MARRAKECH 1
Tras trabajar intensamente el último invierno, decidí de una puñetera vez tomarme un tiempo sabático indefinido. Quería ir en busca de la felicidad, del equilibrio y de la verdad; si es que esas palabras existen en la realidad y no son solo creencias idealizadas que nos ayudan a transitar la vida pensando que somos interminables e invulnerables. Vivimos creyendo que nunca enfermaremos, que no seremos presa de una desgracia y que no moriremos; que esas son cosas que les pasan a los demás porque nosotros contamos con la protección del todopoderoso padre supremo que, si miráramos con detenimiento, notaríamos que suele desatender las “obligaciones con sus hijos” con demasiada frecuencia.
Antes de que cualquier nueva fatalidad impidiera mi propósito, decidí robarle una parte al estrés y otra a mis ahorros con el fin de ordenar mi vida y ver si valía la pena seguir con el mismo ritmo o cambiar de canción. Puesto que durante treinta y tantos años no me había alejado lo suficiente de lo que ahora llaman cursimente «zona de confort»; tenía bien claro que lo que buscaba difícilmente estaría en casa. Así que decidí viajar para ver de cerca un mundo que, hasta ahora, se regía en mi cabeza por estereotipos y crónicas prefabricadas cortadas por un mismo patrón. Estaba convencido de que tenía que encontrar algo que le diera sentido a mi vida, y de que ese algo me esperaba afuera.
El globo terráqueo del despacho marcó el inicio del viaje. Giré la esfera con fuerza y, con los ojos cerrados, mantuve el índice a unos centímetros de la superficie. Cuando sentí que se detenía, abrí los ojos: Turquía. ¡Uf! No me apetecía empezar por allí, además eran los archienemigos de mi admirado Lawrence, así que hice trampa y, desviando el dedo a voluntad, aterricé en Marruecos. Estaba mucho más cerca de las Islas Canarias —mi punto de partida— y, al menos, es un país que me resultaba algo más familiar…
En una ocasión mi amigo Enrique, canario-finlandés, me dijo que iban a venir unos primos suyos de Finlandia a Tenerife. En ese momento, el aeropuerto estaba en obras de reforma y, francamente, daba vergüenza ver cómo tenían aquello. Le comenté mi pensamiento esperando que corroborara mi malestar; sin embargo, su respuesta fue positiva. Me dijo con aplomo: «Eso a ellos les gusta; están acostumbrados a demasiado orden y limpieza, y llega un momento que aburre. Un pequeño caos es, quizá, lo que a un nórdico le apetece encontrar cuando viaja hacia el sur».
Aeropuerto de Marrakech-Menara: caos y mucha, mucha… demasiada gente. En su mayoría eran varones con sus chilabas y sus babuchas, caminando de un sitio a otro, frente a los mostradores del control de pasaportes, como perdidos y sin un rumbo claro. También destacaba el vocerío, que a veces llegaba a ser un grito de discusión que, de un momento a otro, dejaba de oírse para aparecer en otro lado; vi que se enfadaban y se desenfadaban en un plis plas. Ahora entendí a Enrique, aquella salsa era parte de un decorado totalmente nuevo y excitante para mi.
Un individuo vestido a la europea se me acercó y tiró del pasaporte que llevaba en la mano. Cuando hice ademán de pararlo, me enseñó una placa —creo que de policía— y, con buen talante, me dijo en un perfecto español: «Voy a ayudarte, si no, puedes estar aquí hasta la noche para pasar la aduana. No te muevas de este sitio».
Me sentí desnudo. Estaba en un lugar con tanto caos, con una cultura tan diferente y sin conocer el idioma, esperando que aquel individuo fuera un policía de verdad y no un ladrón de pasaportes de turistas pardillos que confían en que la gente es buena en cualquier país.
Poco tardó en regresar con mi pasaporte sellado y en regla. Dudé si debía darle una propina o si eso le ofendería; finalmente, opté por no arriesgarme a ofenderle. Le di las gracias y desapareció.
Al salir del aeropuerto, a eso de las tres de la tarde, sentí por primera vez un golpe de calor como nunca antes había experimentado. Inmediatamente subí al microbús que tenía el rótulo del hotel. Me identifiqué ante el conductor, quien cerró la puerta de inmediato para que el calor no entrara en demasía. Acomodado en mi asiento, sentí que algo recorría mi espalda: era mi propio sudor, que pronto cubrió todo mi cuerpo y mi ropa. Aquello era como estar en una sauna a alta temperatura, destilaba todo lo bebido en un momento. Puedo decir que, curiosamente, aquella pegajosa sensación me gustó. Me demostraba que estaba en el desierto o cerca de él y eso ya me olía a aventura.
Atasco tras atasco, llegamos por fin al Royal Mirage Deluxe Hotel. No tenía mala pinta, pero al abrir la puerta me encontré con una habitación muy oscura a pesar de su balconada. Solté la maleta y fui a descorrer las cortinas, pero mi decepción continuó y fue a mayores: vi que todos los muebles eran negros (cama, mesillas, butacas, marcos de los cuadros y de las puertas...). Daba la sensación de haber entrado en el decorado de una película de Boris Karloff. ¡Vaya, qué fuerte! Me senté en la cama, desanimado y vigilante de que pudiera haber una aparición de repente. Voy a tener problemas para conciliar el sueño, seguro.
Dormí como un bendito; aquel decorado no pudo con mi cansancio. Tras desayunar, pasé por recepción para que me subieran unas toallas adecuadas a mi tamaño, no hubo problema. Al girarme hacia el ascensor, me topé con un chico árabe de veintitantos años con la cara un tanto desfigurada que me miraba de frente. Con el acento propio de su lengua, me soltó con aplomo que él sería mi guía en Marrakech. Rechacé el ofrecimiento, pero él insistió:
—Yo soy tu guía en Marruecos.
Le di la espalda negando con la cabeza y el índice. Entonces, la voz del recepcionista intervino para recomendar al muchacho, insistiendo en lo fácil que era perderse por la ciudad y en que el servicio solo me costaría unos 40 dírhams, o sea, quinientas pesetas por todo el día. Las palabras del recepcionista me convencieron.
—¿Cómo te llamas? —pregunté.
—Anime.
Aquel nombre tan positivo y el buen talante que el joven emanaba terminaron por convencerme. No tuve más remedio que aceptar. Él esperó en el hall a que yo bajara, ya duchado y listo para recorrer la ciudad. Me sugirió visitar monumentos políticos y religiosos, pero yo tenía más interés en las personas y costumbres que en las piedras. Al fin y al cabo, esas estructuras no eran más que bloques amontonados armoniosamente por algún arquitecto para mayor gloria de un monarca, olvidando siempre el rastro del verdadero artífice y de los artesanos que volcaron su habilidad en cada detalle.
—Ahora yo soy tu “secretario”. Así que dime qué quieres hacer.
—Me gustaría dar un paseo sin rumbo —respondí—Sobre todo, intentar ir por sitios donde no encontremos a turistas como yo.
—¿Qué quieres decir con “secretario”?
—Pues eso, que yo soy tu secretario; el que se encarga de ti, lo prefiero a guía.
Iba a explicarle la definición técnica de "secretario", pero preferí callar; era mucho más interesante lo que desfilaba ante mis ojos. Noté que las chilabas conservan un aire elegante y armonioso cuando se camina erguido, pero parecen el saco gular de un pelícano cuando el portador camina inclinado hacia delante. La altura también es clave, siempre que deje a la vista unas babuchas limpias... aunque, a decir verdad, no vi ni un par que lo estuviera. Para mí, el peor aspecto era el de aquellos que calzaban sandalias a modo de zapatillas. ¡Uf! Aquellos dedos y aquellas plantas de los pies...
Anime vestía el mismo uniforme que el resto de la ciudad. Se me ocurrió preguntarle si le parecería bien que yo también vistiera una chilaba, pero no me contestó; su silencio fue respuesta suficiente.
Él caminaba delante, marcando el rumbo y abriendo paso, mientras yo le seguía entregado al placer del paseo. Poco a poco, Anime aceleró el paso y nos fuimos adentrando en zonas cada vez más concurridas. Doblamos una esquina y, de repente, nos golpeó la realidad: estábamos en el Zoco. Nunca había estado en uno, pero era evidente que habíamos llegado.
De inmediato, todas las miradas recayeron sobre mí. No creo que fuera por mi "gracioso porte", sino porque veían dinero caminando con rango de jefe; ir acompañado de un secretario me daba un plus de categoría. Anime espantaba con rapidez a los niños que se acercaban en tropel a venderme pulseras, pero cometí el error de comprarle una de lana trenzada a una niña de unos diez años. A partir de ahí, el asedio fue total. Me estaba agobiando con un mantra que repetían una y otra vez: “a ella si y a mi no, cómprame algo a mi”. Anime intervenía de vez en cuando, pero en la siguiente esquina ya los tenía encima de nuevo. Me aclaró que aquellos chicos chapurreaban cuatro o cinco idiomas a fuerza de su trajín diario a la caza del turista.
En un momento dado, un niño gordo de unos doce años intentó colarme su mercancía abriéndose paso a codazos y lastimando a una niña más pequeña. Se lo reproché con malestar:
—Así no voy a comprarte nada. Eso no se hace.
—Vete a la mierda —me soltó sin pestañear.
—Eres un "gordito malo" —le solté yo—. No se te ocurra acercarte más.
Él se plantó frente a mí:
—Eres muerto ya. Mis amigos te pincharán antes que salgas del zoco. Date muerto.
Aquella amenaza me asustó un poco. Nadie me había dicho algo semejante y, bajo aquel sol y con la cabeza llena de estereotipos de películas y novelas empecé a maquinar mi defensa. Vi en un puesto unas teteras de metal con una tapa rematada en un pináculo afilado. Pensé que aquello era un arma tan buena como cualquier otra, así que compré la mayor que había con ayuda de Anime y me negué a que la empaquetaran. Llevaría mi arma improvisada en la mano, listo por si los amigos del "gordito malo" aparecían en cualquier esquina.
Poco a poco el susto se fue diluyendo y le pedí a Anime que cargara él con la tetera. El ruido crecía y las callejuelas se estrechaban, pero los bazares seguían llenándolo todo de color. Lo que más me fascinaba eran los artesanos en sus minúsculos talleres de dos metros cuadrados, puliendo madera o cosiendo babuchas entre el humo de las soldaduras provenientes de un puesto de teteras cercano. De repente, había que pegarse a la pared para no ser arrollado por burros cargados hasta los topes; sentía el roce de la carga en mi espalda, ya empapada de sudor. Ahora entendía la presencia intermitente de excrementos que se amontonaban a lo largo del paso y que en más de una ocasión no tuve la suerte de verlos y sortearlos. Hablando de cacas; muchos de los locales descansaban en cuclillas contra los muros. Yo les observaba el entrecejo por si se les fruncía significativamente para confirmar mi teoría sobre los "hombres con chilabas sentados sin calzoncillos"; fue el propio Anime quien me confirmó que, efectivamente, la mayoría no los llevaba, pero no me aclaró si esa postura se usaba para lo que yo sospechaba.
Le pedí un lugar para descansar, esperaba una terraza fresca o un salón para fumar shisha, pero me llevó al corazón de la Medina: el zoco de las alfombras. Allí me presentó a una legión de primos y amigos. Me sentaron en una especie de pequeño trono y, frente a mí, se situó el dueño también en su trono, un poco mejor que el mío. Aquel hombre, que dirigía a sus empleados con gestos mudos, mandó que me desplegaran una alfombra tras otra. Me parecían todas iguales y yo no tenía la menor intención de comprar ninguna, ni siquiera una pequeña para felpudo.
Me trajeron un té. El ritual, que manejaba con destreza un catador, consistía en sorber el té, o sea, verterlo en el vaso, probarlo y devolverlo a la tetera una y otra vez. Harto de alfombras y ceremonias poco apetitosas e higiénicas, le solté a Anime que el médico me había prohibido el té por la tensión, que yo solo tomaba Coca-Cola fría, lo hice solo para fastidiar un poco y por asco. El jefe hizo un gesto y tres empleados salieron disparados del bazar. Mientras, seguían mostrándome alfombras polvorientas y ahora también puff de cuero de camello mal curtido, se notaba por el fuerte olor que desprendían. Al poco, alguien me tocó el hombro y presentó, como si fuera un Moët Chandon, una botella de litro y medio de Coca-Cola.
La abrieron con estrépito ante la mirada satisfecha de los "primos-empleados". Solo había dos vasos para todos. El ritual empezó por el jefe y por mi, pero en cuanto di el primer trago, el vaso empezó a rotar, recogiendo las salivas de todas las bocas presentes. Cuando el vaso regresó a mí para la segunda ronda, renuncié. Se pusieron insistentes y ese fue mi límite: me puse de pie, visiblemente enfadado, y le dije al secretario que estaba harto de alfombras y de Coca-Cola compartida. Hice un saludo-reverencia al del trono y salí de la tienda con paso firme.
Unas calles más abajo, Anime me explicó que el jefe se había ofendido con ambos. Yo, muy serio, le respondí que el contrariado era yo y que a partir de ahora se harían las cosas como yo dijera. Y que no quería conocer ni a un primo más.
Eran las tres de la tarde y el calor asfixiaba. Anime intentó animarme: dijo que ya no iríamos a más bazares y que, para compensarme, me llevaría a un sitio que me iba a gustar de verdad.
Bajamos por unos callejones donde el paisaje se volvía, a cada paso, más auténtico. Casas terreras pequeñas (casas de pueblo), chiquillos jugando en la tierra y mujeres sin tanto trapo negro encima; era evidente que estábamos en la parte pobre y natural de la ciudad, un lugar casi sin coches y ajeno al bullicio turístico. En un solar, junto a la última casa del callejón, unas gallinas picoteaban en un corralito improvisado con cañas y cuerdas.
Anime llamó a una puerta. Abrió una mujer de mediana edad, sin velo en la cabeza, de aspecto ajado y expresión hosca. Anime me miró y soltó:
—Aprovecha, es para ti.
Aquello me contrarió de verdad.
—¿Qué pasa, que es puta? —pregunté sin filtros.
La mujer me miró con cara de mucho enfado y repitió a gritos: ¡Puta, … puta! había entendido perfectamente mis palabras. Tuvimos que salir despavoridos ante la ristra de insultos y gritos que nos lanzó. Se ve que no le gustaron mis palabras; consecuentemente, a mí tampoco me gustaron sus modales, aunque yo contaba con la ventaja de no entender ni una gota de árabe.
Caminamos un buen rato en silencio tras la carrera, ambos enfadados. Al encontrar la primera sala de pipas de agua, tiré de su brazo, entramos y nos sentamos. Con señas, le pedí al encargado dos de aquellas pipas. Seguíamos callados hasta que el hombre nos preguntó qué queríamos fumar. Me adelanté rápidamente:
—No hachís.
El hombre sonrió, cruzó unas palabras con Anime y al momento trajo las pipas con una mezcla de semillas y cáscaras de fruta en el hornillo. Me miró con complicidad y repitió:
—No hachís, no hachís.
Dudé de si me decía verdad pero sin más, empezamos a fumar. Aquella fue nuestra pipa de la paz, el momento ideal para que Anime entendiera qué buscaba yo en realidad: aventura, no comprar trastos innecesarios a sus primos ni visitar burdeles. Además, ¡qué carajo iba a hacer yo con una alfombra en un avión!
Tras una charla aclaratoria, comprendió que, aunque los extranjeros viajemos relajados, no somos idiotas que compran todo por el hecho de tener dinero. Y que, a pesar de estar solteros, no necesitábamos buscarnos problemas y enfermedades porque en casa ya teníamos “amigas fuertes” con las que compartir un buen rato cuando nos apetecía; bueno, al menos las pocas veces que teníamos la suerte de coincidir.
Él, por su parte, me explicó su cruda realidad: vive al día. Gracias a mí, él, su mujer y su hija tendrían para comer una semana, pero no sabía qué pasaría después. Me confesó que se casó pagando una dote muy pequeña; sabía que el padre quería quitársela de encima porque la hija era muy fea y no iba a sacar más por ella. Intenté abogar por la mujer, pero él me cortó en seco diciéndome que me dejara de compasiones: ella era muy, muy fea, y tanto su padre como ella misma lo admitían. Era, simplemente, su realidad. Me contó que allí los hombres no solían casarse antes de los treinta porque necesitaban años para ahorrar el dinero de la dote.
—Entonces, ¿cómo resuelven sus necesidades sexuales? —pregunté con curiosidad.
—A veces con algún primo —respondió—, pero no es lo común. Lo más normal es que cada uno se quite el problema a sí mismo.
Para congraciarme con él, le dije entre risas:
—No te preocupes, la paja es de uso universal. Yo creo que lo hacen hasta los marcianos, tengan o no mazo o cueva.
Soltamos una carcajada limpia. Por fin, nos habíamos entendido. Sabía que las confidencias de ese tipo actúan como puente universal que trasciende barreras raciales y culturales.
Disfrutábamos de la charla cuando me atreví a preguntarle por la tremenda cicatriz que le cruzaba el rostro, desde la ceja hasta el mentón; un remiendo mal cosido que parecía tener la mitad de los puntos necesarios. Se tocó la cara y me confesó que, antes de ser secretario y con el afán de conseguir el precio de la dote, se había entrenado apenas una semana en el gimnasio del amigo de un primo.
Aquel contacto le concertó un combate clandestino contra un rival que le doblaba el peso, detalle del que nadie le advirtió. Aquel «hombre-camión» lo alcanzó con un solo puñetazo al inicio del primer asalto. No recordaba nada más hasta que despertó en una clínica —tan poco oficial como el combate— donde le informaron que el rival le había levantado media cara. Le aconsejaron que dejara el boxeo para quienes tuvieran un «cutis más solvente». Al verse en el espejo, decidió seguir el consejo al pie de la letra.
Su ahora esposa se sintió orgullosa de que se hubiera dejado la piel, literalmente, por ella. Con el dinero ganado en la pelea y lo que ya tenía ahorrado, se presentó ante su suegro luciendo la herida de guerra. El padre, complacido por el gesto, le hizo la rebaja correspondiente y le concedió la mano de su hija «fea pero bien ganada».
Así pasamos la tarde: intercambiando cultura popular, fumando en pipa y riéndonos de buena gana. Aún dudo de qué era exactamente lo que estábamos fumando, porque a veces las risas eran un poco descontroladas e inconsecuentes... pero mejor dejémoslo en la duda.
Anime se despidió de mí en la puerta del hotel. Nos fundimos en un abrazo y, antes de marcharse, me hizo una última advertencia: él no podía ejercer de guía oficial, pues era una labor reservada a quienes se preparaban específicamente para ello. Si la policía le detenía, el solo hecho de decir que me guiaba podría acarrearle consecuencias nefastas. Hay que tener en cuenta que en esa época a los que reincidían en el robo podían perder la mano por sentencia judicial.
Se marchó y me quedé pensando en él, lo distante de su cultura de la mía. Adiós, Anime, mi fiel secretario.
A la mañana siguiente, desperté en aquella tétrica habitación y bajé al desayuno. Reconocí a dos chicas canarias que venían en el avión y me acerqué a saludarlas. Al identificarme como paisano, me invitaron a su mesa. Eran muy guapas, sobre todo la menor: una catira de cara redonda, rubia y de ojos verdes profundos. Me contaron que eran primas y aunque nacidas en Venezuela, vivían en el barrio de San Andrés, en Santa Cruz. Nos despedimos y acordamos vernos en la piscina.
Al llegar a la zona de baño, crucé una terraza donde el servicio estaba revolucionado. Los camareros amontonados se contorsionaban como lagartos sin rabo para no perder detalle de lo que ocurría fuera. Allí estaban mis paisanas, tomando el sol al estilo de Tenerife: en topless. Tengo que reconocer que era un abundante topless. Me acomodé en una hamaca a su lado y les hice un comentario sobre el revuelo del servicio.
—Ya nos dimos cuenta —respondieron—. Son unos sátiros.
Y ni se inmutaron. Les advertí que para esos hombres, que a menudo no tocaban a una mujer hasta los treinta, aquello era un impacto visual sin precedentes.
—Que se acostumbren —sentenciaron con frialdad.
No tenían piedad. Aquella imagen quedaría grabada a fuego en el cerebro de los empleados, alimentando como decía mi confesor de juventud, el Padre Sanchez, las "flaquezas del espíritu".
Los camareros, no conformes con mirar desde su puesto de vigilancia, empezaron a deambular por el borde de la piscina con bandejas vacías, fingiendo atender a clientes imaginarios. Miraban sin el menor recato y más de uno casi cae al agua por ir embobado.
Les comenté a las chicas mi intención de ir esa tarde al Hotel La Mamounia. Sabía que visitarlo era todo un espectáculo, y aunque ellas tenían otros planes a esa hora, acordamos encontrarnos allí más tarde.
Harto de ver sufrir a tanto personal, caminando sin sentido y jugándose un buen chapuzón por el ansia de ver unas tetas en directo por primera vez, decidí subir a mi habitación para empezar a prepararme. Al Mamounia no se podía ir vestido de cualquier manera.
Ataviado con mi espléndido traje de lino crema y coronado con mi Panamá, di comienzo a la aventura que tanto había imaginado. Me sentía un Humphrey Bogart con la estatura y el andar de John Wayne; la única pena era que Ingrid Bergman no aparecía por ningún lado. Me acomodé en un taxi destartalado, posé el sombrero sobre la rodilla y, con aire solemne, le indiqué al chófer nuestro destino: “Hotel La Mamounia”.
Al llegar, un portero uniformado con mil adornos me abrió la puerta dándome la bienvenida al paraíso. Crucé el impresionante vestíbulo manteniendo mi pose de galán de cine, intentando aparentar que aquel era mi hábitat natural. No sé si di el pego, pero afortunadamente una relaciones públicas —o eso supuse— me informó de que el casino acababa de abrir. Me escoltó hasta la ventanilla de cambio, donde aceptaron mi tarjeta y me entregaron un generoso fajo de dírhams, que a su vez cambié por fichas.
El casino era un desierto de moquetas rojas y mesas de juego. Los crupieres, todos europeos —yo diría que incluso nórdicos por su cabello platino y ojos claros—, aguardaban de pie tras sus puestos, mirando al frente con una disciplina marcial. Me acerqué a la mesa de una joven y le pregunté por el nombre del juego.
—Blackjack —respondió ella.
—¿Podría jugar?
—Por supuesto.
Al notar mi evidente inexperiencia, añadió con amabilidad: «Si gusta, yo misma puedo jugar por usted». Y así fue. Yo solo pedía carta cuando ella me lo sugería o doblaba la apuesta siguiendo sus señas. No recuerdo los detalles técnicos —ni quiero recordarlos, pues sé que el azar no es lo mío—, pero el caso es que terminé recogiendo una montaña de fichas.
—¿Acepta una propina? —le pregunté, agradecido por su pericia.
—No es necesario, caballero, pero si usted lo desea, será bienvenida.
Qué muchacha tan educada. Según mis cálculos, al pasar de nuevo por ventanilla, me había hecho ganar unas 15.000 pesetas en apenas media hora. Para la época, no estaba nada mal.
Antes de salir del casino, aún vacío, giré la cabeza esperando ver a los crupieres relajarse o estirar los músculos. Nada de eso. Por una esquina apareció una fila india de relevos que, con la precisión de los recogepelotas en un torneo de tenis, sustituyeron a los que seguían firmes ante las mesas.
Curioseando por aquel palacete, encontré anuncios del White Café y el Black Café. Siguiendo las indicaciones llegué al primero: un universo de mármol impoluto donde los camareros vestían elegantes trajes blancos con pajaritas a juego. Por pura lógica, imaginé cómo sería el segundo. Efectivamente, el Café Negro era un santuario de mármol oscuro. Los camareros eran totalmente negros, salvo por el blanco reluciente de sus dientes al sonreírme. En el centro, un espléndido piano de cola era acariciado por un pianista que completaba la escena.
Satisfecho con mis ganancias, pedí una copa —algo inusual en mí—, disfrutando de la soledad del recinto.
—¿Espera compañía? —me preguntó el camarero.
—Sí, es posible que vengan dos españolas, pero dudo que me encuentren en la inmensidad de este lugar.
—Descuide, yo me encargo —sentenció él con profesionalidad.
Y allí me quedé, saboreando el trago, la música y mis ensoñaciones de Bogart, hasta que oí al camarero charlando con las chicas. Me levanté y saludé a mis amigas de San Andrés. Entre confidencias sobre lo extraordinario del lugar, intercambiamos nuestras agendas para los días venideros. Les hablé de mi próximo deseo: partir hacia el desierto, dormir bajo una jaima y conocer, al fin, la vida de los Touaregs bajo un techo de estrellas.
A ellas el plan les pareció espléndido y se apuntaron sin esperar invitación.
—Iré en camello —les advertí, intentando disuadirlas—, y son un par de horas o tres largas de trayecto.
—No nos importa —respondieron al unísono.
—Ya, pero es que solo he reservado un animal…
—No te preocupes, llama al guía y que consiga dos más.
—Es que el Touareg de la jaima solo espera a un visitante —insistí, agotando mis cartuchos—, y si aparecemos tres, igual se lo toma a mal.
—Si vamos más, seguro que le viene bien el dinerito extra —sentenciaron.
Tras aquel desfile de excusas vanas, no tuve más remedio que ser honesto: quería ir solo. No me apetecía la compañía de quienes no comprenden que las costumbres locales se respetan, no se cuestionan. Podía surgir un problema serio en la profundidad del desierto si les daba por un capricho "contracultural", como el de la piscina de aquella mañana. Así que, tajante, repetí: «Quiero ir solo».
El ambiente se enfrió al instante. Para compensar el desplante, me ofrecí a escoltarlas de vuelta a nuestro hotel, oferta que aceptaron de buen grado. Decidí cerrar aquella tarde de película por todo lo alto y pedí al botones que llamara a una calesa.
El asiento trasero era suficiente para los tres, y así comenzó el trote de aquel pobre jamelgo cuyo aspecto delataba una dieta más que insuficiente. No sé qué demonios comería el animal, pero se encargó de perfumar todo nuestro trayecto. Casi llegando al destino, la situación se volvió insoportable; tuve que increpar al arriero diciéndole que, o contenía las flatulencias del caballo, o me bajaba allí mismo sin pagarle un céntimo.
El hombre debió de entender lo que quiso, pues se limitó a dedicarme una sonrisa amable, mostrando unos dientes que, sospecho, no estaban mucho más limpios que las entrañas de su oloroso animal. Me alegré de que la Bergman no apareciera, hubiera sido bochornoso.
Lo que comenzó siendo una tarde de película terminó de forma tensa y maloliente.
A la mañana siguiente me desperté rebosante de optimismo. Sabía que me aguardaba una gran aventura y, además, a lomos de un camello, que siempre ha sido mi animal predilecto. Las cosas marchaban sobre ruedas; ni rastro de las chicas en el desayuno. Ya ataviado con mi traje de explorador y mi salacot, me aposté en la puerta del hotel, listo para la gloria.
Pero lo que comenzó como un sueño épico se torció de la peor manera. Por la avenida, vi aproximarse al guía que había contratado; pero no venía con dromedarios, sino tirando de la cuerda de un burro, al que seguían mansamente un segundo y un tercer asno. Tras una acalorada discusión en un idioma ininteligible, mediada por la traducción del portero y avergonzado por el escándalo que estábamos formando en la puerta del hotel por la que transitaban otros clientes mirándonos desagradablemente, me di media vuelta derrotado. Me encerré en mi habitación, cambié el uniforme de aventura por el bañador y la bata, y me marché a la piscina a digerir el estrés. Estaba allí, mascullando mi mala suerte en voz alta, aprovechando que a esa hora temprana no había nadie a mi alrededor.
Al rato aparecieron las chicas. Se acercaron curiosas, pues ya me imaginaban perdido en el horizonte. Tras haberlas rechazado el día anterior, no tuve fuerzas para inventar más embustes y les confesé la puñetera verdad: mi guía se había presentado con una flotilla de burros en lugar de los camellos prometidos.
Las risas de los tres rompieron el silencio de la piscina. Ellas, por su parte, lo tenían todo organizado: a mediodía vendrían unos guías con camellos para llevarlas a una jaima. No me quedó más remedio que tragarme el orgullo y preguntarles, casi en un susurro, si podía unirme a la expedición… siempre que sobraran camellos.
A las doce y media en punto, la caravana estaba frente al hotel. Fue sencillo entenderme con ellos e incorporarme al grupo. Sin embargo, al mirar hacia el final de la fila de animales, divisé medio escondido al "impresentable de los burros". Le hice un gesto con la mano, pero fingió no haberme visto.
Los nuevos guías me advirtieron que a los hombres del desierto no les gustan las improvisaciones ni los cambios de planes de última hora; por tanto, yo debía buscar un alojamiento distinto al de las chicas. Me acerqué entonces al de los burros y le pregunté si la jaima de la que me habló seguía libre. Asintió. Quedamos en que, a medio camino, nos desviaríamos hacia el sur para dar con el Touareg que aún me aguardaba.
Adentrarse en el desierto a mediodía era una soberana temeridad. Manga larga, pañuelo, sombrero, gafas de sol y guantes finos… cualquier precaución era poca. Era vital no dejar ni un centímetro de piel expuesto al sol, aunque el precio fuera sufrir el calor sofocante de tanto trapo.
Apenas a cien metros del hotel, tomamos una vereda a la derecha que nos depositó directamente sobre la arena. Desaparecieron las carreteras y los senderos. El andar pausado y rítmico de los camellos me devolvió la sensación de seguridad. Mientras avanzábamos, no pude evitar pensar con sarcasmo: «A ver si a las chicas, con este sol radiante, les da ahora por hacer toples». Me sentía algo contrariado por haber tenido que aprovechar su impecable organización para llevar a cabo la idea que, desde el principio, había sido mía. Pero así es el desierto: te quita el orgullo, pero te da la aventura.
Tras una hora y media bajo un calor sofocante y asfixiante, empecé a preguntarme qué hacía yo metido en aquel berenjenal. No es que me arrepintiera, pero el rigor del desierto me sembraba dudas. Al adelantarme mentalmente a nuestra llegada a la jaima, empecé a ver los peligros de estar completamente solo con un Touareg y aquel descerebrado arriero que me acompañaba. Podía ser, perfectamente, una encerrona.
Intenté espantar los pensamientos negativos, pero el paisaje no ayudaba: el vaivén del camello me molía el culo y las caderas tras casi dos horas de marcha, llevaba la ropa empapada en sudor y, aunque mantenía la boca cerrada, ya masticaba la arena de las dunas. En un punto del camino, la caravana se dividió. Mi guía y yo pusimos rumbo al sur, mientras las sanandresanas y su cohorte seguían otro camino. Al verlas partir, las sentí como navegantes en un barco de piratas sátiros que, por ahora, mantenían la calma. Les hice un gesto de despedida y las encomendé al todopoderoso del desierto; sabía que lo necesitarían, aunque yo tampoco las tenía todas conmigo.
Mi guía —o secretario, ya no sabía ni cómo llamarlo— desvió su camello, el mío y un tercero que iba cargado con bultos envueltos en sábanas (un repuesto, imaginé, por si las fuerzas fallaban). Giramos en ángulo recto, alejándonos de las chicas. Le pregunté por qué no habíamos tomado esa dirección kilómetros atrás, ahorrándonos el rodeo. Él, con un gesto parco, señaló el camino que a mí me parecía más lógico:
—Arenas movedizas —sentenció—. Mejor por aquí.
Me resultó fascinante y aterrador. No entendía cómo aquella gente, sin semáforos, hitos de roca o una mísera palmera que sirviera de referencia, sabía exactamente dónde girar. A nuestro alrededor no había más que arena: a veces en lomas bajas, otras en dunas inmensas que devoraban el horizonte.
No quedaba otra que seguir hacia adelante. No había más opción que confiar en mi acompañante y "disfrutar" de aquel sol que rajaba las piedras, mientras el sudor caliente me encharcaba el cuerpo. Sin embargo, los camellos parecían ajenos al calvario; juraría que hasta disfrutaban, manteniendo esa expresión de superioridad y esa sonrisa eterna que los distingue del resto de los mortales.
Subimos y bajamos mil lomas y dunas interminables mientras el sol, al fin, empezaba a perder su fuerza. Al coronar la cúspide de una duna monumental, me quedé petrificado: a lo lejos emergió lo que parecía una tormenta de nubes negras. Pero no era lluvia; era un muro de arena en suspensión que avanzaba hacia nosotros como una ola colosal y envolvente. El secretario gritó: «¡Tormenta de arena!», pero no me dio ni una sola instrucción.