🌱Prince of Dust and Blood💉||Kookmin||

Summary

Mi vida no ha sido la de los típicos príncipes de cuentos, mi caballero no es de brillante armadura y mi reino no es un castillo lleno de bondad… Más bien lo contrario, vivo en una casa de campo en la Galicia rural. Mi caballero es Jungkook, el que antaño fue mi protector, mi hermano mayor, pero terminó siendo un traidor que mordió la mano que le dio de comer. No me tiembla el pulso a la hora de actuar. Mis enemigos me rodean, pero mi pueblo me defiende y adora. Para ellos soy su príncipe, el que los cuida y protege. Ser un príncipe no es fácil, pero cuando tu reino está construido sobre Polvo y tus manos están manchadas Sangre.. No queda más que ser el Príncipe de Polvo y Sangre. Adaptación No copias ni adaptaciones Que la disfruten 😌💜

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PRÓLOGO

El pasillo central del instituto está atestado de alumnos que gritan, charlan y gesticulan los unos con los otros.

Mientras camino entre ellos, siento sus miradas clavadas en mí.

Unos me temen, otros me envidian.

No sé quién fue el primero que me apodó Príncipe.

En ese momento ni siquiera sabía por qué susurraban eso a mis espaldas.

Fue en el colegio de primaria, con tan solo diez años de edad, cuando descubrí el significado de ese mote.

Me llaman príncipe porque soy hijo del rey, el rey del narcotráfico en este lado del mundo.

¿Sabéis que Galicia es el proveedor de cocaína más grande de Europa?

Bueno, pues mi padre y sus socios se encargan de que así sea.

Los Park, los Quiroga y los Pazo.

Tres familias, clanes, por llamarlos de algún modo, esparcidos por las costas gallegas y que controlan toda la mercancía que entra y sale de la comunidad autónoma.

Mi padre es el líder y jefe de los Park.

Su territorio abarca todas las Rías Baixas, desde la frontera de Portugal hasta Muros.

A partir de ahí es territorio de los Pazo hasta La Coruña.

Los Quiroga tienen el territorio más pequeño, hasta Ribadeo, lindando con tierras asturianas por la provincia de Lugo, pero no por eso son menos poderosos.

Al contrario, de los tres clanes, los Quiroga son conocidos por ser los más violentos y despiadados.

Cada familia tiene distinta manera de trabajar.

Mi padre cree en la confianza y en mantener contentos a sus empleados, más que en la violencia.

Es un buen hombre, sobre todo con su gente.

Vivimos en Meiral de Gredos, una ciudad de menos de veinticinco mil habitantes, y el ochenta por ciento de la población trabaja directa o indirectamente para los Park.

Sé que parece mucho, pero son datos reales.

Mi familia es dueña de la gran mayoría de bateas¹ que hay en las rías.

Eso son muchas bateas de cría de mejillón, y ofrece muchos puestos de trabajo.

Además, es la tapadera perfecta para todo el dinero que mi padre gana con el narcotráfico.

—¡Jimin! —mi mejor amigo viene corriendo hacia mí con su sonrisa habitual. Nos conocemos de toda la vida. Su padre trabaja estrechamente con el mío—. ¿Te llevo a casa? —pregunta poniendo cara de niño bueno.

Esa es otra, está colgadito de mí, pero nuestra amistad es demasiado importante para él como para dar un paso en falso.

Sinceramente, no sabría qué decirle si alguna vez se atreve a hacerlo.

Yo solo le veo como un amigo, como a un hermano.

—Claro —contesto respondiendo a su sonrisa con otra—. Dime que te has acordado de traer un casco para mí.

—La duda ofende. Yo siempre pienso en ti, príncipe.

Vale, momento incómodo.

Me encantaría que Juan se olvidara de una vez de ese encaprichamiento que tiene por mí, pero por el momento, lo único que puedo hacer es ignorar su comentario.

Caminamos juntos hacia el exterior del instituto y allí nos encontramos con nuestro grupo de amigos.

La mayoría son hijos de trabajadores de mi padre, para no variar.

—Jimin —Ana, una de las chicas, me sujeta por el brazo y tira de mí—. Mira, tu hermano ha venido a buscarte.

Miro hacia donde me indica y sonrío de oreja a oreja.

Jungkook me observa desde la cima de su motocicleta negra de gran cilindrada y cuando se quita el casco, un coro de suspiros se escuchan a mi alrededor.

Sí, es el hombre más guapo que la mayoría de nosotros ha visto jamás.

Pelo negro, ojos oscuros de mirada penetrante.

Las marcadas facciones de su rostro junto con su sonrisa ladeada, le da un aire malote y peligroso que no deja a nadie indiferente.

Los que no babean por él, le tienen miedo.

—Tu hermano está más bueno que el pan —susurra Susana uniéndose a nosotros en el babeo oficial por Jungkook.

—No es mi hermano —la corrijo enderezándome.

Lo mío es el colmo de la mala suerte.

El chico que considero como un hermano, está enamorado de mí, sin embargo, por el que llevo loco desde que tengo uso de razón, es mi hermano.

Obviamente no soy tan pervertido como para estar colgado por alguien de mi misma sangre.

Jungkook es mi hermano adoptivo.

Su madre los dejó a su padre y a él cuando era pequeño, desde entonces se mudaron a mi casa.

Su padre era el conductor de confianza del mío, cuando falleció en un accidente, papá acogió a Jungkook y le dio su apellido.

Desde entonces se convirtió en mi protector y hermano mayor y, al cumplir la mayoría de edad, también en la mano derecha de mi padre en sus negocios.

Veo como me hace señas con la mano para que me acerque, así que me despido de mis amigos, incluido Juanillo, que como siempre que aparece Jungkook, se pone de un pésimo humor, y camino hacia el hombre de mis sueños con la mochila colgada del hombro.

—Hola, príncipe —saluda con su sonrisa ladeada—. ¿Quieres que te lleve a casa?

—¿Qué haces aquí, Jungkook? Iba a ir con Juanillo.

Mira por encima del hombro hacia el lugar donde probablemente mis amigos nos estén observando y frunce el ceño.

—Ya tendrás ocasión de ir con Junior en su scooter otro día —palmea el manillar de la moto con una sonrisa engreída—. Hoy montas en esta belleza.

—¿Me dejas conducir? —pregunto poniendo mi mejor sonrisa de niño bueno, con caída de ojos incluida.

—Claro, cuando seas mayor de edad y te saques el carnet.

—Vamos, no seas aburrido, Jungkook. Solo una vueltecilla. Solo me faltan unos meses para cumplir los dieciocho.

—Catorce meses y seis días —contesta mirándome fijamente a los ojos.

—¿Llevas la cuenta? ¿Por qué? —pregunto confundido.

La forma en la que ha dicho esa última frase, como si estuviese esperando que ese día llegara, me deja completamente descolocado.

No es posible que Jungkook esté interesado en mí, ¿verdad?

Eso sería algo completamente irreal.

Él solo me ve como su hermano pequeño al que cuidar y proteger.

Además, papá nunca lo permitiría.

Nos llevamos ocho años de diferencia.

A su lado tan solo soy un crío.

—Deja de hacer preguntas estúpidas y sube. Te voy a invitar a un helado —señala poniendo el motor en marcha.

—No tengo doce años para que me invites a un helado —subo tras él y me sujeto a su cintura.

Su cazadora de cuero cruje entre mis dedos cuando la aprieto, pero a pesar de la dureza de la prenda, puedo notar sus duros abdominales bajo la ropa.

—Eres un pesado, ¿sabes? Vamos a comer un helado porque a mí me apetece un jodido helado —se gira hacia atrás levemente y me tiende un casco—. ¿Algo que objetar?

—Lo quiero de chocolate y…

—Nata, y cubierto con virutas de chocolate blanco —termina por mí.

—Eso, ahora arranca de una vez.

—A sus órdenes, príncipe —una sonrisa deslumbrante tira de sus labios justo antes de bajar la visera de su casco e incorporarse a la carretera.

Paramos en uno de los puestos del parque central de la ciudad para comprar los helados y volvemos a la carretera.

Sin que Jungkook tenga que decir nada, sé perfectamente hacia dónde nos dirigimos.

En un alto de la montaña, hay un mirador abandonado desde el que se puede ver gran parte de la ría.

Sé que él adora ese sitio, desde ahí puede controlar una buena parte de las bateas con unos prismáticos, pero también sube ahí para pensar y buscar la paz que a veces necesita.

Bajamos de la moto y nos sentamos sobre una piedra mirando hacia el mar mientras disfrutamos de nuestros respectivos helados.

A pesar de que esta no es la primera vez que estoy aquí, me quedo alucinado con el maravilloso paisaje que se presenta ante mí.

—Me encanta este lugar —susurro abrazando las rodillas con mis brazos.

—Lo sé, a mí también —me mira de reojo y sonríe de manera pilla—. ¿Ves el horizonte? —asiento—. Todo lo que te alcanza la vista, algún día será tuyo.

—¿De verdad estás citando al rey león? —pregunto soltando una carcajada. Jungkook empieza a reír también—. Eres un imbécil —golpeo su hombro partiéndome de risa.

—Lo siento. No he podido evitarlo.

—¿Por qué me has traído aquí, Jungkook?

—¿Necesito un motivo para querer pasar algo de tiempo con mi hermano pequeño? —inquiere alzando una ceja en mi dirección.

Otra vez eso de hermano.

Definitivamente, tengo que dejar de soñar con pajaritos y mariposas.

Jungkook nunca me verá del mismo modo que yo lo miro a él, y ya es hora de que me lo grabe a fuego en la cabeza.

—No, pero es extraño. ¿Te pasa algo?

—Nada que no pueda solucionar, príncipe. No te preocupes por eso.

—Pero tú sí estás preocupado —busco su mano y le doy un apretón sintiendo como mi cuerpo se estremece de inmediato. Tengo que parar esto ya mismo y sacármelo de la cabeza—. ¿Es por algún tema de trabajo?

—Jimin, no me pasa nada. En serio, no le des más vueltas. Mejor cuéntame cómo te va a ti. Últimamente casi no hablamos.

—Porque tú andas muy ocupado con tu nueva chica —murmuro apartandomi mano.

—¿Elisa? No es mi chica, solo es alguien que… Bueno, ya sabes.

—¿Alguien que te estás follando? —ahora soy yo el que alza una ceja en su dirección. Su reacción no tiene desperdicio. Le he dejado completamente descolocado—. Vamos, Jungkook. Ya no soy un niño. Voy a cumplir los diecisiete en un par de meses. Créeme, me conozco la historia de la abejita y el polen.

—Espero que no la conozcas tan bien —sisea frunciendo el ceño.

—Mi vida sexual no es algo que te incumba, muchacho.

—¿Muchacho? —sus ojos se abren como platos—. ¿Vida sexual? ¡¿Pero qué coño me estás diciendo?! No habrás hecho ninguna tontería, ¿verdad?

—Ahora hablas como mi padre, pero a ti, ¿qué demonios te pasa?

—Eres muy joven para… Joder, ¿por qué estamos hablando de esto? —se pasa la mano por el pelo en un gesto de frustración y aprieta la mandíbula con fuerza—. Escúchame bien, Jimin. Eres muy joven y los chicos de tu edad solo buscan una cosa.

—¿Qué es? —cruzo mis dedos apoyando mi barbilla en ellos—. Déjame adivinar. Vas a decir que solo quieren meterse bajo mi ropa interior, ¿es eso?

—¡Exactamente! —exclama.

—¿Y dónde está el problema? ¿Has pensado que quizás yo quiera que se metan bajo mi ropa interior?

—¡¿Qué?! —se levanta de golpe lanzando los restos de su helado al suelo y empieza a caminar de un lado a otro como un león enjaulado. La verdad es que resulta cómico verle perder los nervios de esta forma. Básicamente porque le estoy tomando el pelo. No hay ningún chico que haya llamado mi atención hasta ahora como para que quiera acostarme con él. Bueno, uno sí, pero es él, así que no cuenta. Tras respirar hondo varias veces, parece recuperar la compostura. Se acerca a mí arrodillándose en el suelo y me mira directamente a los ojos—. Jimin, yo no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer, pero ten cuidado, príncipe. Eres demasiado bueno para que un capullo se aproveche de ti.

—Ahora me estás llamando idiota, el tipo de chico ingenuo que se deja seducir por cualquier ligón de barrio.

—¡Yo no he dicho eso, joder! —al ver que estoy intentando retener la risa, su mirada se estrecha y frunce el ceño—. ¿Me estás tomando el pelo?

—Un poquito —contesto sin poder seguir conteniéndome por más tiempo.

Empiezo a reír a carcajadas y él resopla empujándome con fuerza para tirarme de la roca.

Caigo de culo y sigo riendo tirado en el suelo.

—Un día de estos vas a conseguir cabrearme de verdad, niño —me amenaza, pero hay cierto matiz de diversión en su tono de voz.

—Ayúdame a levantarme —pido estirando mi brazo cundo consigo recuperarme del ataque de risa.

Su mano se cierra sobre la mía, pero antes de que pueda tirar de mí, soy yo el que lo arrastro hacia el suelo.

Vuelvo a reír y él niega con la cabeza tumbándose boca arriba.

—Estás completamente loco —señala con una sonrisa en los labios.

—Cierto, pero así me quieres.

Su brazo rodea mis hombros y tira de mí hacia su cuerpo.

Solo cuando mi cabeza está apoyada en su pecho y mi brazo rodeando mi cintura, respira profundamente.

—Sí, yo te quiero con todas tus locuras —susurra besando mi cabello.

Nos quedamos en silencio un buen rato, cada uno perdido en sus propios pensamientos.

Yo no puedo dejar de imaginar cómo sería mi vida si fuese una persona normal y corriente, si mi padre no fuese quien es y no trabajara en lo que trabaja.

—¿Alguna vez has pensado en cambiar de vida? —pregunto de sopetón—. No sé, irte a otro lugar, con otra gente. ¿Se te ha pasado alguna vez por la cabeza?

Noto el movimiento de su pecho cuando aspira una gran bocanada de aire, y tras unos segundos, cuando creo que ya no va a contestar, escucho su voz.

—Todos los días, príncipe. Me encantaría largarme de esta ciudad, incluso del país. Sé que podría encontrar un trabajo normal y vivir tranquilo el resto de mis días.

—¿No te gusta tu trabajo? Imagino que la cría de mejillón debe ser una tarea muy dura —bromeo ganándome un pellizco en la cintura que me hace dar un respingo.

—No te hagas el tonto. Ya sabes que no es ese el trabajo que no me gusta —suspira de nuevo y sus dedos empiezan a moverse a lo largo de mi brazo en una leve caricia—. A veces tengo que hacer cosas que no me gustan, cosas que me convierten en una persona que no quiero ser.

—¿Por qué no lo dejas? Si no te gusta lo que haces, simplemente no lo hagas.

—No es tan fácil. Le debo todo a tu padre. Él me dio una casa, comida, su apellido… No puedo abandonarle sin más.

—Jungkook, mi padre te adora. Te quiere como si fueses su propio hijo. Estoy seguro de que si le dices cómo te sientes, él mismo te aconsejará que te marches.

—Tu padre es un buen hombre, príncipe, pero también tiene muchas responsabilidades. Él se debe a su pueblo, a su gente, y yo soy demasiado importante para el negocio como para dejarme ir sin más. Sé que me quiere. Yo también le quiero como a un padre, pero entre mi felicidad y el bienestar de su gente, no me elegiría a mí.

—Eso no puedes saberlo si no lo intentas —el silencio vuelve a caer sobre nosotros durante unos minutos—. ¿Dónde irías? —pregunto para, de alguna forma, llenar ese silencio—. Cuéntame qué harías si pudieras marcharte.

—No sé, supongo que algún sitio alejado. Quizás una isla con pocos habitantes —me giro hacia él apoyando mis brazos en su pecho y le veo mirando hacia el cielo con una sonrisa soñadora en sus labios—. Podría abrir un taller mecánico. Se me dan bien los motores y me gusta trabajar con las manos.

—¿Me llevarías contigo? —pregunto sin pensar. Sus ojos se clavan en los míos y suspira de nuevo—. Piénsalo, una isla, tú y yo. No suena mal, ¿verdad?

—Jimin, no deberías decir esas cosas —comenta frunciendo el ceño—. Eres mi hermano pequeño y tus palabras pueden ser malinterpretadas.

No sé si es la forma en la que me mira o el tacto de su mano en la piel desnuda de mi brazo la que me da coraje para acercar mi cara a la suya hasta que solo unos centímetros separan nuestros labios.

—Jungkook, yo no soy tu hermano —susurro contra su boca.

—Tu padre me mataría —contesta en el mismo tono que yo. Puedo ver como su mirada pasa rápidamente de mis ojos a mis labios y vuelve a ascender de inmediato. Quiere besarme, estoy seguro de ello. Levanto mi mano para tocar su cara, pero en ese momento cierra los ojos y se echa hacia atrás soltando un resoplido de frustración—. Deberíamos marcharnos ya —dice poniéndose en pie de un salto.

Le sigo hasta la moto moviéndome de manera automática.

Un hervidero de pensamientos inunda mi cabeza.

¿De verdad ha estado a punto de besarme?

¿Es posible que se sienta atraído por mí?

Subo a la moto y le abrazo por la cintura.

Jungkook no vuelve a abrir la boca hasta que llegamos a casa.

Aparca en uno de los garajes de la enorme casa de campo de los Park y tras quitarse el casco, se gira hacia mí.

No hay rastro de su sonrisa habitual.

Más bien parece bastante preocupado.

—Jungkook, ¿te pasa algo? —pregunto acercándome a él.

Niega con la cabeza e intenta sonreír, pero solo le sale una mueca extraña.

Le noto nervioso y eso no es común en él.

—No me pasa nada. Entra en casa, yo iré en un rato —contesta acariciando mi mejilla de manera cariñosa—. Hasta hoy no me había dado cuenta de lo mucho que has crecido.

—Pues me ves todos los días —señalo en broma.

—Sí, quizá sea el momento de cambiar eso —susurra, creo que para sí mismo. Vuelve a mirarme y me indica con un gesto de su cabeza que me vaya—. Si tu padre pregunta por mí, dile que voy enseguida.

—Vale, te quiero —me despido.

No es algo nuevo, siempre se lo he dicho.

Aunque para todo el mundo solo sea una demostración de cariño entre hermanos.

—Lo sé, y yo a ti. Pórtate bien y no te metas en líos.

—Eso no puedo prometerlo —contesto saliendo del garaje.

Entro en casa y voy directamente hacia el despacho de mi padre que está en la planta baja.

Esta vivienda tiene más habitaciones de lo que cualquiera necesita, pero una de las estancias más grandes es sin duda el despacho.

En ese lugar es donde mi padre pasa la mayor parte del día.

Custodiando la puerta está Juan, el padre de mi amigo Juanillo.

Es algo así como el guardaespaldas de mi padre.

Al verme llegar, me sonríe de manera cariñosa y abre la puerta para mí.

—Entra, cielo. No está muy ocupado ahora mismo.

—Gracias, Juan —susurro guiñándole un ojo antes de atravesar la puerta.

Mi padre está sentado frente a su escritorio inmerso en un mar de papeles, pero cuando me ve llegar, deja todo como está y sonríe mirándome con sus ojos grises brillantes, igualitos a los míos.

Todo el mundo que nos conoce, dice que somos como dos gotas de agua.

El mismo color de cabello castaño, piel clara y ojos grises.

Además, también compartimos carácter, muy amigable para las buenas, pero no quieras vernos cabreados de verdad.

—Hola, príncipe —me saluda alejándose un poco de la mesa. Tras darle un beso en la mejilla, tomo asiento encima de su escritorio justo frente a él—. ¿Juanillo te ha traído del instituto?

—No, vino a recogerme Jungkook —su ceño se frunce al instante y me mira fijamente—. ¿Qué pasa? ¿Por qué has puesto esa cara?

—Nada, eso solo que… —sacude la cabeza y vuelve a sonreír—. Últimamente tu hermano está algo raro. ¿A ti no te lo parece?

Sí, tan raro que estoy seguro al noventa y nueve por ciento que estuvo a punto de besarme hace un rato, pienso, pero obviamente no lo digo en voz alta.

—Yo lo he visto como siempre. ¿Ha pasado algo para que pienses eso?

—No, no me hagas caso. Supongo que tendrá que ver con esa chica con la que está saliendo —comenta.

Cualquiera podría pensar que el comentario de mi padre es casual, pero yo le conozco lo suficiente para saber que está intentando medir mi reacción para saber qué pienso al respecto.

Lo sé, porque eso sería algo que yo haría.

En eso también nos parecemos.

—¿Elisa? —me peino el cabello hacia atrás con los dedos y me encojo de hombros como si nada—. Me ha hablado de ella, pero no la conozco mucho. No creo que tengas que preocuparte por eso. Ya sabes cómo es Jungkook, cada semana tiene una chica nueva.

—Cierto, aunque va a llegar el día en que alguien le robe el corazón y entonces sí tendrá un problema de verdad —afirma sonriendo.

—¿Eso fue lo que te pasó a ti con mamá?

—Más o menos. Tu madre era una cabezota y no paró hasta que me tuvo comiendo de su mano.

Sonrío de oreja a oreja y agarro su mano.

Me encantaría haber conocido a mi madre, pero ella murió en el parto cuando yo nací, así que tengo que conformarme con un puñado de fotos y lo que papá cuenta sobre ella.

—Creo que ya sé de quién he heredado la terquedad —comento.

—Sí, totalmente —suspira profundamente y da una pequeña palmadita en el dorso de mi mano—. ¿Qué tal en el instituto? ¿Te fue bien en el examen?

—Sí, de sobresaliente fijo.

—Ese es mi chico. ¿Tienes trabajos que hacer?

—Un par, pero nada complicado. Voy a hacerlos ya, así me los quito de encima y puedo disfrutar del fin de semana. Por cierto, de eso mismo quería hablarte, papi.

—Cuando usas ese tono de voz tan cariñoso, no puedo evitar echarme a temblar. ¿Qué has hecho ahora?

—No he hecho nada, pero quiero hacerlo. Ya sabes, eso de mejor pido permiso y no perdón.

—Ya, ese no es tu estilo. Más bien todo lo contrario —señala frunciendo el ceño.

—Tómalo como una prueba de mi madurez.

—Vale, ahora me tienes intrigado. ¿Qué es eso que vas a pedirme?

—Mañana por la noche hay una fiesta en la playa y…

—Y quieres ir —adivina.

—Sí, todos mis amigos van a estar ahí. Porfa, papi —intento poner mi cara de niño bueno, esa que siempre me funciona para salirme con la mía, y una vez más, surte el efecto deseado—. Juanillo también viene.

Eso último es lo que necesitaba para convencerle del todo.

Mi padre confía mucho en Juan y en su hijo.

Para él son como de la familia.

—Está bien, pero no vuelvas tarde, y por favor, intenta no beber demasiado. Si tienes algún problema, me llamas a mí o a Jungkook de inmediato, ¿entendido?

—Entendido —afirmo con mi mejor sonrisa.

—Ahora, lárgate. Ya te has salido con la tuya y yo tengo que seguir trabajando.

—Vale —beso su mejilla y me sonríe de oreja a oreja—. Te quiero, adiós.

Salgo del despacho y recojo la mochila del suelo bajo la mirada atenta de Juan.

—Estás muy contenta, Jimin. ¿Ya te has salido con la tuya de nuevo? —inquiere en tono burlón.

—Sí, mañana por la noche me voy a una fiesta en la playa y tu hijo se viene conmigo.

—¿Mi hijo? No me ha comentado nada —señala confuso.

—Ya, eso es porque aún no lo sabe. En realidad, hasta hace unos minutos ni siquiera había una fiesta, pero ahora ya la hay. La voy a organizar yo.

—Eres imposible, niño —dice riendo a carcajadas—. Pobre hombre el que tenga que aguantarte —me despido de él y subo a mi habitación rápidamente.

El resto de la tarde, me encargo de enviar mensajes a todos mis amigos informándoles dónde y cuándo será la fiesta.

Hay una pequeña playa, es solo una cala de arena a la que solemos ir de vez en cuando.

Una gran hoguera, alcohol a destajo, y se convierte en el escenario perfecto para una fiesta nocturna de primavera.

No vuelvo a ver a Jungkook ese día, dado que con los preparativos de la fiesta y mis trabajos del insti, ni siquiera bajo a cenar.

Y en el desayuno y almuerzo del sábado él no está presente.

No he podido dejar de pensar en lo que ocurrió entre nosotros en el mirador, o más bien, en lo que casi ocurre.

Y después en el garaje…

La forma en la que dio a entender que quería alejarse de mí, me dejó bastante preocupado.

Para la fiesta, decido ponerme unos vaqueros ajustados, una camiseta y mi cazadora de cuero, ya que probablemente refresque bastante al entrar la noche.

No me molesto en ponerme unos zapatos bonitos.

Al fin y al cabo, en cuanto llegue a la playa me los voy a quitar, por lo que tiro de deportivas, que además son mucho más cómodas.

Estoy saliendo de casa cuando siento como alguien tira de mi brazo con fuerza.

Me revuelvo para darle un puñetazo a quien sea que esté forzándome, pero me quedo a medio camino al ver a Jungkook.

—¡¿Estás loco?! ¡Podría haberte roto la nariz de un puñetazo! —exclamo respirando agitadamente. No exagero. Desde niño he tenido varios profesores de artes marciales y clases en las que me enseñaron a usar todo tipo de armas blancas y de fuego. Mi padre, siendo quien es, siempre ha querido que yo sepa protegerme a mí mismo—. ¿A qué viene este tirón? —pregunto ya más calmado.

—Vamos, Jimin. Te tienes que venir conmigo —contesta tirando de mi mano.

Parece muy nervioso y preocupado.

—¿De qué coño hablas, Jungkook? ¿Qué está pasando?

—Te lo explicaré todo después. Ahora tenemos que irnos.

—Me voy a una fiesta —intento tirar de mi brazo, pero él sigue arrastrándome hacia donde está aparcada su moto—. Jungkook, ¡¿qué coño está pasando?! —no me responde, solo se sube a la moto y me tiende un casco.

—No voy a montar hasta que me explique qué está pasando —afirmo cruzándome de brazos.

—Príncipe, por favor. Tenemos que irnos antes de que sea demasiado tarde.

—Demasiado tarde, ¡¿para qué?!

Escuchamos el sonido de un motor acercándose y Jungkook maldice en alto golpeando con el puño sobre el depósito de gasolina de la moto.

No entiendo qué ocurre, pero lo que sí sé es que es algo grave.

Nunca había visto a Jungkook en este estado.

—Sube rápido, Jimin. Aún estamos a tiempo —al ver que dudo, sujeta mi cara con ambas manos y clava sus ojos en los míos—. Una isla, tú y yo. Confía en mí, príncipe.

Asiento sin siquiera darme cuenta y estoy a punto de subir a la moto cuando vemos como un todoterreno se acerca a la entrada de la casa a toda velocidad dejando a su paso una nube de humo y polvo.

Los jardines de la propiedad son inmensos.

Hay casi un kilómetro de distancia desde el límite el portalón que cerca la casa hasta la entrada, así que el coche tiene que haber venido muy, muy rápido para llegar hasta nosotros en tan poco tiempo.

—¿Quién es? —pregunto en un susurro viendo como el todoterreno se detiene a escasos metros de donde estamos.

—Problemas —contesta cerrando los ojos con fuerza. Resopla y apaga el motor de la motocicleta bajándose con rapidez. Entonces saca una pistola y la engancha en mi espalda a la cinturilla de mi pantalón vaquero. Tira de mi chaqueta para ocultarla y vuelve a sujetar mi rostro entre sus manos—. Quédate detrás de mí y no digas nada. Yo me encargo de esto, ¿vale? —asiento de inmediato y se gira hacia el hombre que se dirige a nosotros con la cara desencajada de furia.

Le reconozco.

Es Antón Pazo, el jefe del clan Pazo.

He estado en su casa varias veces, en un pueblo llamado Camariñas.

Cuando era niño jugaba con su hijo Roi, que tiene tan solo un año más que yo, mientras nuestros padres hablaban de negocios.

—¡Hijo de puta! ¡Has sido tú! —brama Antón señalando a Jungkook con la mano.

—No sé de qué me hablas, Pazo. Tranquilízate, ¿quieres? —la pose de Jungkook es aparentemente tranquila, pero cualquiera puede ver la amenaza velada que hay en sus ojos. Es un Park y los Park no se amilanan ante nadie, mucho menos en su propio territorio—. Ten en cuenta donde estás antes de hacer o decir alguna estupidez —amenaza apretando los puños a ambos lados de su cuerpo.

—¡Me importa una mierda! —Antón Pazo saca un arma de su cintura y apunta a Jungkook directamente a la cabeza.

¡¿Qué demonios está pasando aquí?!

Mi corazón late a mil por hora y siento como el sudor de mis manos va en aumento.

Va a matarle, lo sé.

Puedo ver en la mirada de Antón que busca sangre, la sangre de Jungkook, y no se va a conformar con nada más que eso.

—¿Vienes a amenazarme a mi territorio, Pazo? ¿Crees que esto va a salir bien?

Jungkook no se inmuta por el arma que lo está apuntando, pero su tono de voz no augura nada bueno. Yo lo sé, y su enemigo también.

—¿Tu territorio? ¡Tú no eres un Park! ¡¿Qué va a pensar Xacinto cuando sepa que tiene a un traidor en su propia casa?! ¡Te dio su apellido, te abrió las puertas de su casa, y tú lo has vendido! ¡Nos has vendido a todos!

Veo como su dedo se mueve sobre el gatillo.

Está a punto de disparar, y Jungkook también lo sabe, ya que se pone frente a mí cubriéndome con su cuerpo y simplemente cierra los ojos esperando su destino.

No sé ni cómo lo hago, pero alcanzo la pistola que está a mi espalda, y lo siguiente que escucho es el sonido del disparo.

Al principio no sé quién de los dos ha disparado.

Si ha sido él, Jungkook está muerto.

Intento respirar profundamente para tranquilizarme y miro hacia el frente,

Antón está tirado en el suelo sobre un charco de sangre que rodea su cabeza.

—Le he matado —susurro mirando a Jungkook.

—Tranquilo, príncipe —dice él quitándome la pistola de la mano. No sé si estoy en shock o es que simplemente toda esta situación me supera, pero soy incapaz de dejar de temblar—. Mírame, has hecho lo que tenías que hacer. Me has salvado la vida —escuchamos unas sirenas a lo lejos y Jungkook vuelve a maldecir—. Joder, es demasiado tarde.

Al instante, Juanillo llega hasta nosotros corriendo y se queda mudo al ver a un hombre muerto frente a la puerta de la casa.

—¡¿Qué coño ha pasado?! ¡Está llegando la policía! —informa Juanillo siendo bastante obvio, ya que las sirenas de los coches patrulla cada vez se escuchan más cerca.

—Juanillo, tienes que sacarlo de aquí —ordena Gael—. Coge mi moto y salid por la parte trasera de la finca.

—No, tú también vienes —digo aferrándome a su brazo.

—No hay tiempo, príncipe. Alguien tiene que quedarse para entretenerlos y que no os sigan —sus manos vuelven a cubrir mis mejillas y sonríe mirándome a los ojos—. Todo estará bien, te lo prometo. Sal de aquí.

—No, por favor —suplico.

Antes de que pueda darme cuenta, sus labios se pegan a los míos y me besa, un beso húmedo y apasionado que me deja completamente atontado.

—¡Llévatelo, Juan! —repite justo después de romper nuestro beso. Intento aferrarme a su mano, pero mi amigo tira de mí con fuerza y tengo que soltarle—. Te quiero, no te metas en líos —susurra sonriendo tristemente y con los ojos cargados de lágrimas.

Intento resistirme, pero Juanillo me sube a la moto y sale disparado provocando que tenga que agarrarme con fuerza a su cuerpo para no caerme.

Recorre a toda velocidad la finca, y salimos de la propiedad por la parte trasera escuchando a lo lejos el sonido de las sirenas mezclado con el de los disparos.

*¹Estructuras metálicas o de madera flotantes que se utilizan para la cría de mejillón.*