Lealtad Entre Neones

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La lealtad es algo que no se debe soltar cuando es recíproca.

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Capítulo 1

El "Valhalla's Rest" no era el bar más elegante del distrito, pero tenía ese encanto rústico y sombrío que a Brunhilde le resultaba tolerable para una noche de viernes. La madera de la barra estaba desgastada por años de vasos arrastrados y codos apoyados, la iluminación consistía principalmente en luces de neón parpadeantes que filtraban tonos rojizos y ámbar a través de una neblina perpetua, y la música de fondo era un blues melancólico que ahogaba las conversaciones ajenas lo suficiente como para permitir cierta intimidad.

En la mesa de la esquina, la más alejada de la puerta y del ruidoso grupo que jugaba a los dardos, se encontraban dos figuras que, incluso en ropa de civil, parecían irradiar un aura que exigía respeto.

Brunhilde daba un sorbo lento a su martini seco. Llevaba una blusa de seda esmeralda que contrastaba con su piel pálida, cubierta por una chaqueta de cuero negro de corte impecable. Su cabello oscuro caía en cascada, perfectamente liso, enmarcando un rostro que era a la vez hermoso y aterradoramente afilado. Sus ojos, del color de la medianoche, escudriñaban el local con la paranoia habitual de alguien acostumbrada a estar siempre un paso por delante de todos.

Frente a ella, ocupando casi el doble de espacio en la cabina de cuero sintético, estaba Siegfried. Llevaba una camiseta térmica de manga larga gris que se ajustaba firmemente a la musculatura de su pecho y brazos. Su cabello claro estaba ligeramente despeinado, dándole ese aire perennemente relajado que a veces sacaba de quicio a Brunhilde, pero que, en el fondo, era lo que más la anclaba a la realidad. Siegfried estaba terminando su segunda pinta de cerveza negra, mirándola con esa devoción silenciosa y absoluta que le reservaba exclusivamente a ella.

—¿Vas a seguir analizando a cada persona que entra por esa puerta, o me vas a conceder el honor de tu atención, mi valquiria? —preguntó Siegfried, su voz grave y retumbante acariciando el aire entre ellos con una sonrisa suave.

Brunhilde dejó su copa en la mesa, su mirada suavizándose solo una fracción de milímetro al encontrarse con los ojos de él.

—La costumbre es una segunda naturaleza, Siegfried —respondió ella, cruzando las piernas—. Estamos en una ciudad impredecible. Y este lugar... digamos que su clientela no inspira exactamente confianza.

—Estamos en un bar del centro, Hilde, no en un campo de batalla —Siegfried extendió su enorme mano sobre la mesa, cubriendo los finos dedos de Brunhilde. El contraste entre la mano áspera y llena de cicatrices de él y la piel cuidada de ella era un testimonio de sus naturalezas complementarias—. Por esta noche, apaga el radar. Solo somos tú y yo.

Ella suspiró, un sonido casi imperceptible, y entrelazó sus dedos con los de él. Era cierto. Por muy feroz que fuera, por mucha carga que llevara sobre sus hombros, con Siegfried sentía que podía permitirse el lujo de respirar. Él era su escudo, su espada y, paradójicamente, su mayor debilidad.

—Tienes razón —admitió ella a regañadientes, esbozando una levísima sonrisa que solo él tenía el privilegio de ver con regularidad—. Eres una distracción demasiado grande como para ignorarla.

Siegfried rió por lo bajo, un sonido cálido. Se inclinó hacia adelante, a punto de decirle algo que seguramente la haría sonrojar y enfadar a partes iguales, cuando la atmósfera de su pequeña burbuja se rompió abruptamente.

Una chica apareció de la nada, invadiendo el espacio vital de su cabina.

No parecía estar buscando el baño, ni se había tropezado accidentalmente. Su acercamiento fue deliberado. Brunhilde sintió cómo la tensión volvía a su cuerpo en un instante, su instinto protector y territorial se activaron al máximo.

La intrusa era joven, de cabello castaño oscuro cortado por encima de los hombros, enmarcando un rostro con rasgos afilados y una expresión que denotaba una confianza que rayaba en la insolencia. Llevaba una camiseta de algodón holgada de color arena y unos pantalones casuales. No había nada particularmente amenazador en ella, pero su actitud era una alarma aullante.

La chica se detuvo justo al lado de la mesa, pero no miró a Brunhilde. Sus ojos, oscuros y desafiantes, estaban fijos exclusivamente en Siegfried. Había un brillo de atrevimiento en ellos, una chispa de travesura maliciosa, influenciada quizás por un par de tragos de más, o quizás simplemente por una naturaleza exhibicionista y provocadora.

Siegfried parpadeó, confundido por la repentina interrupción. Iba a abrir la boca para preguntar si necesitaba algo, si se había perdido, con su habitual amabilidad despistada.

Pero no tuvo tiempo de articular palabra.

Sin apartar la mirada de los ojos de Siegfried, manteniendo una expresión de absoluta fijeza, casi de aburrimiento calculador, la chica llevó ambas manos al dobladillo de su camiseta color arena.

En un movimiento fluido, rápido y descarado, tiró de la tela hacia arriba.

La tenue luz rojiza de los neones del bar bañó inmediatamente la escena. La chica subió la camiseta hasta justo debajo de su cuello, revelando no solo su abdomen, sino un exuberante pecho aprisionado en un sujetador de intrincado encaje floral en tonos beige y rosados. La prenda apenas podía contener la pesadez y el volumen de sus senos, que se alzaban prominentes y voluptuosos ante la mirada atónita de la pareja. Con las manos aún sosteniendo la tela de la camiseta en alto, la chica pareció empujar ligeramente el pecho hacia adelante, en una exhibición cruda y directa, ofreciendo un banquete visual sin previo aviso.

El tiempo pareció congelarse en la mesa de la esquina.

La reacción de Siegfried fue, en un primer instante, la de un hombre atrapado en su propia biología. No era un secreto, ni para él ni para Brunhilde, que Siegfried apreciaba la belleza femenina, y que tenía una debilidad muy particular y terrenal por las curvas pronunciadas, tanto delanteras y traseras. Era un gusto primitivo, arraigado en su naturaleza.

Sus ojos celestes se abrieron de par en par, sus pupilas se dilataron por la sorpresa y el reflejo involuntario ante la repentina exhibición de piel y encaje. El oxígeno pareció atascarse en su garganta. Durante un segundo, dos segundos, su cerebro procesó la imagen: el encaje pálido, la redondez pesada, la piel bañada en luz roja, la actitud descarada. Era un estímulo visual que habría hecho tartamudear a cualquier hombre en la sala. Su mandíbula se aflojó ligeramente, y un leve rubor de incredulidad y reacción primaria tiñó sus mejillas.

La chica notó ese segundo de estupefacción. Una levísima sonrisa de triunfo, arrogante y burlona, se asomó en la comisura de sus labios. Creía que había ganado. Creía que había atrapado al gigante de pelo claro.

Pero no conocía a Siegfried. Y, sobre todo, no sabía con quién estaba sentado.

Si el tiempo se había congelado para Siegfried por la sorpresa, para Brunhilde el tiempo se había acelerado hacia la violencia inminente.

La temperatura alrededor de la mesa pareció caer en picado. El aire se volvió pesado, eléctrico, cargado de una intención asesina pura y destilada. Brunhilde no gritó. No se levantó haciendo un escándalo ni tiró su bebida. Esa era la reacción de las mujeres inseguras. La reacción de Brunhilde fue mucho más fría y letal.

Lentamente, con una precisión escalofriante, Brunhilde giró la cabeza para mirar a la intrusa. Sus ojos oscuros ya no eran medianoche; eran pozos sin fondo que prometían dolor y humillación absoluta. La vena de su cuello palpitaba levemente, el único signo físico de la furia volcánica que burbujeaba en su interior.

Vio el sujetador de encaje. Vio la actitud provocadora. Vio cómo la mujer intentaba usar sus atributos para captar la atención del hombre que le pertenecía en cuerpo y alma. Y vio, por un brevísimo instante, la mirada de Siegfried bajar hacia aquel escote. Los celos, un monstruo verde y escamoso con el que Brunhilde rara vez admitía luchar, se retorcieron en su estómago, fusionándose con una ira indomable.

—Vaya —la voz de Brunhilde cortó el aire como una cuchilla de obsidiana. No era un susurro, pero tampoco un grito. Tenía el tono bajo y sibilante de una serpiente venenosa lista para atacar—. Parece que el control de plagas de este lugar es deficiente. Las ratas están empezando a subirse a las mesas.

La chica parpadeó, sacada de su trance de provocación. Bajó la camiseta lentamente, soltándola para que cayera sobre su vientre, aunque mantuvo una postura erguida, girándose para mirar a la mujer vestida de cuero.

—¿Perdona? —dijo la chica, su voz arrastrando un ligero tono etílico y combativo—. Solo estaba... mostrándole algo hermoso al grandulón. Parecía aburrido a tu lado.

Los nudillos de Brunhilde se volvieron blancos alrededor del tallo de su copa de martini. Estuvo a un milímetro de estampar el cristal contra el rostro arrogante de la mujer. Su orgullo, su inmenso y colosal orgullo, estaba siendo pisoteado. ¿Cómo se atrevía esta... esta cualquiera de bar barato a ofrecerle sus encantos a su héroe?

—Lo único que estás mostrando, querida, es una desesperación patética y una alarmante falta de clase —siseó Brunhilde, inclinándose hacia adelante, sus ojos perforando a la chica—. Si necesitas levantar tu ropa en público como mercancía barata de escaparate para conseguir que un hombre te mire, sinceramente, siento lástima por ti. Pero has venido al mostrador equivocado.

La tensión era tan gruesa que se podía cortar con un cuchillo. La chica apretó los dientes, sintiendo el aguijón del veneno de Brunhilde, pero su ego, inflado por la audacia de su propia acción, la impulsó a no retroceder.

—No vi que apartara la mirada rápido, precisamente —replicó la chica, lanzando una mirada venenosa a Brunhilde para luego volver a mirar a Siegfried, buscando confirmación, buscando al hombre que creía haber cautivado—. Es un hombre grande. Seguro que prefiere algo donde haya... más de donde agarrar, ¿verdad, guapo?

Fue el error más grande que pudo cometer. Involucrar a Siegfried como juez en esta disputa.

Brunhilde se tensó como la cuerda de un arco a punto de romperse. Giró su rostro hacia Siegfried, sus ojos brillando con una mezcla de fuego y una vulnerabilidad oculta que solo él conocía. Quería ver su reacción. Necesitaba verla. Aunque confiaba en él con su vida, la humillación pública y el descaro de la mujer habían tocado su fibra más sensible.

Siegfried había estado en silencio todo este tiempo, su mente procesando la rápida escalada de la situación. El shock inicial se había desvanecido por completo, reemplazado por la comprensión cristalina de lo que estaba sucediendo y, lo que era peor, del inmenso peligro en el que se encontraba la intrusa si él no intervenía antes de que Brunhilde la destripara verbalmente... o literalmente.

Siegfried se pasó una mano por el rostro, frotándose los ojos antes de soltar un largo suspiro. El aire de gigante despistado se evaporó. Su postura se enderezó, sus hombros se ensancharon, proyectando una sombra imponente.

No miró a la chica con lujuria, ni con enojo, sino con una piedad devastadoramente honesta.

—Escucha... —comenzó Siegfried, su voz grave resonando por encima de la música del bar. Se cruzó de brazos, sus bíceps abultando bajo la tela gris—. Te voy a ser completamente sincero.

Brunhilde contuvo el aliento, sus uñas clavándose en las palmas de sus manos.

—Sí, vi lo que hiciste. Y no voy a ser un hipócrita y fingir que no tienes un físico... impresionante —Siegfried habló con una franqueza aplastante. Era un hombre terrenal, un guerrero que nunca mentía sobre su propia naturaleza—. Tienes unos pechos increíbles, y eres una mujer atractiva. Soy un hombre, mis instintos funcionan, y mentiría si dijera que no es una visión que llama la atención.

La chica sonrió, una mueca de triunfo renovado formándose en sus labios, a punto de lanzarle una mirada de superioridad a Brunhilde.

Pero Siegfried levantó una mano masiva, deteniendo cualquier palabra en el aire. Su rostro, hasta ahora neutral, se endureció con una seriedad que asustaba.

—Pero ahí termina todo —continuó Siegfried, y su voz ya no tenía ni un rastro de duda o indulgencia—. Es solo biología básica. Un reflejo. Lo que tú ofreces, señorita, es un espectáculo barato de cinco segundos. Carne. Y yo no soy un animal hambriento buscando sobras.

La sonrisa de la chica se congeló. Su rostro palideció repentinamente bajo la fría mirada azul del hombre que intentaba seducir.

Siegfried se giró hacia Brunhilde. Todo el acero en sus ojos se fundió en un instante, reemplazado por una ternura y un amor tan profundos y absolutos que parecieron iluminar el rincón oscuro en el que estaban sentados. Sin dudarlo, tomó el rostro de Brunhilde entre sus grandes manos, ignorando por completo la existencia de la otra mujer en la habitación.

—Hilde... —murmuró Siegfried, sus pulgares acariciando suavemente los afilados pómulos de la valquiria. Los ojos de Brunhilde, que segundos antes prometían destrucción, ahora lo miraban con los pupilas dilatadas, el corazón latiéndole desbocado en el pecho—. Puedes traerme a cien mujeres como ella. Pueden desfilar desnudas por este bar si quieren. Pueden tener las curvas más exageradas del mundo. Ninguna de ellas significa nada.

Siegfried acercó su rostro al de ella, sus frentes casi tocándose.

—Tú eres mi principio y mi final —le dijo, cada palabra cargada de una devoción férrea—. Eres la mujer por la que cruzaría el infierno, la mujer cuya mente me fascina, cuya fuerza me intimida y me enamora cada día más. No me importa lo que haya debajo de tu ropa o lo que la gravedad haga o deje de hacer. Lo que amo de ti es ese fuego que tienes dentro, esa mirada que puede paralizar ejércitos. Mi corazón, mi lealtad, mis ojos y mi alma... te pertenecen solo a ti. Nadie en este puto mundo podría hacer que dude de eso ni por un segundo.

Brunhilde sintió que la respiración le temblaba. El muro de orgullo y furia que había levantado se derrumbó bajo el peso abrumador del amor de Siegfried. Una calidez inmensa se extendió por su pecho, ahogando cualquier rastro del monstruo de los celos. Sus labios se separaron ligeramente, y cerró los ojos, inclinándose hacia el toque cálido de sus manos.

No necesitaba decirle que ella sentía lo mismo. Él lo sabía. Pero saber que, en un momento de provocación barata, él elegía ensalzar su alma, su fuerza y su vínculo por encima del instinto más básico, la hizo sentirse como la mujer más venerada del universo.

Siegfried le dio un beso suave, lento y profundo en los labios. Un beso que no era una demostración para el público, sino un sello, una promesa renovada entre ellos dos. Fue un beso posesivo, sí, pero también infinitamente tierno.

Cuando se separaron, Siegfried finalmente volvió a mirar a la chica, que seguía de pie allí, ahora luciendo increíblemente pequeña, avergonzada y fuera de lugar. La audacia había sido aplastada por la exhibición de una conexión que ella claramente no podía ni soñar con comprender.

—Te sugiero que te abroches bien la ropa y vayas a buscar atención a otra parte —dijo Siegfried, su tono volviéndose frío y despectivo nuevamente—. Aquí estás molestando a mi futura esposa. Y te aseguro que ella tiene mucha menos paciencia que yo.

La chica tragó saliva audiblemente. Miró la expresión pétrea de Siegfried, y luego la sonrisa ladeada, triunfante y letal que había vuelto al rostro de Brunhilde. Ya no había rastro de vulnerabilidad en la valquiria; solo la satisfacción de una reina viendo a un mendigo ser expulsado de su corte.

Sin decir una palabra, con el rostro ardiendo de humillación, la chica dio un paso atrás, tropezó ligeramente y se dio la vuelta, desapareciendo rápidamente entre la multitud del bar, tragada por las sombras y las luces de neón de las que había surgido.

El silencio volvió a caer sobre la mesa, solo roto por el blues melancólico que seguía sonando de fondo.

Brunhilde se tomó un momento para recomponerse. Alisó un pliegue imaginario en su chaqueta de cuero, tomó su copa de martini y le dio un sorbo largo y pausado. Su pulso volvía a la normalidad, pero el calor en sus mejillas persistía.

Siegfried se recostó en su asiento, tomando su cerveza. La miró de reojo, con una pequeña sonrisa jugando en sus labios.

—¿"Futura esposa"? —repitió Brunhilde, arqueando una ceja perfecta, aunque el tono de su voz carecía de su habitual filo, teñido de una suavidad inusual.

Siegfried se encogió de hombros, dando un trago a su bebida.

—Bueno, es un paso lógico, ¿no crees? Tarde o temprano te vas a cansar de tener que ahuyentar a mis admiradoras. Sería más fácil si llevaras un anillo gigante para cegarlas.

Brunhilde soltó una carcajada. Fue un sonido genuino, una risa clara que rara vez permitía que otros escucharan. Dejó la copa y se inclinó sobre la mesa, tomando el cuello de la camiseta de Siegfried y tirando de él hacia ella.

—Eres un idiota, Siegfried —murmuró ella, sus labios rozando los de él, sus ojos brillando con adoración—. Un idiota descarado que casi se rompe el cuello mirando un par de tetas de encaje.

—Un idiota honesto —corrigió él, sonriendo contra sus labios—. Pero soy tu idiota. Y como dije, son solo biología. Tú... tú eres mi destino.

—Más te vale —susurró Brunhilde, antes de besarlo con una intensidad que eclipsaba cualquier provocación barata de la noche.

Cuando se separaron, ella acomodó el cuello de él y le dio un golpecito en el pecho firme.

—Paga la cuenta. El ambiente aquí se ha vuelto demasiado vulgar para mi gusto. Vamos a casa.

Siegfried asintió, su sonrisa ensanchándose. Sabía exactamente qué significaba ese tono en la voz de Brunhilde, ese brillo posesivo en sus ojos oscuros. La pequeña exhibición había despertado el instinto territorial de la valquiria, y él, sin duda alguna, estaba más que dispuesto a ser el destinatario de esa intensidad.

—Lo que ordene la jefa —respondió Siegfried, levantando la mano para llamar al camarero.

Mientras salían del "Valhalla's Rest", el brazo masivo de Siegfried rodeaba firmemente la cintura esbelta de Brunhilde. Las luces de neón parpadeantes de la ciudad iluminaron sus figuras entrelazadas en la acera. La noche era fría, pero entre ellos ardía un fuego forjado en la confianza absoluta. Podían existir miles de distracciones, tentaciones terrenales envueltas en encaje y audacia pasajera, pero Siegfried había demostrado, una vez más, que para él solo existía una verdad inmutable.

Y Brunhilde, caminando con la cabeza en alto, apoyada contra el costado de su héroe, supo que, a pesar de sus inseguridades ocultas, había ganado algo mucho más grande que cualquier batalla: el corazón incondicional del hombre más fuerte del mundo.