Capitulo 1 - Fruta inmadura
El enemigo no fue derrotado por el filo de una espada.
Se derrumbó desde sus propias entrañas.
Los soldados comenzaron a debilitarse uno a uno, retorciéndose entre dolores, incapaces de sostenerse en pie, mucho menos sus armas. No había heridas visibles, ni sangre, ni señales de combate. Solo cuerpos quebrándose desde dentro.
Para cuando comprendieron lo que ocurría, ya era tarde.
El ejército estaba condenado.
Y todo había comenzado con la decisión de un joven campesino.
Desde niño, aquel muchacho había cosechado moras en las tierras de sus abuelos. Conocía cada planta, cada fruto, cada cambio en su maduración. Lo que para otros era solo parte del paisaje, para él era conocimiento.
Ese saber, inesperadamente, se convirtió en un arma.
Reclutado por el ejército del Emperador, llevó consigo algo que ningún otro soldado poseía. No destacaba por su fuerza ni por su experiencia, pero sí por su capacidad de observar… y entender.
Cuando propuso su estrategia, fue recibido con dudas.
Vaciar los pueblos. Eliminar todo alimento. Forzar al enemigo a consumir el fruto inmaduro de la morera.
Una idea simple.
Demasiado simple.
Pero también devastadora.
Los civiles evacuaron las aldeas y resguardaron los recursos. Los soldados, por su parte, guiaron al enemigo hacia los bosques de morera, cerrando lentamente cualquier posibilidad de escape.
El resto fue inevitable.
La victoria no fue épica.
Fue silenciosa.
Y total. El Emperador, impresionado, no solo recompensó al joven con tierras y riquezas, sino que lo llevó a su lado como cortesano. Una mente así no debía quedar lejos del poder.
El muchacho aceptó.
Dejó atrás la cosecha, pero no sus raíces.
En el palacio, su mundo cambió.
Rodeado de sabios y estrategas, accedió a conocimientos que jamás imaginó. Cada nuevo aprendizaje se sumaba al anterior, transformándose en algo distinto… algo que empezaba a tomar forma.
Y entonces, tuvo una idea.
No una estrategia.
No una táctica.
Algo mucho más grande.
Algo capaz de cambiar el Imperio para siempre.