PRÓLOGO
El asesino apunta.
Este es su momento favorito, justo antes de apretar el gatillo.
Está tranquilo y concentrado, con todos sus sentidos en alerta.
En esa fracción de segundo anterior a acabar con la vida de alguien es como si todo se desarrollase a cámara lenta.
Es consciente de su propia respiración, profunda y regular, y del rítmico latido de su corazón.
Un ser vivo a punto de destruir a otro.
Es algo cargado de poder y de belleza.
Ha llegado a apreciarlo más con los años, a obtener placer de algo que al principio le carcomía el alma.
No es ningún psicópata.
Tal vez otros de los suyos lo sean.
En ese caso, él los envidia.
No, él siente emociones, unas emociones profundas y potentes que invaden todo su ser.
Ama y odia con idéntica pasión.
Sin embargo, no suele sentir nada durante uno de sus trabajos.
Ya no.
Cuando está completando un encargo, se ve a sí mismo simplemente como un cazador, un cazador con una presa muy específica.
Esta cacería en particular ha sido más larga y difícil que la mayoría.
Su blanco es tan peligroso como el mismo asesino.
El hombre al que está a punto de matar comparte muchos de sus rasgos, y no cabe duda de que su presa fue alguna vez un depredador.
Pero por supuesto, ninguno de los hombres a quien le han encargado matar es ningún angelito.
Él no mata inocentes.
Elimina culpables.
El hombre en el punto de mira de su rifle se merece sin duda alguna lo que está a punto de ocurrirle.
El asesino respira hondo y aprieta suavemente el gatillo.