Capítulo 1
Capítulo 1: El comienzo
El eco del fin y el choque de las
almas
L
por la ciudad llamada Lit House;
se está llevando una gran batalla
entre Carlos y la entidad maligna.
—Hace tiempo que no te veía,
Carlos, desde ese día tan trágico
para ti —siseó la E.M.
—¡Cállate! Por aceptar tu trato,
me has convertido en esto.
—Oye, no te enojes tanto, yo te
ofrecí este poder espectral, y ¿cómo me lo agradeces? —soltó una risa
macabra.
—¡Ahora pagarás no solo por mí y la que amé, sino por mis amigos y
compañeros a quienes les has arruinado sus vidas!
En el lugar se encuentran cuatro jóvenes, dos chicas, el protagonista y
otro chico, formando un frente unido ante la adversidad.
—¡Vamos, tú puedes Carlos, no te rindas! Esto sí que es molesto.
—Cas, tú puedes... ¿cuándo acabarán estos monstruos?
—Ya llegamos para ayudarte, solo necesitamos expulsar purificados a
estos espectros.
Se da un fuerte choque de puños y la visión se desvanece en un blanco
absoluto...
El presente, año 2010. Carlos se levanta para desayunar tras haberse
bañado y alistado para su día en la secundaria. Al bajar, saluda a sus
padres con una sonrisa.
—Buenos días, papá y mamá.
—Buenos días, hijo, ¿cómo amaneciste? Por cierto: ¿cuándo vendrás
con tu amiga a la casa?
—El fin de semana, mamá, tengo que hablar con sus padres al
respecto.
—Hola, hijo, buenos días. ¿Cómo te sientes el día de hoy? Espero que
trates de la mejor manera a tu amiga... si no me equivoco.
—De maravilla, papá. De hecho, siempre la trato como a una princesa,
literalmente.
—Qué bueno, hijo, eso me gusta mucho. Ven, ayúdame a poner los
platos y cubiertos para el desayuno. Recuerda que siempre tienes que
ir desayunado, comiendo frutas y verduras.
—Es cierto, papá, aunque hay ciertas verduras que me dan asco
cuando están cocidas; sin embargo, si van cubiertas de algo, me las
como.
—Menos plática y más trabajo, chicos, jejeje —intervino su madre con
alegría.
Luego de disfrutar el desayuno, Carlos se preparó para salir.
—Gracias, mamá, estuvo delicioso el omelette con pan francés, las
verduras y el jugo de naranja. Bueno, me retiro, nos vemos en la tarde.
—Gracias, hijo, y cuídate. Recuerda que no tienes que pasarte de la
hora y debes dejarla en su casa.
—¡Wow! Mi chica hermosa, ahora sí te luciste con este omelette —le
dijo su padre a su madre antes de dirigirse a Carlos—. Nos vemos, hijo,
y recuerda lo que te dice tu madre, ya que estos delincuentes pueden
estar reclutando a jóvenes como tú.
—Entiendo, papá, tendré cuidado y acataré sus condiciones. También
le diré a ella sobre la reunión familiar; tal vez sus padres no estén
ocupados para que podamos reunirnos.
Mientras caminaba hacia la secundaria, los recuerdos de su infancia
asaltaron a Carlos: la figura de su padre biológico y el maltrato que él y
su madre sufrieron. Pero también recordó la chispa de esperanza al
ganar la beca para su actual instituto.
En su mente resonó el grito del pasado: "¡Tú eres el causante de que tu
madre no pueda darme más hijos!". Y la respuesta de su madre: "Por
favor, no nos hagas daño, tu hijo no tiene la culpa". Luego, el recuerdo
cambió a la alegría en la primaria cuando el altavoz anunció que Carlos
Téllez había ganado la beca para la prestigiosa secundaria Lot Lotocki.
Al llegar a la entrada de la escuela, Carlos vio a la persona más
hermosa y popular de la clase: Jatziry Toursinov. Ella, a pesar de la
inmensa riqueza de su familia, poseía una humildad que la hacía
destacar.
—Hola, Carlos —saludó ella con una sonrisa.
Mi vida no fue siempre de color de rosa como muchos piensan. Aunque
ahora tengo un estatus social alto por mis padres, ellos no siempre
fueron así; en su juventud eran humildes granjeros en Guazapa. Todo
cambió cuando mis abuelos maternos aparecieron para conocer al
prometido de mi madre.
Aquel día, una limusina llegó al campo
a las siete de la mañana. Josefino
Klitbo, un empresario de éxito, bajó
para reencontrarse con su hija Adela y
conocer a Surjin, su futuro yerno. Al
verlos llegar con la cosecha de maíz y
caña de azúcar, Josefino apenas
reconoció a su hija, quien ahora lucía
más fuerte por el trabajo duro.
Antes de morir, Josefino heredó sus
empresas a la pareja con un solo
deseo: verlos casados y conocer
a sus nietos. Así fue como mis
padres pasaron de la granja al
mundo empresarial. Sin
embargo, no todo fue felicidad.
Mi padre tuvo un desliz con otra
mujer llamada Lisly, quien murió
al dar a luz a mi hermano Lisjin.
Mis padres discutieron mucho
por esa traición, hasta que un
día, cuando yo tenía siete años,
me armé de valor y les grité:
—¡Mamá y papá, dejen de discutir! ¿No ven que mi hermanito está
llorando? ¡Por favor, dejen de estar así!
Mis lágrimas los hicieron reaccionar. Mi madre, Adela, decidió perdonar
a mi padre y adoptar a Lisjin como su propio hijo. Desde ese día,
nuestra familia se unió más que nunca.
De vuelta al presente, entramos juntos a la secundaria. A Jatziry no le
importaba que sus compañeras le dijeran que no debía juntarse con
"plebeyos"; ella prefería nuestras charlas sobre anime y videojuegos.
En el receso, se acercó a mí con un poco de timidez.
—Oye... ¿quieres ir a la sala de juegos conmigo después?
—Sí, está bien —respondí.
Pero al salir, la realidad nos esperaba. Silver y sus amigos, Carl, Seif y
Kanxoc, estaban allí para molestar.
—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? Al plebeyo estúpido —se burló
Silver.
—Ya vienes a molestar, Silver —le respondí sin miedo—. ¿O es que lo
haces porque tus padres te ignoran y no te dan cariño?
Silver se puso furioso, pero Jatziry intervino con firmeza.
—Déjenlo en paz, chicos.
—Ya viene tu guardián plebeyo —dijo uno de ellos entre risas.
—Vámonos, Carlos —dijo Jatziry, tomándome de la mano y
alejándome de allí.