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Corriente de Malentendidos

Summary

Cuando Jay por fin se anima para invitar a salir a Nya, la chica nueva, y ella acepta todo parece perfecto. Hasta que Jay la ve abrazando a un chico y se da cuenta de que accidentalmente invitó a salir a una chica que ya tiene novio. Jay no sabe por qué Nya aceptó. ¿Tal vez ella no creyó que se tratara de una cita? ¿Tal vez Nya pretende engañar a su novio? Lo que sí sabe es que el novio de Nya seguro lo va a matar cuando se entere. Y Jay tiene miedo, pero no el suficiente para cancelar la cita.

Genre
Humor
Author
Centurydoll
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Jay sentía electricidad muy dentro de sus huesos cada vez que veía a Nya. En esos momentos todo el mundo se volvía borroso y solo ella permanecía nítida.

Ahora ella estaba al final del pasillo, arrodillada frente a un casillero oxidado que alguien había forzado mal la semana anterior. Tenía un destornillador en la mano, lo había sacado de su mochila con la naturalidad con la que otros sacan un lápiz, y estaba metiendo la punta en la cerradura con una precisión que rayaba lo quirúrgico. Su cabello oscuro caía sobre su rostro, y cada vez que soplaba para apartarse un mechón, Jay sentía otra sacudida.

“Electric Love”, pensó, recordando la canción que a su madre le encantaba escuchar cuando él era niño. Así se siente. Como si alguien hubiera conectado sus nervios a una fuente de poder. Su cerebro se congelaba, su lengua se trababa y sus pies se negaban a moverse en la dirección correcta. Llevaba tres semanas así. Mirándola y deseando tener el valor suficiente para acercarse.

—¿Vas a mirarla hasta que ambos mueran de viejos o vas a hacer algo al respecto?

La voz de Cole llegó desde su izquierda, grave y burlona. Jay no necesitó girarse para saber que su amigo estaba apoyado en el casillero de al lado, con los brazos cruzados y esa sonrisa de medio lado que usaba cuando lo atormentaba.

—Estoy observando —murmuró Jay, sin apartar la mirada de Nya—. Es diferente.

—Observar es lo que hace un rarito, Jay. Hablar es lo que hace un tipo con posibilidades.

—No tengo posibilidades.

—Porque no hablas.

Ese era el problema, pensó Jay. El círculo vicioso de su propia existencia. No hablaba porque no tenía posibilidades, y no tenía posibilidades porque no hablaba. Era una ecuación tan perfecta como absurda.

Nya giró el destornillador con un movimiento seco. La cerradura hizo click. Ella sonrió para sí misma, una sonrisa pequeña y satisfecha, como si hubiera resuelto un problema que nadie más había notado.

Jay sintió la descarga en la nuca.

—Probabilidad de que hables con ella hoy —dijo Zane, apareciendo en el otro lado de Jay— doce por ciento.

Jay parpadeó.

—¿Doce? ¿Por qué doce?

—Porque has empezado a caminar hacia ella tres veces en los últimos diez minutos, y las tres veces has desistido. Doce es un redondeo optimista. Mi cálculo inicial era ocho.

Cole soltó una carcajada.

—Ocho —repitió Jay, ofendido—. Ocho por ciento. Eso es...

—Una probabilidad baja —completó Zane—. Pero no nula.

Nya guardó el destornillador en su mochila, se puso de pie y sacudió el polvo de sus pantalones. Iba a irse. En cualquier momento iba a girar sobre sus talones y desaparecer por la esquina, y Jay volvería a su clase con la misma sensación de derrota que llevaba arrastrando desde que empezó el semestre.

“Ahora o nunca”, pensó. “Ahora o nunca, ahora o nunca, ahora o nunca”.

La frase se repitió en su cabeza como un mantra. Sus piernas empezaron a moverse antes de que su cerebro diera la orden. Un paso. Dos pasos. Tropezó con un estudiante que pasaba, se disculpó, se recuperó a trompicones, siguió caminando.

Cole y Zane se quedaron atrás, observando.

—Ocho por ciento —murmuró Cole.

—Parece que va a ser doce —respondió Zane.

Jay no los escuchó. El mundo se había reducido a Nya.

Entonces Nya lo vio acercarse.

Jay abrió la boca. Ningún sonido salió de ella.

“Esto es un desastre”, pensó. “Este es el momento en el que me congelo y ella piensa que soy un idiota y me voy a morir solo y mi epitafio dirá: aquí yace Jay, el que no pudo hablar”.

Pero entonces Nya sonrió. No una sonrisa de cortesía, no esa mueca que la gente pone cuando quiere que te vayas. Una sonrisa genuina, con un dejo de diversión contenida, como si supiera exactamente lo que estaba pasando dentro de la cabeza de Jay y le pareciera entrañable.

—¿Necesitas algo? —preguntó. Su voz era más suave de lo que él recordaba. O tal vez solo era la cercanía. Estaba a menos de un metro.

“Habla”, se ordenó a sí mismo. “Di algo. Cualquier cosa. El clima. La tarea. Tus últimas voluntades. Pero habla”.

—Hay una feria —dijo. Esa no era la frase completa. Esa era la versión de emergencia, la que había salido de sus labios antes de que su cerebro terminara de procesarla.

Nya arqueó una ceja. —¿Una feria?

—Sí. La feria. La de verano. La que ponen cada año en el parque. Con las luces y los juegos y el olor a palomitas. Esa feria...el viernes —continuó, porque ya no podía parar y lo único que le quedaba era precupitarse al vacio y caer—. ¿Vas a ir?

Nya lo miró en silencio durante tres segundos que a Jay le parecieron tres décadas. Estudiaba su rostro con una atención que lo hacía sentir desnudo. —¿Me estás invitando? —preguntó al fin.

Jay asintió. Demasiado rápido —Sí. Quiero decir. Tal vez. Si quieres. No necesitas contestarme, puedes ignorarme...

Nya guardó silencio otro segundo más. Luego, su sonrisa se amplió. —Está bien —dijo—. ¿A qué hora?

Jay parpadeó. Su cerebro se negaba a procesar la información. —¿Perdón?

—La feria. ¿A qué hora nos encontramos?

—¿Siete? —atinó a decir sin creer lo que estaba pasando—. ¿O siete y media? ¿O...?

—Siete está bien —lo interrumpió Nya, con esa sonrisa que ya empezaba a volverse familiar—. En la entrada principal.

Giró sobre sus talones y se alejó por el pasillo, con las manos en los bolsillos de su chaqueta negra, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de cambiar el universo entero de Jay con un simple “está bien”.

Jay se quedó inmóvil en medio del pasillo, con la boca entreabierta y los brazos colgando a los lados como si fueran piezas sueltas.

Cole llegó a su lado y le dio una palmada en la espalda que casi lo desequilibra.

—Doce por ciento —dijo, con una sonrisa enorme—. Eso se llama vencer las probabilidades.

Zane apareció por el otro lado, con su expresión habitual de calma calculada.

—La probabilidad real era más alta —admitió—. No contemplé el factor de desesperación.

Jay no respondió. Sus ojos seguían fijos en el lugar donde Nya había desaparecido, como si esperara que volviera a aparecer y le dijera que era una broma.

“Tengo una cita”, pensó. “Tengo una cita con Nya. La chica de metalurgia. La que sabe soldar metales y tiene los ojos más brillantes que cualquier LED que haya instalado en mi vida”.

“Esto es real”.

“Esto está pasando”.

“Y definitivamente voy a arruinarlo”.

Pero por ahora, mientras caminaba hacia su siguiente clase con las piernas temblorosas y una sonrisa tonta pegada en la cara, decidió ignorar esa última parte.

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