PRÓLOGO
Pov Jimin.
Siempre he tenido claro que lo mío no son los chicos buenos.
Algunos chicos sentimos atracción por los villanos de la historia y, personalmente, no creo que sea algo malo, aunque, a la larga, pocas veces termina bien.
Lo más común es acabar con el corazón hecho pedazos y acudiendo a sesiones interminables de terapia, sin embargo, es algo inevitable.
Puedes huir de tus propios instintos, negarlo e intentar ir por el buen camino.
Con un poco de suerte, incluso encontrar a un buen hombre y fingir que eres feliz, o como yo, aceptarlo con todas sus consecuencias.
Solo hay una forma de sobrevivir a ello: debes aprender a dominarlo, forjar tu carácter y convertirte en alguien peor que él.
Yo lo descubrí a una edad muy temprana.
Tenía solo siete años el día en el que Jeon Jungkook me dio mi primer beso, justo antes de tirarme del cabello y reírse de mí.
Lo odié mucho en ese momento, sin embargo, también fui consciente de que mi vida y la suya estarían ligadas para siempre.
Treinta años después, aún sigo pensando que jamás tuve otra opción.
Él no hizo nada para seducirme, no me enamoró, y yo tampoco a él.
Solo fuimos dos almas destinadas a encontrarse en medio del caos y la destrucción.
Tal vez, si hubiésemos nacido en otra parte, si nuestros padres no se dedicaran al negocio del dolor y el sufrimiento, las cosas hubiesen sido distintas.
Quizá él y yo estaríamos envejeciendo juntos y no nos separarían más de cuatro mil kilómetros.
Me he preguntado muchas veces si cambiaría algo de mi pasado, si todo lo que vivimos juntos fue lo bastante bueno como para opacar lo malo.
Ni siquiera ahora, mientras le apunto a la cabeza con una pistola, soy capaz de encontrar una respuesta.
―Llevo esperándote mucho tiempo ―susurro.
Cinco años.
Cinco malditos años en los que he temido que este momento llegara.
Sabía que vendría a matarme, y por eso he tenido que convertirme en una sombra.
Me mudé a Nueva York, tuve cuidado de no contactar con nadie de mi otra vida.
Cada día miro por encima del hombro al salir de casa y, aun así, aquí está, cumpliendo su promesa.
Solo ha sido un descuido.
Hace tres días se averió la videocámara que vigila la entrada del edificio en el que vivo, la que yo mismo coloqué allí para que me alertara de la presencia de algún extraño.
Debí haberla reparado, pero no lo hice.
Me confié demasiado, y ahora voy a pagar las consecuencias.
Una sombra junto al pasillo llama mi atención y cometo otro error, dejo que Jungkook se gire, y cuando quiero reaccionar ya me está encañonando.
―¿Dónde está la cría? ―pregunta.
Su mirada me deja paralizado por segundos.
¿Maya?
¿Ha venido a por ella?
¿Por qué?
¿Para qué quiere Jungkook a la niña?
Antes de poder contestar a su pregunta, vuelvo a ser consciente de que hay alguien más con nosotros.
Dirijo la mirada hacia la puerta por la que acaba de entrar Jungkook y lo reconozco enseguida.
¿Qué hace él aquí?
Hace quince años que se marchó con Gabriel, Oscar, Luna y Beni.
«¿Jeon ha logrado encontrarlos? ¿Fue Jungkook quien los delató?».
No, eso no tiene sentido.
Él se quedó con su padre para protegerlos.
Jamás los traicionaría.
―Hola, Arturo. Me alegra verte. ―Tras él hay una chica de cabello negro y ojos azules. Su rostro me resulta familiar, pero no logro recordar quién es―. ¿Quién te acompaña? ―inquiero.
―La madre de Maya ―contesta Jungkook, y entonces todo cobra sentido.
Ese es el motivo de su poco amistosa visita.
Sabía que existía esa posibilidad.
Vuelvo a mirar de reojo a la chica e inspiro profundo por la nariz.
Ahora la reconozco, Ryzhaya, la chica que Urriaga tenía en propiedad.
La vi solo un par de veces cuando la traían a la finca, siempre llevaba los ojos tapados mientras la acompañaban al sótano.
Quiero preguntarle cómo ha terminado encontrándome, pero antes de que pueda abrir la boca, escucho unos pasos que se acercan desde el pasillo que lleva a las habitaciones.
Echo un vistazo en dirección a la puerta por la que estoy seguro que en cualquier momento entrará uno de los niños, y rezo en silencio para que sea Maya y no Lucas.
Es mucho más seguro que nadie conozca la existencia de mi hijo.
―Mierda ―murmuro, y con un movimiento rápido, me giro y escondo la pistola a mi espalda. Intento cubrir a Jungkook y su arma para que Maya no se asuste―. Cielo, vuelve a la cama ―le pido en cuanto veo su cabeza de pelo rojizo asomarse.
Maya nos mira a todos con gesto confuso.
―¿Qué está pasando? ―pregunta.
―Nada ―respondo, e intento ir hacia ella cuando noto las manos de Jungkook sobre las mías, es solo un pequeño roce, pero lo siento por todo el cuerpo.
Entonces agarra mi arma y, aunque la sujeto con fuerza, no soy capaz de evitar que me la quite.
Miro hacia atrás con rabia.
Acabo de firmar mi sentencia de muerte.
Sin un arma con la que defenderme, sé que no saldré vivo de esta.
Vuelvo a respirar hondo y me agacho un poco para quedar a la altura de la niña.
―¿Recuerdas lo que dijimos que pasaría cuando vinieran a por ti? ―le pregunto mientras acaricio su rostro con suavidad. Maya asiente.
―¿Va a venir mi madre?
―Ya está aquí, cariño ―contesto con un hilo de voz. Mira a la chica que Arturo mantiene pegada a su costado y después a mí de nuevo―. Debes irte con ella.
He visto crecer a esta niña.
La conozco desde que solo era una bebé, tenía cinco años cuando me la llevé conmigo de la finca y ha pasado otros cinco bajo mi tutela.
La quiero como si fuese mi propia hija, pero no es así,y eso es algo que siempre he tenido claro.
Su madre tiene derecho a llevársela.
A ella se la quitaron y es justo que la recupere.
―Yo quiero quedarme contigo y con…
―No puede ser ―digo cortándola antes de que pueda mencionar a Lucas―. Ya hemos hablado de esto, Maya. Debes regresar con tu madre.
La escucho resoplar y sé que no está de acuerdo con lo que le estoy pidiendo que haga.
Siempre la he animado a que no se conforme con lo que los demás decidan para ella, sin embargo, en este caso, me gustaría que lo hiciera.
Eso lo haría todo mucho más sencillo.
―¿Tú también vienes? ―pregunta, y niego con la cabeza.
―No, cariño. Yo me quedo.
Puedo notar como todo su pequeño cuerpo se tensa, farfulla algo en voz baja que no soy capaz de entender y suspira con fuerza.
―Vale ―murmura a desgana.
Recibo su beso y su abrazo como lo que es, una despedida.
Por la forma en la que me mira Jungkook, sé que no volveré a verla nunca porque esta noche será la última de mi vida.
Tras apartarme, sonrío de manera forzada y le doy un pequeño empujón para que vaya con su madre.
―Es una niña muy especial. Espero que te la merezcas ―digo mientras clavo la mirada en la de ella.
Ryzhaya asiente y acaricia el rostro de su hija mientras la mira con los ojos brillantes de felicidad.
Se dicen algo, pero no soy capaz de prestar atención porque estoy demasiado ocupado librando mi propia batalla de miradas con Jungkook.
Hay tanto odio en sus ojos…
Lo entiendo, y me lo merezco, pero no por ello dejaré que me humille.
Si cree que voy a suplicar clemencia se equivoca.
Ya he aceptado mi destino.
No puedo hacer más que intentar morir con mi dignidad intacta.
―Salid de aquí ―ordena Jungkook, alzando la voz. Apenas tengo tiempo de despedirme de Maya con una sonrisa antes de que su madre se la lleve y vuelvo a tener una pistola apuntándome a la cabeza―. Te advertí que si volvía a verte te mataría.
«Lo sé. He repetido esa amenaza en mi cabeza todos los días desde que la escuché».
Contengo el aliento y alzo la barbilla de manera desafiante.
«No dejes que vea tu debilidad, Jimin», me digo a mí mismo.
―Has tardado cinco años. Esperaba más de ti. ―Su mirada se estrecha y puedo intuir que su decisión de matarme acaba de ser reafirmada.
«Lucas. ¿Qué va a ser de él?».
Un nudo de angustia me cierra la garganta al ser consciente de que en cuanto yo no esté, mi hijo quedará a merced de Jungkook.
No puedo permitirlo.
Echo un vistazo por el rabillo del ojo.
Arturo no se ha movido de su sitio.
Hace muchos años que perdí el contacto con él, pero siempre fue un buen tipo, el mejor de todos nosotros, y no le teme a Jungkook.
―Arturo, cuando todo acabe, recoge todas mis pertenencias del apartamento, por favor, y no permitas que él se quede con nada. ¿Puedes hacer eso por mí?
Jungkook frunce el ceño y ladea la cabeza, como cada vez que intenta descubrir qué es lo que estoy tramando.
Hay cosas que nunca cambian, y una de ellas es que sigo siendo capaz de leer sus gestos como un jodido libro abierto.
―Jungkook, baja la pistola ―escucho que dice Arturo.
Como es obvio, él no le hace caso.
Respira profundo y su mandíbula se tensa.
―Voy a cumplir una promesa. Sal de aquí, Lagos ―ordena.
Da un paso hacia mí y mi corazón se salta un latido.
Va a hacerlo.
Voy a morir.
―Promételo ―pido.
«Cuida de él, te lo suplico. No dejes que nadie lastime a mi pequeño».
―Sí, lo prometo.
Exhalo despacio por la boca y doy un paso hacia Jungkook.
Su mirada y la mía se unen, y por un instante soy capaz de sentir toda esa rabia y dolor que lo torturan.
Sigue sufriendo.
«Por mi culpa».
―Que sea rápido ―susurro con un hilo de voz.
Mientras lo veo prepararse para disparar, mil recuerdos invaden mi mente.
Imágenes de nosotros dos, una infancia marcada por la violencia, nuestros primeros besos, la primera vez que hicimos el amor, su sonrisa deslumbrante el día en que nos casamos…
«Te he amado tanto…».
Jungkook toma una bocanada profunda y esbozo una pequeña sonrisa.
―¿Papi? ―Dejo de respirar al escuchar su voz.
Giro la cabeza a la velocidad de un látigo y lo veo junto a la puerta, mirándome con gesto adormilado.
«Mi pequeño vaquero».
―Lucas, vuelve a tu habitación ―ordeno.
―¿Qué pasa? ―pregunta asustado al reconocer el peligro.
Hay dos desconocidos en nuestra cocina, y uno de ellos está amenazando a su papi con una pistola.
Antes de que pueda reaccionar, Jungkook me atrae hacia él tirando de mi brazo.
―Hijo de puta… ―Su aliento me golpea el rostro―. ¿Es mío?
Inspiro hondo por la nariz y, una vez más, elevo la barbilla en un gesto desafiante mientras me encojo de hombros.
Tal vez tenga una oportunidad.
Si digo la verdad…
«No, debo guardar silencio, esa es la clave, y quizá la única manera de salir de esta con vida».
―Supongo que esa información está a punto de morir conmigo. Ahora termina de una maldita vez, pero no lo hagas frente a mi hijo. ―Trago saliva con dificultad. Rezo para que mi plan funcione―. Arturo, espero que cumplas tu promesa. No permitas que nadie le ponga un dedo encima.
Siento la mano de Jungkook en mi barbilla.
Me aprieta con fuerza y pega el cañón de su pistola a mi sien mientras maldice en voz baja.
―Te crees muy listo, ¿verdad? ―La duda brilla en su mirada―. Tu ejecución acaba de ser aplazada. ―Me empuja con fuerza y señala a Lucas―. Coge al mocoso. Os venís conmigo.
¡Santo Cristo!
¡¿Qué acabo de hacer?!
Camino despacio en dirección a mi pequeño y enseguida lo cojo en brazos bajo la mirada furiosa de Jungkook.
Estoy seguro de que voy a arrepentirme de no haber escogido la muerte.