Prólogo
Habían reglas claras que no debía desobedecer. Palabras que se heredaron con el paso de muchas generaciones.
Y no, no es que las normas fueran solo para mí.
Fueron dictadas para toda una población—La cúpula Marina— un mundo entero bajo las profundidades del óceano.
Tres distritos regían una edificación que cubría tres océanos y brindaba refugio a millones de nosotros, las mal llamadas Sirenas.
Entre todas las reglas impuestas , solo tres me parecieron las más atractivas para incumplir.
Regla 1: Un ciudadano civil no debe subir a la superficie jamás.
Regla 2: Solo podrás emparejarte con alguien de tu propia especie.
Regla 3: No mencionarás a los humanos por su nombre. Sustituirás la palabra por un simple— ellos.
Ellos , sonaba a cosa insignificante. Y eso entraba en contradicción con lo que siempre nos enseñaron: Los humanos son muy peligrosos, nos expulsaron de su mundo. Nos cazarán para lucirnos como trofeo si nos atrevemos a pisar su tierra.
Pero jamás me sentí cómoda con el cartapaso de prohibiciones que romantizaban bajo el lema de protección. Yo necesitaba respuestas.
Así que, ese día que parecía normal como cualquier otro, decidí huir a la superficie. Quería comprobar por mí misma cuan malo era el mundo de arriba y los humanos.
Pero esa ocasión fue el punto de quiebre para la chica alegre y desenfadada que alguna vez fui.
La libertad llegó como un frenesí delicioso y escurridizo cuando nadé a través de la frontera que nos delimitaba.
La inmensidad del mar me dio vida conforme avanzaba.
Pero en aquel fatídico día, se la arrebató a alguien más. Y yo no pude salvarla. La culpa se fijó en mí como una escaramuza que se adhiere al casco de un barco, imposible de quitar. Porque... mis manos están manchadas de sangre inocente... la sangre de mi propia especie.