Lo que nunca te dije

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Summary

¿Qué pasa cuando decides terminar una relación y propones que todo quede en una amistad? ¿Qué ocurre si, además, sugieres que esa amistad tenga derecho a algo más… y la otra persona acepta? Tomás lo descubrió demasiado tarde. Al principio creyó que era libertad, pero pronto se convirtió en celos, en arrepentimiento, en noches de insomnio al verlo con otros. Este libro no promete un “felices por siempre”. Es la historia de un error convertido en sufrimiento, de un amor que se transformó en arrepentimiento, y de un final que no busca consuelo, sino un punto definitivo.

Genre
Lgbtq
Author
M.L.Q
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Aquel día amaneció caluroso, pero a Tomás parecía no afectarle en lo más mínimo.

Más bien, se veía ansioso, nervioso, con la mirada fija en la pantalla de su celular. Cada vez que revisaba la hora, el corazón le latía más rápido: estaba llegando tarde al encuentro con su amigo Robert, en la cafetería de siempre. El retraso no era por desinterés, sino por un motivo casi ingenuo: la noche anterior se había dejado atrapar por un libro que lo cautivó tanto, que lo mantuvo despierto hasta el amanecer. Ahora, con el sol golpeando las calles y el reencuentro esperándolo, Tomás avanzaba con la mezcla de culpa y emoción que solo precede a un encuentro importante.

Al ver la cafetería a una cuadra, aceleró el paso. Robert estaba allí, sentado en su mesa habitual, concentrado en el celular. El corazón de Tomás dio un salto: esa imagen, tancotidiana, le resultaba extrañamente distinta, como si escondiera un secreto.

Al entrar, lo primero que recibió fue el aroma del café recién hecho, ese olor que siempre lo envolvía y que había convertido aquel lugar en un refugio. El murmullo de las conversaciones, el tintinear de las tazas y la luz cálida que se filtraba por los ventanales parecían darle la bienvenida. Robert levantó la vista y lo saludó con un leve cabeceo, pero sus ojos tenían un brillo diferente.

—Hola, perdón por la tardanza —dijo Tomás, con la cara roja y un poco sudada por la carrera.

—No pasa nada, llegué temprano. No tenías que correr —respondió Robert con calma y una pequeña sonrisa apenas visible—. Por cierto, mientras esperaba pedí tu café de siempre. Espero que no te moleste.

Tomás miró la taza extra sobre la mesa y no se sorprendió: Robert siempre pedía por él, y siempre acertaba en sus gustos. Sin embargo, esa vez el gesto le pareció cargado de una extraña solemnidad.

—Gracias por el detalle —murmuró Tomás, tomando un sorbo—. Y dime, ¿qué era ese tema tan importante que querías hablar hoy? Podías esperar a mañana, como siempre.

Robert, normalmente sereno, se mostraba nervioso, lo cual sorprendió a Tomás. El silencio entre ellos se volvió pesado, como si el aire se hubiera espesado.

—Si es porque mañana no puedes asistir, no hay problema. Podrías haberme escrito un mensaje —interrumpió Tomás con una risa nerviosa, intentando aliviar la tensión.

Robert lo miró fijamente, respiró hondo y habló con la calma que siempre lo caracterizaba:

—No, Tomás, escucha… La cosa es que creo que ya no quiero estos encuentros. Estoy viendo a alguien, y creo que esto es serio.

En ese instante, el café perdió su sabor. El calor del día, que hasta entonces no lo había afectado, se volvió insoportable. Tomás sintió que algo dentro de él se quebraba, aunque intentó disimularlo con una sonrisa que no llegó a sus ojos.