La Dueña de las Máscaras

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Summary

Mariana, periodista mexicana, se infiltra en una casa de citas de lujo para investigar a sus poderosos dueños. Allí conoce a Lorena, una enigmática mujer que la seduce y la arrastra a un mundo de máscaras, poder y secretos. Entre la pasión oscura, la manipulación y el peligro, Mariana deberá descubrir hasta dónde está dispuesta a llegar por controlar su propio destino. Una historia de obsesión, traición y transformación donde nada es lo que parece y las máscaras, tarde o temprano, terminan cayendo.

Status
Complete
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34
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n/a
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18+

Capítulo 1

Mariana esperaba su turno para ser entrevistada. La oficina era opulenta, pero también lúgubre: había esculturas en los libreros, un pisapapeles y un abrecartas de oro, detalles que en lugar de imponer respeto, la hacían sentirse pequeña. Sintió cómo las palmas se le humedecían de sudor y se las secó disimuladamente en el pantalón.

El hombre regresó. Tendría unos cincuenta años, barba de candado canosa que contrastaba con su piel morena y el cabello negro. Bajó la mirada hacia ella.

—De acuerdo, quítate la ropa.

Mariana abrió los ojos y tragó saliva. El hombre rió con cinismo.

—El trabajo es de hostess en una casa de citas. Tu uniforme es lencería. Tengo que verte.

Mariana asintió con la cabeza. Se levantó, se dio la vuelta, respiró hondo y comenzó a quitarse la ropa con timidez.

Cuando se quedó solo en lencería, el hombre asintió y le dio la vuelta para examinarla por completo.

—No tienes tatuajes. Eso es bueno —dijo, mientras seguía inspeccionándola—. Sin perforaciones… solo en las orejas. También me agrada.

Se sentó frente a ella y le pidió que caminara.

—Tu tono de piel es pálido, pero me gusta.

Mariana sentía el estómago hecho un nudo, tan apretado que comenzaba a dolerle por el estrés.

—Me agrada lo que veo. Vístete.

Para su sorpresa, el hombre fue profesional. No había morbo en él, o al menos no lo dejaba notar.

Ella se vistió rápidamente y volvió a sentarse.

—Te recomendó un muy buen cliente nuestro. Empezarás en una semana. Aquí están las reglas; debes seguirlas al pie de la letra. Las hostess tienen prohibido acostarse con los clientes. ¿Queda claro?

Mariana asintió. Por supuesto que respetaría esa regla.

Al salir de la casa de citas, Mariana respiró hondo. Nunca en su vida se había sentido tan estresada como en ese momento. Se subió al auto y se puso la máscara para salir del lugar. Su reloj Casio comenzó a tomar el tiempo desde que se subía al auto hasta llegar al punto acordado en el metro de la Ciudad.

Una hora y treinta y tres minutos. Once de la mañana.

Se apresuró a subir al metro para ir a la oficina.

Al llegar a la oficina, sacó su libreta y tomó nota de todos los detalles, de todo lo que recordaba. Describió al sujeto.

Su jefe se acercó.

—¿Estás segura de que quieres seguir esa línea? Es peligroso.

Mariana asintió.

—Ya estoy dentro. Empiezo la otra semana.

El jefe se sorprendió.

—Bueno, es que…

—Ni lo menciones —lo interrumpió Mariana.

Sabía que su jefe hablaría sobre su cuerpo y su belleza, haciéndola sentir incómoda.

—De acuerdo —cedió él—. Ten cuidado y cualquier cosa rara repórtala de inmediato.

Mariana asintió.

—¿Puedo usar al caricaturista?

Su jefe asintió.

—Claro. No creo que esté tan ocupado.

Le señaló a un joven de unos veintitrés años, que estaba metido en su computadora.

—Alan, ayúdame con un retrato.

El chico se tensó de inmediato y dijo en voz baja:

—¿Una chica?

Mariana asintió con una media sonrisa.

—Ahora.

Alan asintió.

—Siéntate —dijo, y se movió al asiento contiguo.

Mariana lo dudó. Su lugar estaba lleno de botana y suciedad.

—Así mejor —dijo ella.

El hombrecillo asintió murmurando.

Al cabo de una hora, el chico terminó el retrato.

—Ah, le falta algo —dijo Mariana.

El chico se quedó pensativo.

—¿Tal vez la barba es distinta?

Ella negó.

—Los ojos. Son más chiquitos.

El chico se apresuró a borrarlos y modificarlos.

—¿Así?

Mariana asintió.

—Perfecto.

El chico negó.

—Es un señor feo. No perfecto.

Mariana se rió.

—El dibujo está perfecto. Es casi idéntico.

Lo tomó y se lo llevó al escáner. Mientras lo escaneaba, se quedó pensativa. Le daba miedo la investigación, pero era el salto que había buscado por años. Por fin estaría a la altura de lo que se esperaba de ella desde que estudió periodismo.

Tal vez, después de que todo esto terminara, podría escribir un libro. Sin embargo, en el fondo de su mente, sabía que esa era una posibilidad remota; una esperanza frágil que, por ahora, aún estaba por verse.

Llegó su primer día. Se reunió con otras tres chicas que llevaban máscaras al igual que ella, esta vez las llevaron a una habitación distinta: fría, de luces blancas y paredes grises, con una fila de casilleros metálicos numerados del uno al diez. El hombre de la barba de candado ya las esperaba.

—Desde ahora no tienen nombre. Tienen números —anunció sin mirarlas a los ojos.

Las tres chicas movieron la cabeza en silencio. Mariana trataba de grabarse cada detalle en la mente: la disposición de los casilleros, la salida de emergencia al fondo, el olor a desinfectante recién aplicado. Todo podía servir después.

El hombre llamó a otros tres. Entraron sin hacer ruido, altos y bastante fornidos, vestidos con pantalón sastre y zapatos bien lustrados, pero sin camisa. Los tres llevaban máscaras negras que les cubrían media cara, dejando solo los ojos y la boca a la vista. Mariana buscó alguna marca, algún rasgo distintivo, algo que pudiera recordar: una cicatriz, un lunar, un tatuaje. Nada. Su piel estaba limpia, los cuerpos anónimos. No se parecían entre sí, lo sabía, pero no podía tener la certeza de nada.

Uno de ellos se acercó con una caja grande y se la extendió a la primera chica. Luego hizo lo mismo con las demás.

—No hablarán entre ustedes —dijo con firmeza, y su voz sonó hueca detrás de la máscara—. Usarán sus uniformes en los días especificados. La lavandería interna recoge sus uniformes después de cada jornada y los lava. No se preocupen por eso.

Dio algunas vueltas por el lugar, vigilante, como un entrenador inspeccionando a sus reclutas.

—Servirán a los clientes. Si alguno quiere compañía, se la darán, pero ningún cliente puede tocarlas. Para eso tenemos otros servicios.

Las tres asintieron en silencio. Mariana sintió un escalofrío que le recorrió la nuca. El hombre salió sin más, y el clic de la puerta al cerrarse sonó como un cerrojo.

Comenzaron a cambiarse. Eran las seis en punto.

El turno comenzó. Todo el staff llevaba máscaras, igual que los hombres fornidos que la vigilaban desde las esquinas. Mariana trató de reconocer a alguien entre el personal, pero era imposible: solo veía miradas vacías tras el látex y el plástico. Los clientes empezaron a llegar en pequeños grupos, vestidos con trajes oscuros y joyas discretas. Ninguna de sus mesas estaba asignada aún. Observó a las otras chicas moverse con fluidez, como si llevaran años haciendo aquello, mientras ella se moría de los nervios, con las piernas temblorosas bajo la lencería.

—Tranquila. Yo llevaré la bandeja, tú sólo sirves —le dijo uno de los hombres que llevaba máscara negra y guantes de látex.

Ella asintió, agradecida de que alguien le diera una instrucción clara.

—Nos asignan por parejas. Seré tu pareja todo el mes. Consigue buenas propinas y no tendremos problemas.

Mariana se tensó. La lencería apenas le cubría el cuerpo y le dificultaba ocultar cualquier gesto de incomodidad. El chico se rió por lo bajo.

—Es broma.

Mariana respiró hondo.

—Estoy nerviosa —admitió, sorprendida de su propia honestidad.

El chico sonrió tras la máscara; ella lo notó por el arrugado de sus ojos.

—Es normal. Te asignaron las mesas VIP. Debiste gustarle mucho a Roman.

Mariana sintió un escalofrío. Roman. Ahora tenía nombre.

—De acuerdo, veintiuno. Ahí vienen los primeros clientes —dijo él, señalando con un leve gesto de barbilla.

Mariana se acomodó la máscara, sintió el roce frío del material contra sus mejillas calientes, y caminó hacia la mesa. Se paró en silencio, tal como indicaba el protocolo: brazos ligeramente cruzados atrás, mirada al frente, respiración contenida.

Los clientes llevaban máscaras diferentes al resto. Aquella pareja en específico lucía unas que parecían hechas a mano. La de la mujer tenía pedrería Swarovski incrustada sobre un fondo negro que hacía que cada destello pareciera una estrella en miniatura. Era elegante, casi etérea. El hombre llevaba una máscara negra con un halo dorado que rodeaba la cuenca de sus ojos; probablemente oro de verdad, mucho más sencilla que la de su acompañante, pero imponente. Transmitía poder sin necesidad de movimientos.

Mariana sintió la mirada de ambos sobre ella, pesada como una mano en el pecho. Debajo de la máscara del hombre notó una sonrisa. No la vio directamente, pero la intuyó en la tensión de sus pómulos, en el brillo de sus ojos.

El corazón le latía con tanta fuerza que temió que lo escucharan.

—Tráenos nuestra botella. El bartender sabe —dijo la mujer mientras se quitaba la gabardina.

Quedó en un baby doll rojo, diminuto, de encaje que se adhería a sus curvas como una segunda piel. Mariana no pudo evitar notar la sensualidad de la mujer: la forma en que la luz acariciaba sus hombros desnudos, el movimiento calculado de sus caderas al sentarse, la seguridad de quien sabe exactamente el efecto que causa. Tragó saliva.

La mujer la vio directamente, de arriba abajo, descaradamente. Sin prisa. Como quien examina un objeto que le interesa comprar.

Mariana sonrió. Se humedeció los labios con la punta de la lengua, apenas un gesto, casi inconsciente. Notó entonces que la mujer también tragó saliva. Un pequeño triunfo.

Se movió hacia la barra.

—Lo de siempre —dijo Mariana, apoyando los brazos desnudos sobre el mármol frío.

El bartender se rió mientras secaba una copa.

—Claro que lo de siempre. Si viven aquí esos dos… si su matrimonio es tan horrible, deberían divorciarse.

Mariana soltó una risita nerviosa, más por el absurdo de la situación que por la gracia del comentario. El bartender le extendió la botella a su compañero, una botella de etiqueta negra sin nombre visible, y él la tomó sin decir palabra.

Cuando Mariana llegó al taburete, se agachó para servirles, inclinándose lo justo como había ensayado en su cabeza mil veces. Pero antes de que el licor dorado tocara la copa, la mujer le detuvo la mano. Sus dedos eran fríos, firmes.

—Siéntate aquí —ordenó, señalando el taburete vacío junto a ella.

Mariana miró al hombre. Él la observaba tras la máscara del halo dorado. No pudo leer su expresión, ni siquiera adivinar si aprobaba o rechazaba la orden de la mujer. Solo asintió, lento, casi imperceptible.

Y Mariana lo supo entonces: no podía leerlo a él, pero a ella sí.

Roman se acercó a la mesa. Su presencia imponente llenó el espacio antes de que abriera la boca. Miró a Mariana sentada en medio de ambos, atrapada entre el hombre del halo dorado y la mujer de pedrería.

—Su mercancía está lista —dijo Roman, con esa voz plana y profesional que ya le resultaba familiar.

La mujer le hizo una seña a su marido, un leve movimiento de dedos sobre la mesa, como quien despide a un criado.

—De acuerdo. Creo que ella está más entretenida con la hostess —dijo el hombre, sin molestia en la voz, más bien aliviado.

Roman asintió. El hombre se levantó, se ajustó la chaqueta y siguió a Roman hacia un pasillo alfombrado que se perdía en la penumbra. Mariana lo siguió con la mirada hasta que desapareció, preguntándose qué clase de “mercancía” lo esperaba al final de ese corredor.

La mujer le jaló la barbilla con dos dedos, girándole el rostro hacia ella con una firmeza inesperada.

—¿Te quieres ir con él o prefieres mi compañía?

Mariana negó con la cabeza, despacio, sintiendo el roce de los dedos de la mujer contra su mandíbula.

—Eso pensé —murmuró ella, y soltó su barbilla con una media sonrisa.

Mariana respiró hondo, tratando de calmar el latido salvaje de su corazón. La mujer sonrió, esta vez más ancha, casi maternal.

—Tranquila. No muerdo. No por ahora.

Mariana notó entonces algo en su voz que antes no había percibido: un dejo grave, una seguridad que solo dan los años. Era una mujer madura. No una recién llegada a ese mundo. Alguien que ya había visto suficiente como para no asustarse por nada.

Y eso, de alguna manera, la asustó más a ella.