Bandera Roja:EXTINCIÓN

Summary

El Gran Premio de Japón 2025 debía ser otra carrera perfecta. Motores rugiendo. Estrategias calculadas. Precisión absoluta. Hasta que todo se detuvo. No fue un accidente. Fue algo peor. Una bandera roja cayó sobre la pista… y el mundo colapsó con ella. En cuestión de horas, el paddock se convirtió en una trampa. Los gritos reemplazaron a los motores. Y afuera… algo comenzó a moverse entre los cuerpos. Renata y Valentina García Valadez, hermanas mexicanas entrenadas para la guerra, no llegaron a correr… Llegaron a sobrevivir. Atrapadas junto a pilotos, ingenieros y personal que jamás aprendieron a matar para vivir, tendrán que abrirse paso en un circuito donde cada curva puede ser la última. Porque esto ya no es Fórmula 1. No hay reglas. No hay banderas. No hay meta. Solo hambre. Solo oscuridad. Solo muerte. Y una decisión— ¿Vas a correr… o vas a sobrevivir?

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

"PROLOGO"

Japón, 2025

Convencer a mi hermana de ir a un Gran Premio de Fórmula 1 no fue fácil.

Pero lo logré.

Japón fue su elección.

Siempre ha amado ese lugar: el orden casi perfecto, la calma que parece ensayada… y el sushi. Sobre todo el sushi.

Tres días después, entendí por qué.

Todo había salido demasiado bien.

Y eso… debió haberme alertado.

Me vestí sin prisa, aunque por dentro algo ya me empujaba.

Jeans de mezclilla.

Tenis Adidas.

Corset de Red Bull.

Lo ajusté con firmeza, sintiendo la presión contra las costillas. Me gustaba esa sensación. Me mantenía enfocada.

Max largaba desde P2.

Sonreí apenas.

Frío. Preciso. Imparable.

Me até el listón en el cabello y me miré al espejo.

Lista.

O eso creía.

—Renata, vamos.

Valentina estaba en la puerta.

El contraste siempre me golpeaba.

Ella llevaba un kimono verde, elegante, perfectamente acomodado. El cabello recogido con palillos, ni un mechón fuera de lugar. Su maquillaje era sutil, pero suficiente para resaltar cada rasgo.

Hermosa.

Demasiado.

—Ya voy —respondí.

Ambas compartíamos rasgos: ojos cafés, labios llenos, facciones definidas. Mexicanas. Orgullosas.

Pero nuestras vidas… eran distintas.

Ella: base militar. Disciplina. Control.

Yo: enfermera en prácticas. Aprendiendo a sostener la vida… cuando ya se está escapando.

El aire de la mañana era fresco, limpio.

Demasiado limpio.

Subimos al tren rumbo al circuito.

Todo fluía. Gente tranquila, conversaciones suaves, risas dispersas.

Normalidad.

Mi corazón, en cambio, latía más rápido de lo necesario.

El circuito nos recibió como una explosión de vida.

Colores. Banderas. Idiomas mezclándose.

Motores probándose a lo lejos como bestias contenidas.

—¿Compramos sushi y lo llevamos? —pregunté.

Valentina asintió sin mirarme.

Clásico.

Sonreí.

Por un momento… todo seguía siendo perfecto.

Nos sentamos con vista directa a la pista.

Los monoplazas estaban alineados.

Los equipos corrían. Ajustaban. Gritaban órdenes técnicas que apenas entendía.

Pero se sentía.

Esa energía.

Esa tensión antes de que todo comience.

Luces.

Motores.

Silencio… y luego—

Explosión de sonido.

La carrera empezó.

Las vueltas pasaban rápidas, como si alguien hubiera acelerado el tiempo.

El público gritaba.

Se levantaba.

Grababa.

Yo alternaba entre la pista y mi celular.

Datos. Radios. Posiciones.

Control.

Vuelta 34.

La pelea entre Lando y Oscar era perfecta.

Precisa.

Milimétrica.

Pero algo…

No encajaba.

Un movimiento extraño en las gradas.

Lejos.

Demasiado lejos para distinguir.

Pero suficiente para incomodar.

—¿Qué pasará? —preguntó Valentina.

—Algún incidente —respondí, sin pensar demasiado.

Error.

Ella no se quedó tranquila.

Se levantaba. Observaba. Volvía a sentarse.

Su cuerpo ya estaba en alerta.

—Algo está pasando. Voy a ver.

—No estás en servicio. Quédate.

Negó.

Y se fue.

Un vacío incómodo quedó en su lugar.

Abrí la radio.

—Hay caos en las tribunas… ¿qué está pasando?

—No lo sé. Concéntrate en la carrera.

Fruncí el ceño.

Cambié de canal.

—¿Qué pasa? Esto es un caos… —la voz de Oscar sonaba tensa.

—Concéntrate, tienes a Lando a 1.2.

—Hay humo atrás…

Humo.

Levanté la vista.

Nada.

Pero algo… ya no estaba bien.

Valentina no regresaba.

Vuelta 43.

Todo seguía en orden en la pantalla.

Nada lo estaba fuera de ella.

—Renata.

La voz me atravesó.

—Vámonos. YA.

Levanté la mirada.

Y supe.

Valentina estaba pálida.

Pero no era miedo.

Era algo más profundo.

Algo que no había visto en ella jamás.

—¿Qué? ¡Aún no acaba!

—La gente se está volviendo loca.

Detrás de ella…

gritos.

No de emoción.

No de adrenalina.

Gritos rotos.

Desesperados.

Los autos comenzaron a frenar.

Uno chocó.

Otro.

Luego varios.

El sonido del impacto se mezcló con algo peor.

Carne.

Golpes.

Alaridos.

—Corre.

No discutí.

Bajamos hacia la pista.

Y entonces…

los vi.

No eran personas.

Pero lo parecían.

Se movían mal.

Demasiado rápido… o demasiado torcido.

Saltaban.

Se abalanzaban.

Emitían sonidos que no eran gritos… pero tampoco gruñidos.

Algo entre ambos.

Algo incorrecto.

Los pilotos salían de sus monoplazas.

Algunos caían antes de lograrlo.

Otros…

ni siquiera tenían oportunidad.

—¡Valentina, espera!

—¡NO TE DETENGAS!

Pero lo vi.

Lando.

Herido.

Atascado.

Respirando con dificultad.

El mundo se redujo a eso.

Corrí hacia él.

—¡¿Estás bien?!

Sus ojos estaban perdidos.

—¿Quién… eres…?

—No importa. Tenemos que irnos.

Intenté levantarlo.

No se movía.

Un sonido detrás.

Algo arrastrándose.

Demasiado cerca.

Miré a un lado.

Kimi.

Atrapado.

Sangrando.

Inmóvil.

—Ayuda a Lando —dije—. Yo voy por él.

—¡¿Estás loca?!

—¡Entonces ayúdame o vete!

Silencio.

Un segundo que pesó demasiado.

Valentina cedió.

Lo sacamos.

Como pudimos.

Como si aún importara hacerlo bien.

Entonces—

explosión.

El calor nos golpeó la espalda.

Fuego.

Metal.

Gritos.

Cargamos a Kimi.

Avanzamos.

Tropezando.

Resbalando.

A nuestro alrededor…

cuerpos.

Demasiados.

Equipos enteros…

desaparecidos.

Y entre ellos…

ellos.

Caminando.

Observando.

Siguiendo.

Uno se detuvo.

Giró lentamente la cabeza hacia nosotros.

Sus ojos negros…

lloraban algo espeso.

Oscuro.

Y entonces gritó.

No como un monstruo.

Como un humano.

Y otros respondieron.

Fue ahí cuando entendí—

esto no era caos.

Era cacería.

Y nosotros…

acabábamos de ser vistos.

Next Chapter