Nieve del Sur

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Summary

Santiago, 1986. Dictadura de Pinochet. Toque de queda. Tomás Contreras tiene diecinueve años, estudia Teatro en la Universidad de Chile y vive en una pensión en Ñuñoa. Su único amigo, Cristián «Cristo» González, se suicidó a los diecisiete, dejando atrás a su polola, Daniela Fuentes. Un año después, Tomás y Daniela se reencuentran por casualidad en el Metro. Empiezan a verse los domingos, caminando sin rumbo por el centro de Santiago. Ella habla de un pozo escondido en la cordillera. Él le cuenta anécdotas del Topógrafo, su excéntrico compañero de pieza. Pero Daniela no está bien. Cuando desaparece e ingresa en una residencia terapéutica en San José de Maipo, Tomás viaja a la cordillera para verla. Allí conoce a Rebeca Tapia, una guitarrista de cuarenta años que toca canciones de Violeta Parra y Víctor Jara para espantar la oscuridad. En Santiago lo espera Valentina «Vale» López: una chica de falda corta, lengua afilada y corazón roto, que odia la revolución y solo cree en el amor. Entre la Alameda llena de gases lacrimógenos y el silencio blanco de la cordillera, entre la culpa y la urgencia, Tomás deberá decidir quién quiere ser. Un adolescente eterno, anclado en el recuerdo de los muertos. O un adulto que aprende a vivir con el dolor. «La muerte no se opone a la vida. La muerte está incluida en nuestra vida.»

Status
Complete
Chapters
14
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1: «El claro y el pozo»

1

Yo entonces tenía treinta y siete años y me encontraba a bordo de un Boeing 767 de Lan Chile. El avión había iniciado el descenso sobre la cordillera de los Andes, y los ventanales mostraban ya los cerros pelados, ocre y gris, de la periferia de Santiago. Era un mediodía gris de julio, invierno en el hemisferio sur. La lluvia fina empañaba los vidrios y teñía la tierra de un color plomizo, ese tono que tienen las cosas cuando han estado mojadas demasiado tiempo. Los cerros parecían esbozos de una acuarela antigua, desvaídos por los años. «Vaya —pensé—. Otra vez en Chile.»

Cuando el avión tocó pista y desaceleró, se apagó el cartel de No fumar y por los parlantes comenzó a sonar una música ambiental. Era una versión empalagosa de «Gracias a la vida» de Violeta Parra. La melodía me conmovió, como siempre. No. En realidad, me turbó; me produjo una emoción mucho más violenta que de costumbre.

Para que no me estallara la cabeza, me encorvé, me cubrí la cara con las manos y permanecí inmóvil. Al poco se acercó a mí una azafata chilena, de esas de sonrisa entrenada pero ojos cansados, y me preguntó si me encontraba mal. Le respondí que no, que era solo un ligero mareo.

—¿Seguro? ¿Necesita algo?

—No, gracias —dije.

La azafata me sonrió y se alejó. La música cambió a una balada de Los Prisioneros, «Tren al sur». Alcé la cabeza, contemplé los cerros grises que rodeaban Santiago, pensé en la infinidad de cosas que había perdido en el curso de mi vida. Pensé en el tiempo perdido, en las personas que habían muerto, en las que me habían abandonado, en los sentimientos que jamás volverían.

Seguí pensando en aquel claro de montaña hasta que el avión se detuvo por completo y los pasajeros comenzaron a desabrocharse los cinturones, a sacar sus chaquetas y bolsos de los compartimientos superiores. Olí la hierba húmeda, sentí el viento frío de la cordillera en la piel, oí el canto de los chincoles. Corría el otoño de 1986, y yo estaba a punto de cumplir veinte años.

Volvió a acercarse la misma azafata, que se agachó a mi altura y me preguntó si me sentía mejor.

—Estoy bien, gracias —dije, y esbocé una sonrisa—. De pronto me sentí triste. Solo eso.

—También a mí me pasa a veces —contestó ella. Se irguió, ajustó su chaleco rojo y me regaló una sonrisa que, por un instante, le iluminó la fatiga—. Que tenga un buen viaje. Chao.

Chao—repetí.

Incluso ahora, dieciocho años después, recuerdo aquel claro de montaña en todos sus detalles. Recuerdo el verde profundo y brillante de las laderas, donde la llovizna fina y persistente barría el polvo acumulado durante el verano. Recuerdo las matas de coirón meciéndose con el viento de marzo, las nubes largas y estrechas coronando las cimas azules de los Andes. El cielo estaba tan alto que si alguien lo miraba fijamente le dolían los ojos. El viento que silbaba en aquel claro agitaba suavemente sus cabellos, atravesaba el bosque de peumos y litres. Las hojas de las copas de los árboles susurraban y, en la lejanía, se oía ladrar un perro. Era un ladrido tan tenue y apagado que parecía proceder de otro mundo. No se oía nada más. Ningún otro ruido llegaba a nuestros oídos. No nos habíamos cruzado con nadie. La única presencia, dos pájaros carpinteros que alzaron el vuelo desde un tronco caído, como espantados por algo, y se dirigieron hacia el bosque. Mientras caminábamos, Daniela me habló de un pozo.

La memoria es algo extraño. Mientras estuve allí, apenas presté atención al paisaje. No me pareció que tuviera nada de particular y jamás hubiera sospechado que, dieciocho años después, me acordaría de él hasta en sus pequeños detalles. A decir verdad, en aquella época a mí me importaba muy poco el paisaje. Pensaba en mí, pensaba en la hermosa mujer que caminaba a mi lado, pensaba en ella y en mí, y luego volvía a pensar en mí. Estaba en una edad en que, mirara lo que mirase, sintiera lo que sintiese, pensara lo que pensase, al final, como un bumerán, todo volvía al mismo punto de partida: yo. Además, estaba enamorado, y aquel amor me había conducido a una situación extremadamente complicada. No, no estaba en disposición de admirar el paisaje que me rodeaba.

Sin embargo, ahora la primera imagen que se perfila en mi memoria es la de aquel claro. El olor de la hierba mojada, el viento gélido, las crestas de los Andes, el ladrido de un perro. Esto es lo primero que recuerdo. Con tanta nitidez que tengo la impresión de que, si alargara la mano, podría ubicarlos, uno tras otro, con la punta del dedo. Pero este paisaje está desierto. No hay nadie. No está Daniela, ni estoy yo. «¿Adónde hemos ido?», pienso. «¿Cómo ha podido ocurrir una cosa así? Todo lo que parecía tener más valor —ella, mi yo de entonces, nuestro mundo— ¿adónde ha ido a parar?». Lo cierto es que ya no recuerdo el rostro de Daniela. Conservo un decorado sin personajes.

Aunque, si me tomo el tiempo suficiente, puedo revivir su imagen. Sus manos pequeñas y frías, su pelo liso, tan bonito y agradable al tacto; los lóbulos de sus orejas, suaves y carnosos, y el lunar que tenía debajo; la chaqueta de lana gris que solía llevar en invierno; su costumbre de mirar fijamente a los ojos cuando hacía una pregunta; el ligero temblor que, por una u otra razón, vibraba en su voz —como si estuviera hablando en lo alto de un cerro barrido por un fuerte viento—. Al sobreponer estas imágenes, su rostro emerge de repente. Primero se dibuja su perfil. Tal vez porque Daniela y yo solíamos andar el uno al lado del otro. Por eso el perfil es lo que primero emerge en mi recuerdo. Después ella se vuelve hacia mí, me sonríe, ladea la cabeza, me habla y me mira fijamente a los ojos. Tal vez esperaba ver en ellos el rastro de un pececillo que cruzaba, veloz como una centella, el fondo de un manantial de aguas cristalinas.

Me lleva tiempo evocar su rostro. Y conforme vayan pasando los años, más tiempo me llevará. Es triste, pero cierto. Al principio era capaz de recordarla en cinco segundos, luego estos se convirtieron en diez, en treinta segundos, en un minuto. El tiempo fue alargándose paulatinamente, igual que las sombras en el crepúsculo. Puede que pronto su rostro desaparezca absorbido por las tinieblas de la noche. Sí, es cierto. Mi memoria se está distanciando del lugar donde se hallaba Daniela. De la misma forma que se está distanciando del lugar donde estaba mi yo de entonces. Solo el paisaje, aquella imagen del claro en marzo, vuelve una y otra vez a mi mente como la escena simbólica de una película. Aquel paisaje sigue sacudiendo, pertinaz, una parte de mi cabeza. «¡Vamos! ¡Arriba! ¡Aún estoy aquí! ¡Arriba! ¡Levántate y comprende! ¿Cuál es la razón de que todavía esté aquí?» No siento dolor. Únicamente el sonido hueco que acompaña cada patada. Pero también este eco se apagará algún día. Como se ha ido borrando, inexorablemente, lo demás. Con todo, a bordo de aquel avión en el aeropuerto de Pudahuel, la sacudida fue más fuerte, más prolongada que de costumbre.

«¡Arriba! ¡Comprende!», decía. Por eso ahora estoy escribiendo. Soy de ese tipo de personas que no acaba de comprender las cosas hasta que las pone por escrito.

¿De qué me estaba hablando ella?

¡Ah, sí! Me hablaba de un pozo. No sé si existía en realidad o si era alguna imagen o símbolo que solo existía para ella. Como tantas otras cosas que, en aquellos días inciertos, entretejía su mente. Sin embargo, después de que Daniela me hablara del pozo, he sido incapaz de imaginarme aquel claro sin su existencia. La figura de un pozo que jamás he visto con mis propios ojos está grabada a fuego en mi mente como parte inseparable del paisaje. Puedo describirlo en sus detalles más triviales. Se encuentra en la linde donde termina el claro y empieza el bosque. Es un gran agujero negro de poco más de un metro de diámetro que se abre en el suelo, oculto hábilmente entre el coirón. No lo circunda brocal alguno, ni siquiera un cercado de piedra de una altura prudente. Se trata de un simple agujero abierto en el suelo. Aquí y allá, las piedras del reborde, expuestas a la lluvia y al viento, han mudado a un extraño color blancuzco, se han agrietado y han ido desmoronándose. Unas lagartijas chilenas, delgadas y veloces, se deslizan entre las grietas. Sé que si me asomo y miro hacia dentro no veré nada. Es muy profundo. No puedo imaginar cuánto. Y está tan oscuro como si en una olla alguien hubiera cocido todas las negruras de este mundo.

—Es muy, pero que muy profundo —decía Daniela escogiendo cuidadosamente las palabras. Ella hablaba así a veces: muy despacio, buscando los términos adecuados—. Es muy profundo. Pero nadie sabe dónde se encuentra. Claro que está por allí, en algún sitio. Eso es seguro.

Y, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de lana, se volvió hacia mí y me sonrió como diciendo: «Es verdad».

—Tiene que ser muy peligroso —comenté.

—Pues sí. Pum, y se acabó.

—¿Y eso ocurre?

—Quizás una vez cada dos o tres años. Alguien desaparece de repente, y por más que lo buscan no lo encuentran. Entonces la gente de por aquí dice: «Se habrá caído dentro del pozo».

—Vaya —dije—. No es una muerte muy agradable que digamos.

—¡Oh, no! Es una muerte horrible —dijo Daniela, sacudiéndose con la mano unas briznas de pasto de su chaqueta—. Si te rompes el cuello y te mueres sin más, todavía, pero si resulta que solo te tuerces un tobillo, o algo así, estás perdido. Por más que grites, nadie va a oírte, no hay esperanza alguna de que nadie te encuentre, las arañas pollito y los ciempíes pululan a tu alrededor, el suelo está lleno de huesos de personas que han muerto allá dentro, todo está oscuro, húmedo… Y allá arriba se dibuja un pequeño círculo de luz parecido a la luna en invierno. Y tú vas muriéndote allí, solo.

—Si lo pienso se me ponen los pelos de punta —dije—. Alguien tendría que buscarlo y cercarlo.

—Pero nadie puede encontrarlo. Así que ten cuidado y no te apartes del camino.

—No temas. No lo haré.

Daniela sacó la mano izquierda del bolsillo y agarró la mía.

—Pero a ti no te pasará nada. Tú no tienes por qué preocuparte. Aunque anduvieras por aquí de noche con los ojos cerrados, tú jamás te caerías dentro. Seguro. Y a mí, mientras esté contigo, tampoco me pasará nada.

—¿Jamás?

—Jamás.

—¿Y cómo lo sabes?

—Lo sé —Daniela asió mi mano con fuerza. Luego siguió andando un rato en silencio—. Estas cosas las sé muy bien. De pronto las siento, y punto. Por ejemplo, ahora que estoy agarrada a ti con fuerza, no tengo miedo. Nada puede hacerme daño.

—Entonces es fácil. Basta con que estés siempre así —dije.

—¿Eso… lo dices en serio?

—Desde luego.

Daniela se detuvo. Yo también. Ella posó sus manos sobre mis hombros y se quedó mirándome fijamente. En el fondo de sus pupilas, un líquido negrísimo y espeso dibujaba una extraña espiral. Las pupilas permanecieron largo tiempo clavadas en mí. Después se puso de puntillas y acercó su mejilla a la mía. Fue un gesto tan cálido y dulce que mi corazón dejó de latir por un instante.

—Gracias —dijo Daniela.

—De nada —contesté.

—Estoy muy contenta de que me digas eso —esbozó una sonrisa triste—. Pero no es posible.

—¿Por qué?

—Porque no puede ser. Porque es horrible. Eso… —Pero enmudeció y siguió andando en silencio.

Comprendí que debía de darle vueltas a algo, así que, sin mediar palabra, empecé a andar a su lado en silencio.

—Porque eso… no es bueno. Ni para ti, ni para mí —prosiguió ella mucho rato después.

—¿Y en qué sentido no lo es? —le pregunté en voz baja.

—Eso de que alguien proteja eternamente a alguien… es imposible. Mira. Suponiendo, ¿eh?, suponiendo que te casaras conmigo… Tú trabajarías en alguna oficina, ¿no es así? ¿Quién me protegería mientras tú estuvieses en el trabajo? ¿Y quién me protegería mientras estuvieses de viaje de negocios? ¿Tengo que estar pegada a ti hasta que me muera? ¿Dónde está la igualdad? A eso no puede llamarse una relación humana, ¿no te parece? Además, cualquier día acabarías hartándote de mí. Te preguntarías: «¿Qué es mi vida? ¿Hacer de niñera de esta mujer?». Yo no quiero eso. No resolvería mis problemas.

—Mis problemas no tienen por qué durar toda la vida —posé mi mano en su espalda—. Algún día acabarán. Y cuando todo haya terminado, bastará con que reconsideremos el asunto. Bastará con que pensemos qué debemos hacer a partir de entonces. Y ese día tal vez seas tú quien me ayude a mí. No tenemos por qué vivir haciendo balance. Si tú ahora me necesitas a mí, me utilizas sin más. ¿Por qué eres tan terca? Relájate. Estás tensa y por eso te lo tomas así. Si te relajas, te sentirás más ligera.

—¿Por qué dices eso? —La voz de Daniela sonó muy seca.

Al oírla, comprendí que acababa de pronunciar las palabras equivocadas.

—¿Por qué? —repitió Daniela con la vista clavada en el suelo—. Si te relajas, te sientes más ligero, eso también lo sé yo. No hace ninguna falta que me lo recuerdes. Pero si ahora me relajo me haré pedazos. Desde hace tiempo he sido incapaz de vivir de otra manera, y todavía lo soy. Si bajara la guardia, aunque fuera una sola vez, sería incapaz de recomponerme a mí misma. Me haría pedazos y estos volarían con un soplo de viento. ¿Cómo puede ser que no lo entiendas? ¿Cómo puedes decir que cuidarás de mí si no comprendes eso?

Enmudecí.

—Me siento mucho más perdida de lo que puedas imaginarte. Perdida entre tinieblas y hielo… Escucha… ¿Por qué te acostaste conmigo aquel día? ¿Por qué no me dejaste en paz?