Сонечко моє Solecito Mio

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Summary

Gabrielle Miranda siempre ha amado como quien ofrece algo que no le sobra. Aleksandr Kovalev no pide amor. No lo espera. No cree en él. Impone distancia y destruye cualquier cosa que amenace el control feroz con el que ha aprendido a sobrevivir. Pero entre ellos nada será simple. Entre poder, culpa, obsesión, manipulación y un pasado que regresa con las manos manchadas, ambos quedarán atrapados en un vínculo oscuro y devastador que no promete salvarlos. Solo desnudarlos. Arrancarles las máscaras. Forzarlos a mirar de frente todo aquello en lo que podrían convertirse cuando o si están rotas. El verdadero problema comienza cuando la noche descubre que esa luz le importa demasiado. Y la luz comprende que, por primera vez, no quiere huir.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Dicen que estamos hechos de barro y aliento, de un cuerpo que tiembla, que calla, que aprende demasiado pronto que vivir también es sufrir. El cuerpo conoce el dolor antes que la palabra y aprende a sobrevivir incluso cuando todo parece perdido.

Y es ahí, cuando parece que nada puede hacerse, donde florece una parte de nosotros que no se puede tocar. no se ve, pero pesa más que el cuerpo; arde cuando todo lo demás se apaga y, aunque no sangra, puede pudrirse igual que la carne. Han intentado nombrarla, pero ninguna palabra alcanza; está profundamente oculta en nosotros y, aun así, el dolor sabe encontrarla.

Porque el dolor nunca se conforma con la carne, sube por la memoria, se enreda en el orgullo, se hincha en el pecho e inunda detrás de los ojos.

Quizá por eso asusta tanto, porque derrumba, nos arranca el rostro que mostramos al mundo y nos deja frente a ese otro que nunca quisimos revelar. El dolor no transforma nada que no estuviera ya latiendo en silencio, solo arranca lo superfluo, la ficción amable con la que alguien logra convivir consigo mismo y entonces queda lo esencial, la forma en que ama, en que teme, en que aprendió a sobrevivir.

Hay quienes hacen de su dolor una espada, hay quienes hacen de él una prisión, otros lo convierten en veneno y lo derraman sobre todo lo que aman y hay quienes, aun de rodillas, aun rotos, aun con el alma abierta, encuentran en medio del sufrimiento algo parecido a una luz.

No porque el dolor sea santo o bello, sino porque a veces solo cuando todo se rompe puede verse con claridad lo que habitaba dentro desde el principio.

El sufrimiento no salva, no condena, no purifica a nadie, solo abre una puerta dentro de nosotros y muestra nuestro verdadero ser. Por eso el dolor no hace a la persona, es la persona quien decide qué hacer con él.

Dos pueden arrodillarse ante la misma herida y levantarse siendo distintas. Una vuelve su herida una casa y aprende a vivir dentro de ella. La otra la carga sin convertirla en arma.

Es justo ahí cuando todo arde, cuando todo se silencia que llegamos a descubrir que aquello que podía destruirnos también podría terminar siendo nuestra redención. Porque no depende de cuánto dolió, sino de lo que decidimos hacer con ese dolor mientras todavía arde.