Dónde el tren no llega

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Summary

4 amigos de la infancia comunes y corrientes tras una avalancha de problemas tendrán que arreglárselas para salir adelante juntos y poder continuar con una vida genuinamente "normal" ¿Lo lograrán?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

UNA MÁSCARA ROTA

Oliver abrió los ojos antes de que sonara cualquier alarma. El techo de su cuarto tenía la misma grieta de siempre, esa que parecía una sonrisa torcida burlándose de él cada que podia al ver cómo intentaba fingir que nada pasaba. Tenía doce años, pero esa mañana se sentía como si cargara cincuenta. Se quedó ahí un rato, respirando lento, con la mirada perdida en esa grieta. Dentro de su pecho había un vacío que ya conocía demasiado bien: el mismo que aparecía cada vez que recordaba los gritos de anoche, el portazo, la voz de su mamá llamando “inútil” a todo el mundo.

Pero no podía quedarse ahí. No hoy.

Se levantó de un salto, se pasó la mano por el pelo teñido de amarillo con rayas negras (lo había hecho él mismo con tinte barato que le regaló Emilio) y se puso la playera más limpia que encontró. Frente al espejo roto del baño se obligó a sonreír. Una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero que servía. “Todo bien, Oli. Todo bien”, se dijo en voz baja.

Cuando salió al pasillo, el olor a café quemado y cigarro lo golpeó. Emilio ya estaba en la cocina, alto y desgarbado con sus 15 años, preparando huevos revueltos con lo poco que había. Su hermano mayor lo vio y le sonrió de verdad, esa sonrisa cansada pero real.

—Órale, pinche enano. ¿Dormiste algo o nomás te quedaste pensando pendejadas otra vez?

Oliver se acercó y le dio un empujón suave en el hombro.

—Calla, viejo. Tú eres el que ronca como tráiler.

Emilio soltó una risa baja y le revolvió el pelo con fuerza, desacomodándole las rayas negras.

—Come rápido antes de que mamá se levante. Hoy no quiero pedos tan temprano.

Se sentaron a la mesa pequeña. Por unos minutos todo parecía casi normal. Emilio le platicaba de un carro viejo que había visto en el taller del barrio, uno que decía que algún día iban a arreglar juntos. Oliver lo escuchaba con los ojos brillando un poco. Soñaba con eso: estar bajo un capó, con las manos llenas de grasa, lejos de los gritos. Ser mecánico, o mejor, piloto de carreras. Acelerar y dejar toda esta mierda atrás.

Pero entonces se escuchó la puerta del cuarto de los papás. La voz de la mamá ya venía cargada:

—¡¿Otra vez dejaste la luz prendida, pendejo?! ¡Siempre lo mismo con ustedes!

Emilio suspiró y le hizo una seña a Oliver de “cállate y come”. El papá salió en silencio, con los ojos rojos de haber bebido anoche, pero como siempre, sin levantar la voz. Solo se sentó y miró su plato sin decir nada.

Oliver fingió que no pasaba nada. Sonrió cuando Emilio le contó un chiste tonto. Asintió cuando su papá le preguntó cómo iba la escuela. La máscara estaba puesta.

En la escuela todo era igual. Jonathan lo esperaba en el rincón de siempre, con su pelo blanco albino brillando bajo el sol como si fuera un fantasma. No hablaba mucho, casi nunca. Pero cuando vio a Oliver solo levantó la mano en un saludo pequeño y le pasó un dibujo que había hecho: un carro de carreras destrozado pero todavía corriendo.

—Pensé que te gustaría —murmuró Jonathan, casi sin mirarlo.

Oliver sonrió de verdad por primera vez en el día.

—Está chingón, wey. Gracias.

Alex llegó corriendo después, con su playera oversized y short, pelo semi-rojo todo revuelto por el viento.

—¡Órale, cabrones! ¿Listos pa’ que les cuente cómo casi me rompo la madre ayer haciendo parkour en el muro del kinder abandonado?

Y empezó a contar la historia exagerada, haciendo gestos, imitando cómo se cayó. Oliver y Jonathan se rieron. Alex siempre lograba eso: hacer que por un rato olvidaran la mierda que cargaban.

Carolina apareció al rato, más chiquita que los tres (1.60 contra sus 1.75 y 1.76), pelo castaño recogido y cara de “ya valió madres el día”. Se sentó con ellos sin pedir permiso, como había empezado a hacer las últimas semanas.

—Mis tíos otra vez con la misma canción —dijo bajito—. “Vas a casarte con alguien que tenga dinero, Carolina. Aprende a cocinar, no a andar con vagos.” Pinches viejos.

Oliver la miró. Algo en la forma en que ella hablaba le hacía sentir que no estaba tan solo.

—Al menos tú les contestas. Yo nomás me quedo callado.

Ella lo miró directo a los ojos.

—Algún día vas a tener que dejar de callarte, Oli.

La tarde pasó entre clases aburridas y ratos robados en el patio. Oliver seguía fingiendo. Sonreía. Hacía tareas. Pero por dentro solo pensaba en llegar a casa y que no hubiera gritos.

Esa noche la pelea fue peor.

Los gritos atravesaban las paredes. Su mamá insultando al papá, el papá intentando calmarla con voz cansada, cosas rompiéndose. Oliver se encerró en su cuarto con las manos en los oídos. Emilio entró un momento, se sentó en la cama y solo le puso una mano en el hombro.

—No salgas, enano. Mañana será mejor.

Pero no fue mejor.

Cuando todo se calmó un poco, Oliver salió de la casa por la ventana. Caminó hasta el parque viejo y se sentó en el columpio oxidado. No esperaba que alguien llegara… hasta que vio a Carolina acercándose con las manos en los bolsillos de su chamarra.

—¿Otra vez? —preguntó ella sentándose a su lado.

Oliver asintió sin mirarla. Tenía los ojos rojos pero no quería llorar.

—Siempre es lo mismo. Gritos, insultos… y yo nomás fingiendo que estoy bien.

Carolina se quedó callada un rato. Luego habló suave pero directo:

—Oli, escúchame. Tú no eres responsable de sus pedos. Ni de tu mamá, ni de tu papá, ni de Emilio. Tú eres un morro de 12 años que quiere arreglar carros y correr rápido. Pero si sigues tragándote todo esto… te vas a romper por dentro como un vidrio. Y cuando te rompas, nadie va a poder pegarte de nuevo.

Oliver sintió que algo se le movía en el pecho. Una lágrima traicionera se le escapó.

—¿Y qué hago? ¿Me voy? ¿Los dejo solos?

Carolina lo miró seria.

—No lo sé. Pero sí sé que fingir que estás bien no está funcionando. Algún día vas a tener que elegir: seguir siendo el Oli que sonríe aunque se esté muriendo por dentro… o empezar a ser el que de verdad quiere vivir.

Se quedaron ahí un buen rato, en silencio. Oliver no contestó, pero las palabras de Carolina se le quedaron clavadas como espinas.

Cuando regresó a casa, Emilio lo esperaba despierto.

—¿Estás bien, enano?

Oliver se obligó a sonreír otra vez.

—Todo bien, hermano. Todo bien.

Pero por primera vez en mucho tiempo, esa máscara se sentía más pesada que nunca.