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Viajes Sin Destino

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Summary

Viajes Sin Destino Nada escapa al destino. Ni siquiera quienes lo desafían. Viajes Sin Destino puede leerse de forma independiente, pero continúa el universo de El Día Que Un Dios Nació. Tres historias, tres protagonistas... y una misma condena: intentar huir... solo para caer más profundo. Primer cuento - Angelia Lovisfal Una tragedia la obliga a partir. Lo que comienza como un viaje de autodescubrimiento se transforma en algo mucho más oscuro. Nuevos mundos, nuevas verdades... y una pregunta que la persigue: ¿hasta dónde hay que caer para convertirse en algo más que humano? Segundo cuento - Custo Tempes Solo tiene cartas. Y un reloj. Custo viaja en busca de unos padres que nunca conoció... pero el tiempo no es lo que parece. Extraños lo guían, el pasado se distorsiona, y cada respuesta abre una herida nueva. Porque a veces, el futuro sabe demasiado. Tercer cuento - Aysel Moon Esta no es solo una historia. Es una confesión. Injusticias, castigos y decisiones que no tienen perdón. Aysel habla... pero no todo lo que dice es verdad. ¿Quién es realmente? Tres relatos. Tres destinos. Y una certeza inquietante: hay preguntas que ni siquiera quien escribe puede responder. ¿Te animás a descubrirlas?

Genre
Fantasy
Author
Alien_S
Status
Ongoing
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: Angelia Lovisfal

Angelia Lovisfal

¿Quién?

El bosque que hacía un par de horas parecía ofrecer el clima perfecto ahora se encontraba totalmente helado. Un frío gélido se había adueñado de sus húmedas extremidades; el mismo bosque que antes susurraba melodías suaves ahora crujía como si cargara en sus ramas el peso de su dolor. El hermoso cabello que normalmente le caía por debajo de la cintura ahora se veía opaco, enmarañado, mojado y oscuro. Las plumas, antes símbolo de gracia, estaban desordenadas y manchadas de barro como si hubiesen caído del cielo por voluntad del castigo. Sus manos temblaban aún más que el resto de su cuerpo, pequeñas y frágiles, aferrándose a la nada.

Notaba el barro bajo sus pies más que nunca. Era espeso, viscoso, aferrándose con rabia a su piel rosada, ensuciándola de la misma forma en que su alma había sido corrompida. La brisa le raspaba la piel con crueldad, como si el mundo entero se burlara de su miseria, como si el Destino misma hubiese esperado este momento para presenciar su caída.

¿De qué le había servido la virtud? ¿Para qué tantos años de obediencia? ¿De qué sirvió mantenerse casta, pura, fiel a un ideal que jamás había sido suyo? ¿Era todo eso un simple adorno, una ilusión que el destino le ofreció solo para tener algo que destruir?

¿Era ella una criatura de fe, o una ofrenda preparada desde el nacimiento para ser quebrada?

¿Acaso la bondad era una trampa disfrazada?

¿De qué sirve resistirse a la oscuridad si el mismo cielo se alimenta del sacrificio de los buenos?

¿El mundo premia al fuerte o simplemente castiga al vulnerable?

Su corazón se sentía comprimido, aplastado por una mano invisible que no lo soltaba. Quizás esto era lo que el destino necesitaba mostrarle para ayudarla a decidir. Quizás esta humillación era la puerta a una respuesta que siempre había evitado mirar de frente.

Nunca lo había dudado, no de verdad, pero... Quizás Custo pudiese vivir libremente. Pero al amarla, solo había puesto una cruz en su frente. ¿Era esta su condena? ¿Una venganza ciega? ¿Una maldición encubierta con palabras dulces? ¿O simplemente el resultado inevitable de ser amada por alguien con poder?

¿Era ella una moneda de cambio? ¿Un trofeo en la disputa de dioses disfrazados de niños? Pero no eran niños. Era el Destino... y Custo Tempes.

El Destino, eterno, cruel y silencioso.

Custo Tempes, el Dios del Tiempo.

De niña solía preguntarse por qué todos lo llamaban “el Dios del Tiempo”, mientras a ella, a sus hermanas, incluso a Virindia, jamás se les había otorgado tal título. Nadie los llamaba dioses, aunque lo fueran. Nadie los trataba como a él.

Pronto entendió que no se trataba solo de poder, sino de otra cosa. Era su capacidad de elegir. De moverse. De decidir. Lo envidiaba. Lo envidiaba demasiado. Lo había amado por eso. Y lo odiaba también por eso.

Porque él tenía libre albedrío, y ella era solo una marioneta.

La marioneta favorita del Dios del Tiempo...

Y por eso, la marioneta más vigilada, más atada, más odiada por el Destino.

Ahora no se sentía siquiera de porcelana. Por años la cuidaron como si fuese una muñequita de cerámica, preciosa, frágil, apartada del caos.

Pero ahora... ahora era una muñeca de trapo rota. Un objeto olvidado, sucio, incompleto.

Quizás todos lo sospechaban. Tal vez por eso Virindia la mantuvo siempre cerca, tal vez por eso Pythonissan vigilaba en silencio, tal vez por eso Daemina la acompañaba con tanto decoro.

Quizás todos sabían que esto iba a pasar.

Que desde el instante en que Custo comenzó a amarla con tanto fervor, su final ya había sido escrito.

Y quizás, solo quizás...

Rechazarlo había sido su último y desesperado intento de escribir una línea propia dentro de la historia que otros habían decidido por ella.

Al llegar a la gran Casa que compartía con sus dos hermanas, Angelia notó que parecía más grande y más fría que nunca. Las paredes, que solían contener risas, historias y silencios cómodos, ahora parecían distantes, hostiles, como si hasta la madera hubiese percibido su transformación. Soltó el aire que no sabía que guardaba, y cruzó la puerta con pasos que no eran del todo suyos.

El murmullo de una conversación entre Pythonissan y Daemina inundó sus oídos como agua pesada, oscura. Hablaban en voz baja, pero con intensidad, y cuando la vieron cruzar el umbral, se detuvieron. El silencio fue más doloroso que cualquier grito.

Los pasos se acercaron, y Angelia sintió la mirada de ambas posándose sobre ella. Era una inspección cuidadosa, dura, como si cada mancha de barro en su piel hablara por sí sola, como si su vergüenza tuviera forma y olor.

—¿Lia, estás bien? —preguntó primero Daemina. Su voz era seria, inusualmente grave. Pocas veces se mostraba así.

—¿Angelia...? —la interrumpió Pythonissan, acercándose con lentitud, como si temiera que un movimiento brusco pudiera espantarla—. ¿Alguien te atacó?

La aludida no respondió. Solo bajó la vista hacia sus propios pies embarrados. En su mente, todo se repetía a una velocidad insoportable: los susurros, las manos, la sangre invisible, el frío, Dei...

—Lia —insistió Pythonissan, ahora tocando suavemente su brazo.

Ese toque, que durante años le había parecido un bálsamo, algo entre mágico y maternal, ahora fue como una bofetada. Se tensó, contuvo el aliento y, al levantar la vista, se encontró con los ojos de sus hermanas. Allí vio algo más aterrador que el juicio: vio el miedo. Vio que ellas también sabían que algo había cambiado para siempre. Vio que no podían protegerla. Vio que el daño ya estaba hecho.

—Angelia, hablá con nosotras —dijo Daemina, intentando que su voz no se quebrara.

—Podemos ayudarte —respondió Pythonissan con dulzura firme.

Angelia tembló. Quiso decir algo, pero las palabras se atragantaron. “No me toquen. No me miren así. No digan mi nombre como si fuera de cristal.”

Pero no dijo nada. En cambio, giró sobre sus talones y corrió. No como lo haría una heroína, ni como una víctima: corrió como alguien que no sabía si debía seguir existiendo. Como una sombra quebrada huyendo de su propio cuerpo.

Las escaleras crujieron bajo sus pies desesperados mientras subía al ático. La madera no opuso resistencia, solo la vio irse.

Se encerró arriba, sola, permitiendo que la oscuridad del lugar la envolviera como un manto. Ni siquiera encendió las velas. Quería desaparecer. Sentirse parte de esa penumbra inerte. Porque todo lo que amaba —la luz, la ternura, su inocencia— había sido alcanzado por esa oscuridad contra la que nunca había aprendido a luchar, ni sabía si quería aceptar como parte de sí.

Abajo, las hermanas se quedaron en silencio.

—¿Qué fue eso? —susurró Daemina, aunque ya sabía la respuesta.

Pythonissan la miró, sus labios apretados sin querer responder.

Algunas horas pasaron y el cielo, como un telón de terciopelo enlutado, comenzó a oscurecerse. La tarde se rindió sin resistencia, y la noche avanzó con su manto denso, cubriendo lentamente la cabaña, el bosque, el mundo... y también el alma de Angelia.

El silencio era su único testigo, espeso como el barro seco en sus piernas, inmóvil como el aire que no se atrevía a tocarla. Ya no lloraba. Se había quedado sin lágrimas, sin voz, sin fuerzas. Solo quedaba ella, y la sombra temblorosa de sí misma extendida en el suelo.

De pronto, unos golpes suaves y regulares en la puerta interrumpieron la quietud como el crujir de huesos antiguos.

—Lia... Si quieres cenar, estaremos abajo. No hace falta hablar —anunció Pythonissan con la amabilidad que solo puede nacer del instinto maternal, esa que no pide nada a cambio.

El silencio respondió en su lugar. Un silencio lleno de grietas.

Angelia no cerraba los ojos, ni siquiera en la oscuridad. Le aterraba la posibilidad de verlo al cerrar los párpados: no solo su rostro, sino el momento exacto en que perdió el control. A veces el monstruo no era quien te atacaba, sino lo que despertaba dentro de ti cuando ya no podías gritar.

No sabía cuánto tiempo pasó, si minutos o siglos, hasta que otra serie de golpes más suaves, casi tímidos, golpearon la puerta con un ritmo distinto, como si pidieran permiso para existir.

—Lia... —susurró Daemina, tan bajo como se le habla a una herida—. ¿Quieres que me quede a hacerte compañía?

Angelia vio la sombra proyectarse bajo la hendija de la puerta. La silueta de su hermana se sentó al otro lado, espalda contra la madera, y solo eso bastó para que Angelia, como arrastrada por un soplo del viento, también se acercara y se sentara justo del otro lado.

La madera era delgada, pero ahora parecía el único muro entre la cordura y el derrumbe. El calor humano, aunque fuera a través de un tronco seco, era una ofrenda, una tregua.

Daemina no volvió a hablar. No hizo preguntas. No rompió el silencio, sino que se hizo parte de él. Estaba allí, presente. No intentaba curar. No intentaba entender. Solo estar.

Angelia lo supo. Lo sintió. Lo agradeció. Y al mismo tiempo, lo odió.

Porque siempre la habían cuidado. Desde que era una niña de alas brillantes, desde que balbuceaba palabras sin comprender que el mundo no perdona la dulzura. La habían cuidado tanto, tan minuciosamente, tan bien, que ahora que el mundo la había mordido... no sabía cómo defenderse.

No era su culpa. Pero ¿a quién más podía culpar?

Así que las odiaba un poco. Las odiaba por haberla amado tanto. Por haberle construido un mundo seguro donde nunca aprendió a sobrevivir en el otro.

Apretó las manos contra sus rodillas, cerrando los ojos con fuerza, como si eso pudiera evitar que algo más entrara. Sentía el corazón como un vidrio que se astilla pero no se rompe. Aún no.

Y sin embargo, por primera vez desde que el dolor le había arrancado el alma, sintió que no estaba sola.

Tal vez mañana se atrevería a abrir la puerta.

Pero esta noche... esta noche solo necesitaba saber que alguien estaba al otro lado, respirando con ella.

Pero al llegar el día siguiente, no abrió la puerta.

Como si sus demonios hubiesen echado raíces, más profundos, más crueles, más reales, cada vez que los dejaba ganar terreno en el silencio. Como si el tiempo no curara nada, solo les diera espacio para multiplicarse.

Daemina seguía apareciendo cada noche, sin excepción, como una vigilia muda, como una estrella persistente en un cielo que había olvidado cómo amanecer. Hacía guardia en la oscuridad, no solo la que rodeaba en el ático, sino la que vivía dentro de la cabeza de Angelia, esa que no necesitaba sombras para devorarla entera.

Así pasaron los días, con la ligereza con la que caen las hojas marchitas, sin fuerza, sin rumbo. Luego vinieron las semanas. Y luego los meses. Hasta que su piel ya no se sintió suya. Hasta que su cuerpo se volvió una prisión, un cubículo sofocante donde la única compañera era la memoria de lo que fue.

Se sentía vacía y a la vez rebalsada. Como si todo lo que alguna vez había sido —su gracia, su belleza, su luz— ahora solo fueran adornos grotescos en una muñeca rota, indignos incluso de ella misma.

Tenía a alguien cada noche cuidándola con devoción. Pero, ¿de qué servía? ¿De qué servía todo el amor del mundo si nadie había podido evitar lo que pasó? Si ni siquiera ellas, sus hermanas, hubiesen podido detener al gran Dei Virtute. Tal vez no había defensa contra él. Tal vez no había defensa contra nada. Tal vez esconderse era lo único que podía hacer... hubiese sido más fácil esconderse de él, que intentar esconderse de ella misma como ahora debía hacer.

Extrañaba la época en la que sus mayores problemas eran las palabras adecuadas para Custo. Cómo decirle que su amor la asfixiaba. Cómo confesar que, a veces, también lo amaba. Ahora esas preguntas estaban resueltas. O más bien, asesinadas.

Él no podría mirarla de nuevo, no si la viera así. No si supiera que otro la había tocado con esas manos profanas. Ya no era pura. Ya no sería solamente suya.

Y el pensamiento se le adhería a la piel como una hiedra venenosa.

Custo podría encontrar a alguien pura en el futuro. Alguien que lo mereciera.

Sus uñas comenzaron a moverse, casi con delicadeza, raspando su espalda como si acariciara una herida vieja.

Quizá ya lo había hecho.

Las uñas se hundieron más.

Por algo no había regresado del futuro.

Gotas gruesas y cálidas comenzaron a teñir la blancura de su piel.

¿Por qué no había vuelto?

Sus dedos tocaron el inicio de las plumas. Aún suaves, aún blancas. Aún símbolo de algo que ella ya no era.

¿Acaso se había olvidado de ella?

Sus manos las abrazaron... y luego las arrancaron, como quien arranca la maleza, como quien se arranca a sí misma.

¿Quizá sus palabras lo habían hecho recapacitar?

Cuando las plumas se terminaron, no dudó en seguir con la carne.

¿Quizá en el futuro encontró a alguien mejor que ella?

Las manos siguieron. Rasgaban, desgarraban. Como dientes de bestia invisible.

Alguien sin miedo al mañana o al destino.

El músculo se rompía, y las uñas. Pero no se detenía. No podía detenerse.

¿Para qué seguir fingiendo? Siempre lo había sabido: nunca estuvo a la altura de Custo Tempes.

Ni siquiera cuando la sangre comenzó a brotar con lentitud ominosa, como una promesa cumplida.

Pero el destino no castigaba al Dios del Tiempo. Castigaba a quienes lo amaban.

Ni siquiera cuando sus músculos se entumecieron de agotamiento, ni cuando el dolor se volvió un zumbido distante, como si ni siquiera le perteneciera.

Ella, que solo había sido su capricho de juventud. Su ángel decorativo. Su juguete perfecto.

Ni siquiera cuando las alas dejaron de responder, colgando flácidas, traicionadas por los tendones rotos.

Él juró amarla.

Ni siquiera cuando un único hilo de carne, tan delgado como un hilo, era lo único que las mantenía unidas a su cuerpo.

¿Entonces por qué no la salvó?

Ni siquiera cuando el golpe sordo de las alas contra el suelo hizo eco en toda la habitación, tan definitivo como una sentencia.

—¿Por qué no apareciste? —gritó, y su alarido desgarrador espantó a todas las aves del bosque, como si el mundo también tuviera miedo de su pena.

¡¿Por qué permitiste que me hicieran esto?!

Y aún así, no terminó.

Porque aún quedaba algo que destruir.

¡¿Acaso realmente me amaste?!

Aún quedaba ella.

¡¿Por qué?!

Y ni el cielo, ni Custo, ni el mismísimo Destino respondieron.

Cuando el último sollozo murió entre sus labios, Angelia percibió el silencio como una niebla espesa, absoluta. Ni un crujido, ni una voz. La casa seguía muda, lo que solo podía significar que sus hermanas no se encontraban allí. La soledad era un susurro familiar.

Abrió la puerta con la delicadeza de un espectro, sin emitir un solo ruido, los ojos escudriñando la penumbra como si esperaran una emboscada. Recogió las alas del suelo con manos temblorosas; sus dedos aún manchados de sangre fresca y reseca. Caminó por el pasillo como una sombra alargada, dejando tras de sí un rastro carmesí que se desvanecía como el eco de una tragedia antigua.

Esa noche nadie se sentó frente a su puerta. Nadie tocó. Nadie preguntó.

Y sin embargo, por primera vez en meses, las alas no pesaban.

Se habían llevado consigo algo más que hueso y pluma: se llevaron el peso de la expectativa.

La expectativa de ser elegida. De ser amada. De ser perfecta.

Se había despedido de una vida que ya no le pertenecía, de una versión de sí misma que jamás volvería a nacer.

Cuando las heridas cerraron como bocas que ya no tenían palabras que decir, bajó una mañana cualquiera. Un amanecer pálido, sin gloria ni presagios.

Preparó su desayuno en la cocina, tarareando una melodía que no recordaba haber aprendido, con una voz que parecía prestada.

Llevaba un vestido claro, delicado, que dejaba al descubierto su espalda marcada: las cicatrices aún abiertas, rojas y disparejas, como relámpagos que nunca tocan tierra.

Entonces, aparecieron sus hermanas.

—Lia... —murmuró Pythonissan, dando un paso y luego otro, como si temiera que el aire mismo se quebrase.

Ambas se paralizaron. Aquella figura delgada, famélica, casi traslúcida, no podía ser su hermana.

El rostro que se volvió hacia ellas no era el de Angelia:

Los pómulos sobresalían como cuchillas bajo la piel.

Los ojos hundidos, celestes aún, pero huecos como los de una estatua.

Y en sus labios se curvaba una sonrisa demasiado perfecta para no ser falsa.

—Buenos días —saludó, con voz cantarina, como si nada en el mundo hubiese cambiado.

—¿Está todo bien, Lia? —preguntó Daemina, aunque conocía la respuesta.

—¿Por qué lo dices? —respondió con una dulzura hueca.

—No te hemos visto durante estos meses... —agregó con cautela Pythonissan.

—¿Ah, no? Qué raro. Yo he estado ocupada... pensando. —Soltó una risita apagada.

—Angelia... ¿Qué sucedió? —insistió la mayor con voz suave, temblorosa.

La sonrisa de Angelia se torció levemente. Sus ojos por fin se clavaron en ellas, y por un momento solo hubo un abismo entre las tres.

—Dei habló con Virindia —dijo Pythonissan con firmeza, sin rodeos esta vez—. Puedes hablarnos. Estamos aquí.

La expresión de Angelia se congeló. La sangre abandonó su rostro ya pálido.

Y entonces, la risa estalló. Una risa histérica, casi infantil, que hizo temblar las ventanas.

—¿Y qué le dijo? ¿Qué ya soy como ustedes? —dijo con los ojos fijos, chispeantes de furia.

—¿Como nosotras...? —repitió Pythonissan, confundida.

—¡Impuras! ¡Traidoras! ¡Zorras! —escupió con rabia—. Personas sin valor, que con su debilidad alimentan la soberbia de los hombres. Yo era mejor. Yo debía ser mejor. Yo era un regalo divino para Custo Tempes, un obsequio del destino. ¡Pero ustedes... ustedes lo arruinaron todo!

—Lia, no... —murmuró Daemina, dando un paso al frente.

—¡NO ME LLAMES ASÍ! —gritó, con los ojos abiertos como si el fuego los habitara—. Guardé mi pureza como un templo, y ustedes dejaron que la arrasaran. Todo lo que cuidé, todo en lo que creí... no existe. Y es su culpa.

Sin más, tomó el cuchillo con el que había preparado el desayuno.

La hoja atravesó su pecho con la precisión del odio acumulado. Daemina cayó al suelo con un jadeo ahogado.

—¿Creés que soy estúpida, Daemina? ¿Creés que no lo noté? Él te buscaba a ti. ¡A TI! Todo esto debía sucederte a ti, no a mí. ¡NO A MÍ! —gritó mientras la apuñalaba una y otra vez.

La última puñalada fue dirigida a la base de una de las alas de su hermana, como un símbolo de todo lo que había perdido.

Pythonissan gritó y se abalanzó sobre ella, logrando separarla. Ambas respiraban agitadas, manchadas de sangre, pero Angelia aún sostenía el cuchillo.

—¿Y de qué demonios te sirve esa lámpara del futuro, eh? —le escupió a Pythonissan—. ¿De qué sirve ver los hilos del destino si no puedes salvar a nadie? No salvaste a Custo aquella noche. ¡Y tampoco me salvaste a mí!

Entonces, sin esperar respuesta, corrió escaleras arriba como una fiera herida.

El sonido de sus pasos desesperados parecía una plegaria rota.

La cocina, antes pulcra y familiar, ahora estaba teñida con la sangre de sus hermanas, mezclada con el barro, con el recuerdo de unas manos ajenas, frías, que la habían marcado para siempre.

En su mente no había tiempo. No había ahora.

Todo era un torbellino constante entre imágenes rotas y gritos que solo ella escuchaba.

Y el cuchillo, aún tibio, seguía en su mano como una extensión de su alma quebrada.

Una tarde, unos golpes firmes y decididos interrumpieron el silencio sepulcral que se había vuelto habitual en la casa de las hermanas. El eco de los nudillos contra la madera retumbó como un trueno lejano en la mente de Angelia, despertándola del letargo sin tiempo en el que vivía. Su cuerpo reaccionó antes que su alma. Se incorporó con lentitud, casi con temor, como si su sombra pudiera quebrarse al moverse.

Desde su habitación alcanzó a oír murmullos en la planta baja. Una voz. No cualquier voz.

Una voz que su pecho aún recordaba, incluso si su cuerpo la rechazaba.

—Angelia... —susurró Daemina, pronunciando su nombre por primera vez desde la tragedia, con una mezcla de temor y esperanza—. Custo está aquí. Quiere verte.

La frase fue tan suave que por un momento pensó haberla imaginado. Pero ahí estaba. La realidad, arañando su puerta.

Angelia se acercó al espejo de su habitación, el mismo en el que alguna vez se admiró con inocente vanidad, y miró el reflejo con ojos extraños. Esa cara no era suya. Esa piel manchada por heridas mal cerradas, esos ojos rotos, no le pertenecían.

—No puede... no puede verme así —susurró con un hilo de voz, sintiendo cómo se apagaba por dentro. Apoyó una mano temblorosa sobre el vidrio, como si así pudiera tocar a la que fue alguna vez.

Los pasos de Daemina se alejaron lentamente, y con ellos, la contención. Pero la calma duró poco.

Nuevos pasos retumbaron en el piso, más pesados, urgentes. Luego, los golpes. Golpes fuertes, desesperados, que sacudieron la puerta como si la angustia tuviera puños.

—¡Lia! ¡Lia, soy yo! —gritó la voz que alguna vez fue su hogar—. ¡Por favor, no me hagas esto! ¡Solo quiero verte! ¡Quiero estar contigo!

Custo. Gritando su apodo como un ruego. Llorando humillantemente del otro lado de la puerta, como si las lágrimas pudieran abrir cerrojos.

Como si el amor pudiera sanar carne rota.

Como si el tiempo no los hubiese convertido en ruinas.

Angelia se quedó inmóvil, sintiendo cómo cada palabra derribaba una muralla que había construido a fuerza de cicatrices.

Las lágrimas empezaron a caer sin permiso.

Sus pies la guiaron hacia la puerta como si no le pertenecieran, como si sus propios pasos no fueran suyos sino de aquella que había sido Lia.

Se detuvo frente a la madera cerrada.

Solo una delgada barrera los separaba.

Solo esa barrera la protegía de todo.

Cerró los ojos. Respiró hondo.

Y apoyó la frente contra la puerta, dejando que su sombra se alineara con la de él.

—No quiero que me veas así —murmuró finalmente, con la voz quebrada pero viva.

Del otro lado, el silencio de Custo duró unos segundos que parecieron siglos. Y luego, con un hilo de voz ahogado por el llanto, respondió:

—¿Y si no te veo? —propuso Custo con un dejo de esperanza—. Un cuarto oscuro, me vendare, no te vere, solo dejame hablar contigo.

Angelia pensó durante unos minutos antes de aceptar. No fue una respuesta a la esperanza, sino a algo más viejo, más frágil y más difícil de definir. Tal vez una necesidad de cerrar una herida, o de confirmarse a sí misma que lo que alguna vez hubo entre ambos ya no existía.

En la penumbra de la habitación, Custo y Angelia se sentaron uno frente al otro, con los ojos vendados. La oscuridad no era ajena a ella, más bien se sentía como un viejo abrigo: áspero, pesado, pero familiar. Frente a él, oculta de sus ojos, podía hablar sin el peso de ser mirada.

Solo el sonido de sus voces flotaba entre ambos, como si cada palabra pudiera rasgar un poco más el silencio que los separaba.

—¿Estás bien, Custo? —preguntó Angelia, con una preocupación que no sabía si todavía le pertenecía o si era apenas un eco de lo que alguna vez sintió.

—Estoy bien —respondió él, con un tono que pretendía firmeza, pero que dejaba asomar la fatiga, el desencanto.

Angelia ladeó levemente la cabeza, como si pudiera verlo a través del velo de oscuridad.

—Te noto cansado... —insistió—. ¿Estás seguro?

—Estoy bien —repitió, y sus palabras quedaron suspendidas en el aire, entre ambos, como si esperaran algo más.

El silencio volvió, espeso, denso, asfixiante. No había consuelo en él, ni respiro. Solo espera.

Hasta que él volvió a hablar.

—¿Cómo puedo ayudarte, Angelia?

La pregunta le pareció un gesto cruel.

Ella bajó el rostro, como si con eso pudiera huir de la respuesta.

—No hay forma —dijo en un susurro—. Todo ha cambiado, Custo. Ya no somos los mismos. Ya no queda nada.

Sus palabras cayeron como ceniza. Nada podía reconstruirse con eso.

Después de unos segundos, preguntó, casi sin pensarlo:

—¿Encontraste a tus padres?

Hubo una pausa, el tipo de silencio que viene cuando las palabras se traban en la garganta.

—Los vi —respondió finalmente Custo.

Angelia asintió despacio, como si eso pudiera, en otro tiempo, haberle dado paz.

—Me alegro, Custo.

Pero ya no hay esperanza para nosotros. Lo que alguna vez fue... ya no existe.

Él se encogió, como si sus palabras lo hubieran herido de forma física.

—Lo siento, Angelia —murmuró—. Siento haber malgastado mi tiempo. Siento no haber estado allí para protegerte cuando más lo necesitabas.

Ella negó con suavidad.

—No se trata de eso, Custo, se trata de que ya no puedo soportar ser amada por ti. Ya no puedo tolerar no ser digna de ti.

Sus palabras cayeron con una sinceridad helada. No había reproche, ni ira. Solo la constatación de un abismo.

—¿Me amás, Angelia? —preguntó él, aferrándose a la última chispa que quedaba.

Pero la respuesta no llegó.

Solo el silencio. Un silencio frío, inmenso. Final.

—Está bien —murmuró Custo con resignación—. Entiendo... ¿Puedo pedirte un último favor?

Angelia confirmo en la oscuridad. Su voz era apenas un murmullo.

—¿Qué favor deseas, Custo?

Él se acercó, lentamente. Su mano buscó la de ella, y Angelia no se apartó. Temblaba. No de miedo, sino por todo lo que ese gesto le recordaba.

Todo lo que ya no era.

—Permítime hacer algo —dijo él.

Angelia no respondió, pero no se alejó. Custo se inclinó con una delicadeza que dolía y, en la penumbra absoluta, sus labios se encontraron.

Fue un beso ajeno al deseo.

Un beso hecho de duelo, de pérdida, de despedida.

Un gesto final.

Cuando se separaron, él sostuvo la oscuridad como si aún pudiera verla.

—Nunca te voy a olvidar —murmuró con un temblor contenido—. Te voy a recordar por el resto de mi vida.

Los ojos de Angelia se humedecieron, y su voz fue apenas audible.

—Yo también te recordaré.

Él sonrió, aunque ella no pudiera verlo.

—Te amaré por el resto de mi vida.

Entonces se apartó. Su ausencia llenó la habitación de inmediato.

—Nunca voy a estar de acuerdo contigo, Angelia —susurró—. Porque yo sé que eres más que digna de mi amor. Y espero que algún día lo entiendas... antes de que sea demasiado tarde.

Y luego se fue.

Angelia se quedó inmóvil.

La oscuridad ya no era un abrigo. Era una tumba.

Cuando la puerta de entrada sonó, el sonido retumbó en el silencio como un eco ajeno. Angelia salió del cuarto con pasos lentos, arrastrando la sombra de sus pensamientos, hasta encontrarse con sus hermanas en el pasillo.

Se detuvo unos segundos frente a ellas, temblando, cambiando la mirada entre los ojos de Daemina y Pythonissan, como si buscara en alguno de ellos el permiso para quebrarse.

—Fue horrible... —susurró finalmente, con la voz rota. Apenas un hilo de aire, como si confesarlo fuera arrastrar nuevamente el dolor desde el pecho hasta la boca.

Y entonces lloró.

Las lágrimas bajaron sin pudor, empapando su rostro pálido, cayendo sin orden ni medida.

—No puedo sacarlo de mi cabeza... —dijo, sollozando—. No puedo sacarlo de mi piel...

Se abrazó a sí misma como si quisiera arrancarse algo invisible, como si pudiera rasgarse y dejar atrás aquello que la ensuciaba por dentro. Sus piernas flaquearon un segundo, y Daemina fue la primera en acercarse. Pythonissan la siguió, sin dudar.

La rodearon con sus brazos, con una contención que esta vez Angelia no rechazó.

Por primera vez en mucho tiempo, no se alejó.

Hundió el rostro en el hombro de Daemina, mientras los brazos de Pythonissan la contenían por la espalda. No hubo reproches, ni preguntas. Solo el murmullo sordo de un llanto sostenido.

—Odio la idea de que todos vean lo que soy ahora... —sollozó, con un dolor que parecía haber estado esperando demasiado tiempo para salir—. De que me juzguen... por lo impura que soy...

Su voz se quebró otra vez. Sus manos temblaban al aferrarse al vestido de su hermana, buscando un ancla en medio de su naufragio.

—Si Júpiter me viera... si me viera ahora, no aceptaría que soy su hija...

Las palabras le dolieron más al decirlas que al pensarlas.

Daemina cerró los ojos, conteniendo las propias lágrimas, mientras Pythonissan la apretaba con más fuerza, como si pudiera reconstruirla desde ese abrazo.

Y por un instante, aunque breve, la casa dejó de ser tan fría.

Y el dolor de Angelia ya no era solo suyo.

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