Capítulo 1: El hombre que perdió su canción
Tokio dormía bajo un cielo teñido de neón y lluvia. No era una lluvia furiosa, sino esa llovizna fina y constante que parece filtrarse hasta los huesos, como si la ciudad llorara sin hacer ruido.
Hajime Tanaka bajó del tren en la estación de Shibuya con las manos vacías. Literalmente vacías. No llevaba equipaje, solo una chaqueta de cuero desgastada y un estuche de saxofón que pesaba más por los recuerdos que por el instrumento. Hacía diez años que no pisaba Tokio. Diez años desde que subió a un avión con la promesa de conquistar Nueva York y terminó durmiendo en sofás prestados, tocando en estaciones de metro para comer.
Ahora volvía porque no le quedaba otro lugar a donde ir.
Caminó por el cruce de Shibuya, ese famoso tsunami humano que alguna vez lo hizo sentir vivo. Ahora solo sentía vértigo. Los semáforos cambiaban, las masas se cruzaban, y él permanecía inmóvil como una roca en medio de un río. Nadie lo miraba. Nadie lo esperaba.
—Bienvenido a casa —murmuró para sí mismo, con ironía.
Su casa ya no existía. Sus padres habían muerto dos años atrás. El departamento donde creció ahora era una tienda de ramen. Los bares de jazz donde alguna vez fue conocido habían cerrado o cambiado de dueño. Y ella... ella seguramente lo había olvidado.
Aiko.
Su nombre resonó en su mente como una nota mal tocada. Apretó la mandíbula y siguió caminando.
La lluvia empapaba su cabello negro, largo y descuidado. Sus dedos, antes ágiles en las teclas del saxofón, ahora estaban llenos de pequeñas cicatrices de trabajos temporales. Había cargado cajas en almacenes, lavado platos en restaurantes, tocado en bodas donde nadie escuchaba. Y en cada pausa, en cada silencio, el fantasma de Aiko aparecía.
No era amor lo que sentía. Era algo peor: la certeza de que la había perdido por cobarde.
Recordaba la última noche. Una discusión tonta, de esas que nacen del cansancio y la juventud estúpida. Ella le pidió que no se fuera. Él dijo que volvería en un año, cuando triunfara. Ella dijo que el amor no espera. Él dijo que entonces no era amor de verdad.
Ninguno de los dos tuvo razón.
Ninguno de los dos tuvo el valor de llamar primero.
Y así pasaron diez años.
Hajime salió del cruce peatonal y se perdió en las calles secundarias. Tokio había cambiado, pero también seguía igual. Las luces de neón seguían parpadeando en rojo y naranja. Los callejones seguían oliendo a yakitori y a humedad. Las máquinas expendedoras seguían brillando en las esquinas como pequeños altares al consumo.
Se detuvo frente a una de ellas. Compró un café caliente en una lata. Lo sostuvo entre sus manos y sintió el calor como un recuerdo de lo que era sentirse vivo.
Miró su reflejo en la ventana de un local cerrado. Durante un instante, no se vio a sí mismo. Vio un rostro más joven, con los ojos llenos de algo que había perdido: la certeza de ser amado. Parpadeó. El reflejo volvió a ser el de un hombre de treinta y siete años con la barba de tres días y las ojeras violáceas. Pero la imagen quedó grabada en su memoria como un mal presagio.
—¿Vas a quedarte ahí parado todo el día?
La voz lo sobresaltó. Era una anciana que barría la entrada de un izakaya.
—Estoy pensando —respondió él.
—Pensar no sirve de nada. Hacer, sí. ¿Tienes dónde dormir?
Hajime negó con la cabeza.
—Hay un albergue a dos cuadras. Diles que te envió la abuela Sachiko. Te harán precio.
—Gracias.
—Y córtate el pelo. Pareces un fantasma.
La anciana volvió a barrer, y Hajime sonrió por primera vez en meses. Una sonrisa pequeña, torcida, pero genuina.
Caminó hacia el albergue. Era un edificio estrecho entre dos love hotels. La habitación que le dieron no era más grande que un armario, pero tenía una ventana que daba a un callejón y una cama con sábanas limpias. Dejó el estuche del saxofón en una esquina y se sentó en el borde de la cama.
Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Abrió su teléfono —un modelo viejo, con la pantalla rota— y buscó un nombre que llevaba diez años sin mirar.
Aiko Satō.
El número seguía ahí. No sabía si aún funcionaba. No sabía si ella seguía en Tokio. No sabía nada de ella, porque durante una década se había prohibido preguntar.
Su pulgar tembló sobre la pantalla.
Al final, apagó el teléfono y lo dejó sobre la mesa de noche.
No era valiente. Nunca lo había sido.
Pero algo en el aire de Tokio, en esa lluvia persistente, le decía que esta vez no podría seguir huyendo.
Antes de dormir, sacó su saxofón del estuche. Lo sostuvo entre las manos como si fuera un niño enfermo. Una de las teclas estaba rota desde hacía años. Nunca la había reparado. Prefería ese error minúsculo, ese silencio inesperado entre dos notas. Le recordaba que él también estaba roto.
Tocó un la bemol, suave. La nota se perdió en el ruido de la lluvia.
Tokio no respondió.
Pero algo, en algún lugar, lo escuchó.