Al Norte del Rio Yalu

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Summary

Al Norte del Rio Yalu es una novela íntima y reflexiva que sigue la vida de un hombre atrapado en la rutina, el vacío emocional y una profunda incapacidad para afrontar las consecuencias de sus actos. Ambientada en Barcelona entre 2012 y 2013, la historia comienza cuando el protagonista entra por curiosidad en un local de masajes donde conoce a Lucía (Chae Hong), una mujer china con un pasado duro y una vida marcada por la distancia familiar y la supervivencia. Lo que comienza como un encuentro casual evoluciona en una relación ambigua, donde la conexión emocional supera lo físico. Sin embargo, el protagonista, incapaz de comprometerse ni de ser honesto, inicia paralelamente otra relación con Sofía, más superficial pero igualmente absorbente. Atrapado entre ambas vidas y su matrimonio, empieza a construir una red de mentiras que termina por desbordarse. Incapaz de enfrentar la realidad o tomar decisiones, opta por una salida extrema: fingir su propia muerte para desaparecer de la vida de ambas mujeres. Este acto marca un punto de inflexión, pero no le trae alivio, sino un vacío aún mayor. Tras su divorcio y un intento fallido de empezar de nuevo con una mujer en China, el protagonista comprende que no puede escapar de sí mismo ni de su pasado. De regreso a España, inicia una relación más estable con otra mujer, aparentemente más sana y real. Sin embargo, el recuerdo de Lucía permanece como una herida abierta, símbolo de todo lo que no supo cerrar ni comprender. La novela reflexiona sobre el amor, el deseo, la mentira y la cobardía emocional, mostrando cómo los vínculos humanos pueden ser tan intensos como frágiles. En última instancia, plantea una idea inquietante: que los amores inconclusos, precisamente por no desgastarse, son los que perduran con más fuerza en la memoria.

Status
Complete
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 — Nadie va allí por casualidad

Entré en la tienda sin mirar nada. Ni escaparate, ni precios, ni gente. Fui directo al mostrador y dejé el reloj sobre el cristal.

—Quiero venderlo.

El hombre lo cogió sin decir nada. Lo sostuvo un segundo, lo justo para reconocerlo. Un Omega Speedmaster. Ni sorpresa ni interés. Solo rutina.

—¿Papeles?

Negué.

—¿Caja?

—No.

Asintió despacio, como quien confirma una sospecha.

—Entonces es complicado.

No respondí. Lo observé girar el reloj entre los dedos. Sabía que era bueno. Él también lo sabía. Pero eso ya no formaba parte de la conversación.

Sacó una lupa, miró detalles que no necesitaba mirar. Era un gesto aprendido. Una forma de alargar el momento. De colocarme en mi sitio.

—Tiene uso.

—Es normal.

No levantó la vista.

—Sí. Pero aquí no compramos “normal”. Compramos para vender.

Dejó el reloj sobre el mostrador con menos cuidado del que había tenido al cogerlo.

—Ciento cincuenta.

Solté una pequeña risa. No de humor. Más bien de incredulidad.

—No es serio.

Se encogió de hombros.

—Es lo que puedo hacer.

Silencio.

—Sabes lo que vale —dije.

—Claro —respondió—. Y tú también sabes por qué estás aquí.

Ahí se acabó todo.

No había discusión posible. Ni margen. Ni orgullo que sostener. Solo ese momento incómodo en el que uno entiende que ya ha perdido antes de empezar.

—Doscientos —añadió, como quien lanza una moneda al suelo—. Y ya estoy siendo generoso.

Miré el reloj. Pensé en recogerlo. En salir. En no hacer aquello.

Pero no lo hice.

—Doscientos veinte —dije, sin convicción.

Negó con la cabeza, casi aburrido.

—Doscientos. Ahora. Si no, no me interesa.

El “no me interesa” pesó más que la cifra.

Un segundo. Dos.

—Vale.

No hubo más.

Sacó el dinero despacio. Lo contó sin prisa, marcando cada billete contra el mostrador. Yo miraba el reloj. Ya no era mío, pero todavía estaba allí. Eso era lo único que importaba.

Cuando terminó, dejó los billetes delante de mí y apartó el reloj hacia su lado. Ese gesto fue lo único definitivo.

Cogí el dinero. No lo conté.

—Gracias —dijo él, sin mirarme.

Asentí. No por educación. Por inercia.

Salí a la calle. La luz me molestó. Encendí un cigarrillo con más torpeza de la habitual.

Me quedé así unos segundos, con el humo en la boca y la mano suspendida en el aire, como si algo fuera a aparecer.

Pero no apareció nada.

Y esta vez… no había vuelta atrás.

UNOS MESES ANTES:

Mayo de 2012. El sol se levantaba con pereza detrás del esqueleto gris de las Glòrias, como si tampoco tuviera claro si valía la pena empezar el día. Me senté en un banco con un café hirviendo y un cigarrillo consumido hasta la mitad, mirando una ciudad que aún no era del todo ciudad, más bien un decorado a medio encender, con las farolas dudando entre apagarse o resistir un poco más. A esa hora, Barcelona se parecía a ciertas personas: callada, desconfiada, con algo que ocultar.

No tenía nada que hacer allí. O eso me decía. Podría haber bajado a los Encantes, perderme entre trastos inútiles y recuerdos ajenos, fingir que buscaba algo. Pero no me moví. Terminé el café, encendí otro cigarrillo y me quedé mirando sin mirar, con esa forma de observar que no compromete a nada, como si el simple hecho de no decidir ya fuera una decisión.

La verdad es que sabía perfectamente qué hacía allí. Lo había leído la noche anterior, en uno de esos foros donde la gente habla demasiado y dice menos de lo que parece. Un local nuevo, discreto, a unas calles de distancia. “Manos de seda”, decía uno. “Vale la pena”, añadía otro con una convicción sospechosa.

Aplasté el cigarrillo contra el suelo. Me quedé sentado unos segundos más, como si todavía hubiera margen para arrepentirse. Pero no lo había. Me levanté. Caminé despacio, con esa lentitud impostada de quien cree que puede diluir una intención simplemente alargando el trayecto. Antes de llegar, encendí otro cigarro.

Frente al escaparate fingí interés por cualquier cosa que no fuera lo que realmente estaba mirando. Dentro había tres mujeres. Jóvenes. Orientales. Inclinadas sobre sus móviles como si el mundo ocurriera en otra parte. La luz blanca del local les daba un aire extraño, casi artificial, como figuras colocadas allí sin terminar de pertenecer al lugar. Ninguna levantó la vista. O eso quise creer.

Terminé el cigarrillo, abrí la puerta y entré. El cambio de luz fue brusco, casi ofensivo. Durante un instante todo fue confuso. Luego llegó el olor: aceite barato, incienso de dudosa procedencia y algo más denso, más difícil de nombrar, algo que se quedaba en la garganta.

—¿Masaje?

No tuve tiempo de responder. La mujer del mostrador se levantó y, con una naturalidad que no admitía réplica, me cogió de la mano. Caminamos por un pasillo estrecho, demasiado largo para lo que era el local, como si alguien hubiera querido estirar el espacio más de la cuenta. Al fondo, una puerta.

—Aquí.

La habitación estaba a medio hacer, como todo lo demás: una colchoneta, un par de toallas, una luz que no iluminaba del todo y que, precisamente por eso, parecía suficiente.

—Quítate la ropa.

Asentí. Cuando salió, me quedé de pie unos segundos, escuchando ese silencio particular que tienen los lugares donde siempre pasa algo pero nunca se dice nada. Luego empecé a desvestirme despacio, como si cada gesto necesitara una justificación. Me tumbé boca abajo.

El tiempo se volvió impreciso. La puerta se abrió sin ruido. No la vi entrar, pero la sentí: el aire desplazándose, un roce leve, una presencia que no necesitaba anunciarse. Sus manos llegaron después. Primero la espalda. Sin prisa. Sin técnica aparente. No era un masaje de los que se aprenden, sino de los que se improvisan. Como si no siguiera un método, sino una intuición.

Cerré los ojos. Durante un rato no hablamos. El silencio no pesaba; más bien se acomodaba, como si ya estuviera allí antes que nosotros.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

Hubo una pausa.

—Lucía.

El nombre cayó en la habitación como algo que no encajaba. Y, precisamente por eso, se quedó. Lucía.

—¿Tienes novio? —pregunté, más por hábito que por interés real.

Sus manos cambiaron apenas, lo justo para que se notara.

—Tengo marido… y una hija en China.

Abrí los ojos. No la veía con claridad. Solo una silueta recortada en la penumbra. Alta, delgada, vestida con ropa de calle. Nada que ver con lo que uno imagina antes de entrar en un sitio así. Y, de pronto, aquello dejó de ser lo que era. Ya no era un servicio. Era una distancia.

Me incorporé sin pensarlo demasiado. Fui a por la cartera, volví con un billete.

—Toma. Para tu hija.

Dudó. Un segundo. Luego lo cogió. Se inclinó y me dio un beso rápido en la mejilla. Torpe. Impulsivo. Pero real.

Nos sentamos frente a frente. La luz apenas alcanzaba a dibujarle los rasgos, pero sí lo suficiente para ver los ojos. Me miraba sin prisa, como si el tiempo allí dentro tuviera otras normas. Le aparté un mechón de pelo de la cara. No se apartó.

—¿Hace mucho que trabajas aquí?

Negó.

—Cuatro días. Antes… otro sitio.

Asentí. El silencio volvió, pero ya no era el mismo.

—¿Tu nombre de verdad?

Sonrió.

—Chae Hong.

Lo dijo despacio, como si quisiera asegurarse de que no lo olvidaría.

—¿Qué significa?

Pensó. Buscó la palabra. Dibujó un arco en el aire.

—Después de lluvia…

—¿Arcoíris?

Su sonrisa se abrió del todo.

—Sí.

Nos tumbamos después, sin necesidad de explicarlo. Hablamos poco y de cosas pequeñas, como suele pasar cuando lo importante no se dice. Diez años en España. Una hija lejos. Un marido lejos. Una vida que no cabía en esa habitación y, sin embargo, estaba allí.

—Contigo me gusta —dijo en un momento—. Tú eres limpio… y bueno.

No supe qué hacer con eso.

Me contó que cuando llegó a nuestro país estuvo dos años trabajando en un taller de confección clandestino en Badalona. Pasaba catorce y quince horas al día en un insalubre sótano, sentada frente a una máquina de coser.

Mientras me lo contaba, yo imaginaba su bonito rostro, días y días privado de la caricia de la luz solar bajo aquellos tubos fluorescentes.

Antes de irme, le pedí las canciones que sonaban en aquel sitio. Escribió su nombre y un número en una servilleta, con cuidado, como si aquello tuviera algún tipo de importancia. La guardé sin mirarla.

Al salir, la luz de la calle me golpeó de frente. Encendí un cigarrillo. Mientras caminaba, pensé en lo absurdo de todo aquello. Dos desconocidos compartiendo cosas que no compartirían con nadie más. Quizá porque no importaba. O quizá porque, en el fondo, sí importaba demasiado.

Crucé la calle con el humo aún en la boca y una sensación incómoda, difícil de colocar. La de que aquello no había terminado. Y no supe si eso era un problema… o la única razón por la que valía la pena volver.