Capítulo 1
Mi pulso está acelerado. Mi corazón palpita como si acabara de correr un maratón. Estoy asustada, perdida; todo está oscuro. No veo nada, no escucho nada.
No soy capaz de moverme del lugar en el que me encuentro. Siento frío, pero no hay brisa que revuelva mi cabello. Miro a todos lados, buscando alguna luz, algo que me ayude a saber dónde estoy. Intento gritar, pero mi boca está sellada; es como si estuviera cosida con hilos invisibles.
Mi respiración se acelera aún más. El nerviosismo crece.
De repente, escucho voces. Entre ellas… mi nombre. Pero no soy capaz de identificarlas.
Una luz… un pequeño haz.
Un foco se enciende frente a mí. Intento correr hacia él, pero no puedo. Mis pies siguen pegados al asfalto.
¿Estoy descalza?
Aquella pequeña luz se hace cada vez más grande. Llega un punto en el que está tan cerca que puedo sentir el calor emanar de ella.
¿De dónde proviene? No lo sé.
Siento un dolor horrible en el pecho…
Caigo de rodillas. Aprieto mi pecho con fuerza, intentando contener algo que no puedo ver… ni entender.
Otra punzada.
Más fuerte.
Más profunda.
El dolor crece hasta volverse insoportable.
Voy perdiendo el conocimiento. Todo vuelve a ser oscuridad…
Y, justo antes de que el silencio lo cubra todo, escucho una voz:
—Eres fuerte… no te rindas…
—Aún no es tu final…
—Cuando llegue el momento…
—sal de la caja roja.
Mi vista está clavada en el reloj de la pared, justo sobre el pizarrón.
Cuento los minutos… y los segundos que faltan para salir de aquí.
No he dejado de mirarlo en más de media hora.
Y han sido los treinta minutos más largos de mi vida.
Aún faltan diez.
Los peores.
—Tierra llamando a Allyson…
Salgo de mis pensamientos al escuchar la voz de Drake, mi mejor amigo, sentado en el pupitre a mi lado. Giro la cabeza lentamente.
—¿Algo que quieras decirme? —le digo, un poco fastidiada por la interrupción.
—Vas a desaparecer el reloj si lo sigues mirando así.
Se ríe por lo bajo, y no puedo evitar imitarlo.
—Tal vez si lo miro lo suficiente, se canse… y corra más rápido.
Se me queda mirando como si me hubiera salido un tercer ojo.
—A veces me pregunto cómo puedo ser tu amigo.
Hace una pausa dramática.
—Luego recuerdo que no puedo vivir sin ti… y se me pasa.
—Señor Jackson y señorita Hampton —la voz de la maestra corta el momento—, ¿tienen algo que compartir con la clase?
—No, maestra —responde Drake, bajando la cabeza para esconder la sonrisa.
—Entonces les agradecería que prestaran atención.
Ambos asentimos por inercia.
Vuelvo al reloj.
Y casi salto en mi asiento cuando finalmente...
Riiiiing.
Recojo mis cosas con rapidez y espero a que Drake haga lo mismo para salir juntos.
—¡Por fin es viernes! —grito apenas cruzamos al estacionamiento.
—Y sabes lo que eso significa…
—¡No más clases!
—¡Fiesta!
Decimos al mismo tiempo… y reímos, como siempre.
—Escuché que hay pelea esta noche.
Me giro hacia él de inmediato.
—¿Dónde?
Una sonrisa se le escapa, como si ya supiera que esa sería mi reacción.
—Nuestro contacto llamó esta mañana.
Hace una pausa, mirándome de reojo.
—Zona sur. El mismo sitio de la última vez.
Siento algo moverse en mi pecho.
No nervios.
Necesidad.
—¿A qué hora?
—Nueve.
—Nueve treinta —corrijo sin pensarlo—. Papá sale a las nueve. Quiero asegurarme de que no esté en casa cuando llegues —añado—. No estoy de humor para interrogatorios.
Drake suelta una risa baja.
—Algún día te van a encerrar.
—Que lo intenten.
Nos detenemos frente a su Porsche negro.
No tengo idea del modelo exacto… pero Drake sí. Siempre lo sabe.
Ha pasado meses hablándome de motores, versiones y ediciones como si fuera un idioma que debería entender.
Supongo que algo se me quedó.
Lo suficiente como para saber que este coche es ridículamente caro… y que lo adora más que a la mitad de la gente que conoce.
—Voy a pasar por ti a las nueve —dice.
—Nueve treinta.
—Claro… Cenicienta.
—Te odio.
—No es cierto.
—No, pero me gusta que lo creas.
Me bajo del auto y me detengo frente a la mansión Hampton.
La observo por un momento.
La casa sigue siendo la misma, pero desde hace años ya no se siente igual. Demasiado grande. Demasiado silenciosa. Ya no somos los mismos.
—¿Ally?
Su voz me saca de mis pensamientos.
Me giro. Está dentro de su Volvo negro, mirándome con atención.
—Hola, pa.
—¿Qué haces ahí parada?
—Nada… acabo de llegar.
Me hace una seña para que suba al auto y juntos avanzamos hasta la entrada.
—¿Cómo te fue hoy? —pregunta.
—Bien.
—¿Solo bien?
—¿Quieres un reporte detallado?
Lo digo con una media sonrisa. Él no.
—Solo quiero saber que todo está en orden.
Siempre quiere eso.
Que todo esté en orden.
Caminamos a la par y, en un gesto casi automático, pasa su brazo por mis hombros.
—¿Qué tal el trabajo?
—Exhaustivo como siempre —responde.
No pregunto más.
Nunca lo hago.
Papá no habla conmigo sobre su trabajo. Solo sé lo necesario: eventos, reuniones… lo que debo atender cuando me corresponde.
Y, la verdad, tampoco es que me interese demasiado.
Se despide con un beso en la frente y se dirige a su despacho.
Subo a mi habitación, me ducho y dejo pasar el tiempo entre cosas sin importancia hasta la cena.
Cuando me avisan que está lista, me cambio rápido.
A papá no le gusta que ande en pijama por la casa. Siempre hay gente. Siempre puede aparecer alguien.
Cuando entro al comedor, él ya está sentado, con el periódico en las manos.
Tan concentrado que ni levanta la vista.
—¿El periódico no se lee en la mañana? —pregunto mientras me siento.
—No tuve tiempo.
Claro.
Nunca tiene tiempo.
Empiezan a servir la comida y es entonces cuando deja el periódico a un lado.
—No sé para qué lo lees —digo—. Nunca dicen nada interesante.
—Sirve más de lo que crees.
Lo miro.
—Por ejemplo… me permite enterarme de lo que haces.
El tenedor se queda suspendido en mi mano.
—Y evitar que otros lo hagan.
—No puedo estar cubriendo siempre tus errores, Allyson.
Su tono no es alto. Pero es firme.
—Deja de ir a esos lugares.
No es una sugerencia. Nunca lo es.
Subo a mi habitación sin decir nada más. Cierro la puerta. Y entonces… respiro. De verdad.
Abro el armario y saco lo primero que encuentro: shorts deportivos, una camiseta ajustada y mis zapatillas.
Nada llamativo.
Nada que levante sospechas.
Me recojo el cabello en una coleta alta y preparo una mochila con lo básico: agua, una muda de ropa… y lo necesario por si algo sale mal.
Siempre puede salir mal.
Cuando estoy terminando, alguien toca la puerta.
Me quedo inmóvil.
—¿Ally?
Es mi padre.
—Sí —respondo, intentando sonar normal.
—Ya me voy.
El aire vuelve a mis pulmones.
—No te desveles.
Escucho sus pasos alejarse por el pasillo. Y no me muevo… hasta que dejo de oírlos por completo.
Camino hasta la ventana y miro hacia la entrada. Su auto desaparece por el camino empedrado. Y entonces sí.
Estoy sola.
Tomo el teléfono.
Estoy lista.
La respuesta llega casi al instante:
Dos cuadras.
Bajo las escaleras con calma.
Sin prisa.
Como si no estuviera haciendo nada fuera de lo normal.
Uno de los guardias me detiene antes de salir.
—¿Va a salir, señorita?
—Voy con Drake —respondo sin dudar—. Mi padre lo sabe.
El hombre mira hacia la entrada.
Justo a tiempo. El auto aparece.
Asiente. Y me deja pasar.
Subo al auto y cierro la puerta.
El sonido queda atrás.
La casa… también.
Drake me mira de reojo.
—¿Lista?
Sonrío.
—Siempre.
Drake se detiene en una calle que nadie usaría por elección. Oscura. Vacía.
Perfecta.
Un hombre vestido de negro se acerca sin decir una palabra.
Drake le entrega dinero sin siquiera mirarlo. Demasiado dinero… por cuidar un auto.
Pero aquí todo funciona así. Pagas… y no haces preguntas.
Caminamos hasta el final del callejón.
Una puerta de metal. Grande. Cerrada. Nada indica lo que hay detrás. Y eso es exactamente la idea.
El tipo de la puerta nos mira como si estuviéramos perdiendo su tiempo.
—¿Qué buscan?
—La Ratonera —dice Drake.
El hombre me mira entonces.
De arriba abajo.
Evaluando.
—¿Tú o ella?
—Ella —responde Drake sin dudar.
El tipo suelta una carcajada.
Fuerte.
Desagradable.
—Vuelvan a casa, niños.
Aprieto la mandíbula. Ya he escuchado eso antes. Demasiadas veces.
—¿Cuánto quieres apostar a que gano? —digo, dando un paso al frente.
El hombre alza una ceja.
—¿Y tú con qué vas a apostar?
Levanto la muñeca. El brazalete brilla bajo la luz tenue. No tiene idea de cuánto vale. Y no pienso decírselo.
—Diez mil —añado.
Su sonrisa cambia.
—Si pierdes, me lo quedo.
—Si gano…
Miro detrás de él.
El Mercedes.
—Quiero tu auto.
La puerta se abre. Y el ruido nos golpea de inmediato. Música. Gritos. Golpes. Bajamos por unas escaleras estrechas, mal iluminadas.
Y con cada paso… el mundo de arriba desaparece.
El lugar está lleno. Demasiado lleno. Cuerpos apretados. Alcohol. Humo. Nadie presta atención a nadie. Y al mismo tiempo… todos lo ven todo.
Este lugar tiene sus propias reglas. Y si no las conoces, no sales bien.
—Miren quién volvió…
La voz llega desde atrás.
La Cobra.
Se acerca con esa sonrisa torcida que nunca promete nada bueno. Me abraza sin permiso.
El olor a marihuana es imposible de ignorar.
—Pensé que no aparecerías —dice Drake.
—¿Perderme esto de mi campeona? Ni muerto.
Me mira con descaro.
No es la primera vez.
La Cobra ha intentado ligar conmigo más veces de las que puedo contar, pero aquí todos creen que Drake es mi novio.
Y, la verdad, eso me ahorra muchos problemas.
—Creo que por fin tendré un auto esta noche —digo, con una media sonrisa—. Alguien apostó contra mí.
La Cobra suelta una risa baja.
—¿Qué clase de idiota hace eso?
—El mismo que viene hacia acá.
Él gira la cabeza y, al verlo, su sonrisa cambia.
Más afilada.
Más interesada.
—Hora de que empiece el espectáculo.
Se aleja sin decir más.
Lo veo hablar con uno de los organizadores y, unos segundos después, vuelve.
—Bien, Alice —dice, usando mi nombre aquí—. Tu contrincante será El Sabueso.
Hace una pausa, evaluando mi reacción.
—Es duro.
—Mejor —respondo sin pensarlo.
Su sonrisa se ensancha.
—Confío en que puedes vencerlo… pero más te vale hacerlo.
Su tono cambia apenas.
Lo suficiente.
—Hay mucho dinero en juego.
Y esta vez… no es opcional.
Lo miro fijo.
—Sabes que no estoy aquí por el dinero.
—Lo sé —responde.
Pero yo sí.
Silencio.
—Y si pierdes… tendremos un problema.
No digo nada.
No hace falta.
Asiento.
Y me preparo.
El hombre que había hablado con la cobra hace unos minutos llama la atención de todos y anuncia que la pelea está por comenzar, así que todos hacen un círculo dejando el centro del lugar despejado, que es donde se llevaría a cabo el combate. Una fuerte luz se enciende, dejando a la vista el área vacía.
Él menciona el nombre de mi contrincante y lo veo aparecer desde la multitud. Es un tipo alto, de hombros anchos y rostro rudo. Se detiene en el centro con una seguridad casi arrogante, como si el resultado ya estuviera decidido. Su peso se siente en cada paso.
Sinceramente, no creo que tenga agilidad para pelear; es muy pesado y dudo que pueda verme venir. Claro que Drake siempre me dice que nunca subestime a mi oponente, así que me limito a observarlo, a medirlo con calma: la tensión en sus hombros, la rigidez de su postura, la forma en que distribuye el peso.
Escucho al hombre mencionar mi nombre falso y me posiciono al otro lado del círculo. Los murmullos no tardan en aparecer, seguidos de algunas risas contenidas. No necesito oírlos para saber lo que piensan.
Demasiado pequeña. Demasiado delgada. Demasiado fácil.
Dejo que lo crean.
Mi contrincante flexiona los dedos y avanza. No pierde el tiempo.
El primer golpe llega rápido, directo al rostro. Bajo la cabeza en el último instante; el aire se corta junto a mi mejilla. No me detengo. Giro sobre mi propio eje y salgo de su alcance antes de que pueda corregir el movimiento.
Vuelve a atacar.
Esta vez baja el brazo con más fuerza, buscando aplastarme. Retrocedo lo justo, deslizando los pies con precisión. El impacto contra el vacío lo arrastra un paso más allá de su centro.
Empieza a perder el control.
No intento enfrentarlo de frente. Sería un error. En cambio, me muevo alrededor, obligándolo a girar, a perseguirme, a gastar energía en cada intento fallido. Sus movimientos son amplios, pesados. Los míos, cortos, medidos.
Eficientes.
El público cambia de tono. Las risas desaparecen, reemplazadas por una atención tensa, expectante.
Él lo nota.
Aprieta la mandíbula. Sus ataques se vuelven más rápidos, pero menos precisos. Quiere terminar esto ya. Quiere demostrar que tiene el control.
Uno, dos, tres intentos.
Su respiración se vuelve irregular. Sus hombros se tensan más de lo necesario.
Y entonces… ahí está.
Un descenso mínimo en la guardia. Un instante. Suficiente.
No lo pienso. Avanzo. Un paso dentro de su alcance. Giro la cadera. Y golpeo. Directo. Limpio. Preciso.
Su cabeza se va hacia atrás. Su cuerpo tarda un segundo en reaccionar y luego cae. Pesado. Inerte.
El golpe contra el suelo retumba en todo el lugar.
Silencio.
Un silencio denso. Incrédulo. Nadie se mueve. Hasta que alguien grita. Y entonces el lugar estalla.
Los gritos me rodean, pero apenas los escucho. Mi respiración sigue acelerada. Mi pulso… descontrolado. Él no se levanta. La pelea terminó.
—¡Ganadora! —anuncia la voz por encima del ruido.
La Cobra aparece a mi lado y deja el dinero en mi mano.
—Sabía que ibas a ganar.
Sonrío apenas.
—¿Alguna vez te he fallado?
Algunas personas se acercan. Felicitaciones. Palmas en la espalda. No me quedo. Nunca me quedo.
El tipo de la entrada se acerca también.
—No debí subestimarte…
Saca las llaves. Las miro. Y las empujo de vuelta hacia él.
—Quédate con tu auto.
Frunce el ceño.
—Aprende algo mejor.
No añado nada más.
No hace falta.
Voy hacia la barra. Drake ya está allí. Me abraza sin decir nada. Me pasa una botella.
—Hora de irnos —dice Drake en voz baja.
Asiento.
—¿Estábamos jugando a la lucha?
Sonrío apenas.
—Claro.
Salimos del lugar dejando el bullicio atrás.
El aire de la noche golpea distinto. Más frío. Más limpio.
Camino junto a Drake hacia el auto, todavía con la adrenalina corriendo por mis venas, con el pulso acelerado y el cuerpo resentido… pero vivo.
Y entonces… lo siento. No es un sonido. No es un movimiento. Es una sensación. Como si algo no encajara.
Levanto la mirada. Y lo veo.
Está a unos metros, medio oculto por la sombra de un poste de luz. Inmóvil. No fuma. No habla. No se mueve. Solo observa.
A mí.
Frunzo ligeramente el ceño. No parece parte del lugar. No encaja con el resto.
Y aun así… hay algo en él. Algo que me resulta… familiar. Como si ya lo hubiera visto antes.
—¿Ally?
Parpadeo.
Drake ya está junto al auto, mirándome.
Aparto la vista demasiado rápido.
—Nada —respondo, caminando hacia él.
Subo al auto.
Cuando miro por la ventana… él sigue ahí. Sin moverse. Sin apartar la mirada. Observándome.
Drake arranca.
El auto se pone en marcha. Pero no dejo de mirar. Hasta que la distancia lo borra.
—Otra pelea más en la que sales vencedora —dice Drake, rompiendo el silencio.
Le paso parte del dinero sin mirarlo.
—Otra más.
—Cada vez te cuesta menos.
Niego apenas.
—Cada vez necesito más.
El silencio vuelve a llenar el auto.
Apoyo la cabeza contra el asiento, cerrando los ojos por un segundo.
—Cinco años más —murmuro—. Y podré hacer esto sin esconderme.
Drake no responde. Pero yo tampoco necesito que lo haga.
Afuera, la ciudad sigue su curso. Normal. Tranquila. Como si nada hubiera pasado.
Pero algo… no se siente igual.
Y, aunque no sé por qué… tengo la sensación de que esto apenas está empezando.