El Precio del Valhalla

Summary

¿Que es lo más importante para ti? Pues para la Valkiria Brunhilde, su amado Siegfred lo es tanto pará ella, que inició el Ragnarok para liberarlo. ¿Conocés a alguien capaz de hacer algo semejante a eso?

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Capitulo 1

El Ragnarok había terminado.

La arena del Valhalla, antes el escenario de la carnicería más grandiosa y trágica en la historia del cosmos, ahora yacía en un silencio sepulcral, sometida a reparaciones. La humanidad había sobrevivido. Los dioses, con sus egos magullados y sus filas diezmadas, habían tenido que tragarse su orgullo milenario y aceptar la derrota, o al menos, un empate técnico que garantizaba la existencia humana por otros mil años.

Pero para Brunhilde, la mayor de las trece hermanas Valquirias, la verdadera victoria no se medía en la supervivencia de esos pequeños simios sin pelo. No del todo.

Su victoria estaba sentada frente a ella, bebiendo té de manzanilla.

—¿Vas a seguir mirándome como si fuera un espejismo, o vas a firmar ese papiro, Hilde? —preguntó Siegfried, con una sonrisa ladeada que hacía que las cicatrices recientes de su rostro se arrugaran de una manera que Brunhilde encontraba exasperantemente atractiva.

El cazador de dragones, el héroe legendario, y el hombre que había pasado una eternidad pudriéndose en las profundidades del Tártaro por "traición", estaba allí. Llevaba una camisa blanca de lino holgada, prestada (o más bien, robada por Brunhilde del armario de Apolo), y su cabello platinado, aunque todavía un poco opaco por la falta de luz solar, caía sobre sus hombros con esa familiar rebeldía.

Brunhilde parpadeó, sacudiéndose el estupor. Se encontraba en su oficina privada, un caos absoluto de pergaminos, tinteros volcados, libros de contabilidad del Valhalla y tazas de café vacías.

—No te estoy mirando —mintió ella, con la voz más áspera que el papel de lija, bajando la vista rápidamente hacia el documento que tenía en las manos—. Estoy… calculando. ¿Tienes idea de lo que cuesta reconstruir la zona VIP de los dioses griegos? Zeus destruyó tres palcos enteros solo apretando los puños de frustración cuando Sasaki Kojiro cortó a Poseidón en pedacitos de sushi. El presupuesto es un maldito desastre.

—Ah, sí. La burocracia post-apocalíptica. Un destino peor que el Tártaro —bromeó él, dándole un sorbo a su té.

De repente, la puerta de la oficina se abrió con un chirrido tímido. Göll, la más joven de las valquirias, asomó la cabeza. Tenía ojeras del tamaño de platos y temblaba como una hoja; una costumbre que no había perdido ni siquiera después de sobrevivir al fin del mundo.

—H-Hermana Hilde… —tartamudeó Göll, entrando con una bandeja llena de más pergaminos—. Hermes acaba de enviar la factura por los daños en la entrada principal. Ares dice que no pagará porque un humano lo empujó contra una columna, y Afrodita exige que se instalen cojines de seda nuevos en sus asientos porque… bueno, ya sabes.

El rostro de Brunhilde sufrió una de esas transformaciones que solo ella podía lograr. Sus hermosas facciones se contorsionaron. Sus ojos se inyectaron en sangre, las venas de su frente palpitaron con un ritmo tribal, y sus dientes se mostraron en una mueca que habría hecho retroceder al mismísimo Hades.

—¡¿Cojines de seda?! —rugió Brunhilde, su voz vibrando y haciendo temblar los tinteros—. ¡Esa vaca lechera con complejo de superioridad se pasó todo el torneo sentada sobre sus propios sirvientes! ¡¿Para qué demonios quiere cojines?! ¡Y Ares! ¡Ese idiota musculoso con cerebro de maní no pagará?! ¡Iré yo misma a sacarle las monedas de oro a golpes de su inútil cráneo!

Agarró el grueso libro de contabilidad, levantándolo por encima de su cabeza con la clara intención de partir el escritorio en dos (otra vez). Göll soltó un chillido y se cubrió la cabeza con la bandeja, preparándose para el impacto y la lluvia de astillas de madera.

Pero antes de que el libro descendiera, una mano grande, cálida y áspera por las batallas, se envolvió suavemente alrededor de la muñeca de Brunhilde.

El aura demoníaca de la valquiria se evaporó en un nanosegundo.

Brunhilde parpadeó, su rostro volviendo a su gélida y estoica belleza casi cómicamente rápido. Miró hacia abajo. Siegfried se había levantado de su silla sin hacer ruido y ahora la sostenía, deteniendo su ataque de furia burocrática.

—Calma, fiera —dijo él en voz baja, con ese tono grave y rasposo que le enviaba escalofríos por la espina dorsal—. Si rompes el escritorio, tendrás que incluirlo en el presupuesto de reparaciones. Además, asustas a la pequeña Göll.

Brunhilde soltó el libro, que cayó con un ruido sordo. Se aclaró la garganta, arreglándose el cuello de su inmaculado vestido oscuro, intentando recuperar su dignidad.

—No estaba asustando a Göll. Solo estaba… enfatizando un punto fiscal —dijo, desviando la mirada, un ligero rubor asomándose en sus mejillas pálidas.

Göll, espiando por encima de la bandeja, alternó la mirada entre su aterradora hermana mayor y el imponente cazador de dragones. Era un milagro divino, pensó la pequeña valquiria. Era como ver a un dragón furioso que escupe fuego ser domado instantáneamente porque le frotaron la barriga.

—Göll, déjalo ahí —ordenó Brunhilde, señalando una pila ya precaria de papeles—. Y dile a Hermes que si vuelve a enviarme una factura de Afrodita, le enviaré la cabeza de su querido hermano Ares en una caja de regalo. Con un lazo rosa.

—¡S-Sí, hermana! —chilló Göll, dejando los papeles y huyendo de la oficina a la velocidad de la luz, cerrando la puerta tras de sí.

El silencio volvió a caer en la habitación, interrumpido solo por el tictac de un reloj de arena cósmico en la repisa. Siegfried no soltó la muñeca de Brunhilde de inmediato. En cambio, deslizó su mano hacia abajo, entrelazando sus dedos con los de ella.

Brunhilde contuvo la respiración. Incluso después de todo lo que había pasado, incluso después de haber manipulado a los dioses más poderosos del panteón y de haber mandado a sus propias hermanas a morir, el simple toque de este hombre la hacía sentir como una novicia inexperta.

—Estás agotada, Hilde —dijo Siegfried, su pulgar acariciando el dorso de la mano de la valquiria. Sus ojos, profundos y llenos de una sabiduría melancólica, la escrutaron—. Llevas semanas sin dormir. El Ragnarok terminó. Ganaste. Gananos. Ya puedes detenerte.

—No ganamos, empatamos. Y la reconstrucción no se hace sola, Sieg —respondió ella, intentando sonar estricta, pero su voz traicionó un temblor de agotamiento—. Además, si me detengo ahora, los dioses encontrarán una excusa para anular el tratado. Tengo que mantener la presión. Tengo que…

—Tienes que caminar conmigo —la interrumpió él, tirando suavemente de su mano.

—¿Qué? No, Siegfried, tengo que revisar el inventario de almas de…

—Es una orden del héroe, Valquiria —dijo él, esbozando una sonrisa fanfarrona, aquella que siempre usaba antes de lanzarse a una batalla imposible contra una bestia mítica—. Además, necesito aire. El olor a pergamino viejo y tu estrés crónico me están recordando demasiado a los niveles superiores del Tártaro.

Esa mención, la sola palabra Tártaro, hizo que el corazón de Brunhilde diera un vuelco. Una punzada de culpa y dolor atravesó su pecho. Tragó saliva, asintiendo lentamente.

—Bien. Un paseo. Diez minutos. Ni un segundo más.

Caminaron por los inmensos y exuberantes jardines del Valhalla. El lugar era un paraíso de flora imposible; árboles con hojas de cristal que tintineaban con la brisa, flores que brillaban con luz propia y arroyos de agua que sabía a néctar. A pesar de la guerra reciente, la naturaleza divina del reino comenzaba a sanar.

Siegfried caminaba con las manos en los bolsillos, respirando profundamente, absorbiendo la luz del cielo crepuscular como si fuera agua en un desierto. Brunhilde, por otro lado, caminaba rígida, a su lado, sus ojos analizando constantemente el perímetro, como si esperara que un ejército de deidades menores saltara de los arbustos en cualquier momento.

De repente, se cruzaron con un grupo de dioses nórdicos menores. Eran de la corte de Odín, tipos arrogantes vestidos con pieles y armaduras doradas. Al ver a Brunhilde, sus rostros se torcieron en una mezcla de odio, miedo y resentimiento. Después de todo, ella era la traidora.

Pero cuando sus ojos se posaron en Siegfried, el humano que había desafiado las leyes divinas, uno de ellos escupió en el suelo, murmurando un insulto ininteligible sobre "escoria mortal".

Siegfried ni siquiera se inmutó. Estaba a punto de seguir caminando, ignorándolos olímpicamente, cuando sintió que la temperatura a su lado descendía a cero absoluto.

Brunhilde se detuvo. Giró sobre sus talones.

La presión en el aire cambió de golpe. No era la de un dios, pero era la sed de sangre pura y destilada de la líder de las Valquirias, forjada en la desesperación de mil batallas. Sus ojos brillaron con un tono esmeralda letal.

—¿Perdón? —dijo Brunhilde. Su voz era baja, suave, y absolutamente aterradora—. Creo que no te escuché bien, escoria de tercera categoría. ¿Te atreviste a mirar hacia aquí y respirar el mismo aire que él?

Los dioses menores se paralizaron. El que había escupido tragó saliva, palideciendo.

—N-No dijimos nada, Valquiria traidora… —intentó defenderse uno, aunque su voz temblaba.

Brunhilde dio un paso hacia ellos, el sonido de sus tacones resonando como martillazos en un ataúd.

—Si vuelves a mirarlo, a él o a cualquier humano, con esa asquerosa expresión de superioridad, te arrancaré los ojos con una cuchara de plata y se los daré de comer a los cuervos de Odín. ¿Quedó claro? Y si tienes algún problema con eso, puedes decírselo a mi cara en la arena. Oh, espera, tu abuelo ya murió ahí, ¿verdad? Qué lástima.

El grupo de dioses no esperó a escuchar más. Dieron media vuelta y huyeron, tropezando con sus propias capas, casi llorando de terror.

Brunhilde se arregló un mechón de cabello, soltando un suspiro de indignación.

—Patéticos —murmuró.

Siegfried estalló en carcajadas. Una risa fuerte, profunda y genuina que resonó en el jardín, asustando a unas cuantas aves doradas.

—¡Hilde! —dijo entre risas, agarrándose el estómago—. No puedes amenazar de muerte y mutilación a todos los que me miren feo. Vas a vaciar el Valhalla tú sola.

Brunhilde se giró hacia él, con el ceño fruncido y las mejillas ligeramente encendidas, esta vez no por la ira, sino por la vergüenza de haber sido atrapada siendo sobreprotectora.

—Claro que puedo. Soy la instigadora del Ragnarok. Tengo una reputación que mantener —se excusó ella, apartando la mirada con los brazos cruzados debajo del pecho—. Además, nadie le falta el respeto al hombre por el que…

Se detuvo a mitad de la frase. Las palabras se atascaron en su garganta.

Por el que destruí el mundo, iba a decir.

Siegfried dejó de reír. Su expresión se suavizó al instante. Acortó la distancia entre ellos y le ofreció el brazo.

—Vamos a un lugar más privado —dijo suavemente.

Terminaron en el balcón de la habitación de Brunhilde. Era el punto más alto de su ala del palacio, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad divina. El sol se había puesto, dando paso a una noche estrellada con constelaciones que no existían en la Tierra.

Brunhilde estaba apoyada contra la barandilla de mármol, mirando al horizonte, con el viento frío agitando su cabello oscuro. Siegfried estaba a su lado, observándola no a ella, sino al perfil de su rostro.

—Es hermoso, ¿verdad? —dijo Siegfried, rompiendo el silencio.

—Sí —respondió ella en un susurro—. A veces olvido que este lugar fue construido para ser el paraíso. Especialmente después de ver tanta sangre derramada en él.

Siegfried se apoyó de espaldas a la barandilla, cruzando los brazos y mirándola directamente.

—Hilde… Mírame.

Ella dudó, pero finalmente giró la cabeza. Los ojos de Siegfried no tenían burla ni ligereza ahora. Eran dos pozos de sinceridad que parecían ver directamente a través de sus muros de hielo y acero.

—Sabes que me enteré de todo en el Tártaro, ¿verdad? —comenzó él, su voz apenas un murmullo sobre el viento—. Los guardias hablaban. Belcebú y los demás dioses del inframundo se aseguraron de que yo supiera lo que estaba pasando. Me contaron que la Valquiria Mayor había enloquecido. Que invocó la cláusula del Ragnarok. Que estaba usando a las almas humanas y a sus propias hermanas como armas para asesinar dioses.

Brunhilde cerró los ojos, sus manos agarrando la barandilla con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. El peso de la culpa, una montaña que cargaba en secreto todos los días, amenazó con aplastarla. Los rostros de Randgriz, Reginleif, Thrud… y las vidas humanas que se extinguieron para siempre. Lu Bu, Adam, Raiden, Tesla, Leonidas.

—Yo… —La voz de Brunhilde se quebró, un sonido tan raro en ella que era casi como escuchar el cielo resquebrajarse—. Yo tuve que hacerlo, Sieg. La humanidad iba a ser borrada. No podía permitirlo. Era mi deber como valquiria, como puente entre los humanos y los dioses.

Siegfried extendió la mano y le levantó la barbilla suavemente.

—Hilde. No me mientas. No a mí.

Los ojos de la valquiria se abrieron, brillando con lágrimas no derramadas. Miró el rostro marcado de su amado, las cadenas fantasmales que ella sabía que aún pesaban en su alma después de su encarcelamiento.

—Salvar a la humanidad era el objetivo oficial —continuó Siegfried, sin juzgarla, solo afirmando un hecho—. Y sé que amas a los humanos. Pero también sé cómo funciona esa mente tuya, Brunhilde. Sé que los dioses no planeaban exterminar a la humanidad de inmediato hasta que tú los provocaste en ese consejo. Tú forzaste el Ragnarok.

Él dio un paso más cerca, invadiendo su espacio vital, su calor filtrándose a través de las gruesas telas de la ropa de ella.

—Lo hiciste por mí, ¿verdad?

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Brunhilde bajó la mirada, temblando. Durante milenios, había sido la figura de autoridad estoica, la comandante implacable. Había insultado a Zeus, había desafiado a Odín, había caminado con la cabeza en alto sabiendo que su alma podría ser destruida.

Pero aquí, frente al hombre que amaba, todas sus defensas se derrumbaron.

Con un movimiento repentino, casi violento, Brunhilde agarró la camisa de Siegfried por el cuello. Lo tiró hacia ella, sus frentes chocando con un sonido sordo.

—¡Claro que fue por ti, idiota estúpido! —gritó, su voz desgarrada por la angustia y una furia reprimida durante eones—. ¡¿Crees que me importaba una mierda el equilibrio cósmico mientras tú te pudrías en ese pozo asqueroso?!

Las lágrimas finalmente comenzaron a caer, trazando líneas calientes por sus pálidas mejillas. Siegfried no se movió, solo la sostuvo por la cintura, dejándola descargar la tormenta.

—¿Tienes idea de lo que sentí? —continuó ella, apretando la camisa en sus puños—. Cuando te juzgaron. Cuando Odín y esos viejos decrépitos decidieron que eras demasiado peligroso, que tu amor por mí, una simple valquiria, y tu poder eran una amenaza. Te encadenaron en el lugar más oscuro de la creación. Y yo tuve que quedarme aquí. Sirviendo vino a los mismos bastardos que te quitaron de mi lado. Sonriendoles. Asintiendoles.

Brunhilde soltó un sollozo ahogado, hundiendo el rostro en el pecho de Siegfried. Él la envolvió en sus brazos, apoyando su mejilla en la cabeza de ella.

—Cada maldito día, Siegfried. Cada día pensaba en prenderle fuego al Valhalla. Pero sabía que si actuaba como una rebelde estúpida, te ejecutarían. Así que esperé. Estudié sus leyes. Encontré el resquicio. El Artículo Número 62, Párrafo 15 de la Constitución del Valhalla. El Ragnarok. Sabía que si los humillaba, si los ponía contra las cuerdas y ganábamos influencia, el precio por detener la guerra y firmar la paz sería tu libertad.

Levantó el rostro, mirándolo con una intensidad casi aterradora. Había amor en sus ojos, sí, pero era un amor salvaje, posesivo, un amor que había quemado un mundo entero para salvar a una sola persona.

—Envié a mis hermanas a la muerte. Jugué con las almas de los hombres más grandes de la historia —dijo, la voz reducida a un susurro lleno de autodesprecio—. Cometí pecados imperdonables, Sieg. Y lo haría de nuevo. ¿Me escuchas? Si tuviera que retroceder el tiempo, mataría a Poseidón yo misma. Ahogaría a Hércules. Destrozaría a Hades. Te lo juro, Siegfried, habría reducido el Yggdrasil a cenizas y usado su madera para calentarte si eso significaba sacarte de ese lugar.

Siegfried cerró los ojos, sintiendo un nudo inmenso en la garganta. Escucharla, ver la magnitud de lo que esta mujer —su orgullosa, loca y hermosa valquiria— había soportado por él, lo dejaba sin aliento. Él siempre fue el héroe, el que salvaba a los demás. Pero ella… ella se había convertido en el mismísimo demonio del fin del mundo solo para rescatarlo.

—Eres la mujer más aterradora del universo, Brunhilde —murmuró él, con una sonrisa triste pero llena de absoluta adoración.

—Y tú eres el idiota más grande por dejarte atrapar en primer lugar —replicó ella, olfateando y limpiándose bruscamente los ojos con el dorso de la mano—. Te dije que no fueras a esa estúpida cueva sin mí.

Siegfried se rio por lo bajo, una risa que vibró contra el pecho de ella. Levantó las manos y tomó el rostro de Brunhilde con infinita delicadeza. Secó los rastros de lágrimas con sus pulgares.

—No tienes que cargar con esto sola nunca más, Hilde. Los pecados del Ragnarok… los cargaremos juntos. Si los dioses quieren venganza en el futuro, los enfrentaremos. Si tu alma está condenada, iré al Niflheim y conquistaré el lugar para nosotros.

Brunhilde lo miró a los ojos y, por primera vez en siglos, sintió que podía respirar. Realmente respirar. La armadura de hierro que rodeaba su corazón se fracturó, dejando salir una luz cálida.

Con un gruñido impaciente que era cien por ciento suyo, Brunhilde agarró a Siegfried de la nuca y tiró de él hacia abajo, sellando la distancia entre ellos en un beso.

No fue un beso casto de cuentos de hadas. Fue desesperado, hambriento, exigente. Fue un choque de emociones reprimidas, de miedo acumulado y de alivio explosivo. Brunhilde lo besó como si quisiera devorarlo, como si necesitara comprobar a través del tacto físico, del sabor de sus labios y del calor de su cuerpo, que él era real, que no era un truco cruel de Loki.

Siegfried respondió con igual intensidad. Sus brazos rodearon su cintura, levantándola ligeramente del suelo, presionándola contra su cuerpo. La pasión del héroe igualó a la ferocidad de la valquiria. Sus lenguas se encontraron, un baile caótico que sabía a lágrimas saladas y a promesas eternas.

Cuando finalmente se separaron, ambos jadeaban. Brunhilde tenía los labios hinchados, el cabello desordenado, y un rubor furioso en sus mejillas que contrastaba maravillosamente con sus ojos brillantes.

—Eso… —Siegfried tragó saliva, tratando de recuperar el aliento, con una sonrisa estúpida pintada en el rostro—… eso estuvo mejor que cualquier banquete de Odín.

Brunhilde soltó una risa nerviosa, apoyando la frente contra la suya.

—Eres mío, Siegfried. Lo digo en serio. Después de todo lo que pasé, no te atrevas a morir, no te atrevas a desaparecer, y por el amor a la creación, no dejes de estar a mi lado.

—Entendido, jefa —dijo él, besando la punta de su nariz—. Soy todo tuyo. Cuerpo, alma y espada.

Brunhilde sonrió. Una sonrisa real, suave y radiante que la hacía ver menos como un demonio de la guerra y más como la diosa de la victoria que solía ser.

—Bien. Ahora ven adentro. Hace frío y he estado despierta por setenta y dos horas. Necesito dormir.

Siegfried la tomó en brazos estilo princesa antes de que ella pudiera protestar.

—¡Siegfried! ¡Bájame, soy la mayor de las valquirias, no una damisela! —chilló ella, golpeando su pecho, aunque sin mucha fuerza.

—Cállate y déjate mimar, mujer aterradora —respondió él, caminando hacia el interior de la habitación y pateando la puerta de cristal para cerrarla con el pie—. Prometo ser el mejor colchón del mundo.

A la mañana siguiente, el sol brillaba con una claridad inusitada sobre el Valhalla.

En la cocina de los aposentos privados, un sonido ensordecedor de metales chocando despertó a Siegfried. Se incorporó en la enorme cama, frotándose los ojos. Al ver que el lado de Brunhilde estaba vacío y las sábanas aún conservaban su aroma, se levantó rápidamente.

Al llegar a la cocina, se encontró con una escena que rivalizaba con la destrucción del Ragnarok.

Había harina en las paredes. Una olla abollada (como si alguien la hubiera golpeado con pura fuerza bruta) yacía en el suelo. Y en el centro del desastre estaba Brunhilde, con un delantal ridículo que decía "La Jefa" sobre su habitual vestido elegante, mirando con odio profundo una sartén que contenía algo que vagamente recordaba a huevos revueltos… pero de color negro carbón.

—Maldita sartén de calidad inferior. ¿Quién fabricó esto? ¿Hefesto en un día libre? —gruñía Brunhilde, levantando una espátula como si fuera una lanza sagrada lista para ejecutar a la sartén por alta traición.

Siegfried se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos, intentando suprimir una carcajada que amenazaba con salir.

—Hilde, mi amor, luz de mi vida y terror de mis enemigos… ¿qué estás haciendo?

Brunhilde se sobresaltó, girando con los ojos muy abiertos y un mancha de hollín en la nariz. Al verlo, intentó esconder la sartén detrás de su espalda en un movimiento poco disimulado, lo que solo logró que el contenido negro cayera al suelo con un plop triste.

—¡Sieg! Yo… estaba… preparando el desayuno —dijo ella, su voz aguda y defensiva—. Leí en uno de los pergaminos humanos que, para mostrar afecto posguerra, la pareja debe proveer sustento matutino. Pero la cocina del Valhalla es defectuosa. La llama es muy agresiva.

Siegfried ya no pudo contenerse. La risa estalló de su pecho. Caminó hacia ella, esquivando el huevo carbonizado en el suelo, y le quitó suavemente la espátula de las manos.

—No te rías, idiota. Estoy tratando de ser romántica y normal —se quejó ella, haciendo un puchero que era absolutamente adorable y letal a la vez.

—Hilde —dijo él, abrazándola por la cintura y besando la mancha de hollín en su nariz—. Me enamoré de ti porque eres la mujer más intensa, loca y maravillosa de todos los reinos. No quiero que seas normal. Si quiero huevos, iré al comedor de los dioses. Si quiero romance…

Siegfried la atrajo más hacia él, bajando la voz a un susurro seductor.

—…solo necesito que me mires como lo hiciste anoche, que me a prisiones como lo hicistes en la cama. Y que me amenaces de muerte si te dejo.

Brunhilde se sonrojó furiosamente, pero una sonrisa arrogante, su sonrisa característica, curvó sus labios. Envolvió sus brazos alrededor del cuello de Siegfried.

—Oh, lo haré. Y no será una amenaza vacía, cariño.

—No esperaba menos.

Se besaron de nuevo, en medio de la cocina destruida. Y mientras Siegfried la abrazaba, Brunhilde supo que, a pesar de las cicatrices, a pesar de las hermanas perdidas que siempre recordaría, y a pesar del desprecio eterno de los dioses, había ganado.

Había apostado todo contra los amos del universo, había hecho trampa, había sangrado y había llorado. Pero él estaba ahí, sosteniéndola.

Y para Brunhilde, el cazador de dragones valía cada gota de sangre derramada en la arena del Valhalla.

Horas más tarde, Göll caminaba temblorosamente por los pasillos, llevando una nueva pila de documentos urgentes. "Hermana Hilde me va a matar", pensaba la pequeña valquiria. "Llevo el reporte de Zeus sobre los gastos del hospital. ¡Se va a volver loca!".

Al llegar a la oficina, Göll abrió la puerta con extremo cuidado, preparada para esquivar un escritorio volador.

Pero la oficina estaba vacía.

En lugar de eso, sobre la mesa, justo encima del aborrecido libro de contabilidad, había una nota clavada con una elegante y afilada daga valquiria.

Göll se acercó, curiosa, y leyó la elegante caligrafía de su hermana mayor:

«Göll:

He decidido tomarme el día libre. O el siglo libre. Ya veré.

Si los dioses griegos preguntan por las facturas, diles que se las metan por el orto.

Si Zeus se queja, dile que volveré y organizaré el Ragnarok 2.0.

Me fui con Siegfried. No nos busquen.

P.D. Te dejé pasteles en la sala de descanso. Buen trabajo.

- B.»

Göll parpadeó, leyendo la nota tres veces. Luego, miró hacia la ventana que daba a los inmensos jardines dorados del Valhalla.

Por primera vez desde el comienzo del torneo, la pequeña valquiria sonrió ampliamente, una sonrisa de paz absoluta.

—Disfruta tu victoria, Hermana Hilde —murmuró Göll, tomando la nota—. Te la mereces.

Y en algún lugar, bajo la sombra del inmenso Árbol del Mundo, la mujer más temida por los dioses descansaba su cabeza sobre el regazo del hombre que amaba, finalmente, en paz.