Capítulo 1 - Protoluna
En una maloliente taberna, perdida en algún lugar del Girasol, se encontraba Evan —aún príncipe— bebiendo algo que parecía leche de vaca del Vacío.
Darío y Luciano, grandes amigos de Evan, lo acompañaban mientras bebían Lilitick. Los tres contaban anécdotas y chistes, disfrutando la noche a pesar del horrible lugar adonde fueron a parar.
Evan levantó la jarra para brindar, pero algo en el aire cambió. La taberna se quedó demasiado silenciosa.
La puerta se abrió de golpe.
Cinco armaduras rojas bloquearon la luz de Luna y, cuando se movieron, la reflejaron como espejos, iluminando la miseria del lugar. Se hizo un silencio espeso. Todos fijaron la mirada en los caballeros, con expresiones rebosantes de odio, como si la luz de Luna los quemara, semejantes a vampiros expuestos a la luz del día.
El caballero del centro, aparentemente el líder del grupo, giró la cabeza hasta fijar sus ojos en el despreocupado príncipe. Siguió a Evan no solo con la mirada, sino también con sus pasos, mientras el pelotón se desplazaba al unísono, deteniéndose justo frente a él.
—¿En qué puedo servirle, mi estimado caballero? —preguntó Evan, rompiendo el incómodo silencio.
El del centro dio un paso adelante y se quitó el casco.
—Príncipe, síganos y nadie saldrá herido.
Salieron al claro. El bosque frente a la taberna era tan denso como el mar.
—Mucho gusto. Soy el duque Jon Joriko. Sus fieles guardias lo vendieron por unas piezas de oro.
—Vaya noticia, barón. ¿Puedo hacerle dos preguntas? —Evan tronó todos sus dedos, mientras una tímida sonrisa se asomaba.
—Soy yo quien hace las preguntas —replicó Jon—, pero como usted es un príncipe, le daré el honor de responderlas —finalizó el duque.
—Es usted un bandido muy amable, aunque un tanto desagradable y raro —exclamó el príncipe.
—¡Cómo me vuelvas a llamar así, te voy a decapitar en este triste y asqueroso bosque, justo al frente de ese bar de mala muerte! —amenazó Jon.
—Entiendo, disculpe mi osadía —respondió Evan mientras hacía una reverencia sin apartar la mirada de su contendiente.
—Bueno… La primera pregunta que le haré es: ¿Qué harán conmigo? —preguntó el curioso príncipe.
—Usted es el hijo del hechicero más fuerte de Protoluna, Gustavo “Combustión” Disrux. Ese hombre tiene un artefacto que nos interesa en Lycoris, “El anillo de tempestades”. Si se niega a intercambiarlo por tu vida, podríamos venderte a brujas o hechiceros; quizás algún comerciante esté interesado en tu cabeza —el duque sonrió.
Miró a sus aliados mientras reían ligeramente.
—Entiendo, barón, ¿cuánto oro les está dando a estos infelices traidores? Quiero saber cuánto dinero vale mi cariño.
—Soy duque, no barón —afirmó muy molesto Jon.
Apretó fuertemente su mano en la empuñadura de su espada.
—Les pagamos 200 piezas de oro; eso es lo que vale el amor a su “futuro rey”.
—Perfecto… Darío, Luciano, con ese dinero nos pagamos unos tragos más, ¿no les parece? —les dijo Evan a sus guardias en tono de burla.
Darío y Luciano retrocedieron un paso; Evan desenfundó su arma al instante y atacó a Jon, quien intentó defenderse con su espada, pero la velocidad del príncipe fue superior.
El duque se desplomó como un árbol con el cuello cercenado.
El grupo tardó un segundo en reaccionar, pero ya era tarde. Su líder se desangraba ante sus ojos.
Cuatro contra tres. Los de Lycoris aún tenían ventaja y cargaron hacia Evan.
Darío y Luciano hicieron girar los manguales y se abalanzaron sobre sus rivales, que susurraban encantamientos para potenciar escudos y armas.
Los golpes rebotaron en los escudos, chispas por todas partes, como en la forja de un herrero. La sonrisa de Darío y Luciano se borró ante la presión de aquellos veteranos.
Darío se abalanzó sobre el caballero de la izquierda, y Luciano sobre el de la derecha.
Dos caballeros se separaron para atacar a los guardias del príncipe y el resto fueron hacia Evan.
Evan dio un salto y puso su mano en los cascos de sus rivales.
Una explosión iluminó la escena.
Los dos guerreros se perdieron en la oscuridad del bosque.
El suelo que pisaba Evan estaba cubierto de fuego.
El contrincante de Luciano recibió un golpe directo con el mangual y este no se inmutó; fue como golpear el suelo.
—Eres patético —dijo el guerrero.
Su escudo empezó a brillar de un color gris y lo estampó contra el pecho de Luciano, quien salió volando tras un sonido ensordecedor que alarmó a los borrachines que se encontraban en la taberna; estos salieron a ver lo que estaba pasando. Luciano quedó incrustado contra la pared.
Al mismo tiempo, Darío lanzaba ataques con su mangual sin poder propinarle ni un solo golpe a su contrincante; todos sus ataques eran esquivados o bloqueados por este habilidoso caballero.
—¡Estos son los del Tulipán! Una bola de babosos mediocres —se burló la guerrera—. Lycoris es superior en todo.
Evan rio.
—Son mis mejores amigos, no son guerreros del Tulipán. Todo esto fue una trampa para ganar dinero mientras derrotábamos inútiles de Lycoris.
La guerrera envainó su espada, volteó hacia Darío y le propinó con sus puños una paliza, desquitando así su furia.
La mujer no se enteró de que Evan ya se encontraba tras ella.
Evan la tacleó con el hombro y la lanzó a través del muro; mesas estallaron en astillas, el ron y el lilitick se esparcieron por todo el lugar.
El último caballero se plantó, escudo al frente.
—Aquí está el verdadero poder del Tulipán; no necesito armaduras ni armas, tampoco necesito a nadie que me cuide. Pueden venir de diez en diez; de todas formas, siempre seré el más fuerte. ¡Yo acabaré con las dos flores malditas!
La carcajada de Evan hizo vibrar fragmentos de roca que se encontraban a su alrededor.
—Eres fuerte —admitió el guerrero que venció a Darío—, pero inexperto y arrogante. Te va a pasar factura, te acordarás de mí.
—No te recordaré —dijo Evan—. Solo recuerdo enemigos que valen la pena.
Con todo dicho, Evan desenvainó la gran espada que siempre colgaba en su espalda y se abalanzó hacia su último rival.
El caballero susurró un encantamiento y corrió hacia el príncipe, cruzándose así.
Evan lo esquivó, clavó la espada en el suelo y saltó por encima y, al caer, destrozó la espalda de aquella armadura roja.
Estrépito.
Silencio.
Un murmullo de asombro.
El príncipe giró su mirada hacia el público, en dirección a la taberna, y alzó la mano en señal de victoria.
La amplia sonrisa de Evan lo cegó por un instante.
El grito de asombro de la multitud hizo que esa sonrisa cesara, pero fue muy tarde. Los dos caballeros que él había mandado a volar al espesor del bosque unos minutos antes se habían repuesto.
Uno lo atrapó por detrás, rodeándolo con sus brazos y recitando lo que parecía ser un hechizo. El suelo se tornó lodoso y ambos quedaron hundidos hasta las rodillas.
El guerrero restante comenzó a propinarle golpes en la cara.
Desenvainó su espada.
Pasó su lengua por la hoja.
Apuntó hacia el costado del príncipe y le propinó una puñalada.
Evan se movió como pudo para evitar que la puñalada fuera letal; el corte se produjo cerca de las costillas.
—¡Suéltame, cobarde! —bufó Evan, mientras la sangre acariciaba su piel, bajándole por la pierna.
—Pierdes el tiempo diciendo nada, él es sordo… Morirás aquí y ahora —le comunicó el vil asesino.
—¿Sordo?
Evan sonrió con dolor.
Sus dientes estaban ensangrentados.
—Pues hagamos un milagro —finalizó.
Del cuerpo del príncipe brotó un aura marrón tibia y brillante.
Al principio era amorfa, pero pronto tomó la forma de un oso.
Evan tomó aire… y rugió. El aura repitió el gesto como su reflejo.
La vibración y el poder que emanaban de Evan eran tales que el suelo que pisaba se quebró como un vidrio ante el peso de una gran roca.
El formidable gladiador que inmovilizaba al príncipe recibió todas las vibraciones del rugido directamente al estar en contacto con él. Cayó desmayado. Su compañero se desplomó también y, ahora sí, todos los enemigos habían quedado fuera de combate.
Desde esa noche, el príncipe dejó de ser solo Evan.
En todos los mundos comenzaron a llamarlo Evan “El Oso” Disrux.
Años pasaron, Evan dejó atrás su título de príncipe para convertirse en el rey del Tulipán.
Dentro del castillo de su reino, una puerta se abrió con un chirrido grave.
Una imponente armadura negra y magullada cruzó el umbral.
En la cintura, una cimitarra con ‘Agresión’ grabado en la hoja; a la espalda, un escudo negro y blanco con un gólem esculpido. Era Arthur de Val’anyr; venía a ver al rey.
Se quitó su casco, revelando una melena roja, unos ojos negros profundos y un rostro lleno de cicatrices.
—Mi rey, el salón quedó como usted ordenó, los bocadillos están servidos y los invitados ya llegan. El príncipe Kiriux terminó sus lecciones de magia y el príncipe Zurox está entrando al castillo. Por otra parte, yo estoy listo para partir.
—No entiendo algo —dijo el rey, tronándose uno por uno los dedos de las manos—. ¿Tu hermana no estaba por dar a luz? ¿Por qué estás aquí?
—Será mi primer sobrino y estoy feliz… pero el reino del Tulipán es de lo más preciado para mí. ¿Y si mañana nos atacan? ¿Y si aparece una manada de ranas de roca? Mi escudo protegerá a la familia real, aunque me cueste la vida.
El pelirrojo puso su mano en el pecho.
—Tenemos caballeros, hechiceros y brujas de sobra. Eres de los más poderosos, sí, pero no el más fuerte. Recuerda quién me ganó en vencidas al rey de los gigantes.
Evan golpeó con fuerza su pecho.
La armadura de Arthur vibró.
—¿Cuándo me cederá un duelo, mi rey? Quizás esta vez sí le pueda ganar.
—Cuando me prometas que vas a durar más de veinte segundos —le contestó el rey soltando una carcajada.
Arthur también rio.
—Ve tranquilo. Tómate una semana y disfruta a tu familia —ordenó el rey con una sonrisa.
Se puso de pie, acercándose y posando su mano en el pecho de su mano derecha.
—Buenas noches, mi rey. No dude en avisar si algo malo pasa.
—No necesitaré nada más. Uno no se vuelve tío todos los días. La familia es lo más valioso. Y saluda a tu madre.
Arthur hizo una reverencia, se puso el casco y salió abriendo la puerta de madera.
Evan se quedó a medio salón, orgulloso de las cortinas rojas y blancas que le había regalado Davo “El Bárbaro”, rey del Girasol. A sus espaldas, seis cuadros de antiguos reyes con criaturas a sus pies; detrás de ellos, un mar de tulipanes púrpuras.
—Bueno, a continuar —dijo, animado.
Cerró la puerta y cruzó el pasillo de retratos.