Mi entrenador personal

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Summary

A sus veintitrés años, el mundo de Gustavo se reduce a dos cosas: su monótona rutina como contador en una gran empresa y su relación de siete años con Ana. Ella es su apoyo, su refugio y la única persona que lo conoce de verdad. Cuando Ana, con su belleza de modelo, le sugiere que es hora de cuidar su salud y trabajar en su figura, Gustavo no lo duda. Michael es todo lo que Gustavo no es: directo, rudo y asombrosamente seguro de sí mismo. Bajo su estricta supervisión, Gustavo no solo empezará a perder peso, sino también la coraza de timidez que lo ha mantenido aislado durante años. A medida que las rutinas se vuelven más intensas y la tensión entre ellos se vuelve innegable, Gustavo comenzará a cuestionar si la seguridad que sentía en su antigua vida era comodidad... o una jaula de la que nunca supo que quería escapar.

Genre
Lgbtq
Author
YAMI
Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

El entrenador

Me llamo Gustavo y tengo veintitrés años. Si tuviera que describir mi vida social en una hoja de balance, el resultado sería un cero absoluto. Nunca he sido bueno para socializar; las multitudes me agotan y las conversaciones triviales me parecen un idioma extranjero. No tengo amigos, ni salidas los viernes, ni grupos de chat que silenciar.

Mi mundo entero se reduce a una sola persona: Ana.

Llevamos siete años juntos, una vida entera si consideramos que empezamos en la escuela. Ella es mi ancla, mi refugio y, lamentablemente para mi autoestima, mi mayor contraste. Mientras ella crecía para convertirse en una modelo profesional, rodeada de flashes y elegancia, yo me refugiaba en la seguridad de los números. Estudié contabilidad porque los números no mienten ni te juzgan; simplemente cuadran o no.

Actualmente, llevo la contabilidad de una empresa bastante grande. Es un trabajo que devora mis días. Paso horas interminables frente al computador, con la espalda encorvada y los ojos fijos en tablas de Excel que parecen no tener fin. Hay días, especialmente durante los cierres de mes, en los que mi única actividad física es caminar hacia el baño. Almuerzo en el mismo escritorio donde trabajo, rodeado de papeles, tomando una taza de café tras otra para mantener a raya el cansancio. Es una semana completa de estancamiento, donde el aroma a café barato se convierte en mi perfume personal.

Ese ritmo de vida me ha pasado la cuenta. He subido de peso, y aunque Ana siempre ha sido dulce y me ha brindado toda su confianza, no puedo evitar sentirme “fuera de lugar” cuando estamos juntos. Ella es una obra de arte; yo soy un borrador lleno de tachaduras. Fue ella quien, con esa delicadeza que la caracteriza, me sugirió que usara mi poco tiempo libre para ir al gimnasio.

Recuerdo perfectamente el momento en que me convenció, apenas una semana atrás:

Ana estaba sentada sobre mis piernas en el sofá mientras veíamos una película. El ambiente era relajado, pero de pronto, ella comenzó a pasar sus manos por mi pecho y se detuvo justo en la curva de mi abdomen.

—Cariño —habló con esa sonrisa perfecta que solía desarmarme—, creo que te ha salido otro rollito.

—¿Qué? —Sentí que el rostro me ardía de golpe. Ella es modelo y su figura parece esculpida; estar a su lado siempre me hacía sentir un poco fuera de lugar, pero ese comentario fue como un balde de agua fría.

—No lo digo para que te sientas mal, me gustan tus rollitos —añadió rápidamente. Ella siempre ha sido dulce conmigo, pero noté una chispa de preocupación real en sus ojos—. Es solo que me preocupa tu salud, amor. Pienso que deberías hacer un poco de ejercicio. A veinte minutos de la casa hay un gimnasio que dicen que es bastante bueno.

—Creo que... me inscribiré —respondí, más por el deseo de seguir siendo “digno” de ella que por iniciativa propia.

—Yo te apoyaré en todo lo que pueda, amor —me dijo antes de darme un beso que cerró el trato.

Fin del flashback.

Me había inscrito por internet hacía apenas dos días, pero hoy era el momento de la verdad: mi primer día. Mientras caminaba hacia la recepción, sentí que la vergüenza se me subía a la cara. No podía evitar comparar mi cuerpo con el de los demás; aunque había un par de personas que, como yo, parecían estar ahí por obligación, la mayoría lucía figuras tonificadas y movimientos llenos de energía.

En ese momento, el recuerdo de Ana volvió a mi mente. Ella era tan perfecta, tan esculpida por su trabajo como modelo, que me sentí como una mancha de grasa a su lado. —“Tengo que mejorar” —me repetí como un mantra, tratando de no dar media vuelta y huir.

Me acerqué al recepcionista con la voz algo temblorosa y le di mi nombre. Él hizo una llamada rápida y, casi de inmediato, un joven apareció por el costado. Era la definición de “atlético”: musculoso, con la piel brillante y una energía que me resultó agotadora solo de verla. Se acercó a mí y, sin darme tiempo a procesar su presencia, comenzó a invadir mi espacio personal con un bombardeo de preguntas.

—¿Edad? ¿A qué te dedicas? ¿Has hecho ejercicio antes? ¿Alguna lesión? —preguntaba mientras caminábamos.

Para alguien como yo, que apenas habla con extraños, aquello se sentía como un interrogatorio policial. Le respondí con monosílabos mientras me guiaba hacia una oficina privada. En el trayecto, miré de reojo las máquinas; parecían extraños artefactos de tortura hechos de metal y poleas, cosas que ni en mis peores pesadillas de contador sabía cómo utilizar.

—¡Oh! por cierto, mi nombre es Ben —me dijo al entrar—. Necesito que te quites los zapatos y subas a la báscula.

—Sí —asentí. Me quité los zapatos y lo que la pesa mostró era más de lo que esperaba.

—No te preocupes —dijo el chico—, el peso es solo una guía; hay que medirte.

—Es que subí demasiado desde que empecé a trabajar en esa empresa.

—Es normal ya que, según tus datos, tu estilo de vida es totalmente sedentario.

—Sí —respondí mientras me ponía los zapatos—. Con suerte camino hasta el estacionamiento.

—Estás muy fuera de forma —sacó una cinta métrica—. Mediremos cada parte importante de tu cuerpo.

—De acuerdo.

—Primero tus muslos... —Midió mis muslos, cintura, brazos, pecho, caderas y mi altura—. Con estos datos sacaremos el índice de grasa corporal y podremos darte una pauta.

—¿Tendré un entrenador personal?

—Sí —miró hacia todos lados—. Aunque creo que no ha llegado aún.

Lo vi anotar y sacar cálculos; luego me miró con una sonrisa de “chico malo”. —¿Qué sucede? —pregunté.

—Te cambiaré al entrenador.

—No entiendo.

—Debes bajar quince kilos de grasa para estar en el promedio.

—¿Qué? —pregunté asombrado.

—No se te nota tanto, pero tienes mucha grasa corporal —sacó la hoja y me hizo un gesto para que lo siguiera—. Pensaba asignarte a Carlos, pero... —se detuvo frente a una sala— creo que necesitas a alguien más rudo.

—¿A qué te refieres? —pregunté con temor.

—Teylor suele ser más blando con la gente, pero Michael... —dio un suspiro que no me dejó muy tranquilo—. Entra ahí. —Me pasó la hoja y abrió la puerta—. Espero que Dios se apiade de tu alma —dijo empujándome al interior.

Al entrar, me encontré en una sala de entrenamiento mucho más privada. Había un par de pesas perfectamente alineadas, colchonetas extendidas, una bicicleta estática y una trotadora que brillaba bajo la luz blanca, junto a otros artículos metálicos cuyo propósito no alcanzaba a comprender. A pesar de no ser un espacio muy grande, se sentía completo, casi profesional.

Al verme solo, el nudo de nervios en mi estómago comenzó a soltarse. Estar lejos de las miradas de los demás me hizo sentir, por primera vez en el día, algo relajado. Sin embargo, en cuanto la tensión me abandonó, el cansancio acumulado de la semana de cierre de mes cayó sobre mis hombros como una losa de cemento. Mis piernas empezaron a flaquear; dicen que cuanto más tiempo pasas sentado, más difícil se te hace estar de pie, y en mi caso, mis músculos se sentían como gelatina.

Miré hacia todos lados buscando al entrenador, pero la sala estaba en un silencio absoluto. «Solo serán un par de minutos», me dije mientras me sentaba en una de las colchonetas. El suelo estaba acolchado y, comparado con mi silla de oficina, se sentía como una nube. Apoyé la cabeza contra la pared, cerré los ojos solo para descansar la vista del brillo del computador que aún sentía grabado en las pupilas y, sin darme cuenta, el silencio de la sala me envolvió por completo.

No sé cuánto tiempo pasó, pero mi sueño profundo se rompió de forma violenta al sentir un chorro de agua helada cayendo directamente sobre mi cabeza.

—¡Mierda! —exclamé sintiendo mi cabello mojado.

—Me dijeron que eras sedentario y flojo, pero jamás imaginé que alguien viniera al gimnasio a dormir.

—No vine a dormir —me sequé el rostro con la toalla que llevaba y me volteé para encarar al estúpido—. Tú...

Todos los insultos se quedaron en el aire en cuanto lo vi. ¿Alguna vez han sentido que, al ver a una persona, el mundo se detiene y pierden la respiración? ¿Que al verlo comienzas a flotar y tu cerebro parece haber matado todas sus neuronas? No pensaba en otra cosa que no fuera el ser frente a mis ojos. Era perfecto. Un hombre tonificado sin llegar a verse vulgar; llevaba unos pantalones cortos que mostraban unas piernas perfectas y una camiseta sin mangas que resaltaba sus brazos fuertes. Tenía una cara esculpida a mano. Ese hermoso ser movía su boca y sus manos venosas tratando de decir algo que mis oídos no lograban escuchar; simplemente había perdido mis sentidos.

—Idiota —escuché una voz a lo lejos—. ¡Ey, idiota!

—¿Sí? —respondí saliendo del trance.

—¿Estás bien? —Al no obtener respuesta, me dio un golpe suave en la frente—. Despierta.

—¡Ouch! ¿Por qué hiciste eso?

—Porque parecías un imbécil mirándome.

Me sentí avergonzado. —Lo siento.

—No te preocupes —fue hasta una colchoneta—, sé que soy fácil de admirar.

—No estaba mirándote.

—Sí, claro. Acércate —me indicó—. Siéntate en la colchoneta de enfrente.

—¿Tú eres Michael?

—Sí —me tendió la mano—. Tú debes ser Gustavo.

—Sí.

—Bien, Gustavo —se levantó y me hizo una señal—. Lo primero: necesito que te quites la ropa.

Maldito loco, ¿Qué piensa hacerme?