Donde muere lo humano.
My Little Dark Age
A veces pienso que ser humano no es algo que se es, sino algo que se decide.
No en los días fáciles. No cuando todo está en orden y la gente sonríe como si supiera lo que hace.
Es en otros momentos.
Cuando alguien cae y nadie se mueve. Cuando hay sangre y decides mirar antes que ayudar. Cuando escuchas algo horrible… y encuentras la forma de que tenga sentido.
O de que alguien lo merecía.
Hay quienes lo disfrutan. Otros miran hacia otro lado. Y algunos simplemente hacen que no importe.
Supongo que ahí es donde se ve.
No en lo que decimos ser, sino en lo que estamos dispuestos a permitir.
Porque al final, no basta con parecer humano.
Hay que elegir serlo.
23 de octubre de 2020
00:34 a. m. — Blackhart
Despertó sin saber con exactitud cuánto había dormido, con esa pesadez incómoda de las siestas mal cortadas donde el cuerpo no decide si ya es de noche o si todavía arrastra el día. El zumbido de un aparato viejo vibraba contra la pared, constante, casi físico. Tomó el teléfono y la luz le rozó el rostro.
Un solo mensaje.
¿Vienes?
Lo leyó más de una vez, no porque no lo entendiera, sino por inercia. Dejó el teléfono a un lado y se incorporó despacio, se inclinó hacia adelante y se frotó el rostro con ambas manos, tratando de ordenar el cuerpo antes que la cabeza.
El movimiento dejó ver mejor su figura frente a la ventana, bajo para su edad, excesivamente delgado, con esa complexión que obligaba a esconderse tras ropa más grande de lo necesario.
Vestía una sudadera negra que le quedaba holgada y un pantalón del mismo color, simple, sin intención de destacar. No era estilo, era costumbre. Su cabello pelirrojo caía sin orden, contrastando con una piel que no era pálida, sino de un tono canela suave, salpicada de pecas sobre la nariz y las mejillas. Cuando alzó la mirada, la pantalla volvió a iluminar sus ojos, café con un matiz rojizo que no siempre se notaba.
Terminó mirando la repisa junto a la ventana. La foto seguía torcida.
En ella aparecía él, más pequeño, y su madre. No había nada especial en la imagen, ningún evento que la justificara. Solo un momento cualquiera que había terminado siendo el único que importaba.
Se quedó observándola unos segundos más de lo necesario. La pregunta apareció sola, sin forma clara.
Dónde estaría.
Apartó la vista antes de intentar responderse.
La casa estaba en penumbra, atravesada por luces mal apagadas. Bajó las escaleras con cuidado y apoyó el peso en los bordes exactos que no crujían. Antes de avanzar al pasillo principal se detuvo, inclinó apenas la cabeza y escuchó. Nada. Ni pasos, ni voces, ni puertas. Los padres de su mejor amigo no estaban o ya dormían lo suficiente como para no enterarse de nada.
Con eso le bastó. Abrió la puerta con suavidad y salió.
Blackhart seguía despierta. No con un ruido constante, sino con una actividad irregular que nunca terminaba de apagarse. Los rascacielos mantenían las ventanas encendidas en bloques dispersos y los neones teñían las fachadas con colores que hacían ver todo más vivo de lo que realmente era. Bajo esa luz, el asfalto brillaba por suciedad acumulada, aceite y residuos que nadie limpiaba.
La gente ocupaba las calles sin un orden claro. Algunos caminaban con prisa, otros simplemente estaban ahí. En una esquina, un grupo discutía en voz baja, demasiado cerca unos de otros. Uno avanzó medio paso y el ambiente cambió lo suficiente como para anticipar un golpe. El chico redujo apenas la velocidad, midiendo la distancia antes de seguir.
Más adelante, dos personas intercambiaron algo rápido sin mirarse demasiado. Una tercera observaba desde unos metros, inmóvil. Nadie parecía interesado en intervenir.
Pasó frente a la tienda iluminada por esa luz amarillenta que ya conocía. El intercambio con el dueño extraño sin un ojo fue el mismo de siempre, breve, casi automático.
—Pasas tarde hoy, joven Dwyer.
—Tenía sueño.
—El sueño es peligroso por aquí. Te hace bajar la guardia.
El hombre miró más allá de él por un instante. Algo cambió en su expresión antes de recomponerse. No dijo nada más. El pelirrojo levantó la mano en despedida y siguió su camino. Al alejarse, sintió la mirada en la nuca, fija. No se giró. Solo ajustó el paso.
Al doblar la esquina, la ciudad cambió. Las calles se estrechaban, los edificios reducían la luz y el aire se volvía más denso, con un rastro metálico difícil de ubicar. Un sonido seco resonó entre los callejones. Se detuvo apenas un segundo, lo justo para comprobar que no se repetía, y continuó hasta la entrada del metro.
Bajó las escaleras. La iluminación era peor ahí, con tubos fluorescentes fallando y zonas enteras en sombra. Las paredes estaban cubiertas de grafitis superpuestos. En uno de los tramos, una figura parecía apoyada contra el muro, inmóvil. Cuando la luz dejó de parpadear, ya no estaba.
El suelo permanecía húmedo por acumulación. El hombre junto a la reja no necesitaba uniforme. El chico dejó caer el dinero en su mano sin detenerse. Este lo guardó sin contarlo.
—Cada vez son más chicos —comentó.
No hubo respuesta.
La reja se abrió lo suficiente y volvió a cerrarse con un golpe seco que se extendió por el túnel. A medida que avanzaba, el espacio se volvía más estrecho y descuidado. El sonido cambiaba, haciéndose más hueco, más profundo.
Las voces empezaron a tomar forma antes de ver el lugar.
Cuando el túnel se abrió, la cantidad de gente lo dejó claro. Se agrupaban alrededor de un espacio central que nadie cruzaba sin permiso. Luces colgantes iluminaban desde arriba, deformando sombras en el suelo. El aire estaba cargado de sudor, humo y un rastro químico persistente.
Algunos reían, otros gritaban, otros solo observaban con atención fija. No había una estructura visible, pero todo funcionaba bajo una lógica que nadie explicaba. El chico avanzó lo suficiente para mezclarse entre ellos sin destacar y ocupó un punto donde podía ver sin llamar la atención.
A partir de ahí, era solo un don nadie. Ahí ya no era Duayne Dwyer.
Nadie preguntaba edades ahí. Nadie pedía explicaciones. Solo importaba lo que ocurría en el centro y lo que cada uno estaba dispuesto a hacer con ello. Duayne observaba desde el borde, con la atención dispersa, hasta que alguien le golpeó el hombro.
—Pensé que te habías acobardado.
Yeader sonreía, ligeramente inclinado hacia él para hacerse escuchar por encima del murmullo. Su presencia contrastaba con el resto, relajado, seguro de estar ahí, como si ese ambiente no le exigiera ningún esfuerzo. A sus trece años ya tenía una altura que le daba ventaja entre la gente, el cabello castaño cayéndole en ondas desordenadas con demasiado volumen para ignorarlo, y unos ojos avellana que rara vez parecían perder la calma.
—Me dormí —respondió Duayne.
—Qué novedad.
Yeader hizo un gesto con la cabeza.
—Ven, desde acá no ves nada.
Lo guió entre la gente y se abrió paso con naturalidad hasta una zona donde el círculo central quedaba despejado. Desde ahí, la arena no era más que un espacio vacío rodeado de cuerpos expectantes. Duayne se dejó llevar, aunque su mente ya no estaba del todo ahí. Mientras Yeader decía algo que no alcanzó a oír, su atención se desvió hacia él, no por sus palabras, sino por lo que representaba.
No era su hermano, no de sangre, pero sí lo más cercano. La idea apareció sin aviso, arrastrando recuerdos que prefirió no seguir, lo suficiente para saber que, después de su madre, todo había cambiado y que, de algún modo, Yeader había ocupado un lugar que nadie le pidió.
Parpadeó y volvió al presente justo cuando el ruido del lugar cambiaba de tono.
—Hoy trajeron a uno raro —comentó Yeader, cruzándose de brazos—. Dicen que es brujo o algo así.
Duayne alzó apenas una ceja.
—¿Y eso vende?
—A esta gente le encanta ver cómo los revientan. Además, creen que le hacen un favor a la sociedad.
En el centro ya estaban los dos peleadores. El primero era imposible de ignorar, era alto, ancho, con una musculatura exagerada incluso para ese entorno. Cada movimiento parecía cargado de una fuerza que no necesitaba demostrarse. Cuando flexionó los brazos, la multitud reaccionó como si ya conociera el final.
—¡Rómpelo de una!
—¡Ni lo alargues!
—Fuerza aumentada —murmuró Duayne—. Básico.
El otro era más difícil de tomar en serio, ropa sucia y arrugada, un sombrero fuera de lugar, movimientos torpes. Tropezó al dar un paso y bastó para desatar burlas. Fue vestido así solo como sátira a un mago de ferias.
—¡Eh, mago! ¡Haz un truco!
—¡Desaparece mejor!
—¡Saca una paloma!
Las risas se propagaron. El hombre levantó apenas la mirada, desenfocada, en un intento de ubicarse. Duayne lo observó en silencio, con el ceño fruncido.
—¿Cuál es la diferencia? —preguntó, sin apartar la vista.
—¿Entre qué?
—Entre alguien como el tipo robusto y el supuesto brujo. Al final hacen lo mismo.
Dos chicos cerca reaccionaron de inmediato.
—¿Qué te pasa?
—Eso no es lo mismo. Eso es basura.
—Relájense —intervino Yeader y se adelantó un poco—. Está hablando sin pensar.
Luego, se acercó al oído de su amigo para susurrarle.
—No digas eso acá, ¿quieres?
Duayne dejó el tema, no valía la pena. La pelea ya empezaba.
El hombre robusto avanzó sin señal. Su primer golpe fue directo, rápido para su tamaño. El impacto resonó seco. El mago cayó del mediato, rodando torpemente antes de intentar incorporarse sin lograrlo. Duayne sintió la contracción en el abdomen, su cuerpo parecía anticipar el siguiente golpe.
El segundo impacto lo levantó apenas antes de dejarlo caer de espaldas. Las risas volvieron pero más fuertes.
—¡Eso!
—¡Ni le des aire!
El robusto sonreía con tranquilidad. Se acercó, lo tomó del cuello y lo levantó sin esfuerzo.
—A ver ahora…
Lo sostuvo unos segundos y lo dejó caer para después darle otro golpe seco.
—Esto es una pérdida de tiempo —dijo Yeader—. No aguanta otro round.
Duayne no respondió.
El hombre en el suelo tardó en moverse. Respiraba con dificultad, una mano apoyada, la otra buscando equilibrio. Cuando alzó la cabeza, sus ojos se encontraron con los de Duayne.
Miedo y algo más hondo fue lo que pudo ver en su mirada.
El robusto dio un paso atrás, preparándose para matarlo.
—¡Termínalo!
—¡Ya está muerto!
No obstante, el mago levantó la mano e hizo un gesto mínimo. El cambio fue inmediato. El robusto se detuvo amitad de paso, confundido. Entonces apareció la línea.
Un corte diagonal, del hombro a la cadera.
Sin estruendo. El cuerpo cedió con una precisión imposible. El silencio cayó de golpe. Pese a que quisiera hacerlo, Duayne, en ningún momento apartó la mirada.
—¿Qué fue eso? —murmuró Yeader.
El hombre seguía en el suelo, la mano aún en el aire. El primero en reaccionar entre la multitud fue un organizador.
—¡Eh!
Eso más allá de una advertencia, era solo el inicio.
—¡Maten a ese demonio!
—¡Mátenlo ya!
—¡Eso no se permite, maldito monstruo!
La multitud cambió en segundos. Golpes, patadas, objetos… el hombre apenas alcanzó a cubrirse antes de quedar completamente superado. Alguien reía mientras otros grababan.
—¡Paren! —gritó alguien, sin ser escuchado.
Duayne dio medio paso al frente casi por inercia, empujado por algo que no se definiría como justicia.
—¿Qué hacen…?
Yeader lo sostuvo del brazo.
—No te metas.
Las sirenas empezaron a oírse, lejanas al principio y cercanas después.
—Policía. ¡Muévanse!
La multitud se dispersó de inmediato, dando inicio a una estampida incluso peor.
—¡Vamos! Mamá me va a matar —dijo Yeader, para después arrastrar a Duayne consigo.
Extendió la mano y generó una llamarada azul que obligó a apartarse a los demás. Salieron del club y corrieron hacia el metro, esquivando a otros. En un giro, Duayne cayó de rodillas. El impacto le arrancó el aire y, por un segundo, el olor a hierro volvió.
—Levántate, enano —dijo Yeader y tiró de él.
Tomaron un desvío hacia las alcantarillas. El aire se volvió más pesado, el sonido más contenido. Un goteo constante marcaba el ritmo. Se detuvieron, se apoyaron contra la pared y Yeader soltó una risa breve.
—Siempre pasa algo. No puede ser una noche normal.
La risa murió rápido. Duayne dejó escapar otra, más automática.
—Supongo.
Se llevó la mano al abdomen, presionando apenas.
—¿Viste eso? El tipo… no parecía tan inútil.
Duayne asintió, con la imagen aún clara.
—No lo era —dijo al final—. Solo lo parecía.
Hizo una pausa.
—Hasta que dejó de serlo.
El silencio quedó suspendido, mientras el ruido de la ciudad seguía filtrándose desde arriba.
