Parte 1: En el bosque
Alicia Barrachina volvió la vista hacia Cástor, que olisqueaba unos matorrales a unos veinte metros. Parecía nervioso mientras lo hacía. Primero bajaba el hocico a un lado de los arbustos, para luego dejarse guiar por un camino invisible para Alicia; sin embargo, para el perro parecía estar perfectamente marcado en el terreno. Al cabo de un rato se dirigió al otro extremo del matorral y su hocico continuó siguiendo ese hilo que lo llevaría a alguna parte. Alicia picó con los talones levemente a Samos para que se girara en dirección al perro. Comenzó a impacientarse, por lo que lanzó un silbido al animal para poder continuar su camino.
—¡Cástor, vámonos, no hay nada! ¡¿no lo ves?!
Aquella tarde de mediados de julio de 2035, Alicia montaba a Samos mientras oteaba el bosque buscando piezas que cazar. La temperatura estival combinada con la brisa daba como resultado una sensación placentera en la piel. Tras un vistazo al sol, Alicia determinó la hora: cerca de las cinco de la tarde; aún quedaban unas horas de luz. Quería cazar al menos dos conejos antes de volver a casa; hasta el momento la tarde se estaba dando mal. El perro persistía en su empeño de olisquear los matorrales. De repente, comenzó a ladrar hacia la zona con más follaje. Alicia se asustó, pues Cástor no solía reaccionar con tanta agresividad. Conocía bien a su perro desde hacía siete años; era un animal noble y tranquilo. Sin pensarlo dos veces, extrajo una flecha de su carcaj y la cargó en el arco sin quitar ojo a la zona de los arbustos. Sus brazos se tensaron con un movimiento preciso y elegante a fuerza de haberlo repetido miles de veces; y cargó las poleas de su arco compuesto. Su vista estaba fija en un área difusa por la que podría surgir en cualquier momento un peligro que la obligara a actuar.
Lo que sucedió después fue tan rápido que Alicia no pudo entender nada. El caballo se encabritó, Alicia cayó hacia atrás y se golpeó la espalda contra el suelo. El lecho de hojas de pino amortiguó un golpe que podría haber sido fatal sobre la roca. Los dedos se deslizaron y el arco liberó la flecha a gran velocidad, impulsada por la energía contenida en las poleas. Fue a impactar a cinco escasos metros al pie de un tronco. Su vista se fijó en la cúpula que formaban los árboles, a través de la cual se filtraba el azul del cielo. Entonces, se sintió desvanecer cuando reparó en los aullidos de dolor de Cástor.
* * * * *
Daneel Barrachina pelaba unas patatas. Al levantar la vista y ver a aquel animal, pensó que era muy extraño que Samos estuviera pastando solo en el prado de Braulio. Dejó el cuchillo en el plato y se dirigió al caballo. El losino proyectaba una sombra larga, dado un sol dispuesto a tocar el horizonte en breve. Aunque parecía tranquilo, Daneel se acercó despacio con la intención de no ahuyentarlo. Tomó la rienda y lo acarició mientras le reconfortaba con unas palabras y un tono que el caballo reconocía bien. «Samos, calma, Samos… ¿por qué Alicia no te ha quitado la silla?»
Algo no iba bien. Daneel reparó que también estaban las alforjas. Volvió la cabeza hacia la casa; sus padres estaban terminando de guardar las vacas para ordeñarlas, así que jaló las riendas y condujo al caballo con premura hacia el establo. Al dar la vuelta a la esquina de la casa se encontró con su padre, Leo, que estaba en la puerta del establo ayudando a meter las últimas vacas.
—¡Papá!, ¿has visto a Alicia? —dijo Daneel.
—No. Salió a cazar. Debería de haber llegado ya —respondió Leo.
—¡Mira, papá, tengo a Samos!
—Pues entonces estará en la casa.
—¡¿Con Samos ensillado?! —dijo Daneel negando con la cabeza— eso es imposible. Además, yo estaba preparando la cena en el porche y no he visto entrar a nadie en casa.
—Es muy raro. Voy a ver si tu madre sabe algo. —Sin apartar la vista del caballo, Leo gritó—: ¡Mónica!, ¿tú sabes dónde está la niña?
Daneel continuó hasta la puerta sin soltar la rienda. En la oscuridad de la cuadra pudo ver a su madre al fondo, preparando los recipientes.
—Salió a cazar, lo sabes de sobra —respondió Mónica sin dejar lo que estaba haciendo.
—Sí, eso ya lo sé. Pero si te lo pregunto es porque está aquí su caballo ensillado, y ella no está —insistió Leo.
—No sé, Leo. Me estás preocupando.
—¡Leches, Mónica! ¡es que es para preocuparse!
—Por favor, no perdáis la calma. Pero yo lo veo como papá. Creo que a Alicia le ha pasado algo, éstas no son cosas para bromear. Y estoy seguro de que ella no bromearía con algo así. —Daneel continuó—: Voy a buscar al tío Óscar y vamos a subir a la Serruela por el camino del Pico ya mismo.
—¿Por qué por el Pico? —preguntó Leo.
—Esta mañana me comentó de pasada que iría por ahí —dijo Daneel.
—¡Ay, dios mío!¡me estáis asustando mucho! ¿cómo le va a haber pasado nada a la niña? —gritó Mónica.
—No te asustes, mamá. Seguro que no es nada importante. Por cierto, me llevo a Pólux, es un buen rastreador, nos vendrá bien. Además, Alicia se llevó a Cástor. Tiene que estar con ella.
Daneel entró en la casa. Preparó rápidamente una mochila con todo lo necesario. No había un minuto que perder, así que salió disparado por la puerta de casa y montó en Samos. Con un imperceptible movimiento de las riendas y un taloneo, el caballo inició el galope hacia la casa del tío Óscar.
El tío estaba en el porche de la entrada de su casa, afilando un hacha. En cuanto vio la cara de su sobrino supo que pasaba algo.
—¡¿Qué pasa, Daneel?! Tienes la cara blanca.
—Es Alicia, fue a cazar por la tarde y no ha vuelto.
—¿Cómo que no ha vuelto? Vas montado en su caballo —observó el tío Óscar.
—Por eso mismo. Encontré a Samos ensillado y pastando solo en la era frente a la casa.
Óscar entró en la casa corriendo a recoger lo que necesitaba mientras le ordenó a Daneel ensillar a su caballo. En menos de diez minutos ambos estaban galopando en dirección a la Serruela. Era ya tarde y no quedarían más de dos horas de luz. Pero había que aprovechar. De cualquier modo, importaba poco, pues seguirían buscando a pesar de la noche. Además, pensó Daneel, que la noche sería de luna casi llena y el tiempo estaba despejado; la noche sería clara y luminosa. Sentía que, a pesar de la gravedad aparente de los hechos, su hermana estaba bien: conexión fraternal lo llamaba su madre. Se repitió mentalmente que Alicia estaba bien, y que la traería de vuelta antes del amanecer.
* * * * *
Unas voces ininteligibles comenzaron a dibujarse como un eco dentro de la cabeza de Alicia. Eran unas voces extrañas, y sonaban como si vinieran tamizadas por un denso líquido. Sus miembros estaban entumecidos, pero poco a poco fueron enviando señales a su cerebro, hasta recuperar una comunicación normal. Le costaba abrir los ojos; cada vez que lo intentaba, la luz de la habitación le dañaba y volvía a cerrarlos. Tan pronto como sintió las manos y las piernas, comprendió que estaban sujetas. Estaba sentada en una silla, y atada a ésta. Seguía su lucha por abrir los ojos; cada vez que lo hacía, el período en el que los podía mantener abiertos era mayor. A pesar de todo, sólo veía manchas borrosas. Le dolía la espalda y la cabeza: un recuerdo de la caída del caballo. ¿Qué estaba pasando? ¿por qué estaba allí? Su conciencia recuperó las facultades de la vigilia y empezó a funcionar mejor. Eso le permitió hacer suposiciones más sólidas. Una vez que se encontró fuera del letargo, empezó a hacerse preguntas más concretas: ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Y, sobre todo: ¿Quién coño era ese tipo del sofá?
Recuperar la vista y la conciencia le permitió explorar el entorno en el que se encontraba. Y a aquel tipo gordo, que como un bofetón, le llenó el torrente sanguíneo de adrenalina. Esa súbita lucidez le permitió analizar la situación mucho mejor. Era una especie de cocina vieja, mugrienta, de paredes amarillas de puro viejo. De esas paredes sólo colgaba un calendario en el que se leía: «marzo de 2034». Pensó que dejar un calendario atrasado en más de quince meses, concordaba de maravilla con aquel hombre de aspecto bobalicón.
Era un hombre desagradable, viejo, y con la nariz de un tono violáceo salpicado de cientos de venitas en diferentes matices de rojo. Mientras observaba esa nariz, pensó que en sus diecisiete años no había visto un boniato así en la cara de ningún hombre. Un río de babas desbordaba desde la boca para luego recorrer el cuello, y finalmente colarse bajo su camisa. El respaldo del sofá era bajo, y la cabeza reposaba de tal manera, que la espalda y su cuello adoptaban una lordosis cervical en ángulo recto. Temió que despertara en cualquier momento, y entendió que no debía estar allí cuando eso sucediera. El viejo abrazaba una escopeta de caza de dos cañones, a la que le habrían recortado un palmo más o menos.
Frente al sofá, al otro lado de la mesa, estaba la puerta que daba a lo que parecía un pasillo. Detrás de la puerta, apoyadas en la pared, pudo ver con agradable sorpresa, las poleas de uno de los extremos de su arco. Las voces que antes parecían lejanas, llegaban más nítidas; giró la cabeza para descubrir su procedencia. Alicia sonrió al explicarse el misterio de las voces: se trataba de una televisión. No había visto una desde que con seis años abandonó junto con su familia, la casa de Alicante. Había un hombre en la pantalla hablando pausadamente, mientras en un recuadro se mostraban imágenes relacionadas con lo que éste narraba. Delante del aparato había una mesa, sobre la que tan sólo había una caja de postas. Empezó a maquinar mientras forcejeaba con las ataduras de las manos. Sin querer empezó a seguir el relato que emanaba de la televisión:
«…varios heridos fueron evacuados tras la fuerte carga policial aquel día 23 de abril de 2022. Sin embargo, esto fue un revulsivo para los manifestantes, que siguieron resistiendo; mitad por orgullo y mitad por desesperación. Santiago Machones, el líder del movimiento, lo explicó bien allí mismo a un reportero de televisión: “Sólo pedimos al gobierno que se nos conceda la dignidad. Ya que el sistema nos ha desheredado, ya que estamos sin esperanzas, que al menos se nos permita alimentar a nuestras familias con nuestras manos, con nuestro trabajo. Se nos obliga a vivir unas vidas que ni queremos ni podemos permitirnos; ya con el trabajo no da ni para pagar una vivienda. No queremos que nos mantengan, sólo que nos dejen vivir en paz”. Esa misma tarde Machones fue asesinado en unas circunstancias aún sin aclarar. Probablemente nunca se sabrá la verdad».
«Este suceso marcó un punto de inflexión en la posición del gobierno. El movimiento conocido despectivamente como los “Agroflautas”, consiguió a finales de ese mismo año, el compromiso del gobierno de llevar a cabo el plan en los dos años siguientes. Ese plan consistió en conceder a un número de familias en situación de exclusión total del sistema, la condición de Colonos de la Serranía Celtibérica. Dicha condición implicaba la casi total liberación de toda carga impositiva y la cesión de esos pueblos abandonados a través de expropiaciones. Estas expropiaciones estarían financiadas parcialmente con el dinero aportado simbólicamente por los propios colonos. Además, el Estado sólo se responsabilizaría de la sanidad y justicia de estos individuos. Pronto, estos Colonos de la Serranía Celtibérica o C.S.C., fueron conocidos como cesecés. Los cesecés se responsabilizarían de la provisión de todo lo básico y necesario para vivir en el nuevo entorno creado. Incluso podrían vender la producción de alimentos excedente, y los productos elaborados de manera totalmente artesanal. Esta situación era ventajosa para todas las partes, pues la vida en las ciudades, con la escasez y precariedad de los trabajos, resultaba penosa, por no decir imposible, para muchas personas. El Estado a su vez ahorraría en gasto social notablemente».
«En la primavera de 2024 en la provincia de Soria se iniciaron los primeros núcleos a modo de piloto. A estos núcleos se les llamó, no sin la correspondiente polémica: “reservas”. El éxito de estas reservas fue tal, que en seis años el goteo de gente procedente de las ciudades fue incesante. Este goteo, alcanzó a finales de 2030, el noventa por ciento de la población excluida. El experimento atravesó incluso nuestras fronteras, surgiendo copias de este movimiento por toda Europa. El año pasado veinte países tenían implementado este plan».
«Sin embargo, lo que muchos vieron con optimismo, otros lo contemplaron como un peligro que pronto desbordaría a los países de la UE. El comisario europeo de Asuntos Económicos y Monetarios, Paolo Botafiore, admitía en esta entrevista realizada hace año y medio en Barcelona: “El descenso de consumo interno en la UE debido al aumento de los cesecés, está suponiendo un riesgo grave a corto plazo. Debo reconocer que varias multinacionales me han transmitido su interés por discutir un aumento voluntario de sus impuestos; estarían dispuestas a pagar más para financiar una renta básica universal”. Nadie presagió al oír estas declaraciones que se llegaría a dar el escenario actual: el colapso del tráfico de mercancías, y el subsiguiente desabastecimiento…»
—¡Amancio! ¡te has quedado dormido! —Un hombre delgado de unos setenta años acababa de irrumpir en la habitación gritando. Gesticulaba con los brazos como un loco, mientras se dirigía a zancadas hacia el hombre del sofá.
* * * * *
Daneel y Óscar avanzaban rodeados de helechos por un sendero estrecho. Llevaban más de dos horas cabalgando en silencio, atentos a cualquier sonido que les pudiera conducir a una pista. La visibilidad era bastante buena, al menos para ser de noche. Pero siendo honestos tenían toda la confianza depositada en Pólux, al que seguían a diez metros por detrás. El perro parecía ser consciente de lo que estaba sucediendo; examinaba con su hocico cada palmo de terreno por el que transitaba.
El camino del Pico era bastante peligroso debido a los lobos, más aún de noche. Pero era el camino más corto para llegar a la Serruela, una pequeña cadena de montes que separaba el valle que ocupaba la reserva con el exterior. Daneel no quería pensar en ello, pero no dejaba de recordar todos los casos de fricción entre la gente de la comunidad y los «de fuera»; unos conflictos que se habían intensificado en los últimos cinco años. Eso sí, siempre sin mayores consecuencias. Nunca nada más allá de disputas que acababan en el tribunal de arbitraje proporcionado por el Estado. Sin embargo, venían rumores del otro lado de que las cosas no iban muy bien. Daneel escuchaba cosas como «colapso económico», «desabastecimiento»; cosas que para él no tenían ningún sentido.
En todo eso iba pensando Daneel cuando llegaron al collado que daba paso a lo que llamaban la Serruela. Y el tío Óscar le sacó de sus divagaciones:
—¡Chico, espabila! Hemos llegado al collado. A partir de aquí tenemos que abrir bien los ojos. Ya sabes que esta zona es peligrosa, y más de noche. Ten preparado el arco.
Daneel apretó con fuerza la empuñadura de su arco. La advertencia de su tío le recordó la posibilidad real de un enfrentamiento. Jamás había disparado contra una persona. Se preguntó si sería capaz de disparar contra un ser humano, incluso aunque su vida estuviera en juego.
A unos cien metros delante de ellos aparecieron unas rocas, iluminadas por la luz de la luna. Los bloques de caliza destacaban con un blanco limpio; la escena presentaba un aire espectral entre la masa de árboles y vegetación. El perro se acercó a ellas, libre de supersticiones y miedos atávicos. Olisqueó metódicamente mientras las rodeaba girando hacia la izquierda, tomando rumbo oeste-noroeste. Los dos jinetes con sus limitaciones humanas, cayeron sumisos y rendidos ante la autoridad olfativa perruna, y siguieron el camino de Pólux.
Habían pasado quince minutos desde que pasaron las rocas. Daneel y Óscar se empezaban a preguntar si todo eso los llevaría a algo de provecho. De repente, Pólux aceleró el paso y comenzó a correr ladrando. Ambos espolearon a los caballos para iniciar el galope. Les costaba mantener el contacto visual con el perro, que cada vez corría más. Daneel apretaba con fuerza sus piernas al caballo; y en una curva estuvo a punto de resbalar. No podían permitirse errores. Pólux se detuvo de golpe, y para gran sorpresa de los dos hombres, comenzó a aullar a la luna. Cuando llegaron a donde se encontraba el perro, lo vieron empujando con la cabeza un bulto oscuro en el suelo. Pólux daba cabezazos y lengüetazos a aquel bulto. El animal gimoteaba.
—¡Pólux!, ¿qué pasa? ¿qué has encontrado? —gritó Daneel sin comprender nada.
—No te muevas, Daneel. ¡Cúbreme!
El tío Óscar saltó del caballo y se acercó al bulto. Daneel cargó el arco y lo tensó mientras un escalofrío de terror sacudió todo su cuerpo. Deseaba que aquello fuera un mal sueño. El tío Óscar avanzaba sigilosamente hacia Pólux, que en ese momento se encontraba recostado a lo largo del bulto.
—¡Daneel! —gritó Óscar con desgarro, provocando una sensación de ahogo en Daneel, que temió lo peor—. ¡Es Cástor! Está muerto.
Daneel saltó del caballo y se acercó para comprobar la veracidad de las palabras de su tío. Cuando llegó, su visión corroboró los hechos. Una cascada de emociones provocó una especie de demolición en la esperanza, que hasta ese momento era sólida. Daneel cayó de rodillas en el suelo del bosque junto a los perros, y mirando hacia la cúpula de los árboles a través de la cual se filtraba el azul profundo y oscuro del cielo, gritó:
—¡Aliciaaaa!
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¡Gracias por acompañar a Alicia hasta aquí! Continúa en el siguiente capítulo para saber cómo sigue la historia.
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