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Wrapped up in you (and a blanket)

Summary

Una mañana dificil en la casa Tomlinson.

Genre
Humor
Author
♡︎
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Wrapped up in you (and a blanket)

&

Donde después de una mala noche, Harry despierta declarándole la guerra a todo ser que se le acerque.

O

Donde Louis ya no sabe que hacer con un omega caprichoso un sábado por la mañana.

&

Nota: Tómenlo con humor, la verdad yo disfruté mucho haciendo este one shot. Basado en hechos reales # (y en mi capítulo favorito de príncipe) con clara dramatización vdd y excepto q yo no tuve un Louis.

&


&

Louis debió de haber predicho que aquella sería una mañana fuera de lo normal desde que se levantó de la cama. Harry no se encontraba allí a su lado, las cortinas estaban corridas haciendo que la luz matutina del sol se colara por toda la habitación. Era sábado, eran solo las ocho de la mañana, ¿qué carajos tendría que hacer despierto a las malditas ocho de la mañana un sábado?, un sábado que por cierto tenía completamente libre. Nada de ir a la oficina por una junta, por papeleo o por alguna razón tonta que no podía tener solución sin su presencia, era obvio que lo primero en su lista de ese día fuera dormir hasta tarde abrazando al omega más dulce y hermoso del mundo, con ese aroma cálido a jazmines y a hierba fresca que envolvía la cama tan deliciosamente, enterrando su nariz en los rizos chocolatosos y sedosos, besando su cuello mientras su propio cuerpo lo envolvía sin oportunidad de dejarlo escapar.

Pero no. En cambio, era recibido con una cama vacía que ya casi no tenía rastros del aroma de su esposo, las cortinas de la habitación estaban abiertas de par en par dejando que los rayos del sol se cuelen directo a sus aun adormilados ojos.

Echando un vistazo a su alrededor fue como pudo percatarse del gran desastre, era como si un tornado hubiera entrado abriendo cajones, dejando cremas, peines, camisetas, calcetines, pantalones y demás cosas tiradas en el suelo, la puerta del baño de la habitación estaba abierta y desde la cama, el alfa pudo ver los charcos de agua reflejados en la baldosa.

Y lo que más le preocupaba de toda esa caótica situación es que su omega no se veía, ni se oía por ningún lado.

Louis soltó un bajo gruñido mientras tomaba un rápido último estirón antes de levantarse. Entre tropiezos y maldiciones bajas arregló las almohadas y las sábanas de la cama, corrió un poco las cortinas, levantó cada objeto tirado, guardó la ropa en los cajones correspondientes y por último, secó el piso del baño con una toalla que, de igual forma, se encontró tirada. Tomó un largo suspiro antes de bajar las escaleras cubriendo su torso desnudo con una de las tantas camisetas que recogió.

No le tomó mucho tiempo encontrarlo, pues el omega se encontraba en la cocina, de espaldas haciendo algo que Louis todavía no alcanzaba a distinguir muy bien. Cuanto más se acercaba, el alfa más se percataba del amargo olor que su omega dejaba salir, algo a lo que no le tomó tanta importancia en un principio. Lo siguiente que hizo fue envolver su torso con sus brazos aspirando su olor al mismo tiempo que liberaba feromonas para intentar disipar el otro y dejaba un casto beso en su hombro.

“Buenos días, princesa.” Dijo el alfa con una voz ronca. “¿Qué estuviste haciendo en la habitación?”

“No encuentro mis audífonos de cable.” Su voz sonaba plana y monótona, como si estuviera leyendo las instrucciones de un electrodoméstico, mientras se quitaba a Louis de encima revolviéndose en sus brazos y con la mirada concentrada en la taza de té que preparaba.

El alfa le dedicó una mirada de extrañeza ante la evasión a sus caricias por un segundo. Al mirarlo más de cerca, Louis se dió cuenta del ceño fruncido que no abandonaba su rostro y su precioso mostacho ya no adornaba su cara.

“Luces tan hermoso, cariño.” Ignorando la clara muestra de mal humor de Harry, Louis de nuevo, lo envolvió en sus brazos esta vez lamiendo su cuello. “Y sexy.” Sin embargo, contra todo pronóstico para el alfa, Harry se volvió a revolver en sus brazos alejándose con clara molestia.

“¿Sexo es en lo único que piensas al levantarte y verme?” Expresó por fin dedicándole una mirada con ceño fruncido a Louis.

¿Qué?

“¿Qué?” Esta vez, el alfa se quedó en blanco quieto en su lugar. No tenía idea alguna de que decir o que hacer para no empeorar el claro mal humor de la mañana. Harry, por otro lado, rodó sus ojos antes de volver lo que hacía.

Louis parpadeó, procesando la respuesta de Harry como quien intenta descifrar un idioma desconocido a las ocho de la mañana sin una gota de cafeína en el sistema. Su omega, normalmente risueño y cálido, acababa de insinuar que él, su alfa, su esposo, era una especie de sátiro matutino que solo pensaba con la entrepierna. El alfa sintió un ligero pinchazo en el pecho, una mezcla de confusión y un instinto protector que comenzaba a removerse en su interior, alerta ante el cambio drástico en el aroma de su compañero. Ya no era ese jazmín dulce con hierba fresca que tanto adoraba; ahora se había tornado amargo, como té negro dejado reposar demasiado tiempo, con un deje metálico que le erizaba el vello de los brazos.

Pero Louis era un alfa paciente. No uno de esos de manual que soltaba un rugido ante la primera señal de insubordinación y exigía sumisión con el pecho inflado. No, él conocía a Harry. Llevaban ya un año de casados seguidos de cinco de amistad y dos de relación, y si algo había aprendido en todo ese tiempo era que los días malos existían y que, a veces, la mejor estrategia era simplemente estar. Aunqueestarsignificara recibir miradas asesinas por parte de unos ojos verdes que normalmente lo miraban como si hubiera colgado la luna.

Así que tragó saliva, se rascó la nuca con esa mezcla de torpeza y ternura que lo caracterizaba, y decidió cambiar de táctica.

“Claro que no, amor.” Dijo con una voz que seguía siendo suave, arrulladora incluso, mientras se acercaba a la encimera con movimientos lentos, como quien se aproxima a un cervatillo asustado.

Se apoyó en la isla de la cocina, dejando sus antebrazos desnudos sobre el mármol frío, y observó a Harry preparar su té con una concentración que parecía más bien una excusa para no mirarlo. El omega vertía el agua caliente sobre la bolsita de manzanilla con una precisión casi agresiva, como si la taza le hubiera hecho algo personal. “No era mi intención hacerte sentir así, simplemente...” Louis se pasó la lengua por el labio inferior, buscando las palabras correctas. “Me gusta abrazarte, me gusta tu olor, me gustas tú. Siempre.”

Harry emitió un sonido que era una mezcla entre un resoplido y un gruñido, el tipo de ruido que hacía cuando algo le molestaba, pero no quería admitir que le molestaba, removió el té con la cucharilla haciendo tintinear la porcelana de forma innecesariamente ruidosa.

El alfa observó el movimiento de sus hombros tensos, la forma en que su espalda se mantenía rígida bajo la tela fina de su camiseta de dormir (una vieja camiseta de Louis, para ser exactos, con el logo desgastado de los Arctic Monkeys, una que normalmente adoraba porque olía a él, hoy, sin embargo, Harry tiraba del cuello de la prenda como si le quemara la piel), y sintió la imperiosa necesidad de borrar ese nudo de tensión con sus propias manos, pero se contuvo. Tocar ahora era zona prohibida, el lenguaje corporal de Harry lo gritaba a los cuatro vientos.

“¿Quieres que te ayude a buscar los audífonos?” ofreció Louis, intentando un nuevo enfoque, usando un tono que era más práctico, útil y cero amenazante. Se incorporó de la isla y se estiró, haciendo crujir su espalda con un movimiento felino. “Puedo revisar el estudio, o la sala. Sé que a veces te los quitas y los dejas en el sofá cuando te quedas dormido leyendo.”

“No me interesan esos estúpidos audífonos en este momento, Louis.” Gruñó.

Louis. Oh-oh.

Harry giró sobre sus talones con la taza de té humeante entre las manos, su expresión era un poema a la exasperación, sus ojos verdes, usualmente brillantes y llenos de picardía, estaban opacos y enmarcados por unas cejas pobladas que ahora estaban fruncidas de tal manera que formaban una profunda arruga en su entrecejo. El vello sobre su labio superior, ese que a Louis le encantaba besar porque le hacía cosquillas y siempre arrancaba una risita de Harry, había desaparecido dejando marcas rojas que no deberían estar ahí, probablemente debido a que se había afeitado con prisas y quizás con demasiada fuerza en uno de esos arranques de frustración matutina.

“Habla conmigo, amor.” Era una súplica más que una petición, las tuercas dentro del cerebro de Louis empezaban a trabajar de una forma que no debería de estar haciendo, nuevamente, un sábado a las ocho de la mañana. “¿Qué está mal?”

“Todo. La cama estaba demasiado caliente anoche, como si alguien hubiera prendido una estufa debajo del edredón, me desperté sudando y con la espalda pegajosa. Y la almohada olía raro. No sé a qué, pero no era mi olor, ni tampoco el tuyo, solo era raro”.

Louis frunció el ceño, genuinamente confundido, él mismo había cambiado las sábanas hacía dos días y el aroma que predominaba en la cama siempre era una deliciosa mezcla de jazmín, hierba fresca y su propio cedro cálido. ¿Cómo podía oler “raro”?

“¿Quieres que lave las sábanas otra vez?” ofreció, acercándose un paso más, aunque mantuvo las manos a los costados para no invadir su espacio otra vez.

Harry lo miró como si hubiera sugerido quemar la casa.

“No. Ya es tarde para eso.” Dio un sorbo a su té, demasiado caliente probablemente, porque hizo una mueca y volvió a dejar la taza sobre la encimera con un golpe seco. “Este té sabe horrible, ¿Por qué está tan insípido?”

Louis se mordió el interior de la mejilla para no sonreír. Sabía que una sonrisa ahora mismo sería interpretada como una burla y desencadenaría una guerra termonuclear de la que no saldría vivo. En lugar de eso, asintió con solemnidad. Aquel té lo había preparado con la misma marca de manzanilla que compraban desde hacía tiempo y que siempre, siempre, le encantaba, sin embargo, el alfa se mordió la lengua, señalar lo obvio en ese momento sería como echar gasolina a una hoguera.

“¿Quieres que te prepare otra cosa, amor?” ofreció nuevamente, en su lugar, su voz manteniendo ese tono suave y paciente que estaba decidido a no perder. Se acercó un paso, con cuidado, como quien se aproxima a un animal herido. “Puedo hacerte un café, o un chocolate caliente. Lo que tú quieras.”

Harry se giró hacia él con los ojos entrecerrados, sus orbes verdes, que normalmente brillaban con una calidez que derretía a Louis, ahora parecían dos esmeraldas afiladas.

“¿Chocolate caliente?” repitió Harry con un tono que bordeaba lo ofendido. “Estamos en mayo, Louis. Hace calor, ¿quién bebe chocolate caliente en mayo?”

“Entiendo” dijo repitiéndose a sí mismo que debía mantener la calma. “¿Quieres que prepare el desayuno entonces? Puedo hacer esos huevos revueltos con queso que tanto te gustan, los que hago con un toque de crema y-”

“No quiero huevos.” Lo interrumpió Harry, cruzando los brazos sobre su pecho. El movimiento hizo que la camiseta de Louis se tensara sobre sus hombros, y el alfa pudo ver cómo el omega reprimía un escalofrío, hacía frío en la cocina y las baldosas estaban heladas bajo sus pies aún cubiertos por calcetines, parece que el sol matutino aún no llegaba a calentar esa parte de la casa. Louis lo notó de inmediato, su instinto de alfa gritándole que su omega estaba incómodo, que estaba pasando frío, que necesitaba quitar esa desesperación frustrada de su ser.

“Está bien” concedió Louis sin perder la calma, alzando las manos en un gesto de rendición pacífica. “No huevos, ¿tostadas? ¿fruta? ¿un batido? Pase lo que pase, mi sol, tienes que desayunar algo, no puedes empezar el día solo con té y mal humor.”

Debió haber pensado más a fondo lo que dijo al final pues la mirada que le lanzó Harry podría haber congelado el infierno, sus fosas nasales se ensancharon, un gesto muy de omega cuando se sentía desafiado, y el olor amargo en el aire se intensificó, haciendo que el estómago de Louis se revolviera ligeramente. Olía a angustia, a frustración, a algo parecido a la tristeza, pero más punzante.

“¿Y quién dice que no puedo?” replicó Harry con un tono cortante que Louis sintió como un latigazo. “Quizás quiero empezar el día con té y mal humor, quizás es mi plan para todo el fin de semana; té, mal humor y cero huevos revueltos y estas completamente invitado a no ser parte de él”

Louis suspiró, un suspiro largo y contenido que liberó un poco de la tensión que empezaba a acumularse en sus propios hombros. Se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos aún lagañosos, y aprovechó ese segundo para ordenar sus pensamientos.

No pudo pensar lo suficiente antes de que su omega emitiera un sonido que estaba a medio camino entre un resoplido y un gruñido, claramente insatisfecho por algo. En lugar de seguir objetando, agarró un plátano del frutero que había sobre la encimera y lo sostuvo frente a su cara examinándolo con el ceño fruncido como si la fruta le hubiera hecho algo personalmente ofensivo.

“Este plátano está demasiado maduro” declaró, sosteniéndolo en alto para que Louis lo viera. “Tiene manchas marrones, esas manchas significan que está pasado. Es horrible, acabo de hacer las compras.”

Louis observó el plátano, era un plátano perfectamente normal con algunas pecas marrones en la piel que indicaban que estaba en su punto justo de dulzor, de hecho, era exactamente como le gustaban a Harry, que siempre decía que los plátanos verdes sabían a cartón y eran imposibles de digerir. El alfa recordó días anteriores, cuando Harry había rechazado un plátano completamente amarillo porqueaún le faltaban tres días para estar perfecto.

“Puedo ir a la frutería y comprar unos más verdes” se ofreció Louis, sorprendiéndose a sí mismo por la rápidez con la que trataba de encontrar soluciones a estos problemas tan absurdos. “Está a la vuelta de la esquina. Tardo cinco minutos.”

“No quiero que vayas a la frutería” replicó Harry, dejando el plátano sobre la encimera con un gesto de fastidio. “Es sábado por la mañana, estará llena de gente. Gente que te conocerá, porque todo el mundo te conoce, y te pararán a hablar, y te preguntarán por el trabajo, y por mí, y tú te quedarás allí charlando como si no tuvieras prisa, y yo me quedaré aquí solo, esperando un plátano que ni siquiera quiero.”

Louis se pasó una mano por el rostro en señal de frustración nuevamente. ¿Qué más podía ofrecer? Su mente de alfa, normalmente rápida para encontrar soluciones prácticas, se sentía lenta y torpe esa mañana, como si el mal humor de Harry fuera una niebla que entorpecía sus pensamientos.

Entonces lo vio sobre la encimera, junto a la cafetera que Harry aún no se había dignado a encender, estaba el bote de las galletas de avena. Las que el propio Harry había horneado el jueves por la tarde, llenando la casa de un aroma cálido a canela y mantequilla que había hecho que Louis saliera del estudio solo para abrazarlo por la espalda mientras él las sacaba del horno. Aquellas galletas eran la debilidad de Harry, las devoraba con una taza de té todas las tardes, a veces mojándolas hasta que se deshacían y teniendo que pescarlas con la cucharilla entre risas.

Louis se acercó al bote con disimulo, lo abrió y sacó unas cuantas galleta, estaban perfectamente doradas con trocitos de avena visible y ese aroma a canela que tanto le gustaba a su omega. Las colocó en un platito pequeño y lo deslizó por la encimera hasta que quedó justo al lado de la mano de Harry.

“¿Qué tal una galleta, entonces?” ofreció con una sonrisa esperanzada. “Las hiciste tú el jueves. Están deliciosas.”

Harry miró la galleta como si Louis le hubiera ofrecido una cucaracha.

“¿Una galleta?” repitió, su voz subiendo una octava. “¿Me estás ofreciendo una galleta para desayunar? ¿A las ocho de la mañana? ¿Pretendes que desayune azúcar y harina refinada como si tuviera cinco años?”

“Pero si siempre desayunas galletas con el té...” empezó Louis, y al instante supo que había metido la pata.

Los ojos de Harry se abrieron de par en par, no con sorpresa, sino con una indignación que bordeaba lo teatral. “¡Eso es diferente, eso es a media mañana, después de haber desayunado algo decente! ¡No me vas a comparar una galleta de las once con el desayuno, Louis! Es que no tienes ni idea alguna de nada”

El alfa suspiró. Estaba agotado y apenas llevaban media hora despiertos, se apoyó contra la encimera cruzándose de brazos sobre el pecho, y observó a Harry en silencio durante un largo momento. Su omega estaba allí, de pie en medio de la cocina, con el ceño fruncido, la mirada perdida en alguna otra cosa en la que haya encontrado defectos esta mañana y los brazos cruzados, oliendo a amargura y frustración, con esa camiseta vieja de Louis y el pelo revuelto como un nido de pájaros. Estaba ridículamente hermoso incluso en su peor versión matutina, y eso enfadaba a Louis aún más, porque quería abrazarlo, quería besarlo hasta que se le pasara el enfado, quería hacerlo reír y ver cómo sus ojos verdes recuperaban ese brillo cálido que tanto amaba, pero cada intento era rechazado con una nueva queja, una nueva crítica, una nueva muestra de descontento que Louis no sabía cómo combatir.

Vale, Tomlinson, pensó para sí mismo. Plan A (ser cariñoso) ha fallado estrepitosamente. Plan B (ser útil) ha sido rechazado con desdén. Pasemos al Plan C: la logística silenciosa.

Louis decidió intentar una última ofrenda de paz antes de retirarse a un segundo plano. Salió de la cocina con pasos silenciosos, subió las escaleras de dos en dos y entró en su habitación.

El desastre de antes estaba ahora recogido gracias a su labor matutina, pero ahora pudo percatarse de una manera más despierta del olor de Harry en la habitación, por supuesto que no era el aroma habitual que empapaba las sábanas y las almohadas, no era esa mezcla embriagadora que Louis inhalaba cada noche como un adicto, aún había un rastro muy débil y ácido, como si el omega hubiera estado dando vueltas en la cama durante horas sin poder conciliar el sueño. Esa idea hizo que el pecho de Louis se oprimiera con una punzada de culpa.Harry si había pasado una noche horrible y él no se dio cuenta.

Sacudió la cabeza, apartando esos pensamientos para más tarde, ahora no era el momento. Abrió el armario y rebuscó entre la ropa de Harry hasta encontrar lo que buscaba, su sudadera favorita. No era una sudadera cualquiera, era una prenda vieja y desgastada de color gris, con las mangas ligeramente estiradas de tanto usarla.

Harry la adoraba porque era extremadamente suave por dentro, de ese tejido de felpa que parecía acariciar la piel, y porque, aunque originalmente era de Louis, ahora olía a una mezcla perfecta de ambos. Cedro y menta del alfa, jazmín y hierba fresca del omega, un aroma a hogar, a seguridad y a nido.

Louis la tomó con reverencia, se la llevó a la nariz por un segundo para comprobar que aún conservaba ese olor combinado, y satisfecho con el resultado, bajó de nuevo a la cocina.

Encontró a Harry sentado en la misma posición, pero había un cambio sutil, una de las galletas de avena había desaparecido del platito y el omega masticaba lentamente, con la mirada perdida en algún punto de la pared y el ceño fruncido. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas, quizás por el calor del té, quizás por la vergüenza de haber cedido a la tentación de la galleta. Fuera como fuese, Louis sintió una oleada de ternura tan intensa que casi le hace soltar un ronroneo de satisfacción, sin embargo, se contuvo. Nada de ronroneos. Harry lo mataría.

“Sol” llamó suavemente, acercándose con la sudadera en las manos como si portara una ofrenda sagrada. “Hace un poco de frío aquí abajo. Las baldosas están heladas. ¿Quieres ponerte esto?.”

Harry giró la cabeza lentamente, como si el simple acto de mover el cuello le supusiera un esfuerzo titánico. Sus ojos verdes se posaron primero en Louis, luego en la sudadera gris que sostenía, y finalmente volvieron a Louis. Hubo un instante, un brevísimo instante, en el que la dureza de su expresión se resquebrajó.

Louis lo vio, vio el parpadeo rápido, el ligero temblor en su labio inferior, la forma en que sus dedos se aferraron al borde de la encimera como si temiera caerse. Fue solo un segundo, una fracción de segundo, y luego la máscara de mal humor volvió a colocarse en su sitio, más firme que nunca.

“Mi piel está demasiado sensible para usar eso” dijo Harry, pero su voz sonó menos afilada, más como un quejido cansado que como un ataque. Aun así, no hizo ademán de coger la sudadera, se quedó quieto, desafiante y vulnerable al mismo tiempo, una estatua de mármol a punto de resquebrajarse.

Louis suspiró de nuevo, esta vez más audiblemente. Estaba cansado, no de Harry, nunca de Harry. Estaba cansado de la situación, de no saber qué hacer, de sentir que cada palabra que decía era la incorrecta y cada gesto que hacía era rechazado, su alfa interior estaba empezando a removerse con impaciencia, arañando las paredes de su autocontrol, quería arreglar esto, quería calmar a su omega, quería borrar ese olor amargo y reemplazarlo con el aroma dulce y cálido que tanto amaba, pero todos sus intentos civilizados estaban fracasando estrepitosamente.

Dejó la sudadera sobre una de las sillas de la cocina con cuidado, como quien deja una carta de amor sin abrir, y se retiró a un rincón de la estancia. Se apoyó contra la encimera, cruzó los brazos sobre su pecho, y simplemente observó. Decidió darle espacio a Harry, tal vez eso era lo que necesitaba, tal vez el omega solo quería estar de mal humor en paz, sin un alfa torpe y preocupado revoloteando a su alrededor como una abeja molesta, tal vez, si Louis se quedaba callado y quieto, el mal humor se disiparía solo, como una tormenta de verano.

Pero no fue así.

Los siguientes veinte minutos fueron una lenta y dolorosa escalada de despropósitos domésticos que Louis presenció con una mezcla de fascinación cómica y creciente desesperación. Primero, Harry decidió que su nuevo té de manzanilla una vez más sabía a agua de calcetín y lo vertió por el fregadero con una mueca de asco. Luego, intentó prepararse un café, pero la cafetera (esa que nunca había utilizado) decidió ese preciso día funcionar mal, escupiendo un líquido aguado y tibio que Harry miró como si le hubiera dado agua del inodoro “Perfecto” murmuró Harry con los dientes apretados. “Simplemente perfecto.”

Después vino el episodio de las tostadas. Harry, en un arrebato de hambre quizás inducido por la galleta de avena, decidió que sí quería desayunar algo sólido. Metió dos rebanadas de pan en la tostadora, bajó la palanca con más fuerza de la necesaria y se quedó mirando el aparato como si esperara que hiciera magia.

La tostadora, leal a su deber, expulsó las tostadas dos minutos después, doradas, crujientes, perfectas, Harry las tomó, las puso en un plato, y entonces ocurrió la tragedia, la mantequilla estaba demasiado fría haciendo que el cuchillo se resbalaba sobre la superficie dura y amarilla, incapaz de untar una mísera capa sobre el pan caliente. El omega lo intentó una, dos, tres veces, cada vez con más brusquedad, hasta que un pegote de mantequilla salió disparado del plato y fue a estrellarse contra el suelo de la cocina, justo a los pies de Louis.

El silencio que siguió fue ensordecedor.

Louis miró el pegote de mantequilla en el suelo, luego miró a Harry. Harry miraba el pegote de mantequilla con los ojos cansados, como si aquello fuera la gota que colmaba el vaso de su paciencia matutina, su labio inferior temblaba peligrosamente y su aroma amargo se intensificó hasta niveles casi insoportables, haciendo que las fosas nasales de Louis ardieran. El alfa vio cómo los ojos verdes de su omega se llenaban de un brillo acuoso, cómo sus hombros se hundían en un gesto de derrota absoluta.

El omega respiró pesadamente tratando en un inútil intento de no explotar a niveles nucleares, nadie quería eso. Ni siquiera él. Entonces, como si necesitara un gesto dramático para acompañar sus intentos, Harry agarró el plato con las tostadas y, en lugar de tirarlo al suelo o estrellarlo contra la pared (que era lo que Louis esperaba, sinceramente), simplemente lo apartó con un movimiento brusco.

El plato se deslizó sobre la encimera y chocó contra la taza vacía de té, haciendo un ruido metálico estridente, luego, Harry se giró hacia Louis con los ojos brillantes y la mandíbula apretada. Aquello no suponía ser una buena señal.

“Claro.” Dijo en un tono sarcástico. “Puedes quedarte ahí parado, mirándome como si yo fuera un espectáculo de circo, ¿no tienes nada mejor que hacer un sábado por la mañana que observar cómo tu esposo se vuelve loco por un poco de mantequilla fría? ¡Déjame en paz de una vez, Louis! ¡Vete a hacer tus cosas de alfa! ¡Corre por el bosque, aúllale a la luna, ve a la oficina, haz lo que sea que hagan ustedes! ¡Pero déjame en paz!”

El grito final resonó en la cocina rebotando contra los azulejos y los armarios de madera. Louis se quedó inmóvil, recibiendo el impacto de aquellas palabras como si fueran puñales, no le dolían por el contenido (sabía que Harry no pensaba realmente nada de eso), le dolían por la desesperación que transmitían, su omega estaba al límite, ahogándose en un mar de mal humor y frustración, y él, su alfa, su compañero, su esposo, no había podido rescatarlo con palabras amables ni con gestos útiles ni con espacio.

Algo dentro de Louis hizo clic, de una vez por todas.

Algo primitivo y ancestral, que no tenía nada que ver con la paciencia y las palabras amables y las soluciones prácticas. Algo que le decía que ya bastaba de intentar razonar con un omega que claramente no estaba en condiciones de razonar, que lo que Harry necesitaba no era un café, ni galletas, ni un plátano nuevo. Necesitaba sentirse contenido, necesitaba que su alfa tomara el control y lo obligara a parar, a rendirse, a dejar de luchar contra demonios que solo existían en su cabeza.

Louis suspiró, un suspiro largo y profundo, que pareció salirle desde la planta de los pies, se pasó una mano por el rostro frotándose los ojos con el pulgar y el índice y cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado en su mirada, el azul de sus iris se había teñido de un dorado sutil, apenas perceptible, como un rayo de sol filtrándose a través de una tormenta, sus hombros se expandieron ligeramente, su postura se enderezó, y el aire a su alrededor se cargó con una oleada de feromonas tan potente que incluso Harry, absorto en su propia miseria, se estremeció.

El gruñido comenzó bajo en el pecho de Louis, casi inaudible, una vibración profunda que nació en algún lugar cerca de su esternón y fue subiendo lentamente por su garganta ganando cuerpo y presencia a medida que escapaba de entre sus labios.

No era un gruñido agresivo, no había enfado en aquel sonido, ni una pizca de dominación mal entendida. Era un gruñido protector, cargado de una exasperación tierna, como el de un lobo que ve a su cachorro dar vueltas sobre sí mismo persiguiéndose la cola y decide que ya es hora de intervenir. Era el sonido de un alfa que decía ya basta, déjame hacerme cargo sin necesidad de palabras.

Harry se quedó rígido al escucharlo, sus dedos, que aún aferraban el borde de la encimera, se tensaron aún más si eso era posible. Conocía ese gruñido, su omega interior, ese que llevaba toda la mañana erizado y a la defensiva como un gato al que le han pisado la cola, lo reconoció al instante. Era el llamado de su alfa.

Louis no le dio tiempo a reaccionar, con movimientos fluidos y decididos, se apartó de la encimera y salió de la cocina, sus pies apenas hacían ruido sobre el suelo de madera mientras atravesaba el pequeño pasillo que conectaba con el salón, la estancia estaba en penumbra, con las cortinas aún sin abrir, y el sofá de tela gris parecía un animal dormido en medio de la habitación. Allí, doblada cuidadosamente sobre el reposabrazos, estaba la manta, no una manta cualquiera, era la manta.

Harry la llamaba la manta de nube y Louis se burlaba cariñosamente de él por ponerle nombres a los objetos del hogar, pero en el fondo, incluso él tenía que admitir que el apodo era acertado. Era una pieza enorme de un tejido grueso y suave de color crema, lo suficientemente grande como para envolver a dos personas adultas y que aún sobrara tela, Louis recordaba el día que la compraron, en una tienda pequeña de textiles durante un viaje a la costa, Harry se había enamorado de ella nadamás de tocarla, había hundido el rostro en la tela y había suspirado con una felicidad tan pura que Louis había pagado lo que fuera sin siquiera mirar el precio, desde entonces, aquella manta había sido testigo de tardes de películas, de mañanas de resaca, de tardes de lluvia leyendo cada uno en su rincón del sofá, de noches de insomnio donde uno de los dos se levantaba y se envolvía en ella para deambular por la casa como un fantasma cálido. La manta olía a ambos, a jazmín y hierba fresca, a cedro y menta, olía a su hogar.

Louis la cogió con ambas manos, notando el peso familiar y reconfortante de la tela entre sus dedos, la desdobló con un movimiento rápido, dejando que se desplegara en el aire como una nube crema, y regresó a la cocina con pasos firmes y decididos, sus feromonas seguían fluyendo llenando cada rincón de la casa con ese aroma a bosque después de la lluvia que tanto calmaba a Harry en sus momentos de ansiedad.

Harry, que no se había movido de su sitio junto al fregadero, lo vio aparecer por el rabillo del ojo y giró la cabeza lentamente preparándose para rodar los ojos ante otro intento inútil de su alfa por lograr que se calme, sin embargo, sus ojos verdes se abrieron de par en par al ver a su marido acercarse con aquella manta extendida entre las manos, su ceño, que había permanecido fruncido toda la mañana, se acentuó aún más, pero había algo nuevo en su expresión. Confusión.

“¿Qué estás haciendo?” preguntó Harry, su voz sonaba menos desafiante que antes, más perdida, como si su cerebro racional estuviera tratando de procesar lo que sucedía mientras su instinto ya empezaba a responder al gruñido y a las feromonas de Louis. “Louis, ¿qué haces con esa manta? ¿Por qué me miras así? No me mires así. Te estoy hablando, ¡alfa!.”

El alfa no respondió, se limitó a sostener su mirada con esos ojos azules ahora claramente dorados en los bordes, y siguió avanzando hacia él con la determinación de un depredador que no admite réplica, no una determinación agresiva, era la determinación de quien sabe exactamente lo que su compañero necesita, incluso cuando ese compañero se empeña en negarlo con todas sus fuerzas.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, el alfa extendió la manta en el aire con un movimiento rápido y certero, y antes de que Harry pudiera siquiera pestañear o formular una protesta coherente, la arrojó sobre sus hombros y empezó a envolverlo con ella con una eficiencia casi militar.

“¡Alfa! ¡¿Qué demonios est-?!” La protesta de Harry fue amortiguada casi de inmediato por la tela que ahora cubría su cabeza y sus hombros, el omega se revolvió dentro de la manta, agitando los brazos como un pollito intentando desesperadamente salir del cascarón.

Pero Louis era implacable, con movimientos firmes, pero increíblemente cuidadosos, fue enrollando la tela alrededor del cuerpo de Harry, asegurándose de cubrirle los hombros, la espalda, los brazos, el torso, hasta que el omega quedó convertido en un apretado burrito de tela suave, solo su cabeza asomaba por uno de los extremos, con el cabello revuelto y los ojos verdes echando chispas de indignación.

“¡Mírame!” exigió Harry, su voz sonaba ridículamente aguda viniendo de un bulto de manta con cabeza, intentó liberar un brazo, pero Louis había hecho un trabajo demasiado bueno y la tela no cedía ni un milímetro. “¡Mírame, Louis Tomlinson! ¡Parezco un maldito burrito! ¡Esto no es gracioso! ¡Te juro que como te estés riendo por dentro, te voy a-!”

Louis no se estaba riendo por dentro. Bueno, vale, sí. Un poco.

Era imposible no hacerlo cuando tu esposo, el omega más hermoso del mundo y normalmente dueño de una dignidad envidiable, estaba allí de pie en medio de la cocina convertido en un rollito de canela furioso, con la cara medio tapada por la manta y los ojos brillando con una mezcla de indignación y desconcierto, pero el alfa mantuvo su expresión serena, o al menos lo intentó pues una pequeña comisura de sus labios se alzó traicioneramente, y Harry, que lo conocía mejor que nadie, lo vio.

“¡Lo estás haciendo! ¡Te estás riendo de mí! ¡Esto te divierte tanto! ¡Louis, te voy a matar! ¡En cuanto me sueltes, te mato! ¡Esto es humillante! ¡Soy un omega adulto, no un bebé! ¡No necesito que me envuelvas como un maldito burrito!”

Pero a pesar de sus protestas, a pesar de sus amenazas de muerte, el cuerpo de Harry dentro de la manta había empezado a relajarse casi de forma involuntaria, el calor de la tela, ese calor suave y envolvente que tanto amaba, empezaba a hacer efecto y el aroma, ese aroma a cedro y menta que impregnaba cada fibra de la manta, estaba combatiendo activamente su propio olor amargo, como un bálsamo invisible que calmaba sus sentidos alterados sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.

Ignorando las protestas cada vez más impetuosas y menos creíbles de Harry, el alfa se agachó ligeramente, pasó un brazo por debajo de donde calculaba que estaban las rodillas de su omega (tarea complicada teniendo en cuenta la cantidad de tela que había usado para envolverlo) y el otro por su espalda, justo a la altura de los omóplatos y con la misma facilidad con la que cargaría un saco de patatas o una cesta de ropa limpia, lo levantó.

Harry soltó un pequeño chillido, un sonido agudo y completamente involuntario que intentó disimular tosiendo y convirtiéndolo en un gruñido de protesta, su rostro, lo poco que asomaba de él entre los pliegues de la manta, se tiñó de un rosa intenso que se extendió hasta la punta de sus orejas. Porque sí, estaba enfadado, muy enfadado, pero también estaba siendo cargado por su alfa como si fuera lo más preciado del mundo, envuelto en su manta favorita, rodeado de su aroma, y una parte muy pequeña y muy traicionera de su cerebro omega estaba absolutamente encantado con la situación.

“¡Bájame!” exigió, pero su voz había perdido gran parte de su filo. “¡Louis Tomlinson, bájame ahora mismo! ¡Esto es inaudito! ¡Es un abuso de poder alfa! ¡Voy a llamar a la policía! ¡Voy a llamar a tu madre! ¡Te juro por Dios que como no me bajes en este mismo instante, voy a-, voy a-!”

Las amenazas de Harry se fueron volviendo cada vez más absurdas y menos convincentes a medida que Louis caminaba con paso tranquilo y seguro fuera de la cocina, atravesó el salón, esquivando la mesa de centro con la habilidad de quien conoce cada centímetro de su hogar, y se dirigió hacia las escaleras que llevaban al piso superior, sus pies hacían un ruido sordo y rítmico sobre los escalones de madera, un sonido que se mezclaba con el gruñido bajo y constante que seguía emanando de su pecho.

“...voy a escribir una queja formal acusándote de algo en la oficina! ¡Voy a llamar a mi padre! ¡Voy a-voy a poner de forma escondida aguacate en cada comida que te dé! ¡Lo haré, Louis! ¡No creas que no lo haré!”

El alfa no respondió, simplemente gruñó un poco más fuerte, una vibración que sacudió su pecho y se transmitió a través de la manta hasta el cuerpo de Harry, y siguió subiendo las escaleras. El pasillo de arriba estaba en penumbra, con las cortinas aún echadas en la mayoría de las habitaciones, creando una atmósfera tranquila y acogedora que contrastaba con el caos emocional de la planta baja, las paredes estaban decoradas con fotos enmarcadas de ellos dos, una de su boda en la playa, con Harry riendo y Louis mirándolo como si fuera la octava maravilla del mundo; otra de un viaje a Italia, con ambos comiendo helado y con las narices manchadas de chocolate; una más reciente, del último cumpleaños de Louis, donde Harry le había plantado un beso en la mejilla justo cuando el temporizador de la cámara se disparó.

Louis se dirigió directamente al final del pasillo, donde se encontraba la puerta de su dormitorio. Estaba entreabierta, el alfa la empujó suavemente con el hombro y entró en la estancia.

La habitación estaba en penumbra, con las cortinas aún corridas tal y como Louis las había dejado después de recoger el desastre matutino, la cama estaba hecha, las sábanas estiradas, las almohadas en su sitio. Los objetos que Harry había tirado por el suelo durante su búsqueda frenética de los audífonos estaban ahora guardados en sus respectivos cajones. Todo estaba en orden, todo estaba en calma y en un rincón de la habitación, junto a la ventana que daba al jardín trasero, estaba el nido.

Era una estructura que Harry había construido con el tiempo, añadiendo y quitando elementos según su estado de ánimo, según las estaciones, según sus necesidades; una base de almohadas grandes y mullidas formaba el suelo del nido, creando una superficie blanda donde hundirse, sobre ellas, una colección de mantas de diferentes texturas; una de lana gruesa para el invierno, una de algodón ligero para el verano, una de felpa suave que Harry había rescatado de la casa de su infancia y que aún olía ligeramente a su antiguo hogar.

Había también varias prendas de ropa de Louis; una sudadera vieja de la universidad, una camiseta de su banda favorita, incluso unos calcetines de lana que el alfa odiaba pero que Harry insistía en meter en el nido porque huelen mucho a ti, Lou, no lo entiendes. En un rincón, medio escondido entre las mantas, asomaba la cabeza de un peluche viejo con forma de llama que había ganado en una feria años atrás, cuando aún estaban saliendo y Louis había gastado una cantidad ridícula de dinero intentando acertar a las latas para impresionarlo.

El olor allí era abrumador, era una mezcla perfecta y embriagadora de ambos, de jazmín y hierba fresca de Harry, cedro y menta de Louis, y un toque subyacente de vainilla que siempre aparecía cuando el omega estaba especialmente feliz o relajado. Era el corazón de su hogar, el lugar donde Harry se sentía más seguro, donde podía bajar todas sus defensas y simplemente ser, donde Louis encontraba la paz después de un largo día de trabajo, donde se acurrucaban juntos las noches de tormenta, donde habían compartido secretos, risas, lágrimas y promesas susurradas en la oscuridad.

Harry, que seguía refunfuñando dentro de su envoltorio de manta, sintió el cambio en el ambiente en el instante en que Louis cruzó el umbral de la habitación, el aroma familiar del nido golpeó sus fosas nasales y su cuerpo se estremeció de una forma que no pudo controlar, sus protestas, que hasta hacía un segundo seguían siendo una retahíla incesante de quejas absurdas (“...y además la manta pica, y tu temperatura alfa esta insoportable, y esto es tan humillante”), se fueron apagando lentamente hasta convertirse en un murmullo ininteligible, y luego en silencio.

Louis sonrió para sus adentros, lo sabía, sabía que el nido era lo único que su omega caprichoso necesitaba. Con sumo cuidado se arrodilló en el borde del nido y depositó a Harry, todavía envuelto como un burrito, en el centro exacto de aquel refugio de telas y almohadas, el omega se hundió ligeramente en la suavidad, su cuerpo amoldándose a las formas familiares de su santuario, y su aroma, ese aroma amargo que tanto había atormentado a Louis durante la última hora, empezó a transformarse, aún no era el jazmín dulce y la hierba fresca de siempre, pero ya no era ese olor ácido y metálico que erizaba el vello de los brazos del alfa, era algo intermedio, algo que olía a rendición.

Pero Harry aún no estaba dispuesto a admitir su derrota, su orgullo, ese que lo había mantenido en pie durante toda la mañana, se negaba a ceder.

“Esto no significa nada” masculló con la voz amortiguada por la manta que le cubría media cara, sus ojos verdes, que ahora brillaban menos con indignación y más con algo parecido al agotamiento, se fijaron en un punto de la pared para no tener que mirar a Louis. “Me has secuestrado, eres un alfa tonto. Un bárbaro. Cuando me sueltes, voy a, no sé, voy a contárselo a todos, en el barrio en la oficina, se reirán de ti, serás el hazmerreír de la manada.”

Louis esbozó una sonrisa tonta al tener casi de vuelta a su bebé, no respondió y en lugar de eso, se metió en el nido junto a él.

Con movimientos cuidadosos, calculados para no deshacer ni un solo pliegue de aquella estructura sagrada, sus rodillas se hundieron en la base de almohadas mullidas y su cuerpo encontró el hueco perfecto, ese espacio que parecía hecho a su medida porque, en realidad, lo estaba.

Harry siempre dejaba un lado del nido ligeramente más hundido, con una almohada extra para la cabeza de Louis y un espacio para que sus piernas más pudieran estirarse sin chocar con los bordes, era un detalle pequeño, casi inconsciente, pero que hablaba de cuánto pensaba el omega en su alfa incluso cuando construía su espacio más íntimo y personal.

Louis pasó un brazo por encima del bulto de manta que era Harry rodeando lo que calculaba que era su cintura bajo todas esas capas de tela crema, y lo atrajo hacia sí con una firmeza suave, innegociable pero increíblemente tierna, se quitó la camiseta dejando su torso desnudo, su pecho se pegó a la espalda envuelta del omega, y el calor de su cuerpo empezó a filtrarse a través de la manta creando un capullo de temperatura perfecta, su otro brazo lo deslizó bajo la cabeza de Harry ofreciéndose como almohada improvisada, y sus dedos encontraron casi instintivamente el camino hacia los rizos castaños, donde empezaron a acariciar con una lentitud hipnótica.

Harry, por supuesto, no se rindió sin una última batalla campal.

“No creas que esto va a funcionar” masculló contra la tela, su voz sonando ridículamente amortiguada y pequeña, intentó revolverse dentro de su envoltorio, pero el abrazo de Louis era firme y la manta no cedía. “Puedes meterme en el nido, puedes abrazarme, puedes humillarme de esta ridícula forma, pero sigo enfadado. Muy enfadado, enfadadísimo, estoy... estoy furioso.”

Louis no dijo nada, simplemente gruñó, ese sonido bajo y constante que vibraba en su pecho y se transmitía a través de la manta hasta el cuerpo de Harry, y siguió acariciando sus rizos, sus dedos se deslizaban entre los mechones castaños con una paciencia infinita, desenredando los pequeños nudos que se habían formado durante la noche y la agitada mañana, de vez en cuando, sus yemas rozaban el cuero cabelludo de Harry con una presión suave, casi un masaje, y el omega, muy a su pesar, sentía cómo pequeños escalofríos de placer recorrían su columna.

“Y además” continuó Harry, su voz perdiendo ritmo y volumen por momentos, “Tu gruñido es molesto, muy molesto, es como, como tener un motor dentro del pecho, un motor ruidoso y pesado que no me deja concentrarme en mi enfado. Es trampa, estás haciendo trampa.”

Louis sonrió contra los rizos de Harry, su gruñido se transformó ligeramente adquiriendo un matiz casi ronroneante, ese sonido que solo surgía en momentos de máxima intimidad y que Harry, aunque jamás lo admitiría en voz alta, encontraba increíblemente relajante.

El alfa inclinó la cabeza y depositó un beso suave en la coronilla de su omega, justo donde los rizos castaños formaban un pequeño remolino rebelde. Sus labios se demoraron allí un momento, dejando que el calor de su aliento se filtrara a través del cabello hasta la piel cálida del cuero cabelludo.

“Shhh...” susurró finalmente Louis, su voz era un terciopelo ronco, cálido y profundo que parecía envolver a Harry tanto como la propia manta, sus dedos no dejaban de moverse trazando círculos lentos en su espalda a través de la tela, subiendo y bajando por su columna con una cadencia hipnótica. “Ya está, mi omega, ya está. Respira conmigo.”

Harry gruñó conteniendo el aliento por pura rebeldía, sus pulmones, sin embargo, tenían otros planes y exigieron aire después de unos segundos, exhaló un suspiro tembloroso, largo y entrecortado, y cuando volvió a inhalar, lo hizo al mismo ritmo que Louis. Inspiración lenta, sintiendo cómo el pecho del alfa se expandía contra su espalda y espiración pausada, notando cómo el aire caliente de Louis le rozaba la nuca.

Inspiración. Espiración.

El ritmo se volvió un ancla, algo tangible a lo que aferrarse en medio del caos emocional que había sido su mañana.

“No te voy a soltar hasta que te calmes” continuó Louis, su voz seguía siendo baja y ronca, pero ahora había un matiz de firmeza innegociable, esa autoridad natural de alfa que no necesitaba alzar la voz para hacerse sentir. “Puedes seguir enfadado todo lo que quieras, puedes insultarme, llamarme secuestrador, amenazarme con poner aguacate en cada comida hecha por tus manos. No me importa, puedes hacerlo todo dentro de este nido, entre mis brazos, envuelto en tu manta favorita, pero no voy a dejarte solo con ese mal humor comiéndote por dentro. Así que ríndete, Harry. Deja de luchar.”

Las palabras flotaron en el aire denso del nido, cargadas de feromonas calmantes y de una promesa silenciosa, Harry se quedó muy quieto, sus protestas, que hasta hacía un momento habían sido una retahíla incesante de quejas absurdas, murieron en sus labios.

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores, no era un silencio tenso, cargado de emociones no dichas y de resentimiento, era un silencio blando, maleable, como la masa de pan antes de levar. Un silencio que (por fin) olía a rendición.

Y entonces, lentamente, muy lentamente, Harry se derrumbó.

No fue un derrumbe ruidoso ni dramático, no hubo lágrimas desconsoladas ni sollozos entrecortados. Fue simplemente una relajación profunda, una rendición total de cada músculo de su cuerpo que había estado en guardia desde que abrió los ojos esa mañana, sus hombros, que había mantenido tensos y alzados como si esperara un golpe, se hundieron contra el pecho de Louis, sus manos, que había mantenido apretadas en puños dentro de la manta, se aflojaron lentamente, y sus dedos buscaron torpemente los del alfa a través de la tela, entrelazándose con ellos en un gesto torpe pero profundamente íntimo, su cabeza, que había mantenido rígida y alejada, se dejó caer completamente en el brazo-almohada de Louis, y su nuca encontró el hueco perfecto entre el hombro y el cuello del alfa, ese espacio que parecía diseñado específicamente para él.

Louis sintió el cambio en el instante en que ocurrió, no solo por la relajación física o por la forma en que el cuerpo de Harry se volvió maleable y blando entre sus brazos, si no por el aroma. Aquel olor amargo y metálico que había estado emanando el omega toda la mañana, ese olor a té negro dejado reposar demasiado tiempo y a angustia contenida, comenzó a disiparse gradualmente, era como ver la niebla de la mañana deshacerse bajo los primeros rayos del sol.

Lento al principio, casi imperceptible, y luego cada vez más rápido y más evidente, en su lugar, empezó a florecer de nuevo su verdadero aroma. Jazmín dulce, como el que crecía en el jardín de la casa de su infancia, hierba fresca, como la que se aplastaba bajo sus pies en los paseos por el campo y ese toque subyacente de vainilla que tanto adoraba Louis, ese matiz cálido y reconfortante que solo aparecía cuando Harry estaba especialmente feliz, relajado o en celo.

El alfa frunció ligeramente el ceño al percibir ese último matiz.

No era el aroma intenso y embriagador del celo pleno, ese que lo volvía loco y hacía que le temblaran las manos, era algo más sutil, más tenue, más como un preludio un aviso de lo que estaba por venir.

La vainilla se mezclaba con el jazmín de una forma que Louis conocía bien, una forma que significaba que el celo de Harry estaba cerca, quizás unos días, quizás una semana, pero estaba ahí, latente bajo la superficie, añadiendo una capa extra de vulnerabilidad a su omega ya de por sí sensible.

Oh.

Una pieza más del rompecabezas encajó en la mente de Louis.

El insomnio, la irritabilidad, la hipersensibilidad a los olores, a las texturas, a la luz, la necesidad inconsciente de estar contenido. No eran solo los audífonos perdidos ni el té mal preparado ni el plátano demasiado maduro, era el pre celo. Esa montaña rusa hormonal que cada pocos meses convertía a su omega en una criatura colérica y vulnerable a partes iguales, y que Louis había aprendido a navegar con la paciencia de un santo y los instintos de un alfa enamorado.

Harry, ajeno a las deducciones silenciosas de su alfa, permaneció en silencio durante un largo minuto, su respiración se había sincronizado por completo con la de Louis, y su cuerpo se había vuelto tan blando y pesado que parecía haberse fundido con la manta y con el pecho del alfa, solo sus dedos, aún entrelazados torpemente con los de Louis a través de la tela mantenían un ligero agarre, como si temiera que el alfa fuera a desaparecer en cualquier momento.

Y entonces, una vocecilla pequeña y amortiguada surgió de entre los pliegues de la manta. Tan baja que Louis casi no la oye.

“No he dormido bien.”

La confesión flotó en el aire denso del nido, frágil como una pompa de jabón a punto de estallar, Louis dejó de ronronear por un segundo procesando las palabras, su mano, que había estado trazando círculos perezosos en la espalda de Harry, se detuvo un momento antes de reanudar su movimiento, esta vez con una presión ligeramente más firme, más reconfortante.

“¿No has dormido bien?” repitió Louis suavemente, su voz apenas un susurro junto al oído de Harry, no era una pregunta que exigiera más explicaciones, sino una invitación, una puerta abierta para que el omega compartiera lo que necesitara compartir.

Harry negó con la cabeza dentro de su envoltorio, un movimiento torpe y pequeño que hizo rozar sus rizos contra la barbilla de Louis, el alfa sintió el cosquilleo y tuvo que reprimir una sonrisa.

“Me desperté como mil veces” murmuró Harry, su voz sonaba cansada, arrastrada, como si cada palabra le costara un esfuerzo enorme. “Primero tenía calor, luego frío, luego la almohada olía raro, luego las sábanas estaban arrugadas y se me clavaban, luego tú respirabas muy fuerte, Lou. Muy fuerte, como un oso. Un oso con problemas de sinusitis.”

Louis ahogó una risa contra los rizos de Harry. “¿Un oso con sinusitis?”

“Un oso grande y ruidoso” confirmó Harry con un tono que pretendía ser acusador pero que solo sonaba ridículamente adorable viniendo de un burrito de manta. “Y luego, cuando por fin conseguí dormirme un poco, tuve un sueño raro, muy raro. Soñé que estábamos en un supermercado y tú te ibas por el pasillo de los lácteos y no me hacías caso, te llamaba y no me oías y yo te seguía, pero el pasillo se hacía cada vez más largo, como en esas películas de terror, y tú cada vez estabas más lejos, y al final desaparecías por una puerta que poníaSolo personal autorizadoy yo no podía entrar porque no era personal autorizado, alfa. No era personal autorizado de mi propio sueño.”

El relato, contado con esa mezcla de indignación y desconcierto post pesadilla, era tan absurdamente Harry que Louis sintió que su corazón se hinchaba de ternura hasta casi dolerle. Su omega, su maravilloso, dramático y ridículamente adorable omega había pasado toda la mañana declarándole la guerra al mundo, encontrando defectos en el té, en los plátanos, en los huevos, en el chocolate caliente fuera de temporada, y todo porque había tenido una pesadilla sobre un supermercado y un pasillo de lácteos infinito.

Y entonces Harry añadió, en un susurro aún más pequeño, casi inaudible:

“Y creo que... creo que mi celo está cerca.”

Lo dijo como quien confiesa un crimen, con vergüenza y culpa, como si su propio cuerpo le hubiera traicionado y él tuviera que disculparse por ello. Louis sintió una punzada en el pecho, odiaba cuando Harry se sentía así, cuando las hormonas y los instintos lo hacían sentir vulnerable y fuera de control.

Llevaban años juntos, habían pasado por innumerables celos compartidos, y aún así, cada vez que se acercaba la fecha, Harry se ponía nervioso, irritable, sensible, como si temiera que esta vez fuera diferente, como si temiera que Louis fuera a rechazarlo.

“Mi omega-” empezó Louis, pero Harry lo interrumpió con un torrente de palabras atropelladas.

“Por eso estoy tan insoportable, ¿vale? Lo sé. Soy consciente, soy un omega insoportable en pre celo, un desastre y una horrible pesadilla, todo me molesta, todo me huele mal, todo me irrita, no encuentro mis audífonos, me irrité la cara al afeitarme en un arrebato de locura, le declaro la guerra a un plátano, te grito por ofrecerme chocolate caliente en mayo, soy un monstruo, un monstruo hormonal y ridículo y lo siento, lo siento mucho, Lou, no quiero ser así, no me gusta ser así, no quiero que me veas así, no quiero que pienses que-”

“Omega.” La voz de Louis fue firme pero increíblemente suave, como un ancla en medio de la tormenta de autoflagelación de su omega, sus dedos se deslizaron desde los rizos de Harry hasta su mejilla, acariciando la piel cálida que asomaba entre los pliegues de la manta. “Hazz, mi sol, mi amor, mírame.”

Harry negó con la cabeza, enterrando aún más el rostro en la manta. “No quiero. Estoy horrible, tengo la cara hinchada de no dormir e irritada y probablemente tengo ojeras hasta el suelo.”

Louis resopló una risa suave. “Corazón, he visto tu cara hinchada, tu piel irritada y tus ojeras, las he visto esta mañana mientras me gritabas por la mantequilla y aún así, sigo pensando que eres la persona más hermosa del mundo. Así que mírame. Por favor.”

El por favor hizo su magia, Harry, que era incapaz de negarle nada a Louis cuando usaba ese tono, giró lentamente la cabeza dentro de su envoltorio, sus ojos verdes, enmarcados efectivamente por unas ojeras oscuras y rodeados de una piel ligeramente enrojecida por el afeitado apresurado, se encontraron con los azules de Louis. El alfa sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, incluso así, con el rostro cansado y vulnerable, Harry era lo más hermoso que había visto en su vida.

“Escúchame bien” dijo Louis, su voz baja y ronca pero cargada de una convicción feroz. Su pulgar acariciaba la mejilla de Harry en movimientos lentos y circulares. “No eres insoportable, eres mi omega. Mi omega maravilloso que está a punto de entrar en celo y cuyo cuerpo le está pidiendo a gritos que busque seguridad, calidez y a su alfa. Eso no es ser un monstruo, eso es ser un omega sano y normal y yo soy tu alfa, tu marido, es mi trabajo, mi privilegio y mi mayor alegría estar aquí para ti. En los días buenos, en las mañanas de mierda, en los pre celos y en los celos y en todo lo que venga después.”

Harry parpadeó, sus pestañas húmedas rozando la yema del pulgar de Louis, su aroma a vainilla se intensificó, volviéndose más dulce y más cálido mezclándose con el jazmín y la hierba fresca hasta crear una fragancia que olía a hogar, a rendición y a amor incondicional. La última barrera, esa que había mantenido en pie por puro orgullo omega, se derrumbó por completo.

“¿No estás enfadado?” preguntó Harry con un hilo de voz, sus ojos buscando en los de Louis cualquier atisbo de molestia o decepción.

Louis negó con la cabeza lentamente, sin apartar la mirada de la de Harry. “No estoy enfadado, estoy un poco exasperado, te lo confieso, pero no contigo. Conmigo mismo, por no haberme dado cuenta antes, por no haberte envuelto en esta manta y traerte al nido en el mismo momento en que te vi al bajar las escaleras con esa cara deel mundo me debe una explicación. Me habría ahorrado la guerra de la mantequilla y el incidente de las galletas y el plátano.”

Una pequeña risa escapó de los labios de Harry, una risa aguada y temblorosa pero genuina, era la primera risa real que Louis le escuchaba en toda la mañana, y el sonido fue como un bálsamo para su alma de alfa. “El plátano me miró mal,” murmuró Harry, volviendo a apoyar la mejilla contra el pecho de Louis. “Te lo juro, me miró con esas pecas marrones, claramente me estaba juzgando.”

“Los plátanos son muy críticos,” asintió Louis con una seriedad fingida que hizo que Harry soltara otra risita. “Siempre juzgando con sus pecas, no me extraña que te pusieras así, cualquiera se habría alterado.”

Harry resopló, pero esta vez el sonido carecía por completo de cualquier rastro de enfado. Era un resoplido de rendición, de aceptación, de ese tipo de sonido que hacía cuando se sentía increíblemente tonto pero también increíblemente querido.

Se removió dentro de su capullo de manta buscando una posición más cómoda, y terminó girándose por completo para poder apoyar su mejilla directamente contra el pecho ahora desnudo de Louis con solo la fina tela de la manta como barrera, el calor del alfa se filtró a través de las fibras, y Harry sintió cómo los últimos vestigios de tensión abandonaban su cuerpo.

Louis lo recibió con gusto, ajustando su abrazo para acomodar la nueva posición, su brazo rodeó la cintura de Harry con más firmeza atrayéndolo aún más contra su cuerpo, y su otra mano volvió a los rizos castaños reanudando el masaje lento y rítmico en su cuero cabelludo, inclinó la cabeza y depositó un beso largo y suave en la frente de Harry, dejando que sus labios se demoraran allí sintiendo la piel cálida y el ligero temblor que recorrió al omega.

“La próxima vez” susurró Louis contra su frente, su voz teñida de un humor tierno y cómplice, “solo dime necesito que me envuelvas como burrito, alfa. No hace falta que quemes la cocina primero, o que le declares la guerra a un plátano”

“Eres un idiota” murmuró Harry contra su pecho, pero no había veneno en sus palabras, solo un cansancio profundo y un cariño tan inmenso que se derramaba por cada sílaba, su mano, liberada por fin de las garras de su propio enfado, subió torpemente hasta el pecho de Louis y se posó sobre su corazón, podía sentir los latidos, fuertes y constantes, un tambor que marcaba el ritmo de su propia calma. “Un idiota maravilloso que me humilla envolviéndome como burrito y me carga hasta el nido y me aguanta cuando estoy en pre celo y me hago la víctima por un plátano.”

“Ese soy yo” confirmó Louis con orgullo fingido. “Idiota profesional, especializado en omegas gruñones y en rescates de cocina, tengo un máster y todo.”

Harry rio, una risa genuina y cristalina que llenó el nido y reverberó contra el pecho de Louis, el alfa sintió la vibración de aquella risa recorrer su propio cuerpo, y supo, con esa certeza absoluta que solo daba el amor verdadero, que todo estaba bien, que la tormenta había pasado y que su omega estaba de vuelta.

Se quedaron así durante un largo rato, el sol matutino, que ya estaba más alto en el cielo se filtraba a través de las cortinas corridas dibujando líneas doradas sobre la manta crema que envolvía a Harry y sobre la piel desnuda de Louis. Algún pájaro cantaba en el jardín trasero ajeno al drama doméstico que acababa de resolverse en el interior, el aroma en el nido era ahora una sinfonía perfecta, jazmín dulce, hierba fresca, cedro, menta y ese toque de vainilla que anunciaba la cercanía del celo.

Louis empezó a canturrear bajito, casi sin darse cuenta, era una melodía suave y repetitiva, una canción que había escrito en su primer aniversario para ese omega tan hermoso que era suyo y que siempre lograba calmarlo en sus momentos de ansiedad. Su voz, ronca y cálida, se mezclaba con el suave ronroneo que aún vibraba en su pecho creando una banda sonora íntima y profundamente reconfortante.

Harry suspiró, un suspiro largo y satisfecho que pareció salirle del alma, su cuerpo se volvió aún más blando y pesado fundiéndose con Louis, con la manta y con las almohadas del nido. El cansancio acumulado de una noche de insomnio y una mañana de batalla campal contra el universo empezaba a pasarle factura, y sus párpados, enmarcados por esas pestañas largas y oscuras que Louis adoraba, empezaron a pesar.

“¿Amor?” llamó Harry, su voz era ya apenas un susurro somnoliento.

“¿Mmm?”

“¿Me harías esos huevos revueltos con queso? ¿Los que haces con crema?” La pregunta era tan suave, tan vulnerable, tan llena de esa hambre que iba más allá de lo físico, que Louis sintió que su corazón se derretía un poco más. “Pero luego, no ahora, ahora no quiero moverme, quiero quedarme aquí contigo.”

Louis sonrió contra sus rizos y apretó el abrazo. “Trato hecho, luego te haré los mejores huevos revueltos de tu vida, con extra de queso y tostadas con la mantequilla a temperatura ambiente, que ya me he enterado de que la mantequilla fría es el enemigo público número uno.”

Harry emitió un sonido que era una mezcla de risa y quejido. “No me lo recuerdes, la mantequilla y yo tenemos asuntos pendientes.”

“Y luego,” continuó Louis, ignorando el comentario sobre la mantequilla, “Volveremos al nido y nos quedaremos aquí todo el día, tú y yo, viendo películas o durmiendo o haciendo lo que te apetezca, incluso te dejaré elegir la película. Incluso si es una ridícula comedia romántica que hayas repetido tanto que me sé de memoria cada diálogo.”

Harry levantó ligeramente la cabeza, lo justo para poder mirar a Louis a los ojos. Los suyos, verdes y ahora llenos de una calidez que derretía, brillaban con una mezcla de gratitud y adoración tan pura que Louis sintió que se ahogaba en ella. “¿De verdad? ¿Me dejas elegir The Notebook?”

Louis puso los ojos en blanco teatralmente. “Te lo prometo”

Harry sonrió, una sonrisa completa y luminosa que transformó por completo su rostro cansado, que dejo salir sus hermosos hoyuelos y que formaba arruguitas en sus ojos, era la sonrisa que Louis amaba. La sonrisa por la que valía la pena aguantar mañanas de mal humor, guerras contra plátanos y crisis existenciales por tés mal preparados. “Eres el mejor alfa y esposo del mundo” murmuró Harry, volviendo a apoyar la cabeza contra su pecho.

“Lo sé” bromeó Louis suavemente, besando de nuevo su coronilla. “Pero no se lo digas a nadie, tengo una reputación de tipo duro que mantener.”

Harry resopló una última risa, ya casi vencido por el sueño, su mano, aún posada sobre el corazón de Louis, se relajó por completo, y su respiración se volvió lenta y profunda, el aroma a vainilla se intensificó ligeramente en señal de que su cuerpo, por fin, se estaba rindiendo al descanso que tanto necesitaba.

“Lou...” susurró Harry, ya con los ojos cerrados y la voz arrastrada por el sueño.

“¿Mmm?”

“Necesito otra manta y más de ti... más cerca”

Louis sintió que su corazón daba un vuelco tan grande que temió que Harry pudiera sentirlo a través de su pecho. Tiró suavemente de otra manta que había en el nido, una de color azul pálido que olía a ambos, y la extendió sobre el bulto que ya era Harry, añadiendo una capa extra de calidez, luego se acomodó mejor entre las almohadas, asegurándose de que su cuerpo envolvía por completo al de su omega, y reanudó su canturreo bajo y su ronroneo constante.

“Todo el que quieras, mi amor” susurró contra sus rizos, sus palabras apenas un aliento. “Todas las mantas del mundo y todo yo. Para siempre.”

Harry no respondió, ya se había quedado dormido, su respiración acompasada con la de Louis, su cuerpo blando y confiado entre sus brazos, su aroma dulce y cálido llenando cada rincón del nido. Louis se quedó despierto un rato más, acariciando sus rizos, canturreando bajito, simplemente sintiendo, sintiendo el peso de su omega contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la manta, sintiendo el amor inmenso y a veces abrumador que lo llenaba por completo.

Afuera, el mundo seguía girando, los pájaros seguían cantando en el jardín, el sol seguía subiendo en el cielo, la cafetera seguía estropeada en la cocina y el plátano ofensivo seguía en la encimera, probablemente tramando su venganza. Pero dentro de aquel nido, envueltos en mantas y en el aroma de su amor compartido, nada de eso importaba.

Louis y Harry, alfa y omega, se quedaron dormidos así, abrazados, enredados, fundidos el uno en el otro y cuando despertaran, horas más tarde, Louis le haría los huevos revueltos con queso y crema que le había prometido y Harry se quejaría de que las tostadas estaban demasiado tostadas o demasiado poco, y Louis pondría los ojos en blanco pero lo besaría en la frente y volverían al nido y verían un millón de comedias románticas y Harry, en algún momento, encontraría sus audífonos en el bolsillo de su bata y fingiría sorpresa.

Pero eso sería más tarde. Ahora, solo existía el nido, las mantas, y el amor que lo envolvía todo.

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Pfefferwinz: Richtig gut geschrieben und spannend bis zum Schluss.Ich kann es nur absolut empfehlen und bin auch schon bei der Fortsetzung, ... soweit wie sie eben schon fertig gestellt ist. Ich bin sehr gespannt was noch kommt ♥️Danke für die Bereicherung meiner Freizeit. Für mich der perfekte Ausgleich zumArbe...

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Broken Halos MC

Tatouie: There wasn’t anything I didn’t like except maybe more of a finality to the European Charter that was up to no good. I feel like they wouldn’t have left so quietly. Otherwise loved the story, great rhythm can’t wait to read more books.

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