ETERNIDAD AJENA

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Summary

"Ser inmortal es baladí; lo terrible es saberse mortal". — J.L. Borges Bajo tres kilómetros de permafrost antártico no aguardaba un milagro evolutivo, sino un código fuente en estado de latencia. Hace tres décadas, el investigador Andréi Gromov cometió un error de cálculo que fracturó su línea temporal: permitió la descompresión de una esclusa de contención milenaria. Su colega, Viktor Kors, no pereció por choque térmico; su genoma fue reescrito a nivel celular, convirtiéndolo en el Huésped Óptimo de una estructura que se autodenomina «El Jardinero». En la actualidad, tras un prolongado confinamiento en un búnker corporativo de Moscú, la fase de incubación ha expirado. El organismo está operativo y preparado para iniciar un formateo global: la erradicación de la sintomatología del dolor, la senescencia y la individualidad, sustituyendo el desorden biológico por la simetría de una red tecno-orgánica unificada. Cuando la falla del perímetro alcanza un nivel crítico, Gromov y la hija de Viktor, la cirujana Anna Kors, se enfrentan a una asimilación que no emplea la hostilidad táctica, sino una homeostasis eufórica. ¿Cuál es el protocolo de defensa contra una actualización del sistema que anula el sufrimiento? En un conflicto donde la biología humana se enfrenta a su propia obsolescencia programada, el derecho a la entropía, al deterioro tisular y al cese de funciones se erige como la única prueba de humanidad.

Status
Complete
Chapters
17
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n/a
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18+

Chapter 1PRÓLOGO: EL JARDÍN EN EL CONFÍN DEL MUNDO

Lugar: Continente Eden-Ta (Antártida)

Tiempo: 12.000 años antes de nuestra era

El mundo agonizaba bajo un calor calcinante, pero nadie comprendía aún que aquel sopor era el espasmo previo a la ejecución.

Toba se limpió el sudor viscoso que le nublaba la vista. El aire en el valle poseía la densidad de la leche recién ordeñada; una atmósfera cargada de la fermentación de helechos gigantes y la efervescencia dulce de las orquídeas en descomposición. En las alturas, donde las copas de los árboles devoraban la luz, los lagartos carroñeros emitían un chirrido similar al choque de dos piedras, desgarrando el silencio opresivo del mediodía.

—No te demores —siseó el Chamán sin volverse.

El anciano avanzaba apoyado en un báculo de hueso. Cada pisada sobre el fango burbujeante resonaba con la gravedad de una sentencia. Toba detestaba aquella marcha, detestaba la selva que asfixiaba a su estirpe con sus abrazos vegetales. Pero, sobre todo, temía lo que aguardaba en el linde del sendero.

Tres lunas atrás, la tierra había sufrido una convulsión. No fue un sismo ordinario, de esos donde los espíritus de las montañas se agitan en sueños. Fue un impacto desde las entrañas. Una vibración sorda y nauseabunda que hizo castañetear los dientes y provocó que las aves cayeran de las ramas como frutos podridos.

Como si algo inmenso intentara fracturar el cascarón del mundo desde su núcleo.

Entonces alcanzaron el Agua.

El sendero moría de forma abrupta en la orilla. Toba conocía los lagos: turbios tras las lluvias o negros como la obsidiana en las noches sin luna. Pero este espejo era una aberración. El agua no reflejaba el firmamento; ella misma era la fuente de la luz.

Un resplandor violeta, denso y magnético, ascendía desde las profundidades. Pulsaba con un ritmo lento, hipnótico. Tum-tum. Tum-tum. Como si bajo el lecho latiera un corazón del tamaño de una cordillera.

—No busques el fondo —advirtió el Chamán, golpeando la pierna de Toba con su báculo—. Es el ojo del Inframundo. Quien se asome demasiado tiempo, verá aquello que no tiene derecho a existir.

En la arena negra yacían restos óseos. Espinas de peces del tamaño de un guerrero, cuyas escamas conservaban un fulgor metálico.

—Los Que Viven Junto a la Roca celebraron aquí —susurró Toba, observando con aprensión los restos de hogueras—. Decían que la carne de este nuevo lago otorgaba el vigor de los dioses.

—¿Y dónde están ahora? —la voz del Chamán fue el crujido de una rama seca—. ¿Dónde están sus cánticos? ¿Dónde está el humo de sus hogares?

Caminaron medio día más antes de alcanzar la aldea vecina. Un silencio antinatural gobernaba la espesura. Ni el zumbido de los insectos, ni el clamor de los simios. El bosque parecía haber contenido el aliento, temeroso de perturbar la quietud de aquel sitio. Incluso el viento había cesado, rindiéndose ante la inmovilidad.

Toba encontró al primer «durmiente» junto a la empalizada. Era Ka, el cazador más hábil. Estaba sentado, con la nuca apoyada en un tronco, contemplando el cenit. Su boca dibujaba una mueca de beatitud espeluznante, una paz mineral que no pertenece al rostro de los vivos.

—¿Ka? —llamó Toba, pero su voz se quebró en un siseo.

El guerrero no parpadeó, pese a que una mosca verde recorría su pupila abierta. Toba venció la náusea y tocó su hombro. La piel era rígida. Fría y mineral como un guijarro de río. Retrocedió como si se hubiera quemado. Bajo la dermis oscura, allí donde fluyen las venas, se traslucía una red de filamentos violetas. No había pulso. Se habían petrificado, convirtiendo al hombre en un recipiente de luz sólida.

—No han muerto —sentenció el Chamán mientras se adentraba en el centro del asentamiento.

Toda la tribu estaba allí. Hombres, mujeres, infantes. Formaban un círculo inmenso alrededor de una hoguera extinta. Nadie había intentado huir. Permanecían unidos por las manos, una cadena de carne transmutada en piedra. Sus ojos, carentes de blanco o pupila, eran cuencas de una oscuridad violeta continua. No se miraban entre sí; miraban a través de la realidad, hacia el abismo de donde emergió el agua luminiscente.

—Ellos escuchan —murmuró el anciano—. Aún perciben la Voz. El lago los reclamó, pero no les permitió partir con los ancestros. Ahora son parte de la estructura del mundo.

—¿Es una maldición, padre?

—Es algo más antiguo —el Chamán alzó el rostro, olfateando el aire.

El ambiente estaba mutando. El sopor de la podredumbre cedía ante un aroma penetrante, metálico, como el de los rayos antes de caer.

—Es el fin del ciclo, muchacho. Y la culpa es de los que arribaron al alba. Los que no proyectan sombra.

El Chamán señaló hacia la desembocadura. Allí, donde el agua dulce se fundía con el océano, flotaban naves. No eran piraguas, sino siluetas negras y depredadoras, con mástiles altos de los que colgaban velas grises, similares a las membranas de un quiróptero.

En la orilla, figuras envueltas en tejidos mate absorbían la luz solar. Sus rostros permanecían ocultos tras máscaras de un metal opaco. El líder —un hombre de tez traslúcida y ojos como un cielo de invierno— consultaba un instrumento: un disco de piedra negra donde una aguja de luz pura giraba frenéticamente en un charco de mercurio.

—Resonancia confirmada —dictó un asistente. Su voz vibraba distorsionada por el metal—. La membrana de la realidad ha cedido. La fuga de Sustrato es crítica.

El Magíster asintió con lentitud. Observó la exuberancia verde con un desprecio mal disimulado.

—Los salvajes lo llaman milagro —su voz fue el roce del hierro sobre la escarcha—. No comprenden que es una infección. Si no extirpamos la fuente, este «jardín» devorará la corteza del planeta. Lo asimilará todo a su imagen.

Desvió la vista al norte, donde, a pleno mediodía, una segunda estrella maligna ardía en el firmamento, dejando tras de sí una estela de ceniza.

—¿El tiempo es escaso? —preguntó el asistente.

—El justo y necesario —sentenció el Magíster—. Nos llevaremos el Origen, y la roca celestial ejecutará el protocolo de limpieza. El hielo es el mejor cofre: ocultará nuestro rastro y sellará el Lago por milenios.

El Magíster se giró y vio a Toba, que emergía de la maleza sosteniendo una vasija de barro con brazos trémulos. El recipiente irradiaba un calor interno.

—Deposítalo ahí —ordenó el Extraño en la lengua de los Akar.

Junto al hombre había un arca de metal oscuro con vetas de plata. Al contacto con su mano, la tapa se deslizó liberando una bruma gélida. El Extraño, protegido por guantes que simulaban una segunda piel, extrajo una aguja larga y succionó el líquido de la vasija. El fluido siseó, mudando del violeta al escarlata al entrar en el cilindro de vidrio.

—¿Se llevan la maldición? —preguntó Toba.

—Somos Jardineros —respondió el Magíster mientras sellaba la cápsula—. Venimos cuando el jardín comienza a pudrirse, para rescatar los esquejes. El resto... el resto debe ser removido. Mira al cielo, niño. La estación termina.

El Magíster regresó a su barca negra. Las velas se hincharon sin necesidad de viento. La nave se deslizó sobre el oleaje con una velocidad que desafiaba la mecánica del agua.

Toba quedó solo. Y entonces, el firmamento se fracturó.

Primero fue el sonido. No un trueno, sino el crujido de la columna vertebral del mundo. El impacto golpeó sus oídos con tal violencia que Toba cayó, sintiendo cómo la sangre brotaba de sus sienes. La tierra saltó bajo sus pies, derribándolo.

Vio cómo el horizonte se inclinaba. El océano en el norte se erigió como un muro de proporciones imposibles. Pero el agua no llegó a tocarlo.

El impacto de la piedra celestial en la lejanía desplazó el eje de la Tierra. Lo que un instante antes era un trópico sofocante, se vio proyectado a la zona polar. La atmósfera, incapaz de seguir la rotación de la litosfera, se transformó en un huracán que trituraba las montañas hasta convertirlas en polvo.

El estallido de frío fue una herida física. En tres latidos, la temperatura se desplomó cien grados. Toba vio cómo el muro esmeralda de la selva mutaba ante sus ojos. Las hojas de los helechos se blanquearon, se cubrieron de escarcha y estallaron en mil fragmentos vítreos. Los árboles reventaban con el estruendo de artillería: la savia en sus troncos se congelaba al instante, desgarrando la madera desde su núcleo.

Toba intentó gritar, pero el aire se había vuelto cristal líquido. La primera inspiración le calcinó los pulmones como si hubiera inhalado plomo fundido. La humedad de sus globos oculares se transformó en cristales, cegándolo para siempre. Intentó incorporarse, pero su dermis se había soldado a la tierra. El frío no solo mataba; preservaba. Sintió cómo su sangre se densificaba hasta detenerse.

Lo último que percibió Toba fue el Lago. El agua violeta ebullía por el choque térmico, pero el vapor no ascendía: se congelaba en el aire formando figuras caprichosas. La superficie se selló bajo un estrato de hielo negro y opaco en un suspiro.

Los que estaban en el fondo... los que escuchaban el susurro... quedaron sepultados. Emparedados en un sarcófago de rigor milimétrico que los mantendría intactos por doce mil años.

El viento sepultó el infierno verde bajo un manto de nieve eterna. Diez minutos después, el silencio yermo reinaba en Eden-Ta. Solo un desierto blanco donde el Jardín aguardaría, en letargo, su próxima cosecha.