1.Semillas de lilas
"Año 1"
Oratio Urbs era su hogar. Un sitio alejado en las montañas, rodeado por dos grandes ríos llenos de peces que se volvían cascadas pronunciadas. Había en Oratio Urbs un aire de vitalidad, donde los árboles, al mecerse, parecían cantar una sonata mística. Las nubes sobrevolaban bajo sobre el pueblo, inundándolo de neblina que duraba minutos enteros y desaparecía con el viento. Era por esto que la pesca y la ganadería resultaban profesiones complicadas para sus habitantes.
Había dos grandes oficios en Oratio Urbs: cultivador de hortalizas o cultivador de lilas. Las lilas eran un bien preciado en el pueblo montañés, pues una vez al mes, todas las flores eran cortadas y llevadas montaña abajo por uno del pueblo, el único hombre que tenía unos cuantos caballos. Eran estos quienes se encargaban de transportar a lomos el valioso cargamento de flores.
La familia de Bahadir era una de tantas que se dedicaban a las lilas. Los Batur cuidaban el campo familiar buscando las flores de aroma más dulce, el color más vibrante, las hojas más brillantes. Ahora que Bahadir había cumplido diez años, era el momento de aprender la profesión. Los campos de lilas estaban lejos de las casas humildes que les aseguraban refugio.
Bahadir se había despertado temprano esa vez, ansioso por ser parte de la familia de una vez por todas, de convertirse en un hombre y cuidar el campo de lilas: el orgullo familiar.
Arslan, su hermano menor, se despertó entre bostezos al oírlo subir y bajar de la cama compartida, tomando ropa, poniéndosela, quitándosela y volviéndosela a poner.
-No te verás diferente por más que te quites y te pongas eso, hermano.
-Calla, Arslan. Entiende que hay mucho que tengo que hacer. Hoy iré con papá.
-Sí, ya lo sé... No has parado de recordarlo desde que celebramos que cumpliste diez.
-Es que tú no lo entiendes, Arslan. Papá no solo me va a enseñar el trabajo, también me va a entregar oficialmente mi parte.
-¿Tu parte? ¿Bahadir, ya te vas a casar?
-No, para nada -se rió Bahadir, atando sus ropas con un lazo a la cintura-. Pero podría. Ahora soy un hombre hecho y derecho.
-¡Bahadir, apúrate o llegaremos tarde! -gritó papá desde la cocina, donde mamá ya había preparado el almuerzo para cuando ellos terminaran el trabajo.
Bahadir no tardó más. Se puso los zapatos y corrió rápidamente hacia el recibidor. Papá le tomó la mano; era enorme en comparación con la suya, áspera al tacto, marcada por años de trabajar la tierra, de arrancar malas hierbas y cargar pesados ramos de lilas.
Era como una danza coreografiada. Nada más salir de casa, el resto de los adultos salió también y, detrás de ellos, sus hijos: niños de la edad de Bahadir. Fue Alperi quien lo saludó con entusiasmo mientras era arrastrado por su padre hacia el campo. Sus cabellos rojos alborotados hacían destacar esos ojos verdes intensos que chocaban de inmediato con los ojos azules de Bahadir. Era su día. Era el momento de brillar. El aroma de las lilas los llamaba como un canto de sirenas, deseosas de ser cosechadas por los futuros amos de las tierras.
Bahadir hinchó el pecho con orgullo y siguió adelante, de la mano de su padre, hacia el gran campo apenas dividido por un cerco tan viejo y tan mordido por los años que apenas se mantenía en pie. Las lilas desbordaban de un lado y del otro, dándole a Bahadir una sensación de encierro casi insoportable. Los arbustos apenas llegaban a la cintura de su padre, pero para Bahadir eran monstruosos.asfixiantes. Respiró hondo, el dulzor empalagoso de las flores llenándole los pulmones hasta dolerle. La promesa de ser un "hombre" se sentía ahora como un peso insoportable sobre sus pequeños hombros.
-Bahadir, este es el campo. Esta es tu herencia. Y un día heredarás...
-Papi...-, la palabra apenas salió en un susurro ahogado. -Es mucho... no puedo con esto. ¿Podemos volver a casa?
-Bahadir, este campo es todo lo que tenemos. Tienes que aprender a cuidarlo y respetarlo. Es de aquí que comemos tú, yo, tu hermanito y tu madre...
-Podemos intentar el otro año... yo en serio...
-No, Bahadir. No puede esperar al otro año.
Papá se hincó sobre una rodilla y tomó la mejilla de Bahadir con cariño. Sus ojos reflejaban un orgullo cansado, casi deseoso de heredar la tierra que le había arrebatado lo mejor de sus años... o quizá de obtener una ayuda en su labor tan desangrante. Bahadir pudo ver en sus ojos que, a pesar de imponerle esta carga, su padre no deseaba que las cosas fueran así. Que esto era por necesidad. Nada más.
Y siendo aún un infante, Bahadir no podía comprender por qué, si su padre no gustaba de esto, no lo dejaba.
Bahadir accedió solo con la intención de aligerar el dolor que su padre parecía haber cargado en solitario todo este tiempo. Era una sensación amarga: sofoco, miedo y amor se sobreponían constantemente mientras Bahadir aprendía a quitar plantas invasoras, a respetar a los polinizadores y a identificar cuándo las flores deseaban agua. El almuerzo fue largo y silencioso. Bahadir y su padre no tenían nada que decirse; ambos parecían felices solo de compartir el alimento sin hablar de lo que les preocupaba ni de cuánto le dolían a Bahadir las manos después de usar aquellos diminutos dedos para arrancar hierbas de raíz.
Bahadir quisiera pensar que la noche llegó pronto. Pero no. Cuando finalmente el sol se escondió, Bahadir sintió que había pasado años en ese lugar, revisando que las plantas no tuvieran puntos blancos, que la tierra estuviera húmeda, que las flores estuvieran a salvo.
Mientras caminaban de regreso a casa entre las cercas vecinas, Bahadir vio a Alperi, quien le sonrió y lo animó a ir a su lado. Bahadir miró un momento al frente, luego a la mano de su padre sobre la suya, a la sangre acumulada en sus pequeñas manos enlodadas, y finalmente al rostro de su padre.
-¿Puedo ir con Alperi?
-No llegues tarde a la cena.
Bahadir se sorprendió al ver a su padre soltarle la mano. ¿Por qué accedía tan fácil a una petición como esa? El sol ya se ocultaba. ¿Era acaso que papá finalmente lo veía como a un adulto?
Bahadir sonrió con orgullo, viendo sus manos sucias mientras lo pensaba de nuevo: "Soy un hombre."
Alperi salió de entre los arbustos de lilas de su propio campo, viendo a Bahadir con expresión curiosa. Bahadir parecía embobado con sus propias manos.
-Bahadir...
Bahadir levantó el rostro hacia Alperi, quien le sonrió ampliamente, tomándolo de la mano. Bahadir notó que sus manos también estaban sucias y ensangrentadas.
-Vamos, vamos, Kaan nos está esperando.
Bahadir sonrió de nuevo. Corrió junto a Alperi. Sus cabellos platinos brillaban más cuando la luna llena los acariciaba con sus rayos nocturnos, guiándolos en la oscuridad hacia un pequeño lago escondido. O más o menos escondido: era el sitio donde el viejo herrero solía asegurar que había pescado un dragón de mar dorado. Desde entonces iba cada día con un hilo delgado y un anzuelo hecho con una aguja. Pero por la noche, ese lago era el lugar perfecto para que Bahadir y sus amigos hablaran de lo que había ocurrido ese día.
Kaan, un niño delgado, rubio, de ojos miel, ya los esperaba. Estaba completamente limpio, sin rasguños. Pero ¿qué podía esperarse del hijo del jefe de la aldea?
-¡Bahadir! ¡Alperi! ¡Pudieron venir! -exclamó Kaan con una gran sonrisa, corriendo hacia ellos con ojos grandes y calidez en las manos.
-Ya tenemos diez años, salir no volverá a ser ningún problema -respondió Alperi, limpiando sus manos en sus prendas sudorosas.
Bahadir comprendió que ese orgullo que lo consumía no era solo cosa suya. Era probable que todos los niños de Oratio Urbs tuvieran ese pensamiento en sus mentes, contados al unísono mientras veían las estrellas y se reunían en otros sitios místicos con sus propias historias y mitos.
-Cierto, no somos más unos niños. Ahora somos hombres, y sabemos lo que nos conviene -afirmó Kaan, recostándose junto a ellos en la orilla del lago.
Entre risas y ligeros empujones, se acercaron lo más posible para que el frío de la montaña no les calara los huesos.
-¿Y qué tal el primer día como hombres? -preguntó Kaan, viendo las estrellas con una ensoñación que solo la inocencia puede dar.
-Aburrido -dijo Alperi, extendiendo las manos hacia la luna llena-. Las lilas son plantas horribles. Hay que hacer demasiado solo para llevar unos cuantos ramos al comerciante.
-Por lo menos fuiste a ver al comerciante. Mi padre no me dejó tocar ninguna flor. Pasé el día cargando cubetas de agua y quitando hierbajos -se quejó Bahadir.
-¿Y tú qué hiciste? -preguntó Alperi, curioso al ver que Kaan seguía limpio.
-Mi padre me llevó con el sabio. Oí muchas historias sobre nuestro pueblo. Además...
-¿Además qué? -lo interrumpió Alperi, incorporándose.
-Según el sabio, este pueblo fue fundado por un Arcani que huyó del valle -explicó Kaan.
-¿Arcani? ¿No son esos que dicen que sus dioses les dan poderes mágicos? -dijo Bahadir.
-Sí, esos mismos. Dicen que una noche salió de su pueblo, harto de las guerras que su dios les encomendaba. Solo trajo a su mujer, dos burros y un par de semillas de lilas buscando refugio. Si sus hermanos lo encontraban, lo habrían matado por desertor.
-Qué tontería -bufó Alperi, sacudiéndose el pasto-. Si solo vino él con su mujer, no podrían formar un pueblo.
-¿Y por qué no? -saltó Kaan, enfrentándolo. Solo el cuerpo de Bahadir evitó que se pelearan.
-Bueno... si tuvieron niños, ¿con quién se casarían? -intervino Bahadir, tratando de calmar los ánimos.
-¡Pues con gente de montaña abajo! -zanjó Kaan, como si eso resolviera todo.
Alperi se encogió de hombros. No podía negar ese argumento.
-Eso no es todo -continuó Kaan con una sonrisa triunfal-. El sabio dijo que un niño de Oratio Urbs obtuvo poderes mágicos. ¡Un Arcano!
-¿Y quién es? -gritó Alperi, incorporándose de un salto.
-¡Shhh! -pidió Kaan, haciéndole un gesto.
Alperi hizo un puchero y volvió a sentarse.
-Es un niño de los Timur. El sabio dijo que lo tienen encerrado en el pozo porque no pueden controlarlo.
-Yo sí podría -se enorgulleció Alperi, inflando el pecho. Luego tomó la mano de Bahadir-. Nosotros podríamos controlarlo, ¿verdad?
Bahadir se sintió acorralado. No sabía si eso era siquiera posible. Aunque su padre le había hablado de los Arcani, todo sonaba como un cuento.
-No estoy seguro... -respondió, viendo la mano de Alperi que lo apretaba con emoción-. ¿Y si su dios se aparece y nos pide que hagamos guerras?
Los tres se quedaron en silencio un momento, pensando en las palabras de Bahadir. La sonrisa de Kaan había desaparecido, igual que la de Alperi, quien lentamente alejó su mano y la frotó con la otra.
Alperi estuvo a punto de decir algo, pero las luces de las cabañas comenzaron a tintinear. Fue él quien se levantó primero, exhalando como si todo el asunto se le hubiese pasado ya.
-Es hora de ir a casa... Pero mañana, vamos al pozo. Si ese niño de los Timur está ahí, podremos verlo con nuestros propios ojos.
Bahadir no estaba muy convencido, pero no hubo tiempo para negarse. Alperi salió corriendo como solía hacerlo, tan rápido que apenas podían ver sus cabellos rojos ondular con el viento.
-Bueno... mañana será -dijo Kaan, sonriendo a Bahadir mientras se levantaban.
Ambos caminaron a casa sin decir una sola palabra. Bahadir estaba preocupado. Porque si mañana encontraban a ese niño en el pozo...
Entonces, ¿también ellos podrían terminar algún día ahí?