Hipernicus: El poder del trauma

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Summary

En un mundo donde el poder nace del dolor, Mirren Summerbell tiene doce años cuando un ladrón mata a su madre. Ella sobrevive al disparo. Despierta algo dentro de sí. Y por primera vez, mata. Tres años después, sale de un reformatorio con un nombre de heroína —Festivia— y una segunda oportunidad que no cree merecer. HUM, la organización que regula a los superhumanos, la ha entrenado para controlar su Yamashi: la capacidad de manipular energía pura. Pero controlar el poder no es lo mismo que controlar el trauma. Asignada al Equipo 7 junto a un genio psíquico que usa la pereza como rebeldía y una soñadora tímida con una segunda personalidad violenta, Mirren deberá demostrar que no todos los rotos están destinados a romperse del todo. Su mentora, Ranya —Berserker N°1, hermana del segundo héroe más poderoso del planeta— ha perdido cinco equipos. No piensa perder el sexto. Arriba, en la cúspide del poder, nueve Réquiem vigilan el mundo. Son dioses rotos, asesinos rehabilitados, monstruos con uniforme. Y abajo, en las calles, villanos como Santiago Sánchez —un niño de ocho años que controla el tiempo y dirige un imperio desde las sombras— esperan su oportunidad. Hipernicus no es una historia sobre héroes que salvan el mundo. Es una historia sobre heridas que aprenden a cerrarse. Y sobre la gente que, aún sangrando, decide tender la mano.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo

La confesión de la encapuchada

La habitación era blanca.

No blanca como la nieve o el papel. Blanca como el vacío. Sin ventanas, sin cuadros, sin relojes. Solo una mesa de metal, dos sillas, y una luz que caía desde ningún sitio y dolía al mirar hacia arriba.

Mirren Summerbell estaba sentada en una de esas sillas.

Tenía doce años. Medía un metro sesenta y dos —eso lo sabía porque el año pasado la midieron en el orfanato y le dijeron que estaba alta para su edad— pero ahora, con los hombros encogidos y las manos sobre las rodillas, parecía mucho más pequeña. Su cabello era pelirrojo, liso, cortado a la altura de los hombros. Un pequeño mechón recto caía sobre su frente, y el resto estaba recogido en un moño a medio camino entre arriba y abajo. Sus ojos, verdes claros, tenían las ojeras de alguien que no había dormido en días.

Llevaba puesto el uniforme del orfanato: una sudadera gris demasiado grande y pantalones deportivos negros. La sudadera manchada de algo oscuro en el pecho. Sangre. No la suya.

Frente a ella, al otro lado de la mesa, dos adultos la miraban con expresiones que intentaban ser neutrales y no lo lograban del todo. Uno era un hombre calvo con gafas de metal y una carpeta gruesa bajo el brazo. La otra era una mujer de cabello corto y mandíbula cuadrada, con las manos apoyadas sobre la mesa como si estuviera lista para saltar en cualquier momento.

Ninguno de los dos llevaba uniforme. Pero ambos tenían una insignia pequeña en el cuello de sus chaquetas negras: un escudo partido en dos mitades, una blanca y una roja, con las letras H-U-M grabadas en el centro.

Mirren no sabía qué significaba esa insignia. Tampoco le importaba.

—¿Quieres agua? —preguntó la mujer.

Mirren negó con la cabeza.

—¿Segura? —insistió el hombre—. Llevas aquí tres horas.

—No tengo sed.

Mentía. Tenía la garganta seca como si hubiera tragado arena. Pero no quería nada de ellos. No quería su agua, ni sus preguntas, ni sus miradas que fingían compasión cuando lo único que hacían era mirarla como si fuera un animal en una jaula.

—Está bien —dijo el hombre, y abrió la carpeta—. Entonces, Mirren… cuéntanos qué pasó.

Ella los miró.

—Ustedes ya lo saben. Estaban viendo todo. Dijeron que me vieron por satélite.

La mujer y el hombre intercambiaron una mirada rápida.

—Queremos oírlo de ti —dijo la mujer, con una voz que intentaba ser suave y resultaba simplemente incómoda—. Desde el principio.

Mirren bajó la vista a sus manos. Tenía los nudillos raspados. No recordaba haberse hecho eso.

—Mi mamá se llamaba Laura —empezó, y su voz sonó más pequeña de lo que quería—. Era danesa. Vine a Estados Unidos con ella cuando tenía cinco meses. Vivíamos en una cabaña de madera, en un bosque cerca de la ciudad. No era bonita, pero mi mamá la arregló con el tiempo. Plantó flores afuera. Decía que si iba a ser pobre, al menos iba a tener flores.

Hizo una pausa.

—Trabajaba en una fábrica de plásticos. Salía temprano y volvía tarde. Pero los fines de semana siempre hacíamos algo juntas. I al cine, o a caminar, o a comer helado aunque hiciera frío. Ella decía que el helado no entiende de estaciones.

Los dos adultos no decían nada. Solo escuchaban.

—Esa noche —continuó Mirren, y sus dedos comenzaron a temblar ligeramente— habíamos ido a ver una película. No recuerdo cuál. Creo que era una comedia. Mi mamá se reía mucho. Yo también. Caminamos de regreso a casa por la calle principal, pero luego ella dijo que quería atajar por el callejón para llegar más rápido. Yo le dije que no, que esos callejones eran peligrosos. Ella me dijo que no pasaba nada, que estábamos cerca de casa.

Se mordió el labio inferior.

—Apareció de la nada. Un hombre. No recuerdo bien su cara, solo que llevaba una sudadera negra con capucha. Nos apuntó con una pistola. Una Desert Eagle. Mi mamá me había enseñado a reconocer armas. Decía que era mejor saber a qué te enfrentas. Nos pidió todo. Mi mamá le dio su bolso. Yo le di mis zapatos nuevos, los que me había regalado para mi cumpleaños. Pero él… él siguió pidiendo. Dijo que no éramos suficiente. Que éramos pobres de mierda y que le habíamos hecho perder el tiempo.

La voz de Mirren se quebró.

—Mi mamá se puso delante de mí. Dijo que nos dejara ir, que no teníamos nada más. Y él… él disparó.

El hombre de las gafas dejó de respirar un segundo.

—Primero a mí —dijo Mirren, tocándose el muslo izquierdo—. Aquí. Me dolió mucho. Caí al suelo. Luego… luego le disparó a ella. En la cabeza. Mi mamá cayó encima de mí. Su sangre me mojó toda la cara.

Silencio.

—Yo sentía que me moría —continuó, y ahora sus ojos verdes se humedecieron sin que ella parpadeara—. La pierna me ardía. No podía moverla. Pero también sentía otra cosa. Algo caliente, como si dentro de mi pecho hubiera una brasa encendida. Y esa brasa… se extendió. Me llenó entera. De repente ya no me dolía la pierna. Me puse de pie. Mi mamá seguía en el suelo. La toqué. Intenté… intenté hacer lo mismo. Pasarle esa cosa caliente que había dentro de mí. Pero ella no se movía. Porque ya estaba muerta. Había muerto antes de que yo pudiera hacer nada.

Las lágrimas cayeron. Mirren no hizo nada por detenerlas.

—Después de eso… no recuerdo bien. Alguien llamó a la policía. Me llevaron a un hospital. Me curaron la pierna, pero ya estaba curada. No sabían explicarlo. Me hicieron preguntas, muchas preguntas. Luego me llevaron a un orfanato. Dijeron que no tenía más familia. Que mi mamá no tenía papeles. Que yo era "caso del estado".

Se limpió la mejía con el dorso de la mano.

—En el orfanato… cambié. Al principio solo estaba triste. Pero la tristeza se convirtió en rabia. Rabia contra él. Contra el hombre que le había disparado. Contra todos los héroes que nunca aparecieron. Porque en las películas los héroes siempre llegan justo a tiempo. Pero nosotros estábamos solas. Él nos disparó y no vino nadie.

La mujer de la mandíbula cuadrada apretó los labios. El hombre de las gafas escribió algo en su carpeta.

—Descubrí que podía hacer cosas —continuó Mirren, y su voz se volvió más firme—. Podía sentir a la gente. Como si todos tuvieran un brillo dentro. Un brillo distinto. Los que estaban tranquilos brillaban suave. Los que estaban enojados brillaban fuerte. Y él… cuando lo sentí por primera vez, desde el orfanato, su brillo era como una mancha negra. No sé cómo explicarlo. Era feo. Me daba asco.

—Usaste eso para encontrarlo —dijo el hombre. No era una pregunta.

—Me tomó tres semanas —respondió Mirren—. Tenía que concentrarme mucho. Al principio solo sentía a la gente en el orfanato. Luego a los de la calle. Luego a los de la ciudad. Y un día… lo sentí. Al sur. Muy al sur, casi en las afueras. Su brillo era igual. La misma mancha negra.

—¿Y qué hiciste entonces?

—Me escapé. Me puse una capucha y una máscara de Halloween que encontré en el sótano del orfanato. Una máscara de calavera. Luego corrí.

—¿Corriste?

—Sí. Descubrí que también podía correr muy rápido. No sé cuánto. Me estrellé contra el pavimento porque no sabía frenar. Pero me levanté. Seguí corriendo. Llegué a su casa en menos de un minuto.

Mirren respiró hondo.

—Estaba con su novia. Los dos en la sala, viendo la tele. Entré por la ventana. Le dije que era malo. Que había matado a mi mamá. Él me miró, y en sus ojos vi que sí recordaba. Recordaba su cara. Recordaba la noche. Pero en lugar de disculparse, sacó la misma pistola. La Desert Eagle. Me apuntó a la cabeza. Disparó.

—¿Te disparó en la cabeza? —interrumpió la mujer, incrédula.

—Sí —dijo Mirren, y se tocó la frente justo en el centro—. La bala rebotó. Le dio a su novia. Ella cayó al suelo. Había sangre. Mucha. Él gritó. Me volvió a disparar. Y otra vez. Y otra vez. Las balas rebotaban en mí. Yo no entendía qué pasaba. Solo quería que se detuviera. Levanté la mano. Y algo salió de ella. Una luz. Una esfera de luz caliente. Lo golpeó en el pecho. Él… él se quemó. Se puso negro. Se hizo polvo.

El silencio se hizo denso.

—No quería matar a su novia —susurró Mirren—. Ella no había hecho nada. Solo estaba ahí, viendo la tele. Y él… él también. No quería matarlo. Quería… quería que lo arrestaran. Que lo castigaran. Que alguien me dijera que lo que había hecho estaba mal y que por eso iba a pagar. Pero no había nadie. Nunca hay nadie. Así que lo hice yo.

La mujer de la mandíbula cuadrada se reclinó en su silla. El hombre cerró la carpeta.

—¿Eso es todo? —preguntó él.

Mirren asintió.

—Eso es todo.

Los dos adultos se miraron. Luego el hombre se levantó, caminó hacia la puerta blanca que se confundía con la pared, y salió. La mujer se quedó, observando a Mirren en silencio durante un largo minuto.

—¿Me van a arrestar? —preguntó Mirren, y por primera vez su voz sonó pequeña de verdad. Como la de una niña de doce años que acababa de confesar algo terrible.

La mujer inclinó la cabeza.

—Eso depende.

—¿De qué?

—De lo que descubramos en los análisis.

Mirren frunció el ceño.

—¿Análisis?

La mujer se levantó. Era más alta de lo que parecía sentada. Caminó hacia la puerta y la abrió.

—Vamos —dijo—. Hay alguien que quiere conocerte.

La siguiente habitación era menos blanca. Tenía una mesa larga con varias sillas, y en una de ellas estaba sentado un hombre mayor, de cabello plateado y barba recortada. Llevaba una bata blanca sobre una camisa de vestir. Detrás de él, en una pantalla enorme, había imágenes que Mirren no entendía: gráficos de barras, espectros de colores, y una figura humana con líneas que se ramificaban como raíces.

—Siéntate, Mirren —dijo el hombre, y su voz era amable pero firme—. Soy el doctor Yasumoto. Voy a explicarte algunas cosas.

Mirren obedeció. La mujer de la mandíbula cuadrada se quedó de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados.

—Lo que te pasó esa noche —comenzó el doctor—, lo que sentiste dentro de tu pecho, esa "brasas" como la llamaste… tiene un nombre. Se llama limitador genético.

Mirren parpadeó.

—Todos los seres humanos tenemos seis —continuó el doctor—. Son barreras biológicas que la evolución instaló en nuestros cuerpos hace millones de años. En tiempos antiguos, cuando nuestros antepasados caminaban sobre dos piernas y el mundo estaba lleno de monstruos, esos limitadores les ayudaban a sobrevivir. Pero con el paso de los siglos, con la comodidad y la seguridad… los limitadores se olvidaron. Durmieron.

—¿Y yo los desperté? —preguntó Mirren.

—Despertaste el primero —dijo el doctor, señalando la pantalla—. El más básico. Ocurre cuando una persona está al borde de la muerte y siente un estrés extremo. Tu cerebro, al recibir el disparo, liberó hormonas y señales que… bueno, no te aburriré con los detalles técnicos. El punto es que tu cuerpo rompió esa barrera para sobrevivir. Y al hacerlo, accedió a reservas de energía que normalmente permanecen bloqueadas.

—Por eso las balas rebotaron —dijo Mirren, más para sí misma que para él.

—Exactamente. Y por eso puedes correr más rápido que un coche, levantar cosas muy pesadas, y… lanzar esferas de energía caliente. Pero hay algo más.

El doctor tocó la pantalla y la imagen cambió. Ahora mostraba un cerebro humano con zonas iluminadas en diferentes colores.

—Cuando una persona despierta su primer limitador, no solo obtiene fuerza, velocidad y resistencia. También desarrolla una habilidad única. Algo que los científicos llaman Yamashi, en honor al doctor Yamamoto Yamashi, el primer genetista en catalogar estos poderes.

—¿Yamashi? —repitió Mirren, probando la palabra.

—Poderes especiales —tradujo la mujer de la puerta—. Cada uno es diferente. Dependen del evento traumático que desencadenó el despertar. Tú, por ejemplo… puedes sentir los campos energéticos de los seres vivos, ¿verdad? Eso es parte de tu Yamashi.

—También puedo curar —dijo Mirren—. Cuando me dispararon en la pierna, me curé sola.

—Eso también —asintió el doctor—. Y probablemente puedas hacer más cosas que aún no has descubierto. Por eso te vamos a hacer unos análisis. Necesitamos medir tu Yamashi, tus atributos físicos, tu estabilidad mental… todo.

—¿Para qué?

El doctor y la mujer intercambiaron una mirada.

—Para saber qué hacer contigo —dijo la mujer—. Mirren, ¿has oído hablar de HUM?

—No.

—Somos Héroes Unidos para el Mañana —explicó la mujer, y por primera vez algo parecido a orgullo apareció en su voz—. Una organización internacional financiada por los gobiernos del mundo. Nos encargamos de personas como tú. Las que despiertan limitadores.

—¿Y qué hacen con ellas?

—Las entrenan —dijo la mujer—. Les dan un propósito. Las convierten en héroes.

Mirren la miró fijamente.

—¿Héroes?

—Héroes —repitió la mujer—. Los que protegen a la gente. Los que detienen a los criminales. Los que llegan justo a tiempo

El eco de sus propias palabras le dolió en el pecho. Los que llegan justo a tiempo. Ella había dicho, hacía apenas unos minutos, que nunca llegaba nadie.

—¿Como en las películas? —preguntó, y había algo de ironía en su voz, aunque no estaba segura de si quería que se notara.

—No —respondió el doctor Yasumoto, y su tono se volvió más serio—. No como en las películas. Los héroes de verdad tienen días malos. Se equivocan. Se cansan. A veces llegan tarde. A veces no llegan nunca. La diferencia es que no dejan de intentarlo.

Mirren no supo qué responder a eso.

El doctor tocó la pantalla y apareció un gráfico con figuras humanas ordenadas en filas.

—En HUM tenemos una estructura jerárquica —explicó—. No todos los que despiertan limitadores son iguales. Algunos tienen más potencial que otros. Algunos controlan mejor sus poderes. Algunos… algunos se vuelven peligrosos.

—¿Peligrosos?

—El sesenta coma tres por ciento de las personas que despiertan un limitador terminan convertidas en criminales —dijo la mujer de la puerta, sin rodeos—. Dictadores, terroristas, líderes de organizaciones ilegales. La lista es larga.

Mirren sintió un escalofrío.

—¿Ese es mi destino?

—Eso depende de ti —dijo el doctor—. Y de nosotros. Por eso existen las academias de HUM. Para entrenar a los que quieren ser héroes. Para darles herramientas. Psicólogos. Psiquiatras. Un propósito.

—¿Y los que no quieren?

—Los vigilamos —dijo la mujer, y su mandíbula se tensó—. Desde lejos. Sin que lo sepan. Porque un superhumano sin control es una bomba de tiempo. Y las bombas de tiempo, tarde o temprano, explotan.

La pantalla cambió otra vez. Ahora mostraba tres niveles: la base, el medio, y la cima.

—Los recién graduados se llaman Kaoris —dijo el doctor—. Son héroes que dominan su primer limitador. Controlan la intoxicación del poder y la naturaleza de su trauma. No explotan. No se vuelven locos. Al menos, no la mayoría.

—Luego están los Berserkers —continuó la mujer—. Veteranos. Domina dos limitadores. Hay unos ocho mil en todo el mundo. Los diez mejores tienen un kanji en el brazo.

—¿Y arriba del todo? —preguntó Mirren, señalando la cima del gráfico.

El doctor y la mujer se miraron.

—Los Réquiem —dijo el doctor, y su voz bajó ligeramente, como si estuviera hablando de algo sagrado o peligroso—. La élite de la élite. Solo nueve en todo el mundo. Cada uno domina al menos el tercer limitador. Son… bueno, son los únicos seres con poder suficiente para extinguir a la humanidad si se volvieran malvados.

Mirren parpadeó.

—¿Y ustedes quieren que yo sea uno de esos?

La mujer soltó una risa corta, seca.

—Tranquila. Primero tienes que sobrevivir a la academia.

—No te estamos pidiendo una respuesta ahora —intervino el doctor, con un tono más suave—. Vamos a hacerte unos análisis. Pruebas físicas, psicológicas, de control energético. Luego, dependiendo de los resultados, te presentaremos un plan.

—¿Un plan?

—Un reformatorio —dijo la mujer, y esta vez no endulzó la palabra—. Has matado a dos personas, Mirren. Eso no desaparece porque tengas poderes. La ley sigue aplicándose. Pero HUM tiene… digamos, cierta influencia sobre el sistema judicial. Podemos proponer una condena combinada con entrenamiento. Tres años en una correccional, al mismo tiempo que asistes a la academia heroica. Al graduarte, si cumples con los requisitos, te conviertes en heroína oficial.

—¿Y si no cumplo?

—Cumplirás —dijo la mujer, y algo en su mirada sugería que no era una predicción, sino una orden.

El doctor Yasumoto cerró la carpeta.

—Tienes unas horas para pensar. Te llevaremos a tu habitación. Mañana empezamos los análisis.

—Espera —dijo Mirren, y ambos se detuvieron—. ¿Puedo hacer una pregunta?

—Dime.

—La mujer que me trajo aquí. La de las vendas en el pecho y el cabello blanco. ¿Quién era?

El doctor y la mujer intercambiaron otra de esas miradas que Mirren empezaba a odiar.

—Era la Réquiem número siete —respondió la mujer, y por primera vez algo parecido a respeto asomó en su voz—. Zanshin. Querina Zuzunaga. Una de las personas más poderosas del planeta.

—¿Y por qué vino a buscarme a mí?

—Porque te vio potencial —dijo el doctor—. Y porque, al parecer, cree en las segundas oportunidades.

Flashback

Tres semanas antes. La cabaña en el bosque.

Mirren estaba acurrucada en un rincón.

La cabaña olía a humedad y a ausencia. Las flores que su madre había plantado afuera seguían ahí, pero ya nadie las regaba. La tele seguía encendida, en un canal de noticias que repetía lo mismo una y otra vez. El suelo todavía tenía manchas oscuras que Mirren no había podido limpiar del todo.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Horas. Días. Había perdido la noción después de matar a Héctor. Después de ver cómo su cuerpo se hacía polvo. Después de correr sin parar hasta llegar a este lugar que ya no era un hogar.

Escuchó un golpe en la puerta.

—No hay nadie —dijo, con la voz rota.

Otro golpe. Más suave esta vez.

—No hay nadie —repitió, más fuerte.

La puerta se abrió de todos modos.

Mirren levantó la vista. Una mujer de cabello blanco como la nieve estaba en el umbral. Llevaba pantalones negros holgados y el torso desnudo cubierto por vendas enormes que le cruzaban el pecho. Medía más o menos lo mismo que su madre. Sus ojos eran tranquilos, como dos pozas de agua quieta.

La mujer entró sin pedir permiso. Caminó hasta el rincón donde Mirren estaba acurrucada, y se sentó en el suelo a su lado. No dijo nada. Solo se quedó ahí, mirando la misma pared que Mirren miraba.

Paso un minuto. Luego cinco. Luego diez.

—Maté a dos personas —susurró Mirren, finalmente.

—Lo sé.

—Una no tenía la culpa. Solo estaba ahí. Viendo la tele.

—Lo sé.

—¿Me van a arrestar?

La mujer de cabello blanco tardó unos segundos en responder.

—Generalmente, sí.

—¿Generalmente?

—HUM tiene interés en ti. Tus habilidades son… poco comunes.

—¿Qué es HUM?

—Una jaula dorada —dijo la mujer, y por primera vez algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios—. Pero a veces las jaulas también protegen.

Mirren la miró. La mujer no la miraba a ella. Miraba al frente, hacia la pared, como si pudiera ver algo que Mirren no alcanzaba a percibir.

—¿Tú también mataste a alguien? —preguntó Mirren.

La mujer no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz era tan baja que parecía un susurro.

—A diez mil ochocientas personas.

Mirren sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—¿En una sola noche?

—En ocho horas.

El silencio se llenó de cosas que ninguna de las dos decía.

—¿Y ahora eres héroe? —preguntó Mirren, con la voz temblorosa.

—Ahora soy maestra de artes marciales. Doy clases a trescientos alumnos. También soy heroína, cuando hace falta. Pero sobre todo… soy alguien que intenta que otros niños no terminen como yo.

La mujer se puso de pie. Mirren tuvo que alzar la cabeza para verle la cara.

—Vamos —dijo, extendiendo una mano—. Te llevaré a un lugar donde podrán ayudarte. O donde intentarán hacerlo. El resto depende de ti.

Mirren miró esa mano. Estaba llena de callos y pequeñas cicatrices. Era una mano que había matado a miles. También era una mano que, en ese momento, temblaba ligeramente.

Mirren la tomó.

Presente

La habitación era pequeña pero limpia. Una cama, un escritorio, una ventana con barrotes. Mirren se sentó en el borde de la cama y miró sus manos.

Diez mil ochocientas personas. En ocho horas.

Zanshin se había convertido en héroe. Zanshin daba clases a trescientos alumnos. Zanshin creía en las segundas oportunidades.

Yo también quiero creer.

No era una decisión fácil. HUM quería encerrarla en un reformatorio. Quería entrenarla. Quería convertirla en un arma. Pero también quería darle psicólogos y psiquiatras. Un propósito. Algo que hacer con todo ese dolor que llevaba dentro desde la noche del disparo.

¿Qué haría mamá?

La respuesta le llegó como un latigazo. Su madre había cruzado el océano con una bebé de cinco meses. Había trabajado en una fábrica de plásticos durante doce años. Había plantado flores en el jardín de una cabaña que no era bonita porque creía que la pobreza no debía impedir tener cosas hermosas.

Su madre nunca se rindió.

Yo tampoco voy a rendirme.

No sería fácil. Tenía miedo. Miedo de no controlar sus poderes. Miedo de volver a matar a alguien sin querer. Miedo de convertirse en ese sesenta coma tres por ciento que el doctor había mencionado.

Pero también tenía esperanza. Porque Zanshin había sido un monstruo, y ahora era una maestra. Porque Zanshin le había tendido la mano en el rincón más oscuro de su vida.

Algún día yo también quiero tender la mano.

Dos días después, volvieron a sentarla en la sala blanca. Esta vez no estaba sola. El doctor Yasumoto estaba allí, con más gráficos en la pantalla. También la mujer de mandíbula cuadrada. Y otro hombre que no conocía, de cabello engominado y traje impecable.

—Los resultados de los análisis —dijo el doctor, señalando la pantalla—. Tu Yamashi es lo que llamamos "control de energía". Es un tipo raro. Muy versátil. Puedes lanzar ráfagas energéticas de hasta tres mil grados. Puedes reparar tejidos, siempre que la cabeza esté intacta. Puedes volar, usando energía en los pies como propulsores. Y, como ya descubriste, puedes sentir los campos energéticos de otros seres vivos.

—¿Eso es todo? —preguntó Mirren.

—No. También puedes robar energía de otros seres para fortalecerte. Plantas, animales, personas. No lo has hecho nunca, pero la capacidad está ahí.

Mirren sintió un nudo en el estómago.

—¿Robar?

—Absorber —corrigió el hombre de traje impecable, hablando por primera vez—. Es una técnica que tendrás que aprender a controlar. Si la usas mal, podrías matar a alguien. Si la usas bien, podrías salvar muchas vidas.

—Además —interrumpió la mujer de mandíbula cuadrada—, tus atributos físicos están dentro del promedio para un usuario de primer limitador. Mach dieciocho de velocidad. Ochenta toneladas de fuerza. Resistencia a balas y misiles.

—¿Eso es promedio? —preguntó Mirren, incrédula.

—Para nosotros, sí —dijo el doctor, con una pequeña sonrisa—. Pero hay algo más. Tu capacidad para detectar campos energéticos es excepcional. Pudiste rastrear a Héctor desde el orfanato, a kilómetros de distancia, sin entrenamiento, sin experiencia. Eso es… inusual.

—¿Por eso soy Platino?

Los tres adultos se miraron.

—¿Quién te dijo eso? —preguntó la mujer.

—Zanshin. Antes de traerme aquí, me dijo que tenía potencial para ser Platino.

El hombre de traje impecable asintió lentamente.

—Zanshin rara vez se equivoca.

El doctor Yasumoto cerró la carpeta.

—Mirren, ¿has tomado una decisión?

Ella respiró hondo. Recordó la cabaña. Las flores sin regar. La sangre en el suelo. El cuerpo de su madre sobre el suyo. El disparo. El rebote. La esfera de luz. El polvo en el aire.

Recordó a Zanshin sentada a su lado en el rincón. La mano extendida. Los diez mil ochocientos muertos. Las vendas en el pecho. Los ojos tranquilos.

—Sí —dijo Mirren, y su voz no tembló—. Acepto.

La mujer de mandíbula cuadrada esbozó algo que casi podía considerarse una sonrisa.

—Bienvenida a HUM, Festivia.

—¿Festivia?

—Tu nombre de heroína —dijo el doctor—. Tienes derecho a elegir otro si quieres.

Mirren negó con la cabeza.

—Festivia está bien. Significa "alegría", ¿no?

—Del latín festivus —asintió el doctor—. Alegre. Festivo.

—Mi mamá decía que yo era su persona favorita para ver películas de comedia —dijo Mirren, y por primera vez en semanas, algo parecido a una sonrisa apareció en sus labios—. Porque me reía tan fuerte que ella se olvidaba de sus problemas.

Los tres adultos no dijeron nada. La mujer de mandíbula cuadrada se llevó una mano al pecho, donde llevaba la insignia de HUM, y la apretó.

Mirren se puso de pie.

—¿Cuándo empiezo?

El hombre de traje impecable consultó su reloj.

—Mañana a las seis de la mañana. Entrenamiento físico. No llegues tarde.

—No llegaré tarde.

—Y Mirren —dijo el doctor Yasumoto, con una voz que ahora sonaba casi paternal—. Bienvenida a casa.

Mirren salió de la sala blanca con la cabeza en alto. Sus pasos resonaron en el pasillo vacío. No sabía lo que le esperaba. No sabía si sería una buena heroína. No sabía si podría controlar su rabia, su miedo, su dolor.

Pero sabía una cosa.

Zanshin le había tendido la mano en su momento más oscuro.

Algún día, ella tendería la suya.

Tres años después.

La celda olía a jabón barato y a humedad.

Mirren Summerbell cerró la puerta con la cadera y dejó caer la toalla sobre la silla de metal. Tenía quince años ahora. Medía un metro setenta. Su cabello pelirrojo seguía siendo el mismo, aunque un poco más largo, y todavía usaba ese pequeño mechón recto sobre la frente que se negaba a peinarse de otra manera.

El uniforme del reformatorio era gris, feo y le quedaba grande en los hombros. Pero esa noche, mientras se quitaba los zapatos y se ponía el pijama —otro uniforme gris, pero más suave—, no pensaba en eso.

Pensaba en el examen.

Faltaba un mes.

Un mes para graduarse. Un mes para salir de esta celda de tres por cuatro metros que había sido su hogar durante los últimos tres años. Un mes para convertirse oficialmente en heroína.

O para fracasar.

Se sentó en el borde de la cama —la misma cama que había hecho todas las mañanas durante treinta y cinco meses, con las sábanas tensas como un tambor— y se inclinó hacia atrás hasta quedar mirando el techo. Las baldosas blancas tenían una grieta en forma de rayo que ella conocía mejor que su propia cara.

El examen de graduación.

No era como los exámenes normales. No había preguntas escritas ni pruebas de opción múltiple. Era una demostración práctica. Cada estudiante debía presentar una prueba que expresara su control sobre su Yamashi.

Su Yamashi.

Control de energía.

Podía lanzar esferas de hasta tres mil grados. Podía volar usando energía en los pies como propulsores. Podía curar heridas —siempre que la cabeza estuviera intacta— y sentía los campos energéticos de los seres vivos a kilómetros de distancia.

Todo eso lo dominaba.

Pero no era suficiente.

Mirren lo sabía. Los instructores se lo habían dicho una y otra vez durante las evaluaciones trimestrales: "Festivia, tienes potencial. Tienes técnica. Te falta algo." Nunca le decían qué era ese algo. Solo que "lo sabría cuando lo encontrara".

Una mierda.

Se incorporó y miró sus manos. Las mismas manos que habían matado a dos personas cuando tenía doce años. Las mismas manos que habían curado a compañeros heridos en los entrenamientos. Las mismas manos que, en tres semanas, tendrían que demostrar que merecían ser llamadas "heroínas".

Necesitaba algo más.

Una técnica. Una habilidad. Un truco. Algo que la diferenciara de los demás Kaoris. Algo que la hiciera destacar.

Por eso, mañana iba a hacer algo que llevaba semanas posponiendo.

Iba a visitar a Zanshin.

La Réquiem número siete.

La mujer de cabello blanco que le había tendido la mano en el rincón de una cabaña, hacía tres años.

La única persona en todo HUM que quizá, tal vez, pudiera decirle qué era ese "algo" que le faltaba.

Mirren se acostó y apagó la luz.

Afuera, la noche se extendía sobre el reformatorio como una sábana negra. En alguna parte, en una dimensión de bolsillo gobernada por una mujer obsesionada con el orden, Hina Yamamoto probablemente estaba viendo peleas con palomitas de maíz y una Coca-Cola gigante.

En alguna parte, en una academia de élite, un chico perezoso descendiente de emperadores se preparaba para rechazar a un Réquiem como mentor.

En alguna parte, una chica tímida con una segunda personalidad violenta dormía con los ojos abiertos, soñando con pesadillas que no eran suyas.

Pero Mirren no sabía nada de eso.

Solo sabía que necesitaba encontrar ese "algo".

Y que Zanshin era su única pista.

—Un mes —susurró en la oscuridad—. Un mes y salgo de aquí.

Cerró los ojos.

Y por primera vez en tres años, soñó con algo que no era sangre.