El Unicornio

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Un día en la vida de un niño que se cree unicornio, mientras lidia con el entorno que lo rodea, usando su imaginación para rellenar aquello que no entiende del todo.

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13+

El Unicornio

Antes de ir al colegio, me puse las medias. Es importante usar medias. Una vez no llevé medias, y todos se rieron de mí.

Mi uniforme estaba junto a la cama, arrugado, pero limpio. Me gusta cuando está limpio, aunque creo que se ve mejor cuando está planchadito.

Cuando ya abría la puerta, me llevé a la mano a la cabeza. ¡Me falta mi cuerno!

Un unicornio no debe salir sin su cuerno.

Busqué en la habitación desde donde estaba. No lo veía…

¡Ajá! —dije—. ¡Ahí está!

Que susto. Estaba bajo la cama, asomándose como si quisiera que yo lo viera.

Corrí hacia él y me lo puse. Se sentía bien en mi cabeza. Me hacía sentir poderoso.

Me acomodé la mochila en la espalda. Ahora era ligera, porque yo era fuerte.

Salí del cuarto y bajé las escaleras. ¡Casi me voy de boca mientras bajaba!

En la sala, el reloj marcaba las seis y tres cuartos. Aún era temprano.

Mi mamá dormitaba en el sofá. La televisión encendida. Se veía cansada. Pobrecita.

Mientras pasaba junto a ella, tropecé con una botella medio vacía.

—¡Perdón! —dije en voz baja.

Le di un besito en la frente, y salí de la casa. Ella gruñó algo mientras yo me alejaba. Debía de estar teniendo una pesadilla.

Mientras me dirigía al colegio, los adultos que pasaban junto a mí me saludaban con la cabeza. ¡Los conocía a todos! Siempre eran muy amables conmigo.

Pero con los niños era otra cosa. A ellos no les gustaba mi sombrero de unicornio.

Bueno, uno no le puede caer bien a todo el mundo. Mi mamá siempre me lo dice.

Llegué al colegio justo a tiempo. Me gusta el colegio. Siempre aprendo cosas nuevas.

Me dirigí a mi aula y me senté. Saqué mis materiales y esperé al profesor mientras dibujaba en la parte de atrás de mi cuaderno. Una vez había dibujado en la parte de adelante, y el profesor me regañó. No lo volveré a hacer.

—¡Buen día! —dijo el profesor. Se me quedó mirando un instante, y abrió un poco los labios, como si quisiera decirme algo. No lo hizo.

Yo me puse de pie de primerito, y mis compañeros lo hicieron después de mí. Siempre gano.

Saludamos al profesor, y nos sentamos.

Durante el receso, una niña de ojos grandes como pelotas de golf se me acercó.

¿Qué tamaño tienen las esferas de golf? Nunca he visto una.

—¡Hola! —dijo la niña.

—Hola —saludé. Mi mamá dice que siempre debo ser una caballero, y un caballero siempre devuelve un saludo.

—¿Por qué llevas eso en la cabeza? —preguntó, ladeando la cabeza. Era como un cachorrito.

—¿No es obvio? —le respondí imitando su gesto con la cabeza—. ¡Soy un unicornio!

La chica se echó a reír.

—Entonces es verdad lo que dicen. Eres un rarito. Me voy.

Se volvió y echó a correr. A lo lejos, vi cómo se reunía con un grupo de amigas. Todas reían a carcajadas mientras me miraban y murmuraban entre ellas.

Que hagan lo que quieran, yo voy a comer.

La lonchera tiene algunas galletas y leche achocolatada. Que rico.

Mientras comía, miré a mi alrededor. Algunos niños jugaban futbol en el patio, y otros estaban sentados por ahí, hablando y comiendo.

Me gustaba el colegio. En este colegio, siempre estoy tranquilo.

En el otro, siempre me molestaban.

Terminé de comer. Ya era hora de regresar de nuevo a clases.

El profesor daba su clase de historia. No me gustaba mucho la historia, pero siempre estaba atento. Mi mamá decía que siempre hay que estar atento en clase, incluso durante las materias malas.

Pero ese día, algo fue diferente.

Alguien tocó a la puerta. El profesor detuvo su perorata y abrió.

¿Quién era ese señor que entraba? ¡Era muy gordo! Y usaba un traje negro elegante, que resistía por no ceder desde adentro.

Pero no le dije eso. No.

Mamá siempre decía que no hay que reírnos del aspecto de los demás.

El señor gordo me señaló y el profesor me pidió que me pusiera en pie. Nunca había visto tan serio al profesor, ni siquiera cuando me regañó por comerme aquella galleta en clase.

Yo me levanté y mi fui con él.

Mi mamá dice que nunca debo ir con desconocidos, pero el señor de dijo que se llamaba… bueno, ya no lo recuerdo. El caso es que, según él, al decirme su nombre ya no era un desconocido.

Me llevó en un carro de vidrios negros desde el cual apenas se podía mirar afuera.

En el carro habían también otras dos personas: una señora de cuello muy largo, que usaba un bonito collar de perlas; y otro señor trajeado, pero bastante menudo y flaco.

No me dirigieron apenas la palabra, pero noté como me miraban desde el espejo que había en la parte delantera del carro. Parecían asombrados de algo.

El carro se detuvo en un edificio enorme y cuadrado, repleto de gente que entraba y salía, algunos con ropas azules y blancas, máscaras azuladas en la boca y extraños gorros en la cabeza.

Ya había estado ahí antes.

Me condujeron hacia uno de los pisos más altos. Tenía la impresión de que había estado ahí antes.

Cuando llegamos a nuestro destino, el señor trajeado tocó en una puerta igualita a todas las demás de aquel pasillo.

—¡Adelante! —dijo una voz desde el otro lado. ¿Mamá?

El señor abrió la puerta y entró conmigo. Los otros dos esperaron afuera.

Mi mamá estaba sentada en una silla de aspecto incómodo, con la espalda encorvada mientras observaba a alguien en la cama.

Me acerqué para ver quién era.

Unos ojos grandes me miraron desde una cara cuadrada. Sonreía.

—Hola —dijo él.

—Hola —respondí yo. Un caballero no solo es amable con las damas, también con otros caballeros—. ¿Quién eres?

—Soy David.

—Encantado, David.

David sonrió. Entonces, cuando mi mamá se disponía a decirme algo, una extraña máquina que había junto a él, empezó a emitir pitidos extraños, cada vez más y más rápido.

¿Siempre había estado ahí?

El ruido me hizo alejarme, asustado. Me agaché en el suelo, cerré los ojos con fuerza y me tapé los oídos.

Escuché pasos de gente que iba y venía.

No supe durante cuánto tiempo estuve así. Solo sé que, cuando ya no hubo ruido, mi mamá me tocó el hombro. Era ella, lo sabía incluso antes de abrir los ojos.

Me levanté y me acerqué de nuevo a la cama. Estaba vacía.

—¿Qué le pasó a David, mamá?

Ella negó con la cabeza. ¿Qué significaba eso?

—Ahora… es un unicornio—dijo mamá al fin.

Que raro, él no tenía ningún cuerno.

—¿Volverá?

Mamá se llevó una mano a la boca. Apretó los ojos con fuerza.

Asintió.

—Hmm… —dije—. Entonces, necesitará esto.

Me quité mi cuerno (las ligas ya me habían estado doliendo, de todos modos), lo puse en la cama.

Que bonito era. Me arrepentí enseguida y quise recuperarlo. Pero no. Un caballero no debe pedir de vuelta algo que regala. Mi mamá siempre me lo decía.

Entonces, vi como mi mamá lloraba.

Las lágrimas le corrían entre las manos, con las que cubría su cara.

Me acerqué a ella y le di un abrazo. Y entonces noté que yo también lloraba.

“Llorar no es malo”, mamá siempre me decía. Decía que mis lágrimas eran mágicas. No tiene nada de raro que lo sean, después de todo, soy un unicornio.