En Las Noches Frías
Las noches eran un tormento interminable. El insomnio devoraba las horas con una lentitud cruel, mientras el frío le mordía los hombros y se adentraba en las heridas de sus manos como si supiera exactamente dónde hacer daño. John recorría las calles desiertas noche tras noche, esperando que el sueño lo acechara como un depredador paciente y lo derribara de una vez. Nunca sucedía. En la cama, las vueltas eran infinitas e inútiles, y el aire gélido de la calle acababa siendo su único alivio.
Hacía unos meses, John había dejado su hogar. Ahora malvivía en un piso que apenas merecía ese nombre: un espacio diminuto que compartía con Drenthe, su mejor amigo. Era un chico de largas greñas trenzadas que alguna vez había soñado con ser músico. Tenía talento de sobra para cantar y bailar, pero los golpes de la vida —problemas familiares y el desprecio constante por su homosexualidad— lo habían empujado a enterrar ese sueño. Las heridas emocionales habían calado tan hondo que más de una vez había pensado en terminar con todo. Fue John quien le tendió la mano, quien lo defendió sin dudarlo, sin importarle lo que dijeran. Nunca le había avergonzado admitir que su mejor amigo era, como algunos escupían con desdén, “maricón”.
Pero el orgullo no pagaba las facturas. Lo máximo que podían permitirse era aquel cuchitril: cuatro paredes con un entramado de grietas que hacían pensar que el techo cedería de un momento a otro. Tenía a su favor la ubicación, cerca del centro, aunque cada mes caminaran por la cuerda floja para llegar a fin de mes.
La obsesión de John por las caminatas nocturnas tenía otro motivo, más allá del insomnio: encontrarse con una de las tantas mujeres que entraban y salían deSonyCom, la discoteca más bulliciosa del barrio. De jueves a domingo, el local rebosaba de universitarios en busca de fiesta. Karen, la chica que lo mantenía despierto, trabajaba allí como bailarina. Su función era simple: seducir, acompañar y dejar a los hombres con los bolsillos vacíos y los deseos sin resolver cuando amanecía.
Aquella noche, como tantas otras, John esperaba apartado del ruido, móvil en mano. Le mandó un mensaje escueto, avisándole que estaba en el sitio de siempre. Minutos después, las grandes puertas negras se abrieron y Karen cruzó la calle hacia él. Parecía sacada de una revista: maquillaje impecable, vestido ajustado que no dejaba nada a la imaginación, y una sonrisa leve que se le escapó al verle.
—¿Qué tal? —preguntó John, ofreciéndole un cigarro sin dejar de estudiarla.
—Bien... con frío —respondió ella, encogiéndose de hombros mientras lo aceptaba—. Me haces cruzar la calle en vez de venir a buscarme con el coche.
—Je... ¿Qué coche? Como no sea que lo pinte… —respondió John con media sonrisa, sin un ápice de culpa.
Karen negó con la cabeza, dejando claro su descontento. Encendió el cigarro con el mechero que él le tendió y se lo devolvió casi de inmediato.
—¿No lo habías dejado? —preguntó, mirándole de reojo.
—¿El qué, esto? —replicó John, agitando el paquete—. Sí, lo dejé… dos semanas. —Se encendió el suyo, exhaló el primer humo con calma y guardó el mechero—. Solo fumo cuatro al día. No es nada.
Karen desvió la mirada hacia el tumulto frente a la discoteca y señaló a una de sus compañeras entre la multitud.
—Mira, ahí está Selena. ¿No la vas a saludar?
John siguió la dirección de su dedo. La reconoció al instante: alta, de una belleza casi irreal, con una elegancia que desentonaba por completo con aquel caos.
—¿Lo dices porque meliécon ella? —preguntó, volviendo la vista hacia Karen con expresión impasible.
Karen arqueó las cejas.
—Fue hace un año, y fue un desliz... no es para tanto —añadió él, encogiéndose de hombros.
Ella se giró hacia él del todo, clavándole los ojos con una mezcla de ironía y fastidio.
—¿Ah, ¿sí? ¿No te parece “para tanto” que mida un metro ochenta, tenga cuerpo de actriz porno y una cara de esas que parecen cobrarte seis mil dólares la hora? Si te liaste con ella, será porque está muy bien. No creo que según tú sea para tan poco…
John no pudo evitar sonreír al evocar, fugazmente, ciertos recuerdos de aquella noche.
—Tampoco te enfades —dijo, intentando rebajar la tensión—. Yo no te pregunto qué haces aquí.
—Hm. Yo trabajo en esto: seduzco, ellos pagan... pero no follo. Solo animo el ambiente.
—Para eso estoy yo —murmuró John con una sonrisa torcida.
—¿Para qué? —preguntó Karen, sin pillar la referencia.
El intercambio de miradas se alargó un segundo de más. Ella, aún molesta, dejó escapar una sonrisa cargada de fastidio.
—Hoy no me vas a tocar ni un pelo.
—Je, cómo te picas… Solo he venido a verte.
Karen apartó la mirada, la fijó en la puerta de la discoteca y tiró el cigarro al suelo, aplastándolo con el tacón.
—Me tengo que ir. ¿No quieres entrar? Le digo al portero y pasas gratis.
—No, que a lo mejor me vuelve la tentación con Selena. Según tú, estoy enamorado de ella.
—¡Anda ya! No seas bobo… Luego me tendré que volver sola a casa. —Lo decía con un tonillo calculado, aunque sin mucha sutileza.
—Pues como yo ahora. Y no pasa nada.
Karen negó con la cabeza y, resignada, se dio la vuelta y echó a andar hacia su trabajo. John sonrió, divertido por su reacción, y le gritó:
—¿No me das un beso?
Ella giró la cabeza justa lo necesario para responder:
—¡Que te follen! —Y remató la frase con una peineta sin romper el paso.
—Dios te oiga.
La vida de John transcurría entre aquellas noches y su trabajo como cajero en un supermercado. Ocho horas diarias detrás de un mostrador, pasando productos por el escáner mientras escuchaba las conversaciones de sus clientes: en su mayoría ancianas jubiladas o viudas que parecían encontrar en ese pequeño intercambio diario un sustituto de la compañía que les faltaba en casa.
Antes, su vida había sido completamente distinta, marcada por la delincuencia junto a su hermano Nathan.Pero todo cambió dos años atrás, cuando Nathan fue detenido yobligado a cortarcualquier contacto con el resto de la familia. Desde entonces, John había intentado encaminarse: se alejó del mundo de las bandas y trató de emprender una especie de maduración forzada, decidido a no repetir los errores de su hermano o, al menos, a no acabar entre rejas.
Su hermana Kendal, por otro lado, había optado por una huida más radical. Se marchó a Dubái con un hombre que había conocido por internet y que aseguraba ser un poderoso magnate del petróleo. Tras meses de videollamadas y promesas de amor eterno, Kendal decidió lanzarse a su propia aventura. Una mañana cualquiera, sin avisar, tomó un avión y desapareció del radar familiar. La buena noticia era que le había ido de maravilla: ahora era unainfluencerreconocida en aquel país.
John llevaba dos años sobreviviendo como podía, en un vaivén de trabajos esporádicos que apenas sostenían su precaria rutina, sumado a los altibajos emocionales que lo dejaban con la cabeza llena de ruido por las noches.Sin embargo, su vida no era completamente solitaria.Compartía techo, tiempo y pequeños momentos cotidianos con Drenthe, su mejor amigo de la infancia y la única constante en un mundo que parecía evaporarse a su alrededor.
Juntos cocinaban, hacían la compra, veían películas y daban largos paseos por el barrio. Parecían una pareja, salvo por el tabique que separaba sus habitaciones y la ausencia total de romanticismo. Lo suyo eramás simple y más sólidoque eso: una lealtad forjada a golpe de años y desafíos compartidos.
A pesar de la estabilidad relativa que Drenthe le daba, la mente de John siempre estaba en otro sitio. Su obsesión era clara: quería ser rico. Y para ser rico necesitaba dinero, algo que siempre le había faltado. Tenía ambición de sobra, una inteligencia aguda y una facilidad innata para relacionarse con cualquier persona, independientemente de su condición. También tenía un don natural para caer bien y, por supuesto, su picardía. El problema era que sus ahorros se reducían a unos pocos dólares, apenas suficientes para aspirar a un coche de segunda —o de tercera— mano. Esa falta de recursos lo corroía por dentro, lo empujaba hacia pensamientos oscuros y, finalmente, lo devolvía siempre a la misma idea que llevaba años gestando: robar.
No cualquier robo. Llevaba meses, quizá años, diseñando lo que él llamaba “su última actividad criminal”. Durante los tiempos en que Nathan estaba libre y sin condenas encima, ambos habían liderado una pequeña banda que vivía de robos, extorsiones y huidas meticulosamente planificadas. Cuando su hermano cayó preso, John tuvo que replanteárselo todo. Fue como un jarro de agua fría que disolvió de golpe todo lo construido.
Sin embargo, con la posible liberación de Nathan, aquella antigua chispa de adrenalina volvía a encenderse. John sentía la necesidad de tenerlo todo atado antes de que su hermano saliera, y dedicaba horas a perfilar el golpe y, naturalmente, a exponérselo a Drenthe.
—¿Es necesario que robes? —preguntó Drenthe, mientras dejaba un plato de sopa frente a él—. ¿No podrías hacer otra cosa?
—Es un plan perfecto. Solo necesito apoyos y afinar algunos detalles más técnicos —respondió John con convicción, agarrando la cuchara.
—No, desde luego que la palabra madurar no te va nada.
Drenthe suspiró con un desdén que no se molestó en disimular. Llevaba semanas escuchando los delirios de grandeza de su amigo y los infinitos retoques al supuesto “plan maestro” en cada comida. Francamente, empezaba a aburrirle. Era evidente que John vivía encerrado en su propia burbuja, ajeno a lo que ocurría a su alrededor, incluidas las preocupaciones de quienes tenía al lado.
—¿Y Karen? Espero que no le hayas contado nada de esto —dijo, lanzando la pregunta con cautela.
John apuró las últimas cucharadas antes de responder.
—Ella no sabe nada… Está rara últimamente. Creo que piensa que me estoy viendo con otras.
Drenthe arqueó una ceja, fingiendo sorpresa.
—¿No me digas? ¿Tú? Imposible…
—¡Oye! —protestó John, fulminándolo con la mirada.
Drenthe sonrió. Sabía perfectamente que su amigo tenía más fama de conquistador que de hombre fiel.Poseía una labia envidiable y era capaz de ganarse a cualquier mujer con apenas unas palabras bien colocadas.
—Solo digo que me sorprende —repitió, con sarcasmo calculado—. ¿No crees que está exagerando?
El tono burlón no pasó desapercibido, pero John optó por ignorarlo y volver al rompecabezas que ocupaba su cabeza. Aun así, la irritación acabó saliendo a flote.
—¡Vamos a ver! Solo me acosté con Selena, ¿vale? Y ya está.Ella le ofrece lo que sea a todo el que pisa la discoteca, y yo no tengo ningún problema con eso.¿Pero yo no puedo tener nada con otra mujer?
—Es que ese es su trabajo, poner el culo para que gasten más. ¿Pero con quién quiere acostarse de verdad? ¡Contigo,gilipollas! —Drenthe se levantó con una celeridad casi maternal y le retiró el plato para rellenárselo—. Además, ella no está allí por gusto. Te recuerdo que Vera la tiene casi secuestrada, le debe una fortuna. A mí me gusta mucho Karen… —confesó, con la mirada perdida un instante—. Es encantadora. Físicamente es de otro mundo, tiene presencia, se cuida, tiene educación… es perfecta para ti, porque encima es madura y comprensiva. ¿Qué más quieres?
John, que ya había engullido el segundo plato con un apetito feroz, le lanzó una mirada seria sin responder.
—Te gusta Selena, ¿verdad? —preguntó Drenthe con una sonrisa traviesa, sabiendo que tocaba fibra.
—Es una puta. —La respuesta fue tajante.
—¡No hables así de las mujeres! —lo cortó Drenthe—. Lo que pasa es que estás picado porque no te hizo caso después. A esa chica no le gustó cómo lahiciste el amor—añadió, con cierta finura en el diagnóstico.
—¿Y qué quieres que haga? Es que lo que tenía ahí abajo estaba más dilatado de lo normal...
Drenthe soltó una carcajada tan explosiva que casi se cayó de la silla. Intentó calmarse bebiendo agua, pero acabó escupiéndola.
—¿Qué haces? —preguntó John, visiblemente incómodo.
—Es que me has matado, tío, no puedo contigo. —Drenthe intentó serenarse, pero la risa seguía escapándosele a borbotones.
John desvió la mirada, sintiendo cómo el bochorno le subía a la cara.
—Lo siento… me he pasado —dijo Drenthe, soltando una última carcajada antes de tranquilizarse y beber otro vaso de agua—. Entiendo que te sientas mal, pero Selena está fuera de tu liga, ¿me entiendes? ¡Venga, John! ¿Qué esperas de esa mujer? No va a llamarte.¡Con su encanto podría tener a miles como tú con solo tres palabras...! Bastante que conseguisteprobarla.
—Hm… Empiezo a creer que eres hetero.
—No… ya sabes que tu culito blanquito me tiene loco —respondió Drenthe con sarcasmo—. Pero a veces os escribís. Mensajitos por aquí, llamaditas por allá. Hoy quiero verte… hoy no puedo… ¡Te gusta! Te la quieres volver a tirar, y ella está jugando contigo.
—¿Pero¿qué dices?¡Conmigo no juega nadie, y menos una...! —exclamó John, visiblemente alterado.
—¡Que no digas eso, respeta! —lo cortó Drenthe, aprovechando el reproche para tomarse unas cucharadas de sopa. Las palabras de John se quedaron atragantadas—. Te recomiendo que te centres en Karen: llévala a cenar, hazle un detalle… ¡No vayas a quedarte sin ninguna de las dos!
John siguió comiendo en silencio, pensativo, mientras las palabras de su amigo resonaban en su cabeza. Drenthe tenía razón: debía tomar una decisión. O cerraba el capítulo con Selena o se arriesgaba a perder a Karen.
Pensaba, con sinceridad, que Karen era la mujer que más cosas le había despertado por dentro: tenía una sensualidad que rompía todos los esquemas, y su personalidad era tan ardiente que le hacía temblar los dedos cada vez que lograba rozar su piel.
Pero Selena, también con sinceridad, era la mujer más hermosa que había visto en su vida: unos ojos más azules que el mar Tirreno, un azul cristalino y pálido que te absorbía en cuestión de segundos.
—¿Crees que ella quiere algo conmigo? —preguntó, buscando la seguridad que necesitaba.
—¿Karen? Yo creo que es cuestión de tiempo. Si no te gusta que restriegue el culo a los demás, solo tienes que decírselo y demostrarle que vas en serio. Seguramente deje su trabajo y busque algo más estable, por ti. Pero si un día te la llevas a la cama y al día siguiente vas detrás de la otra, y ella, con lo lista que es, se acaba enterando… ¡qué quieres que haga!
—Llevas razón —admitió John—. Pero no sé qué me pasa con Selena. Me puede… no entiendo por qué.
—Es una obsesión, nada más. Pero te digo yo que quien marca la diferencia de verdad es Karen. —Drenthe se señaló el pecho—. Piénsalo: si consigues una noche con Selena, sabes que al día siguiente va a pasar de ti. Con Karen necesitas paciencia, día tras día… e insistir, como hacías antes. Además, Karen es mucho más sentimental; ella tiene más conciencia sobre lo que siente.
—Sí, pero… es que la otra es más alta, tiene ese acento… también me pone. —John dudó—. No es fácil elegir.
—¡Es facilísimo, pesado! Karen es fuego, es una llama viva, ¿me entiendes? La otra solo busca algo esporádico… admítelo de una vez, no vas a enamorar a Selena. Y si lo consiguieras, sería el mayor error de tu vida desperdiciar a Karen. ¡Venga! Hoy es viernes, ¿por qué no te pasas porSonyCom? Seguro que la sorprendes.
John sonrió al recordar lo guapa que estaba la noche anterior.
—El problema es que va a estar Selena.
—Pues no le hagas caso. ¡Tú con Karen! No la dejes sola, porque lo que ella quiere es que estés cerca, que la roces, que la mimes…
John intentó buscar alguna respuesta ingeniosa, pero no encontró ninguna que encajara con el tono de Drenthe.
—Está bien… pero no quiero ir solo. ¿Me acompañas?
Drenthe recogió su plato, se encogió de hombros buscando una excusa y finalmente dijo:
—No sé si me apetece… pero si necesitas que tu madre te lleve de la mano…
—Bueno, era por si te animabas.
—Ya veremos. Tienes que trabajar a las cuatro. ¡Espabila, que son las tres!
John se levantó de un salto y salió disparado hacia su habitación.
—¡Gracias!
Drenthe sonrió unos instantes y se puso a recoger la mesa con una mezcla de diversión y escepticismo.Esperaba que su amigo no fuera a fastidiarlo todo, como solía hacer.