre termina de decirle, sin más, que solo le queda hasta el último día del próximo mes para poner en orden su papeleo. Él solo ha sabido de quedarse petrificado, luciendo sus lindas y tupidas pestañas en un aleteo tan lento que parecía sincronizado con el ritmo de fondo del metrónomo de Sara.
Ay, pobrecito de mi niño, supongo que ahora no te caería nada mal un poco de ayuda extra, ¿no es cierto? Y me divierte de lo lindo pincharle el ego a este hombre.
La voz de locutor erótico le tiende la mano para despedirse y Loki siente que tiene que fracturarse el hombro para que le den las ganas de corresponderle. Se estrujan como buenos no amigos, y el aire se pone tan denso, tan pesado y asfixiante, que no entiendo por qué a nadie se le ocurre no abrir las ventanas.
Luego se me ocurre que, porque están en un quinceavo piso y los ventanales de tope a tope los succionarían a una muerte segura si alguno se acercase lo suficiente. Así que retiro mi idea de incitar a alguien a que rompa alguno.
—¿Se puede saber qué significa esto, Loki?
El chico traga duro, por supuesto; el tiempo se le había presentado como la novia muerta que algún día abandonó en el altar y ya no hay forma de escaparse de ella, pero nuestro chico listo no es el mejor abogado de este lado del charco por nada.
—Nada, no te preocupes, te aseguro que solo es un malentendido, nada que no pueda resolver en un par de días con algunas llamadas —dice. Armado con la confianza que le da tener su lengua y la cantidad infinita de contactos en su celular de personas importantes.
—Loki, esto es serio. El caso del señor Andrade solo lo aceptamos porque sabíamos que tú te harías cargo y el veredicto final se dará en dos meses. Necesitamos que te encuentres allí.
La mirada genuinamente preocupada contrastaba mucho con su habitual actitud con todos, pero vamos, todos sabemos cuáles son los favoritos de todos los jefes y lo poco que nos conviene que los expulsen del culto, en especial de formas tan escandalosas que puedan perjudicar a la imagen de la compañía.
Loki finalmente tomó posesión de su esbelto cuerpo y con una mirada solemne le prometió a su jefa que se encargaría de todo sin ningún problema, palabrería mágica que a todo jefe le encanta escuchar.
—¡Ah! Y una cosa más. —Sabina miró a su hermanita de forma cómplice, que pronto se pintó de colores, dirigiendo su mirada a una lapicera sobre el escritorio que a Loki le intrigó; ¿qué tendría de fascinante para que le sonriera de esa forma, como si al verla rodar le inyectaran dopamina directa.
—Hubo un cambio de gerencia con los de limpieza; el chico nuevo que se encargará de este piso es un poco...
—Ya, no te preocupes, prometo no meterme con este —bromeó. Zanjando el problema real con un guiño coqueto y besando el dorso de ambas manos para despedirse.
¿Y bien? Si me ruegas lo suficiente, quizá pueda hacer algo al respecto; después de todo, yo soy la narradora y algo de tiempo te puedo dar.
Bueno. Si así lo quieres...
Lo curioso de la ley de Murphy es que nunca sabes cuán mal se puede poner todo antes de que empiece a mejorar, y a nuestro engreído abogado no le estaba haciendo ninguna gracia que justo ahora, por azares misteriosos del destino, su plan telefónico se hubiese expirado y que, al tratar de usar su teléfono fijo, un curioso chasquido terminara en cables chamuscados que le cortaron la voz apenas saludó a su angelical exnovio, que trabajaba en las oficinas del gobierno
Respiró profundo y exhaló todo lo despacio que pudo, como esas veces en las que un buen trozo de...
—¿Quieres callarte, por favor!
Qué sensible, cómo se nota que no te han cogido.
Y lanzar jarrones al aire, que valen miles, por cierto, tampoco es que vaya a solucionarte las cosas.
—Te aseguro que esto no te durará
¿Eso es una amenaza? ¿Mmmh? ¿Tú y cuántos más, cariño?
Justo a tiempo, llega mi lindo ángel rubio.
—¡Hola! ¡Mucho gusto! —Woow, este es el despacho más pulcro y bonito que he visto hasta ahora. —Y para sorpresa de nadie, el despliegue de animosos halagos no le mermó en absoluto la cara de gato huraño al cara dura que ahora se preguntaba si matar a un inocente pudiera hacerme algún daño. Pobre angelito.
Pero el rubio entusiasta tenía algo más que el solo ofrecerle sus servicios de limpieza; al parecer también tenía otros muy variados talentos, como la fisgonería, y cuando se puso a hojear los tesoros sagrados de nuestro neurótico abogado estrella, este lo tomó como la señal divina para no cumplir la promesa de no meterse con él.
—¿Puedo saber quién te dio permiso de agarrar mis cosas?
—¡Ah! Lo siento, es que... —Oye, que tampoco lo hizo con mala intención, ¡ten más cuidado! ¡Casi le arrancas los dedos también!
El pobre muchacho levantó las manos en el acto cuando el libro fue succionado por unos bonitos dedos finos con demasiada fuerza y trató de enmendarse con el arma habitual, que hasta ahora siempre le había funcionado cuando metía la pata.
Recargarse sobre la primera superficie lo suficientemente estable para soportarlo y dejar al descubierto toda barrera que pudiera ocultar sus encantos corporales, como bien le había aconsejado su gurú favorito. Dejando las manos a los laterales de sus caderas y examinando el piso como si fuese un niño pequeño en exceso regañado.
Mira que es adorable.
—Mira, si vas a quedarte ahí sin hacer nada, mejor vete de aquí, no tengo tiempo para esto. —El desinterés fue tal que mi lindo rubio tartamudeó un par de disculpas rápidas y salió de allí completamente apenado.
No sé ni para qué me molesto.
Lo imito torciendo los ojos y me divierto muchísimo cuando, por distraído e imprudente, se tropieza con una de las cajas con evidencia contundente sobre su caso más importante hasta ahora, que también casi le saca un par de dientes si no se hubiese sostenido a tiempo de la mesa.
—Tú quieres matarme —farfulla, muy equivocado de mis verdaderos deseos.
Te lo aseguro que no, bebé, ¿cómo podría querer eso para mi más lindo, ukeable y desvergonzado protagonista? Además, ambos sabemos qué tipo de historia estamos contando, así que ahórrate el drama.
El sonido de la puerta con pequeños golpecitos sirve más para que Loki se incorpore por completo que para obtener un permiso para pasar en una oficina vacía.
—Adelante. —Su voz es suave y recibe a su pasante favorito con una genuina sonrisa.
—Señor, he obtenido los permisos que me solicitó y ya quedó agendada su cita con el señor García; es el primer viernes del próximo mes, a las cinco, en el hotel Hutson.
—Perfecto, muchas gracias, Arthur. Por cierto, ¿podrías prestarme un segundo tu teléfono? He tenido... —Me observa de una forma no precisamente halagable y luego procede: —Un par de pequeños inconvenientes con los míos; te prometo que no tardaré mucho, solo necesito hacer un par de llamadas. Y te pagaré por ello, te lo prometo. —Antes de que siquiera hubiese terminado de hablar, el chico ya le tenía su teléfono listo y dispuesto para que le diera el uso que él creyera conveniente, una, porque quién rayos en su sano juicio le dice que no a Loki Laufeyson y dos, porque quién rayos perdería la oportunidad de que este mismo te debiese una.
—No se preocupe, puede usarlo tanto como desee; por cierto, señor... ammm... —El chico duda un par de segundos mirando en dirección a la sala de espera, tras la puerta, donde un par de hombres con pintas extravagantes dijeron tener una cita concertada con su jefe, y que sabía que era una perfecta mentira, porque él mismo le llevaba la agenda.
—¿Aja?
—Bueno, es que hay un par de hombres afuera, que dicen estar esperándolo. No tienen cita y si me lo pregunta, bueno... se ven un poco sospechosos.
Con la imagen aún fresca del hombre en la oficina de sus jefas, el cuerpo de Loki se tensó de inmediato, en especial ante la mención de la palabra “sospechoso”, que raramente significaba buenas noticias.
—Diles que no estoy disponible. Es más, a menos que sea el señor Andrade, diles a todos que no estoy disponible.
—De acuerdo. —El chico salió muy contento tras hacerle caso a su sistema aún en funcionamiento de auto preservación, en especial cuando vio que su jefe comenzaba a fruncir el ceño, cosa que era muy rara de ver. Pero no contaba con que los hombres “sospechosos” eran los altos directivos de una de las cadenas televisivas más reconocidas a nivel mundial y que no sabían aceptar un no por respuesta.
—Te aseguro que sí que quiere vernos. Anda, llévale esto y luego vuelve por nosotros. —El chico giró con la mirada dudosa en dirección a su jefe y después a la seguridad imponente de esos dos hombres.
—¡Anda, niño! —¡Que no tenemos todo el día! —lo motivaron entre gritos y empujones, que lo hicieron tropezar un par de veces. Nunca había sido el blanco de la ira de su jefe, pero tampoco era algo que tuviera como aspiración.
Por ello, esta vez, los golpes sonaron más quedos y amortiguados, como con la esperanza de que no los escuchase, y poder regresar con un no definitivo para que pudieran marcharse. Pero su dulce y siempre receptivo jefe sí que lo escuchó e inmediatamente le invitó a que pasara a un despacho; cabe resaltar que parecía muy distinto al que había estado apenas hace unos minutos.
—¿Pasó algo? —El chico relamió sus labios y le extendió el sobre, en el escritorio repleto de papeles revueltos.
—Los hombres me dijeron que le diera esto y que después les dijera si no quería verlos.