Capítulo 1
Caminaba por la carretera mientras el sol se despedía en un atardecer cansado, tiñendo el asfalto con tonos anaranjados y rojizos. En el aire se sentía un fogaje del camino, pegajoso, pesado, haciendo más lento cada paso. Venía de una jornada extensa de estudios y la frustración lo acompañaba silenciosamente, nada había salido bien.
En la clase de álgebra, un intento de responder en voz baja a un compañero, terminó en un llamado de atención seco del profesor. Esto sumado a soportar la resolución de los ejercicios fáciles, resueltos con rapidez, mientras los demás no hallaban sentido, le dejó un sabor amargo y de lejanía.
Al terminar las clases, el reloj le volvió a jugar una mañana pasada, lo hizo perder el bus que lo llevaría a casa. No quedó más opción que caminar. Teniendo ahora que recorrer un largo camino de regreso a pie, cargando no solo la mochila, sino también el peso de un día intenso.
Al llegar a casa, lo envolvió un golpe de calor, como si el sol se hubiera quedado atrapado entre las paredes. Entró, vio a su madre dormida, le dio un beso en l frente y se dirigió su cuarto. Se quitó los zapatos, tiró la mochila junto a la repisa y se dejó caer sobre la cama.
Cerró los ojos con un solo deseo: pensar en nada.
Pero la calma no llegó. Los ladridos de los perros rompían el silencio, el tráfico pitaba en la calle y, a lo lejos, los gritos de una pelea entre vecinos estallaron sin aviso, devolviéndolo sin piedad a la realidad.
Suspiró hondo.
Solo optó por ponerse boca abajo y tirar una almohada sobre su nuca, intentando aislarse del mundo, como si así pudiera apagarlo por un momento.
Por otro lado, y en una situación muy diferente, ella atravesaba la ciudad envuelta en comodidad. Un abrigo de marca descansaba con elegancia sobre sus hombros y su piel conservaba el rastro de un perfume delicado, femenino, de esos que no se imponen, sino que susurran. Era una fragancia dulce y tibia, con notas florales suaves mezcladas con un fondo avainillado, que se impregnaba en cualquier espacio, que permanecía en el aire como el recuerdo de un abrazo lento, de esos que prometen calma y dejan una sensación engañosa de felicidad. El aroma flotaba dentro del auto de lujo, mezclándose con el silencio pulcro del habitáculo. El aire acondicionado mantenía a raya el calor sofocante de la ciudad, creando una burbuja perfecta, aislada, donde nada parecía faltar. Sus manos juguetonas, distraídas con el móvil mientras su mirada, perdida en la ventana, solo reflejaban un vació que aquella comodidad en la que se encontraba no podía llenar.
Luego de un día extenso de recibir clases de francés, en donde no prestaba atención, mientras el profesor continuaba escribiendo oraciones básicas en el pizarrón: “Je suis…”, “Tu es…”,como si aquella lección fuera para principiantes que recién aprendían a saludar.
Podía pedir lo que quisiera en el bar del colegio, elegir sin mirar precios ni límites, y aun así conformarse únicamente con una botella de agua fría, sostenida entre los dedos como si el resto no tuviera sabor.
Guardó su cuaderno rosa, aún impregnado de un suave aroma a flores una fragancia ligera, casi infantil y su cartuchera brillante que reflejaba la luz con pequeños destellos. Los acomodó con cuidado dentro de la mochila, como si aquel orden fuera la única certeza del día.
Luego caminó despacio por el patio, sin prisa, dejando que el murmullo de los estudiantes se deslizara a su alrededor sin tocarla. Cada paso la acercaba al auto oscuro estacionado a la salida, donde el chofer la esperaba con la puerta abierta, puntual, silencioso, como cada tarde.
Llegó a su habitación, dejó caer el cansancio junto con la mochila y cambió la ropa por algo más cómodo. La tela suave le rozó la piel como un pequeño alivio. Se acostó boca arriba, colocó los audífonos y dejó que la música le envolviera la cabeza, buscando perderse entre melodías para dormir un rato, para escapar, aunque fuera brevemente, de un día que pesaba demasiado.
Y podríamos decir que él y ella habitaban mundos muy distantes… O tal vez peligrosamente cercanos.
Podríamos decir que él y ella, se encuentran en situaciones muy distantes o muy cercanas, como todo inicio de película, como aquellos dramas que solo emanan historias que muestran realidades sociales, así como ella o él pudieron tener situaciones adversas similares, si retrocedemos el casete y nos vamos al sentido en viceversa.
Caminaba por la carretera mientras el sol se despedía en un atardecer cansado. Venía de una jornada extensa de estudios y la frustración la acompañaba, nada había salido bien. En la clase de álgebra, un intento de responder en voz baja a un compañero, terminó en un llamado de atención del profesor. Esto sumado a soportar la resolución de los ejercicios fáciles, le dejó un sabor amargo.
Al terminar las clases, un retraso la hizo perder el bus. Teniendo ahora que recorrer un largo camino de regreso a pie, cargando no solo la mochila, sino también el peso de un día intenso.
Al llegar a casa, la envolvió un golpe de calor, como si el sol se hubiera quedado atrapado entre las paredes. Se quitó los zapatos, tiró la mochila junto a la repisa y se dejó caer sobre la cama. Cerró los ojos con un solo deseo: pensar en nada.
Pero la calma no llegó. Los ladridos de los perros rompían el silencio, el tráfico pitaba en la calle y, a lo lejos, los gritos de una pelea entre vecinos la devolvieron sin piedad a la realidad.
Solo optó por ponerse boca abajo y tirar una almohada sobre su nuca.
Por otro lado, y en una situación muy diferente, con una sudadera de marca y un perfume intenso, de notas amaderadas que imponían su presencia en el aire, él recorría la ciudad en su auto de lujo. El aire acondicionado lo mantenía aislado del calor sofocante de las calles. Sus manos, inquietas y distraídas con el móvil, contrastaban con su mirada fija en la ventana, reflejo de un vacío que aquella comodidad en la que vivía no lograba llenar.
Luego de un día extenso de recibir clases de francés, en donde no prestaba atención, mientras el profesor continuaba escribiendo oraciones básicas en el pizarrón: “Je suis…”, “Tu es…”,como si aquella lección fuera para principiantes que recién aprendían a saludar.
Podía pedir cualquier cosa en la cafetería del colegio, pero se conformó apenas con una botella de agua. Guardó su cuaderno de tapas de cuero oscuras y la pluma metálica en la mochila, antes de caminar con calma hacia el auto que se encontraba parqueado en primera fila.
Ya en su habitación, cambió el uniforme por ropa ligera y se dejó caer en la cama, colocando los audífonos en sus oídos para perderse en la música y descansar un momento.
Dos realidades, mismo mundo, mismo aire, pero diferentes circunstancias, y es aquí la importancia del ser, del formar, del tener, del lograr; porque detrás de cada historia hay padres que luchan, hijos que esperan, familias que sostienen y lugares que adaptan y reflejan la identidad de cada uno.
Seguiremos así, con la primera perspectiva, sin priorizar alguna de las dos situaciones como entorno tangible, pero lo haremos con un ambiente cargado de matices reales. Allí donde al final la comodidad y el vacío conviven en silencio, donde lo extremo denota colmar la abundancia.
Ese contraste es el que abre el camino para ver más allá de lo aparente, para explorar no solo lo que se muestra, sino lo que se calla, lo que duele o lo que falta.
Retrocediendo un par de horas antes mientras él caminaba (vamos a darle un nombre a él, “Ricardo”), caminaba a paso lento, en medio del bullicio cotidiano de la ciudad, y fue ahí, sin planear, sin llamar la atención. El carro de ella (le daremos un nombre Sophie), se había detenido por el cambio de luz, mismo semáforo donde Ricardo esperaba por esa luz verde, con mochila al hombro y la mirada cansada de quien regresaba de un largo y tedioso día de clases.
Un pequeño instante en donde sus miradas coincidieron, apenas un par de segundos, lo suficiente para despertar una curiosidad silenciosa. Sin conocerse, pero compartiendo el mismo aire, que parecía guardar un secreto entre ambos.
Pero el semáforo cambió de tono, en donde los pasos cansados retomaron su rumbo y el auto se perdía entre el tráfico. Aquella tarde fue el encuentro más espontáneo de una historia que, aunque fuese marcada por realidades distintas, iba a terminar revelando que en la vida no ocurren las cosas por casualidad.
Pasaron los días, y es aquí cuando las personas se preguntan, en un mundo tan lleno de redes sociales, tan grande en dimensión, puede llegar a ser tan pequeño en aproximaciones, una brecha de posibilidades llena de encuentros espontáneos, que te marcan para siempre, convirtiéndose en huellas imborrables.
Y ahora entraremos en el desarrollo de la historia, el ser, como tal, ser persona, ser amigo, ser algo más…
Era sábado al día siguiente, en donde los jóvenes se despojan de sus responsabilidades educativas, tan cerca de terminar el colegio y empezar su vida profesional; y se sumergen, dependiendo de su entorno, en fiestas, en descanso, o en trabajos relativos.
Ricardo se levantó muy temprano, empezaba a saludar el sol y el aire se sentía pesado, anunciando que sería un día largo. Fue directo a la ducha, el agua helada golpeó con fuerza su cuerpo, templando sus sentidos, quitándole lo adormecido y despejando su mente. No había tiempo de relajarse; debía llegar a la cafetería antes de que la ciudad comenzara a moverse, un trabajo de fin de semana, que le ayudaba a pagar sus pendientes, se despidió de mamá y casi afuera gritó en el trabajo desayuno.
La ruta siempre la misma, pero a cada paso asomaba un pensamiento distinto: cuentas acumuladas, esperando que las propinas fueran buenas, y ese anhelo constante de que algo cambiara, de tener esa oportunidad que esperaba. Más sin embargo en ese momento solo importaba la responsabilidad de llegar a tiempo a la cafetería.
En la misma ciudad, pero con otro tono de vivencia, Sophie comenzaba su día con calma. Un mundo distinto: libros ordenados en su escritorio, un cuarto limpio, y olor a vainilla se desprendía del cálido color pastel de las paredes, planes y proyectos que se formaban con claridad y que la inquietaba. Su vida calculada y trazada en línea recta con un plan sin tropiezos ni sorpresas. Y aun así en los últimos días, una sensación extraña invadía su mente, algo faltaba, pero qué?
—Hola Sophie, ya estás despierta?
—Si papá, dame un minuto y salgo.
—Te espero en la mesa con mamá.
—Ok.
Sophie, se levantó de su cama, a paso lento fue al baño, donde acoplaba la llave al agua tibia, una ducha larga y reflexiva, que la preparaba para que el fin de semana no sea tan caótico, o demasiado flojo.
Somos aquella luz que emana desde que llegamos a la tierra, somos tierra, somos aire, somos carne, somos aquellos que nos rodea, nuestro mundo es el mismo, y si así lo quiere el destino, somos el uno para el otro.
La cafetería con un murmullo que se desvanecía a medida que la gente salía, muy temprano era un vaivén de clientes, esperando por su bebida, un olor a vainilla y café recién molido, hacía mover los sentidos, El vapor escapando de las tazas, formando en el espacio, nubes que desaparecían en las manos de los comensales.
Afuera la ciudad, seguía con un ritmo acelerado, pero en aquella cafetería para Ricardo todo parecía moverse más despacio, él acostumbrado a aquel lugar, al sonido de las máquinas, la rutina de los pedidos de fin de semana; el vapor y temperatura, la mañana; Ricardo pensaba que era mejor así, estar detrás de esa cortina, donde mientras se apasionaba con sus creaciones de café, el mundo seguía su rumbo…
En otro lugar, tal vez cerca, tal vez lejos; El desayuno tenía el mismo sabor de siempre: unas tostadas tibias, huevos revueltos, frutas frescas, jugo, y café. Su padre leyendo el periódico, mientras su mamá en el celular. Sophie sonreía por compromiso, mirando al infinito, solo por tratar de que todo siga callado.
Una luz esplendorosa entrando por la gran ventana, que divisaba a un campo extenso, esa luz que reflejaba en su cuerpo. Ella tenía un conflicto, revisando la hora en su celular y en su reloj, donde el tiempo no avanzaba conforme a ella lo hubiera querido, estaba físicamente presente, pero su mente volaba en otras ideas.
Empezó a mover el jugo con una cuchara, tomó el pan sin comerlo, pequeños gestos que denotaban ganas de salir de ahí…
—¿Tienes pensado hacer algo hoy, hija? —preguntó su madre sin alzar la vista del celular
—No, solo saldré un rato con Nadia, a ver unos materiales para un deber del colegio.
—Procura que no hayan muchas distracciones y regresen temprano a casa —agregó su padre, doblando el periódico con precisión.
Sophie correspondió a un si entrecerrando y abriendo los ojos con desgana. Probó un sorbo del jugo que tomaba, se levantó y solo pudo decir, “gracias”. El olor del desayuno recién preparado, era penetrante, a pesar de eso casi no probó bocado. Se dirigió a su cuarto, ya que pronto llegaría su amiga Nadia.
El sonido que aquella puerta al cerrarse, susurró más de lo que ella imaginaba, pero un eco por dentro la hacía querer salir de ahí. Aunque por fuera, el aire parecía tener otra textura, se sentía más ella, más viva. Sophie respiró hondo, y solo pudo oler a libertad de fin de semana.
Solo pensó en que “ser” no solo sería marcar el camino que le indicaban, o tratar de vivir como otros quieren que vivas. Ser era permitir que su corazón eligiera su propia ruta, incluso si aquello la llevaba a perderse un poco más.
Así mismo, en otro punto de la ciudad, inspirado entre el aroma de café y vainilla, y el sonido de las tazas, Ricardo servía cafés y alimentos, sin poder imaginarse que ese día, todo dejaría de ser una simple coincidencia.
Y así ambos, sin saberlo, estarían a punto de encontrarse. Ya que a veces ser, implica eso, pasar la barrera entre lo que somos y lo que vivimos, lo que queremos descubrir y lo que vendrá.