Capítulo 1
2022
Desde el momento en que me bajé del Uber y vi el Ministerio Público, me arrepentí de inmediato de haberme puesto una maldita falda. ¿Qué diablos estaba pensando? ¿Que un juicio en México iba a ser como en Estados Unidos? Obviamente no. El edificio era viejo y el pasillo, estrecho y saturado de oficinas, que no se parecía en nada a los juzgados de las películas. Aún que siendo sincera …. ¿cómo se viste uno para ir a declarar? ¿Y peor aún, cómo se viste alguien cuando eres la acusada?
Cuando llegué al pasillo donde me dijeron que debía esperar mi turno, noté que había más gente de la que esperaba. Y entonces los vi. El corazón se me detuvo. Ahí estaban Karla y Jorge, mis amigos de la infancia. Años sin verlos. Años sin saber prácticamente nada de sus vidas. Karla incluso me había bloqueado de todas sus redes sociales. Desde lejos se veían bien, demasiado bien, y por un segundo me dolió no estar ya en su vida. Pero cuando Karla volteó y nuestras miradas se cruzaron, recordé cuanto me odiaba y por qué habíamos dejado de hablarnos…. al final, todo había sido culpa mía.
Incómoda y completamente incapaz de acercarme a saludarlos, me quedé inmóvil, con la mirada clavada en el piso, haciendo un esfuerzo absurdo por no desmoronarme ahí mismo. En eso, la puerta de la oficina donde se llevaba la audiencia se abrió. Habían terminado. Era mi turno de declarar. Sentí un alivio inmediato al pensar que al menos tenía una excusa para irme, para salir de ese lugar que apenas podía soportar.
Pero cuando levanté la vista, lo vi. Alec y Santiago también estaban saliendo del juzgado. Al parecer, ellos también habían sido llamados a declarar. Y al verlos, no pude contener las lágrimas. Pensar que las cuatro personas más importantes de mi vida hacía unos años ahora eran completos desconocidos me partió en dos. Con cada uno cargaba culpas, errores que sabía que había cometido y que, hasta el día de hoy, seguían quitandome el sueño algunas noches.
Bueno… tal vez me estoy adelantando demasiado. Para poder contar esta historia como se debe, tengo que irme al principio. Volver unos años atrás. A la primera vez que me enamoré.
Parte 1
2010
Capítulo 1
Tenía apenas 13 año la primera vez que probé el sabor del amor . Era mi primer día de de segundo de secundaria, y para varear, mi día comenzo en con pie izquierdo. Como siempre, mi madre había salido temprano a trabajar, y mi padre, fiel a su costumbre, seguía profundamente dormido. A pesar de mis súplicas y gritos, apenas logré despertarlo. Salimos a toda prisa, pero cuando llegamos a la escuela, ya estaban cerrando la puerta.
Mi primer día, y ya estaba todo saliendo mal. Con el corazón latiendo desbocado, corrí hacia el portero, que estaba a punto de poner el candado. Por suerte Don Pancho, que ya sabía que mi padre tenía la costumbre de llevarme tarde a la escuela, se apiado de mi como de constumbre y dejó pasar antes de cerrar la puerta.
—¡Córrele, chamaca! Ya están empezando con los honores a la bandera —dijo, mientras deshacía el candado con un chasquido.
Llegué corriento al patio que ya estaba lleno. Las filas de niños, perfectamente ordenadas por salón, se extendían como olas en un mar interminable de uniformes. Pero, a pesar de la muchedumbre, mi objetivo era claro: encontrar la despeinada cabellera marrón de Alec Jiménez, el más alto de mi salón. Cuando, finalmente lo vi. Un suspiro de alivio escapó de mis labios mientras me apresuraba a colocarme junto a él, intentando que nadie notara mi tardanza. Me formé tan rápido como pude, fingiendo con todas mis fuerzas que había estado ahí desde el principio.
Pero mi corta estatura me delató al instante. La maestra, que no había dejado de observarme desde mi llegada, avanzó hacia mí con paso firme.
—¿Y tú quién eres? —preguntó, su mirada severa clavándose en mí.
Sentí cómo mis mejillas ardían. Tragué saliva y, después de unos segundos de titubeo, balbuceé:
—M…Maya Vayardo.
La maestra revisó rápidamente su lista, su ceño fruncido acentuándose al encontrar mi nombre.
—No pasaste lista en el salón —dijo, sus ojos ahora fijos en mi mochila aún colgada al hombro y mi lonchera apretada entre las manos.
Intenté responder, explicar lo ocurrido, pero las palabras se atoraron en mi garganta. Mis piernas temblaban bajo la presión de su mirada, mientras el bullicio del patio parecía desvanecerse a mi alrededor.—Deja tus cosas enfrente del salón y regresa a formarte —ordenó, sin perder su tono autoritario.
Corrí hacia el salón señalado, atravesando a empujones entre las caras conocidas: Karla, mi mejor amiga desde que llegué a Cancún; Mónica, quien solía ser nuestra cómplice hasta que decidió que Karla y yo no éramos lo bastante cool; Pepe, el más burlón del salón; y Angélica, la niña más guapa y mi peor pesadilla. Entonces lo vi….entre los últimos de la fila, su cabello rubio brillaba intensamente bajo el sol como si tuviera vida propia. Nunca había visto su rostro antes… seguramente era nuevo, era indudablemente guapo, tal vez de los chicos más guapos que hubiera visto, y cuando intenté observarlo mejor, sentí cómo su mirada chocaba con la mía. Fue en ese instante que mi pie tropezó con algo y caí al suelo. Mi cara rebotó contra el frío metal de mi termo, que seguía enganchado a mi lonchera.
El dolor en mi rostro fue inmediato y al sentir que la falda se me había levantado levemente por arriba de las piernas, rapidamente me la jale para acomodarla, pero en ese instante el sonido de las risas que se rompieron a mi alrededor. Mi cara ardía, no solo por el impacto, sino por la humillación y para empeorar las cosas, de pronto empece a sentir como se me escapaban algunas lágrimas de dolor.
—Maya quiere mostrarle a todo mundo los calzones—escuché la voz aguda de Angélica diciendo de forma irónica a un lado mío y trate de bajar la cara para que nadie me viera. Mientras recogía mis cosas, haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener el llanto, sentí que alguien se acercaba.
—¿Estás bien? —preguntó una voz dulce que nunca había oído antes.
Levanté la mirada lentamente, y ahí estaba él, el chico nuevo, ofreciéndome su mano para ayudarme a levantarme. Su sonrisa, tierna y sincera, dejó al descubierto dos dientes frontales levemente separados, un detalle que solo lo hacía más encantador. Sí ahí sonriendo enfrente de mí era indudablemente guapo. Pero su expresión cambió de pronto; el terror apareció en sus ojos.
—Te está sangrando la nariz —dijo, y sentí cómo mi corazón volvía a latir después de haberse detenido por completo.
Rapidamente, sacó un pañuelo de su bolsillo y me lo ofreció. Al tomar el pañuelo, mis dedos rosaron levemente los suyos y sentí un leve consquilleo en el estomago.
—¡Firmes, ya! —gritó alguien a lo lejos, y el himno nacional empezó a sonar. Todos se acomodaron en sus lugares con indiferencia saludando a la bandera, excepto por él, que me miraba con esos ojos color miel intenso con gesto de preocupación, mientras yo seguía de pie, con el pañuelo en la nariz y un río de emociones que no podía contener.
La maestra se acercó a zancadas, visiblemente molesta, pero al notar el pañuelo ensangrentado cambió su expresión.
—Ve a la enfermería —ordenó la maestra.
Luego dudó apenas un segundo y añadió:
—Tú, acompáñala.
Señaló al chico nuevo. Él no preguntó nada. Simplemente recogió mi lonchera del piso y se puso a mi lado. Con el pañuelo todavía apretado contra la nariz, empecé a caminar sin pensar demasiado, y él me siguió en silencio, manteniéndose cerca.
Mientras nos alejábamos del ruido del patio, empecé a notar su mirada de reojo, chequeándome cada tanto, como asegurándose de que no me fuera a desmayar en cualquier momento. Y ahí decidí que tenía que alargar ese trayecto lo más posible. Así que, aprovechando que claramente no conocía la escuela, tomé el camino más largo rumbo a la enfermería —¿Cómo te llamas? —pregunté al fin, aunque mi voz salió ahogada—. ¿Eres nuevo, verdad?
¡Qué pregunta tan absurda! Claramente era nuevo.
—Soy Santiago —respondió él, mientras sus ojos curiosos recorrían los pasillos—. Antes vivíamos en Guadalajara, pero transfirieron a mi papá hace poco.
—Yo soy de la Ciudad de México, pero vivo aquí desde que tenía cuatro años —dije, esforzándome por parecer más relajada.
—¿Y te gusta vivir aquí?
—Hace mucho calor, pero me encanta la playa —respondí.
En ese momento noté que mis manos temblaban un poco. No entendía qué me estaba pasando ni por qué estaba tan nerviosa. Me sentía tonta, exagerada.
—¿Estás bien? ¿Te duele mucho? —preguntó al notar mi rigidez.
Asentí con la cabeza, intentando fingir normalidad, mientras en mi mente buscaba la respuesta perfecta. Algo que me diera permiso de seguir hablando, de no cortar ese momento, de quedarme un poco más ahí con él. Pero justo cuando estaba a punto de abrir la boca, me di cuenta de que ya estábamos frente a la enfermería y la enfermera apenas me vio, apanicada, no tardo en colocarme dos algodones gigantes en la nariz que aún sangraba, lo que seguramente me hacía lucir todavía más ridícula de lo que ya me sentía. Genial lo que me faltaba.
—Recuéstate —me ordenó, y al notar que Santiago solo me acompañaba, lo despachó de inmediato, mandándolo de regreso.
Desde la camilla de la enfermería, asomé de reojo por la ventana, buscando con la mirada a Santiago mientras se alejaba por el mismo camino que habíamos recorrido. Me sentía estúpida, pero no podía dejar de verlo. Era alto, pero no demasiado; su cabello lacio perfectamente peinado, y su forma de caminar tenía algo ligero, casi elegante.
Nunca antes me había sentido así. ¿Acaso este era uno de esos momentos como en los libros de romance donde encuentras al amor de tu vida?... no sé, pero definitivamente era un meet cute perfecto. Bueno... sin contar lo de los calzones, pero definitivamente rómantico.
Así que, una vez que la enfermera me despacho de regreso a mi salón, advirtiéndome que no me quitara los algodones de la nariz. Salí corriendo a clase esperando que con un poco de suerte, podría proponerle a Santiago que se sentara a mi lado. Seguro necesitaba una amiga, ¿no?
Eso sí, antes de entrar al salón, al notar mi ridículo reflejo en la ventana, con esos algodones en la nariz, me los arranqué, tratando de lograr una entrada triunfal, como en las películas cuando la protagonista cruza la puerta. Pero apenas puse un pie dentro, descubrí que Santiago estaba sentado junto a Angélica. Y, para mi desgracia, en ese momento Alec levantó la mirada y, con una risita burlona, dijo en un tono lo suficientemente alto para que todos lo escucharan:
—Ay Maya, no ha pasado ni una hora de clases y ya todos te vieron los calzones.
las risas explotaron en todo el salón y pude notar como hasta en los labios de Santiago se dibujo una leve sonrisa.
Lo que me faltaba. Maldito Alec.
—No es cierto, yo siempre uso licras debajo de la falta— me defendí inmediatamente, acostumbrada a sus burlas…. Aunque Angélica podía ser malvada, no había nadie más insoportable que Alec.
La maestra calló a todos en el salón y yo sintiendo las mejillas hirviendo, me fui a sentar a mi lugar ignorando las miradas inquisitivas que me seguían.
A veces, odiaba la escuela. Ese día me costó muchísimo concentrarme en clase, y, para ser honesta, no me importó demasiado. Aunque siempre había destacado por ser una buena alumna, el primer día de clases solía ser una especie de ceremonia social, donde la maestra pedía que cada quien contara un poco de su verano. Y, francamente, yo no tenía nada emocionante que decir…. No había ido a Disney como Angélica, que narró con lujo de detalles cada atracción turística que visitó. Tampoco podía competir con Alec, que había viajado a Europa por tercera vez, pasando este verano en Italia, donde al parecer comió pizza como si el mundo se fuera a acabar. Ni siquiera tenía la historia sencilla pero envidiable de Karla, quien había pasado semanas en Miami, visitando a sus primos y haciendo compras en los outlets.
A veces odiaba la escuela. Ese día me costó muchísimo concentrarme, y, para ser honesta, tampoco me importó tanto. Aunque siempre había sido buena alumna, el primer día de clases era más bien una ceremonia social: la maestra pedía que todos contaran su verano… y yo no tenía nada emocionante que decir.
No fui a Disney como Angélica, que describió cada atracción con lujo de detalle. Tampoco a Europa como Alec, que pasó el verano en Italia comiendo pizza como si el mundo se fuera a acabar. Ni siquiera tenía la historia sencilla pero envidiable de Karla, que estuvo en Miami de compras con sus primos.
Mi verano, en comparación, fue gris. Mi mamá solo se tomó dos días para llevarnos a Isla Mujeres, un lugar que ya conocía demasiado bien, y mi papá estaba tan metido su trabajo en el periódico que apenas me hacía caso. De hecho, en mi intento desesperado por pasar tiempo con él, terminé haciendo crucigramas a su lado. Así que sí, el gran highlight de mis últimos dos meses fue aprender que inefable es algo imposible de expresar con palabras y que ubérrimo significa muy abundante o fértil.
¿Envidiable? no lo creo....
Pero, aunque mi primera semana de clases había empezado con el pie izquierdo, estaba decidida a conseguir mi objetivo: poder acercarme a Santiago a toda costa. Y entonces, cuando lo vi en la clase de biología, sentado junto a Alec, riendo como si fueran amigos de toda la vida, una idea alocada cruzó por mi mente: tal vez esa recién nacida amistad era mi oportunidad. Quizá Alec, a quien siempre había considerado mi peor tormento, no estaba en mi vida por casualidad, sino con un propósito que apenas empezaba a comprender…
¿Cómo explicar mi relación con Alec?….no podría decir que éramos amigos, pero sin duda en los últimos años se había convertido en una constante en mi vida. Su madre, Claudia, y mi mamá, Estela, habían sido amigas en la preparatoria, compañeras del Regina, un colegio en la Ciudad de México. Aunque alguna vez compartieron el mismo grupo de amigas, no eran íntimas, y sus caminos rara vez se cruzaron después de graduarse. Pero el destino las volvió a juntar cuando Claudia decidió mudarse a Cancún buscando una mejor vida para sus hijos, mientras su esposo, Sergio, continuaba dirigiendo su buffete de abogados desde la Ciudad de México y viajaba los fines de semana para estar con ellos.
Mi mamá, siendo la única persona que Claudia conocía en Cancún, se convirtió en su confidente y compañera inseparable. Y así, de la noche a la mañana, nuestras familias quedaron enredadas. Claudia inscribió a sus hijos en mi colegio, desafiando los deseos de su esposo, quien insistía en que el Cumbres era la mejor opción, porque era la única escuela religiosa de la ciudad. Pero Claudia, siempre rebelde y con una capacidad innata para salirse con la suya, impuso su voluntad.
Yo la adoraba; para mí era como una segunda madre. Sin embargo, aunque ella y mi mamá esperaban que Alec y yo fuéramos mejores amigos, la realidad era que no nos soportábamos.
Conocí a Alec, de cabello revuelto y ojos verdes, el verano en que su familia llegó a Cancún. Ambos teníamos seis años, y desde el primer instante, nos ODIAMOS. Incluso a esa edad, él ya era un imbécil de primera.
La primera vez que lo vi, ni siquiera me saludó. Estaba demasiado entretenido nadando en el mar, como si nada más importara. Decidí ignorarlo y quedarme jugando con Leah, su hermana menor, que tenía tres años menos que nosotros. Leah era una niña dulce y extrovertida, y entre risas, se me ocurrió que podíamos construir una casita para unas hormigas que encontramos en el jardín.
Todo iba perfecto, hasta que un pequeño tsunami arrasó con nuestra diminuta metrópoli. El agua destruyó nuestras casitas y se llevó a casi todas las hormigas. Miré alrededor, desconcertada, y ahí estaba el culpable: Alec, sosteniendo un vaso vacío con una sonrisa de suficiencia. Había tirado el agua sobre nuestra “ciudad” muerto de la risa.
Mi indignación se desbordó, y sin poder evitarlo, rompí en llanto.
—¿Lloras por tu casita? —se burló, divertido.
—¡No, tonto! ¡Porque mataste a las hormiguitas! Ellas también sienten.
Y a partir de eso yo no quise ver su insoportable cara por el resto del día.
Después de eso, nuestras interacciones no mejoraron. Nos ignorábamos mutuamente y, en esa indiferencia, logramos coexistir. Sin embargo, todo empeoró aun más ese verano, unas semanas antes de que empezaran las clases, cuando ocurrió el accidente.
Recuerdo que estaba jugando en la alberca de su casa cuando, de pronto, tuve que ir al baño. Entré sin tocar la puerta y, para mi horror, ahí estaba Alec, parado frente al orinal, con los pantalones completamente abajo. Fue la primera vez que vi el cuerpo desnudo de un niño, y mis ojos, movidos más por la curiosidad que por el entendimiento, se quedaron clavados en él. Alec, furioso, se cubrió y me acusó de estarlo espiando. Yo le juré, una y otra vez, que había sido un accidente. Pero él, en su retorcida lógica infantil, encontró la manera perfecta de “vengarse”:
—Si tú me viste, ahora yo te tengo que ver.
Sentí cómo el calor subía por mi rostro, ardiendo de la vergüenza.
—No quiero —contesté, casi en un susurro.
—¿Y si nos quitamos los trajes de baño al mismo tiempo?
Su propuesta era absurda, pero, en mi inocencia, no pude evitar sentir una especie de curiosidad. Así que acepté. Nos aseguramos de cerrar bien la puerta, contamos hasta tres y, de golpe, nos despojamos del traje de baño. Nos quedamos ahí, de pie, completamente desnudos, observándonos en silencio, hasta que la vergüenza nos invadió y nos apresuramos a cubrirnos nuevamente. Salimos fingiendo que nada había pasado y nunca volvimos a hablar del tema.
Sin embargo, a partir de ese día, Alec pareció encontrar un extraño placer en hacerme la vida imposible. Comenzó a jalarme las trenzas cuando nadie veía, a lanzarme bolas de arena en la playa y a destruir mis castillos de arena. Incluso llegó a empujarme a la alberca ¡hasta con zapatos!
Yo, que no tenía hermanos y no estaba acostumbrada a lidiar con alguien tan molesto, terminaba llorando de frustración y acusándolo con Claudia, quien lo regañaba sin piedad. Pero eso solo empeoró todo, porque en consecuencia él decidió bautizarme con el apodo de “chismorrona”. Y como si no fuera suficiente con que lo usara en privado durante el verano que nos conocimos, sino que igual esperó a que comenzaran las clases para soltarlo en medio de todos. Para mi desgracia, sus palabras arrancaron risas y pronto el apodo se expandió como pólvora, condenándome a escucharlo una y otra vez durante todo el año escolar.
Sin duda, odiaba a Alec, pero la amistad de nuestras madres me condenaba a soportarlo gran parte de mis fines de semana. Con el tiempo, ambos aprendimos a tolerarnos, aunque, en mi fuero interno, seguía considerándolo mi enemigo número uno. Por eso, aunque Alec era la vía más fácil para acercarme a Santiago, sabía que tenía que planear cada movimiento con muchísimo cuidado. Si llegaba a sospechar algo de mi crush, seguramente encontraría la manera de arruinarlo todo… pero yo era inteligente, mucho más que él y estaba segura que podría jugar las cartas a mi favor.
Así, que esa misma tarde, en casa, comencé a maquinar mi plan. Mientras cenábamos, lancé la primera carnada con aparente inocencia. Mencioné casualmente a mi madre que hacía mucho que no veíamos a la tía Claudia desde que habían regresado de vacaciones. Como lo esperaba, mi comentario activó su instinto organizador, y no tardó en llamar a su amiga para proponer una visita ese fin de semana. Yo, por supuesto, me aseguré de insistir en que fuera el sábado, argumentando que el domingo necesitaba descansar porque el lunes teníamos clases. Mi madre, siempre práctica, consideró que tenía razón, especialmente porque ella también tenía que trabajar temprano el lunes.
Al día siguiente, puse en marcha la siguiente fase de mi plan, con una mentira piadosa: Fingí que, por ser la primera semana de clases, me habían avisado que el miércoles se cancelaba la clase de pintura que tomaba todas las tardes después de la escuela y como mi padre salía tarde del trabajo y no podía recogerme del colegio más temprano, esperaba que mi madre, buscando una solución, le pidiera a Claudia que me recogiera de la escuela.
—¿Y si te regresas con Jorge? Después de todo, vive aquí al lado —se adelantó mi papá antes de que mi madre pudiera responder. Su sugerencia, aunque lógica, amenazaba con arruinarlo todo…
—Tiene clase de fútbol en la tarde y se queda más tiempo en el colegio —improvisé sin titubear, a pesar de saber que a Jorge ni siquiera jugaba fútbol.
—Bueno, ¿y no lo puedes esperar ahí un rato? —insistió mi papá, como siempre, buscando la solución más sencilla.
Pero negada a rendirme, le dirigí a mi madre mi mejor cara de tristeza, esa que nunca fallaba. Como esperaba, ella no tardó en sugerir que le pediría a Claudia que me recogiera y me llevara a casa. Claudia, encantada, aceptó de inmediato e incluso me invitó a comer a su casa. Bingo, por dentro, celebré mi pequeña victoria.
Cuando llegó el miércoles, ya tenía todo planeado. Mientras comíamos, Alec, Leah, Claudia y yo, aproveché para llevar la conversación a donde yo quería.
—La escuela es muy aburrida, siempre es lo mismo, no pasa nada nuevo —dije, cuando Claudia me preguntó qué pensaba del inicio de curso.
—¿Nada nuevo? ¿Ni siquiera porque están en secundaria? —preguntó, sorprendida.
—Solo hay un niño nuevo, que es amigo de Alec —respondí. Al escucharme, Claudia miró a Alec con curiosidad.
—No sabía que tenías un nuevo amigo —dijo, pero Alec solo levantó los hombros, como si no le importara.
—Vino de Guadalajara. Me dijo que le está costando adaptarse a Cancún —añadí, y Claudia pareció interesarse. Alec, por su parte, me miraba con más curiosidad.
—¿Cuándo hablaste con Santi? Si tú ni te llevas con él —comentó el maldito, como siempre, buscando una forma de humillarme.
—Cuando me acompañó a la enfermería el primer día de clases —respondí, con naturalidad.
Alec soltó una carcajada.
—Ah sí, cuando todos te vieron los calzones—se burló.
Idiota.
Claudia, un poco preocupada, reprendió a Alec y me miró, alarmada.
—Mi niña, ¿te lastimaste?
Negué con la cabeza y rápidamente añadí:
—Santi me ayudó a levantarme. Es muy amable —dije, pronunciando su nombre de forma natural, aunque nunca antes lo había llamado así. Decir su apodo me hizo sentir, de alguna manera, más cerca de él.
Para mi sorpresa, mis maniobras dieron resultado. Poco después, Claudia le sugirió que Alec invitara a Santiago el fin de semana. Después de todo, a ella le encantaba que sus hijos se rodearan de personas bien educadas, aunque su propio hijo fuera todo lo contrario. Y, por supuesto, el día en que invitarían a Santi sería el sábado, porque ese era el día que Alec siempre elegía para invitar a sus amigos.
Había planeado todo a detalle y las piezas del rompecabezas se iban encajando a la perfección. Sin que él lo supiera, ya tenía un plan para que, estando en casa de Alec, tuviéramos algún momento a solas. Casi sin darme cuenta, estaba organizando nuestra primera cita no oficial, y yo me encargaría de que todo saliera tal como lo imaginaba.