El Espectro Infernal

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Summary

Carlos Téllez, un joven marcado por la tragedia y una maldición antigua, se ve transformado en el SCP-1006, una entidad espectral de poder incalculable. Mientras es perseguido por la Insurgencia del Caos y monitoreado por la Fundación SCP, Carlos debe luchar por conservar su humanidad en un mundo que solo lo ve como una anomalía peligrosa. En su camino, formará un equipo improbable junto a Misuzu, una médium que se convierte en su ancla emocional, y guerreros espirituales como Clave y Haru, descubriendo que su dolor es la única fuerza capaz de detener una amenaza que trasciende la comprensión humana. La obra transita desde los barrios bajos de El Salvador hasta dimensiones de bolsillo y ruinas místicas, culminando en una revelación cósmica: Carlos no es solo un espectro en busca de redención, sino el "ancla" que impide que la existencia misma sea devorada por el vacío. Una historia de acción, mitología moderna y la lucha incansable por encontrar luz en la oscuridad más profunda.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


Capítulo 1: El comienzo

El eco del fin y el choque de las

almas

L

por la ciudad llamada Lit House;

se está llevando una gran batalla

entre Carlos y la entidad maligna.

—Hace tiempo que no te veía,

Carlos, desde ese día tan trágico

para ti —siseó la E.M.

—¡Cállate! Por aceptar tu trato,

me has convertido en esto.

—Oye, no te enojes tanto, yo te

ofrecí este poder espectral, y ¿cómo me lo agradeces? —soltó una risa

macabra.

—¡Ahora pagarás no solo por mí y la que amé, sino por mis amigos y

compañeros a quienes les has arruinado sus vidas!

En el lugar se encuentran cuatro jóvenes, dos chicas, el protagonista y

otro chico, formando un frente unido ante la adversidad.

—¡Vamos, tú puedes Carlos, no te rindas! Esto sí que es molesto.

—Cas, tú puedes... ¿cuándo acabarán estos monstruos?

—Ya llegamos para ayudarte, solo necesitamos expulsar purificados a

estos espectros.

Se da un fuerte choque de puños y la visión se desvanece en un blanco

absoluto...

El presente, año 2010. Carlos se levanta para desayunar tras haberse

bañado y alistado para su día en la secundaria. Al bajar, saluda a sus

padres con una sonrisa.

—Buenos días, papá y mamá.

—Buenos días, hijo, ¿cómo amaneciste? Por cierto: ¿cuándo vendrás

con tu amiga a la casa?

—El fin de semana, mamá, tengo que hablar con sus padres al

respecto.

—Hola, hijo, buenos días. ¿Cómo te sientes el día de hoy? Espero que

trates de la mejor manera a tu amiga... si no me equivoco.

—De maravilla, papá. De hecho, siempre la trato como a una princesa,

literalmente.

—Qué bueno, hijo, eso me gusta mucho. Ven, ayúdame a poner los

platos y cubiertos para el desayuno. Recuerda que siempre tienes que

ir desayunado, comiendo frutas y verduras.

—Es cierto, papá, aunque hay ciertas verduras que me dan asco

cuando están cocidas; sin embargo, si van cubiertas de algo, me las

como.

—Menos plática y más trabajo, chicos, jejeje —intervino su madre con

alegría.

Luego de disfrutar el desayuno, Carlos se preparó para salir.

—Gracias, mamá, estuvo delicioso el omelette con pan francés, las

verduras y el jugo de naranja. Bueno, me retiro, nos vemos en la tarde.

—Gracias, hijo, y cuídate. Recuerda que no tienes que pasarte de la

hora y debes dejarla en su casa.

—¡Wow! Mi chica hermosa, ahora sí te luciste con este omelette —le

dijo su padre a su madre antes de dirigirse a Carlos—. Nos vemos, hijo,

y recuerda lo que te dice tu madre, ya que estos delincuentes pueden

estar reclutando a jóvenes como tú.

—Entiendo, papá, tendré cuidado y acataré sus condiciones. También

le diré a ella sobre la reunión familiar; tal vez sus padres no estén

ocupados para que podamos reunirnos.

Mientras caminaba hacia la secundaria, los recuerdos de su infancia

asaltaron a Carlos: la figura de su padre biológico y el maltrato que él y

su madre sufrieron. Pero también recordó la chispa de esperanza al

ganar la beca para su actual instituto.

En su mente resonó el grito del pasado: "¡Tú eres el causante de que tu

madre no pueda darme más hijos!". Y la respuesta de su madre: "Por

favor, no nos hagas daño, tu hijo no tiene la culpa". Luego, el recuerdo

cambió a la alegría en la primaria cuando el altavoz anunció que Carlos

Téllez había ganado la beca para la prestigiosa secundaria Lot Lotocki.

Al llegar a la entrada de la escuela, Carlos vio a la persona más

hermosa y popular de la clase: Jatziry Toursinov. Ella, a pesar de la

inmensa riqueza de su familia, poseía una humildad que la hacía

destacar.

—Hola, Carlos —saludó ella con una sonrisa.

Mi vida no fue siempre de color de rosa como muchos piensan. Aunque

ahora tengo un estatus social alto por mis padres, ellos no siempre

fueron así; en su juventud eran humildes granjeros en Guazapa. Todo

cambió cuando mis abuelos maternos aparecieron para conocer al

prometido de mi madre.

Aquel día, una limusina llegó al campo

a las siete de la mañana. Josefino

Klitbo, un empresario de éxito, bajó

para reencontrarse con su hija Adela y

conocer a Surjin, su futuro yerno. Al

verlos llegar con la cosecha de maíz y

caña de azúcar, Josefino apenas

reconoció a su hija, quien ahora lucía

más fuerte por el trabajo duro.

Antes de morir, Josefino heredó sus

empresas a la pareja con un solo

deseo: verlos casados y conocer

a sus nietos. Así fue como mis

padres pasaron de la granja al

mundo empresarial. Sin

embargo, no todo fue felicidad.

Mi padre tuvo un desliz con otra

mujer llamada Lisly, quien murió

al dar a luz a mi hermano Lisjin.

Mis padres discutieron mucho

por esa traición, hasta que un

día, cuando yo tenía siete años,

me armé de valor y les grité:

—¡Mamá y papá, dejen de discutir! ¿No ven que mi hermanito está

llorando? ¡Por favor, dejen de estar así!

Mis lágrimas los hicieron reaccionar. Mi madre, Adela, decidió perdonar

a mi padre y adoptar a Lisjin como su propio hijo. Desde ese día,

nuestra familia se unió más que nunca.

De vuelta al presente, entramos juntos a la secundaria. A Jatziry no le

importaba que sus compañeras le dijeran que no debía juntarse con

"plebeyos"; ella prefería nuestras charlas sobre anime y videojuegos.

En el receso, se acercó a mí con un poco de timidez.

—Oye... ¿quieres ir a la sala de juegos conmigo después?

—Sí, está bien —respondí.

Pero al salir, la realidad nos esperaba. Silver y sus amigos, Carl, Seif y

Kanxoc, estaban allí para molestar.

—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? Al plebeyo estúpido —se burló

Silver.

—Ya vienes a molestar, Silver —le respondí sin miedo—. ¿O es que lo

haces porque tus padres te ignoran y no te dan cariño?

Silver se puso furioso, pero Jatziry intervino con firmeza.

—Déjenlo en paz, chicos.

—Ya viene tu guardián plebeyo —dijo uno de ellos entre risas.

—Vámonos, Carlos —dijo Jatziry, tomándome de la mano y

alejándome de allí.