🎎Russian Doll🧳||Kookmin||

Summary

Veo la sangre escurrirse entre mis dedos mientras la vida abandona los ojos de Jeon Yuri. Sé que su hijo y heredero Jungkook querrá cobrar su venganza. La traición se paga con muerte y a ojos de todo el mundo ahora soy un traidor. Los hombres como él te hacen pedazos. Aunque llega tarde, ya he sido el juguete de muchos. Por muy intensa que sea su mirada lo único que podrá ver en mí es que soy un muñeco roto y entenderá que la muerte no es un castigo, es mi salvación, quizás por eso no me la concede y haya decidido que ahora que es mi dueño quiere ser él quien juegue conmigo. Adaptación No copias ni adaptaciones Que la disfruten 😌💜

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24
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n/a
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18+

PRÓLOGO

Pov Jimin.

Un fuerte estruendo me sobresalta y no tardo en volver a escuchar los llantos y gemidos que provienen del grupo nuevo de niños que llegó anoche.

Mientras fingía dormir los escuché hablar.

Creo que son americanos, o ingleses tal vez, no estoy muy seguro.

Estaban convencidas de que sus padres vendrían a buscarlos pronto.

Ilusas.

No hay escapatoria.

En cuanto estás bajo el poder de la Zmeya¹, tu vida les pertenece.

Siempre ocurre lo mismo.

Las nuevas tardan un tiempo en acostumbrarse a esto.

Me desperezo y me incorporo justo cuando la puerta metálica se abre con un chirrido.

Los críos empiezan a gritar y resoplo.

No sé por qué se quejan tanto.

Los lloros ni los sollozos servirán de nada.

―¡Arriba! ―brama Viktor, uno de los guardias, en inglés, pero con un acento ruso muy marcado.

Me mira de reojo y me pongo en pie de inmediato.

Con el tiempo he aprendido que es mejor obedecer a la primera para evitar los golpes.

Se acerca al grupo de los nuevos, que intentan cubrir sus cuerpos desnudos con las manos llorando y gritando que las ayuden.

―Por favor. Quiero a mi mamá ―susurra uno de ellos entre sollozos.

Viktor sonríe de oreja a oreja.

El muy cabrón disfruta atemorizando a los recién llegados.

―¿Me parezco yo a tu mamá? ―La niña mueve la cabeza de un lado a otro―. Entonces haz lo que te ordeno. Arriba, ahora mismo.

Los críos siguen llorando a lágrima viva y Viktor no tarda en impacientarse.

Como no se levanten esto va a terminar muy mal para esos niños.

Vuelve a gritarles que se levanten e incluso tira de uno de ellos con fuerza y la pone en pie, sin embargo, la niña, que no creo que tenga más de seis o siete años, se tira de nuevo en el suelo y se hace una bola.

―Haz algo ―masculla Arya a mi lado tras darme un codazo.

―¿El qué? Va a pegarle de todos modos ―contesto.

La escucho resoplar y la miro de reojo.

Ambos estamos desnudos, al igual que la veintena de chicos que nos rodean sin contar a los nuevos.

Arya y yo somos los mayores de nuestro grupo y los que más tiempo llevamos encerrados aquí.

Es fácil darse cuenta de ello, solo hay que fijarse en las cicatrices que cubren nuestras pieles.

Viktor empieza a golpear a la nueva y Arya aprieta los puños con fuerza.

Cada uno de sus gritos me trae mil recuerdos de lo que yo mismo he tenido que pasar.

Mi compañera da un paso al frente y la sujeto por el brazo.

―Viktor ―digo para llamar su atención.

Se gira hacia atrás y estrecha su mirada sobre mí.

Siento la tentación de encogerme, pero me mantengo firme y con la cabeza alta.

Sé que a él no le gustan los cobardes.

El muy hijo de puta disfruta doblegando a los valientes, me lo ha demostrado muchas veces.

―Kukla², esto no va contigo. Si no quieres problemas, mantente callado.

―Yo puedo encargarme de los nuevos ―replico en ruso.

Ni siquiera recuerdo haber aprendido el idioma.

Nadie me lo enseñó, o al menos eso creo.

También hablo inglés, español, húngaro, albanés, algo de rumano e italiano.

Supongo que, al crecer rodeado de chicos de distintas nacionalidades, los idiomas se me dan bien.

Sin embargo, no sé cuál de ellos es mi idioma natal, ni mi país.

Desde donde me alcanza la memoria, he vivido en distintos buques como este, soy una pieza de la enorme maquinaria que controla la Zmeya.

Uno más de sus muñecos.

Viktor vuelve a sonreír y viene hacia mí.

Cuando una de sus manos se posa sobre mi hombro todo mi cuerpo se tensa, pero no me muevo ni un centímetro.

Ya estoy acostumbrado a que cualquiera que lo desee me manosee a su antojo.

―¿Vas a poder controlarlos, Kukla? ―Asiento con la mandíbula apretada

y su mano se desliza hacia mi clavícula―. Muy bien. Si consigues que se comporten, hablaré con el jefe y le pediré que en la fiesta de esta noche no estés presente en el salón central.

Trago saliva con fuerza e intento controlar mi respiración.

No sabía que esta noche hubiese una fiesta, aunque tampoco es de extrañar.

Llevamos ya más de dos meses navegando y hace unas horas que no nos movemos; tampoco se escucha el ruido del motor.

Creí que sería porque habíamos atracado en algún puerto para recoger suministros y, por supuesto, al grupo nuevo de niños.

Parece que estaba equivocado.

Eso significa que tendremos que ir a tierra firme a cumplir con nuestro deber.

―¿Ellos van a ir a la fiesta? ―me atrevo a preguntar.

―Sí. Serán el plato principal.

La forma en la que sonríe mientras sigue deslizando sus dedos por la parte superior de mi torso me produce repulsión, pero, una vez más, me mantengo quieto.

Uno a uno, todos mis compañeros van saliendo de la bodega donde solemos dormir, en el suelo, sobre unos colchones de espuma sucios y roídos por las ratas.

El último en irse es Viktor.

Me lanza una mirada de advertencia antes de cerrar la puerta, y solo cuando me quedo a solas con los nuevos suelto todo el aire que estaba conteniendo.

―Dejad de llorar ―ordeno, acercándome a ellos.

Me agacho junto a la cría que se ha llevado la paliza del guardia y compruebo que no tiene ningún hueso roto.

Aunque es probable que se sienta dolorido unos días, ese no va a ser un motivo para no asistir a la fiesta.

―Quiero a mi mamá.

Escucho un sollozo y veo a una niña pelirroja sentada en el suelo, rodeando sus rodillas con los brazos. Suspiro.

Es muy pequeña.

Demasiado.

Dudo que sobreviva hasta mañana, y si lo hace, nunca más volverá a ser la misma.

―Ven aquí ―pido, intentando usar un tono de voz tranquilo y poco amenazante.

Tengo que esforzarme ya que lo de hablar no es lo mío.

Prefiero observarlo todo en silencio y no tomar partido a no ser que sea extremadamente necesario.

Estiro la mano, y para mi sorpresa, la niña se levanta y corre a refugiarse en mi regazo.

Al principio me quedo muy quieto.

No sé cómo actuar.

Intento apartarla, pero la pequeña se aferra a mi cuello con ambos brazos.

―No me dejes con ellos ―lloriquea junto a mi oreja.

Suspiro y cierro los ojos con fuerza.

Llevado por un impulso, la abrazo y dejo que llore sobre mi hombro durante un buen rato antes de alejarla unos centímetros y mirarla a la cara.

―¿Cómo te llamas? ―le pregunto.

Se seca las mejillas húmedas con el dorso de la mano y coge una gran bocanada de aire antes de contestar.

―Soy Vanessa. ¿Vas a llevarme con mi mamá?

Niego con la cabeza.

Me da pena esta niña, pero no voy a mentirle.

Darle alguna esperanza sería algo muy cruel.

―¿Cuántos años tienes, Vanessa? ―Estira cuatro dedos de su mano derecha y asiento―. Muy bien. Quiero que me escuches, ¿vale? Esto es muy importante. ―Alzo la vista y señalo a las demás―. Vosotros también. Dejad de llorar y prestad atención. Ahora vamos a salir de aquí.

―¿A dónde vamos? ―pregunta uno de los chicos.

―No me interrumpas y escucha ―ordeno―. Vamos a salir de aquí. Unos hombres nos estarán esperando en la sala de limpieza. Allí nos van a mojar con unas mangueras. El agua estará fría y es posible que duela un poco, pero tenéis que aguantar y no quejaros. Si lo hacéis, esos hombres os pegarán.

―Yo no quiero que me peguen más ―murmura la niña que se ha llevado la paliza de Viktor.

―Entonces haz lo que te digo.

―¿Por qué nos han quitado la ropa? ―pregunta otro.

Inspiro hondo por la nariz y niego con la cabeza para no contestar.

No puedo decirles que para ellos solo somos trozos de carne con los que divertirse, van a enterarse de todas formas; sin embargo, si pueden mantener su inocencia durante un rato más, prefiero que disfruten de ella hasta que llegue el momento de entregársela a esos hijos de puta.

***

El humo del tabaco y el aroma a alcohol me irritan los ojos.

Es curioso, a estas alturas de la noche no hay ni una sola parte de mi cuerpo que no esté dolorida y lo que me preocupa son mis ojos.

Supongo que el resto del dolor ya es algo habitual para mí, al igual que para el resto de chicos que van de un lado a otro del club.

Estamos en España, o al menos eso creo.

Cuando nos bajaron del buque ya era de noche y enseguida nos metieron en varios camiones.

La mayoría de los invitados a la fiesta son rusos, aunque también hay alemanes e ingleses.

Todos ríen, beben y disfrutan de la compañía de los chicos que se pasean desnudos de un lado a otro.

Al igual que yo, la gran mayoría ya está acostumbrado a esto, y ni siquiera se resisten cuando son elegidos para adentrarse en alguno de los salones comunes o habitaciones privadas.

Para eso nos han adiestrado.

Desde donde estoy, sentado en el regazo de un hombre que es probable que me lleve más de cincuenta años, miro de reojo hacia la puerta del salón principal.

Tal y como prometió Viktor, me han recompensado por controlar a los nuevos.

No sé cómo lo consiguió, siempre soy uno de los habituales en la sala principal; tampoco es que vaya a preguntar.

Estoy encantado por no tener que meterme en esa maldita sala de torturas.

Siento la mano del hombre que tengo debajo recorrer mi muslo y trago saliva con fuerza.

Ahí vamos otra vez.

No tarda en levantarse y llevarme con él a una de las habitaciones privadas donde, durante un rato, me convierto en su Chertovski³.

La noche transcurre con normalidad.

Al menos todo lo normal que puede ser una noche de fiesta.

No he dicho ni una sola palabra desde que salimos del barco.

Tampoco es que sea un chico muy hablador, la verdad, y en estos eventos aún me cuesta más hacerlo.

Salgo a la zona de baile y barra del club y compruebo que la mayoría de invitados ya se han marchado.

Solo queda un grupo de hombres charlando alrededor de una de las mesas más alejadas de la entrada.

Tienen que ser personas importantes.

Los más poderosos son los que se quedan hasta el final.

Todas sabemos que los capitanes y comandantes de la hermandad aprovechan estas fiestas para cerrar sus negocios turbios.

―¡Kukla, ¿qué haces aquí? Se supone que tendrías que estar atendiendo a los invitados ―dice Viktor, apareciendo a mi lado.

Agacho la cabeza y no contesto.

Solo quiero marcharme de una vez y descansar unas horas.

Como me he portado bien esta noche, seguro que mañana me dan un buen desayuno y, con un poco de suerte, puede que me dejen ver un rato la televisión.

―¿Puedo irme ya? ―pregunto tras carraspear.

―¿Has terminado? ―Asiento y enseguida noto su mano en mi nuca―. Bien. Hoy has sido un buen chico. Ve a buscar a Arya y os llevaré al barco.

Sin decir nada más, me marcho.

Paso al lado de la mesa donde esos hombres siguen hablando y bebiendo licor en vasos de cristal, y uno de ellos dirige su mirada en mi dirección.

Es mayor y tiene todo el pelo blanco.

Como la mayoría de ellos, viste con traje y corbata.

Casi todos llevan pistola y he visto más de una vez cómo las usan contra cualquiera que se atreva a llevarles la contraria.

Aparto enseguida la mirada.

Espero que no quiera llevarme a una habitación.

Estoy agotado.

Recorro todo el local en busca de Arya, incluso llego a entrar en el salón principal.

Aparte de un par de chicos atados y amordazados mientras varios hombres los manosean, no hay nadie más.

Vuelvo a salir sin que me vean y sigo buscando.

Estoy a punto de volver para informar a Viktor de que no la encuentro cuando, al pasar por una de las habitaciones privadas, escucho una especie de grito ahogado.

Me detengo de golpe y asomo la cabeza por el hueco que deja la puerta entreabierta.

Mierda, esto es muy malo.

Arya está tumbada boca arriba sobre una mesa.

El suelo está cubierto de sangre que sale de los cortes que le han hecho en casi todo el cuerpo.

A su alrededor, cuatro hombres desnudos la observan y ríen mientras se tocan a sí mismos.

Uno de ellos tiene una cámara en la mano y graba toda la escena.

Enfermos, eso es lo que son.

¿Cómo es posible que alguien pueda disfrutar tanto con el sufrimiento de otra persona?

Un gemido llama mi atención y dirijo la mirada hacia la cama; allí, encogida, desnuda y amordazada está la niña que me abrazó, Vanessa.

Su cara está tan hinchada y enrojecida que casi no soy capaz de reconocerla.

¿Qué le han hecho?

Y lo que es peor, ¿qué más van a hacerle?

―¿A quién tenemos aquí? ―Me sobresalto al escuchar una voz a mi espalda, y me doy cuenta del enorme error que he cometido cuando todos los hombres se giran y me ven―. Señores, tenemos un invitado inesperado a nuestra fiesta. ―Noto cómo me sujeta el brazo con fuerza y me empuja para meterme en la habitación.

Llevado por la curiosidad, miro a Arya.

No se mueve ni emite sonido alguno.

Tiene cortes por todo el cuerpo, algunos parecen ser superficiales y otros más profundos.

Creo que no respira.

¿La han matado?

No sería la primera vez que algo así ocurre.

Vanessa vuelve a gemir y me doy cuenta de que uno de los hombres está a su lado, acariciando su pelo rojizo mientras sonríe de manera macabra.

―¿Queréis empezar ya con la pequeña o nos divertimos antes con el recién llegado?

El que está justo detrás de mí rodea mi cintura con su brazo y clava los dientes en mi cuello.

Cierro los ojos con fuerza y aguanto el dolor.

No debí detenerme frente a la puerta.

Fue un terrible error que voy a pagar muy caro.

―Creo que mejor nos encargamos de este antes ―contesta junto a mi oreja.

Siento cómo su mano se desliza por mi abdomen y va ascendiendo poco a poco.

Quiero detenerlo, pero sé que si lo hago será peor.

Creí que ya me había librado de todo esto.

Solo a los nuevos los cortan.

Se supone que, si somos obedientes y cumplimos con lo que nos ordenan, no tenemos que pasar de nuevo por esta mierda.

―Kukla ―escucho la voz de Viktor, y una pequeña chispa de esperanza se enciende en mi interior. Él no va a permitir que me corten. Es más, se enfadará por lo que le han hecho a Arya―, ¿qué está sucediendo aquí?

El hombre que está detrás de mí se aparta para que Viktor pueda entrar en la habitación, y al ver el cuerpo de Arya sobre la mesa, se acerca y coloca la mano en el lateral de su cuello.

―Se nos fue un poco la mano ―murmura el que estaba a mi espalda.

―Eso ya lo he visto. Está muerta ―masculla Viktor.

Me mira a mí y abre la boca para decir algo, pero es interrumpido por el que tiene la cámara.

―Íbamos a empezar ahora con este. ―Me señala y contengo el aliento―. ¿Algún problema?

Le mantengo la mirada.

«¡Por favor, sácame de aquí!», grito en mi cabeza.

Sin embargo, ni una sola palabra sale de mi boca.

Viktor suelta una gran bocanada de aire y niega con la cabeza.

―Ningún problema, señor. Espero que se diviertan.

«¡No! Por favor, Viktor, no me hagas esto».

Lo veo alejarse en dirección a la salida y soy incapaz de contenerme.

―Me lo prometiste ―siseo.

Se detiene antes de cruzar el umbral y, tras darse la vuelta, se encoge de hombros.

―Sé bueno, Kukla, y haz todo lo que te ordenen. Ya sabes cómo funciona. Cuanto menos te resistas, antes acabará todo. ―Está a punto de girarse de nuevo cuando, llevado por un impulso, me acerco a él en un par de zancadas y, pillándolo desprevenido, alcanzo la pistola que lleva colgada bajo el brazo. Se acabó. Estoy harto de ser bueno. Se supone que siendo obediente me libraría de los cortes y las torturas, pero es mentira―. ¡¿Qué demonios haces?! ―grita enfadado.

Alzo las manos apuntando a su cabeza y enseguida se aparta y cambia su expresión de enfado a otra distinta.

Está asustado.

Bien, me alegro.

A ver si así entiende qué es lo que sentimos nosotros a cada jodido segundo del día durante todos los días.

―Niño, suelta esa pistola ―ordena el hombre que me mordió antes el cuello.

Lo encañono a él y veo cómo estira su mano en mi dirección.

El anillo que brilla alrededor de su dedo índice llama mi atención.

Ya lo he visto antes.

Es de plata con el símbolo de una serpiente.

La Zmeya.

Si este hombre lleva su anillo tiene que ser alguien muy importante en la organización, y yo le estoy apuntando con un arma.

Voy a morir.

Estoy seguro de ello.

No permitirán que siga viviendo después de amenazar a uno de los suyos.

Escucho a Viktor gritar, aunque no logro entender lo que dice.

Me tiemblan las piernas y casi puedo notar cómo mi corazón atraviesa mi pecho de lo fuerte que late.

Estoy viviendo mis últimos minutos y, en el fondo…, me gusta.

Estoy aterrado y al mismo tiempo nunca antes me había sentido tan poderoso; por primera vez en mi vida soy yo el que tengo el control, el que decide quién vive y quién muere.

―¿Qué está sucediendo?

Más personas entran en la habitación.

Son los hombres que hablaban fuera.

Mi mirada sigue clavada en el del mordisco.

Aún con la mano estirada, da un paso en mi dirección y ni siquiera me paro a pensarlo un segundo antes de apretar el gatillo.

La detonación es ensordecedora.

La vibración que sale del arma sube por mis brazos y recorre todo mi cuerpo hasta los dedos de los pies.

Respiro con fuerza por la nariz y una euforia desmedida me invade cuando el cuerpo de ese hombre cae al suelo, muerto.

―¡¿Qué has hecho?! ―grita Viktor. Apunto en su dirección nuevamente y se echa hacia atrás con el terror grabado en los ojos―. Vale, tranquilízate y baja la pistola.

Sigo respirando con fuerza por la nariz.

Mi pecho sube y baja con violencia.

Estoy temblando, no sé si por miedo o por la adrenalina que recorre cada rincón de mi cuerpo.

―Nunca nadie más volverá a tocarme sin mi permiso ―siseo entre dientes.

En una milésima de segundo sé lo que tengo que hacer.

Ha llegado el momento.

De todas formas, voy a morir, y si tengo que escoger prefiero la vía rápida.

Coloco el cañón bajo mi barbilla y aprieto el gatillo justo en el momento en el que siento cómo alguien me arrebata el arma de las manos.

Escucho la detonación y, con los ojos cerrados, espero que todo termine de una vez, pero no ocurre nada.

Los abro y descubro que el hombre de pelo blanco es quien me ha quitado la pistola y ahora me mira de una manera muy extraña.

Mierda.

Se supone que tendría que estar muerto.

―Hijo de… ―Viktor alza el brazo para golpearme, y antes de que pueda reaccionar, de nuevo el hombre de pelo blanco intercede y lo sujeta―. Señor, tengo que darle una lección. Acaba de matar a…

―Sé a quién ha matado ―dice interrumpiéndolo. Me mira de nuevo y esboza una sonrisa ladeada―. ¿Cómo te llamas, muchacho? ―pregunta.

Aprieto los labios con fuerza y fijo la vista en un punto al azar de la pared.

No diré absolutamente nada hasta que me maten.

Si quieren verme suplicar y llorar, van a quedarse con las ganas.

―Se llama Jimin ―contesta Viktor por mí. Resopla y continúa―. Todos lo llamamos Kukla.

―¿Kukla? Realmente lo es. ¿Cuántos años tienes, Jimin?

Sigo en silencio y enseguida lo escucho acercarse.

Se pone justo delante de mí y, con la mano en mi barbilla, dirige mi cabeza para que lo mire a la cara.

―Tiene…

―Se lo he preguntado a él ―interrumpe de nuevo a Viktor―. ¿Qué edad tienes?

―No lo sé ―mascullo.

―Trece años ―escucho que dice Viktor.

―Es solo un niño ―murmura el de pelo blanco. Respira hondo y se aparta de mí―. Me lo llevo conmigo.

―Señor, eso no puede ser ―se queja Viktor―. El jefe…

―Dile a tu jefe que me quedo al chico. Si tiene algún inconveniente, que él mismo venga a buscarlo a mi casa, ¿entendido?

―Pero, señor…

No escucho lo que le contesta Viktor porque justo en ese momento Vanesa vuelve a gemir.

Me acerco a la cama a toda prisa y la pobre niña me mira aterrorizada.

No es para menos, acaba de presenciar cómo mataba a un hombre de un disparo en la cara.

Siento que alguien me sujeta y me giro de forma brusca.

―Jimin, tenemos que irnos. A partir de hoy nadie volverá a lastimarte, lo prometo ―susurra el hombre de pelo blanco, tirando de mí.

Nunca nadie antes me había prometido nada.

Me quedo un rato mirándolo a los ojos, decidiendo si creer o no en sus palabras.

¿Por qué quiere ayudarme?

¿Qué gana con todo esto?

«¿Eso que importa? Vas a morir de todos modos, ¿no?», resuena en mi cabeza.

―No me voy a ningún lado sin ella ―mascullo.

Él estrecha la mirada sobre mí y niega con la cabeza.

―Jimin, escúchame con atención. No puedo llevarme a los dos. Tienes que elegir, ¿ella o tú?

Miro a Vanesa, que sigue sollozando con las manos cubriendo su rostro, y por un segundo me planteo escogerla a ella.

Entonces recuerdo todas las palizas, las torturas, las veces que he tenido que dejar que esos hombres hagan con mi cuerpo todo lo que les dé la gana…

Inspiro hondo por la nariz y camino hacia la puerta sin mirar atrás.

Me elijo a mí, siempre a mí.

No permitiré que nadie vuelva a tratarme como a un muñeco roto.

*¹Zmeya: Traducción del ruso, serpiente.*

*²Kukla: Traducción del ruso, Muñeco.*

*³Chertovski: Traducción del ruso, Puto.*