Cake

Summary

El postre favorito de max es checo

Genre
Erotica
Author
Sykes_ss
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

•°๑El olor dulce y denso del caramelo salado con chocolate llenaba la cocina desde hacía una hora. Max llevaba el delantal medio abierto, pecho expuesto, cabello revuelto de tanto probar cremas, fondants y ganaches. Pero eso no era lo más provocador del día.

Lo realmente jodido era la forma en que miraba a Checo.

Sentado con las piernas abiertas sobre la isla el pastel reposando justo entre ellas, perfectamente decorado… y esperando ser arruinado.

—Te dije que era para ti —murmuró Max, lamiéndose el pulgar con descaro—. Pero no para que lo comieras con la boca.

Checo tragó saliva. Llevaba sólo una camiseta vieja que se le pegaba al cuerpo por el calor, sin ropa interior, el rubor se le subía hasta las orejas.

—Max… estás enfermo.

—¿Y tú estás mojado, o sólo es mi imaginación?

La voz le salió grave, con esa mezcla asquerosa de ternura y dominio que sólo Max sabía manejar. Se acercó y acarició con una mano el muslo de Checo, subiendo lentamente.

—Muévelo, —ordenó sin levantar la voz, dándole un palmazo rápido al borde del pastel—. Quiero verte sentarte en él. Quiero ver cómo se hunde todo ese caramelo entre tus piernas… y cómo lo escurres.

Checo apretó los puños, respirando hondo. Sabía que podía decir que no. Pero sus pezones ya estaban marcando la tela, y el calor entre sus piernas era insoportable.

—Esto es una locura —dijo, subiendo lentamente sobre la silla que Max había colocado frente al pastel, justo a la altura perfecta.

—Calla y siéntate. Hazlo lento. Y mírame mientras lo haces.

La primera sensación fue pegajosa. El caramelo aún tibio se extendió por sus labios menores, empapando la zona con una mezcla entre dulzura y calor. El chocolate espeso se aplastó contra su piel, derritiéndose más entre sus nalgas y bajando por la cara interna de los muslos.

Checo soltó un quejido bajo, de esos que se le escapaban cuando estaba al borde del placer o la humillación.

—Eso, precioso… ahora muévelo. Frótate contra él.

Max jadeaba. Tenía la mano ya dentro del pantalón, masturbándose mientras observaba la escena como un maldito pervertido orgulloso. Su voz salía rota:

—Estás chorreando, mi amor. Vas a hacer un desastre.

—¡Tu culpa! —gruñó Checo entre dientes, empezando a mover lentamente las caderas, sintiendo cómo el pastel se rompía bajo su peso, cómo el dulce se mezclaba con el sudor de su piel, bajando por su trasero y empapando la silla.

Max se inclinó hacia adelante, besándole una pierna llena de migajas y glaseado.

—No te limpies. Vas a quedarte así un rato. Y después… después quiero lamer cada rincón.

Los ojos de Checo se cerraron con fuerza mientras el ritmo aumentaba, más por necesidad que por obediencia.

—Max… me vas a matar, cabrón…

—No. Te voy a llenar. Pero primero, termina el show.

Y el pastel seguía deshaciéndose bajo ella, entre respiraciones cortas y manos temblorosas, mientras Max no dejaba de mirarlo como si fuera el plato principal… aún sabiendo que el postre no había hecho más que comenzar.

•°๑

El pastel ya no existía. Al menos no como Max lo había horneado.

Había trozos pegados a las paredes internas de Checo, caramelo deslizándose hasta el piso, chocolate untado en la piel como una maldita declaración de guerra. La cocina olía a perversión y repostería fina. Y Max no había terminado.

—No te muevas —ordenó con una voz seca, peligrosamente calmada,los ojos clavados en esa vista deliciosa: Checo abierta sobre la silla, piernas manchadas, aliento roto.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó ella, la voz rasposa, vulnerable pero terca.

Max sonrió con los dientes, ese gesto salvaje que aparecía cuando perdía el control pero fingía que aún lo tenía.

—Voy a usar lo que quedó del pastel. Todo. Pero esta vez... adentro.

Checo abrió los ojos, moviéndose apenas. Quiso protestar. Quiso correr. Pero no lo hizo.

Max fue a la encimera, recogió los pedazos aún blandos del bizcocho aplastado, los que seguían calientes, casi derretidos por el calor de su cuerpo y el ambiente húmedo. Hizo una bola con ellos, húmeda, oscura, blanda. Y la sostuvo en su mano como un trofeo sucio.

—Abre las piernas más. No seas tímida ahora.

Checo tragó saliva, temblando, pero obedeció. La sensación de rendirse a él en ese estado, con las migas aún pegadas a su piel, le provocaba un vértigo casi doloroso.

Max se arrodilló, metió la cara entre sus piernas sin aviso, y lamió.

—Hijo de puta —gimió Checo, encorvándose—. Eso es asqueroso.

—Lo sé —susurró Max, voz ahogada, labios llenos de azúcar y sudor—. Por eso me encanta.

empujó la bola de pastel contra su entrada, presionando con los dedos, despacio, hasta que se abrió y tragó el bizcocho como si fuera parte de ella. El calor, la textura, la dulzura pegajosa se volvieron una masa blanda dentro, invadiéndola de una manera antinatural y erótica.

—¡Max! —gimió con rabia, con placer, con algo entre dolor y deseo.

—Lo estás apretando. Se siente… jodidamente bien.

Metió otro trozo. Y otro. Lento, cruel, saboreando cada gemido, cada contracción de sus músculos internos intentando expulsar lo imposible.

Checo tenía la cabeza hacia atrás, la garganta expuesta, los muslos temblando.

—Ya basta… vas a hacer que me... que me venga así.

—No. No hasta que yo diga —gruñó Max, lamiendo el exceso que chorreaba por el borde—. Vas a quedarte lleno. Vas a cocinar eso dentro hasta que el azúcar se funda con tu coño.

se levantó, sin más. Lo dejó ahí, desnudo, sucio, temblando sobre la silla, con los ojos desbordándose.

Fue a la nevera, se sirvió leche.

Bebió mientras la miraba. Despacio. Provocador.

—Te ves delicioso así —dijo al final—. Pero aún no te pruebo completa.

lo dejó allí. Caliente. Rellena. En espera.

•°๑

Checo no se había movido ni un centímetro. No podía. Tenía la espalda arqueada contra el respaldo de la silla, las piernas abiertas temblando, y el interior lleno hasta casi dolerle. El pastel estaba allá adentro, blando, tibio, absorbiendo sus jugos como una esponja sucia.

Max seguía bebiendo leche.

Cada trago era una provocación. La forma en que la escurría por su barbilla, cómo se lamía los labios con esa lengua maldita, con los ojos clavados en su centro empapado.

—¿Todavía puedes apretarlo? —preguntó al fin, con la voz ronca.

Checo asintió apenas. Las lágrimas le nublaban la vista, no de dolor, sino de una mezcla demencial de excitación, vergüenza, y necesidad brutal. Max se acercó de nuevo, el vaso de leche en la mano.

—Quiero verte sacarlo. Pero no con las manos.

Checo lo miró, el cuerpo encogido por la tensión.

—¿Y cómo chingados esperas que lo haga…?

Max sonrió. Un demonio satisfecho.

—Empújalo. Lento. Déjalo salir por sí solo. Voy a echarle leche encima cuando lo haga, quiero verlo todo… escurrirse de ti.

Ella apretó los dientes. Cerró los ojos. Y empujó.

Primero fue apenas una presión. Luego, una sensación de deslizamiento tibio. El pastel salía entre sus labios vaginales, deshaciéndose al contacto con el aire, dejando hilos de chocolate y miga colgando de ella.

Max jadeó, sin tocarse aún.

—Más… eso es. Sigue.

Cuando el primer trozo cayó sobre el suelo con un sonido húmedo, Max vació la leche sobre su entrepierna sin previo aviso.

—¡Ahh! —gimió Checo con un espasmo, encorvándose.

El líquido estaba frío. Se mezcló con el caramelo, arrastró migas, corrió por su piel como un río blanco impuro. Max no lo desperdició. Se arrodilló de nuevo y metió la lengua directo, succionando, chupando, limpiando cada rincón, lamiendo la mezcla con una desesperación obscena.

—Estás… dulce… jodidamente perfecta —gruñía entre lamidas, con la nariz pegada al centro de ella.

Checo gritaba. Ya no sabía si de placer o locura. No podía más.

—¡Métemela ya, cabrón! ¡Hazlo o te juro que…!

No terminó la amenaza. Porque Max ya se estaba desabrochando el pantalón.

Saco su verga, dura, roja, con la punta ya brillando. Y sin más, la hundió en ella con un solo empuje que los hizo gemir al unísono.

El pastel no había salido por completo. La mezcla aún estaba ahí dentro, y eso lo hacía más apretado, más resbaloso, más sucio. Max se aferró a sus caderas y empezó a embestir sin ritmo, sin pausa, como si fuera su última jodida comida.

—Eres mi pastel ahora… —jadeaba con la voz rota—. Mi puta receta favorita.

Checo lloraba de placer, uñas clavadas en los hombros de él, temblando con cada embestida.

—¡No pares! ¡No pares, Max…! Me voy a correr…

justo cuando el orgasmo empezó a sacudirle el cuerpo, Max se apartó apenas lo suficiente para volver a ver su interior: todo cubierto de crema, pastoso, latiendo.

—No acabes todavía… —susurró con una sonrisa torcida, cruel—. Esto apenas va por la mitad.

•°๑

El eco del último gemido aún temblaba en las paredes azulejadas. La cocina estaba hecha un desastre: leche derramada, migas esparcidas, caramelo seco adherido al suelo. Y en el centro de todo, Checo, abierto como fruta partida, con los muslos aún convulsionando y los pezones duros, cubiertos de nata y sudor.Max no se había ido. Ni pensaba irse.Volvió a entrar. Profundo. Lento ahora, enterrado hasta el fondo, moviendo apenas las caderas con una presión constante que la volvía a llevar al límite sin dejarlo cruzarlo. Una tortura que le daba placer con sabor a castigo.Checo intentó hablar, pero Max le cubrió la boca con los dedos manchados de chocolate. Los llevó a sus labios el los succionó sin pensar, hambriento. Él observó eso con el ceño fruncido y las venas marcadas en el cuello.—Siempre tan buena para lo dulce, ¿eh? —murmuró con voz grave—. Pero te falta tu leche favorita.Checo abrió los ojos, respirando fuerte.—¿Cuál…? —preguntó en un susurro, con la lengua todavía saboreando los restos.Max se inclinó sobre ella. La tomó de las caderas, empujando una vez más, haciendo que se le escapara un jadeo quebrado.—La mía.El tembló.Max volvió a moverse con fuerza, cada embestida empujando lo que quedaba del pastel más adentro, mezclándolo con el residuo de leche fría y su propio jugo. El sonido era grotesco: húmedo, obsceno, irremediablemente adictivo. Checo sentía que se derretía como mantequilla. Que era un maldito postre vivo, una masa cocinándose desde adentro.—Vas a quedarte con todo —le susurró Max al oído, mordiéndole el lóbulo con hambre—. No quiero que se derrame ni una gota. Ni mía ni del pastel. Vas a tragarte mi leche ¿me oyes?El asintió, llorando de placer, de calor, de suciedad deliciosa.Max salió un segundo. La dejó vacía, abierta, goteando caramelo espeso y restos de miga, tomo su vergs. Su mano iba frenética, los dedos pegajosos de tanto dulce.—Mírame —ordenó con un gruñido.Checo obedeció, el cuerpo rendido pero los ojos brillando con locura. Max gruñó más fuerte, se acercó hasta su vientre y, sin pensarlo, eyaculó directo sobre ella.El semen salió caliente, espesa, salpicando su ombligo, sus senos, y parte se deslizó hasta su coño aún entreabierto, donde goteó y se mezcló con el resto de ingredientes ya derretidos.Checo jadeó, tragando saliva.Max la observó un segundo. La mano aún sobre su verga, respirando como si acabara de correr diez kilómetros.—Esa es tu leche —dijo con una sonrisa torcida, sucia—. La que siempre te hace rogar.Y antes de que el pudiera contestar, hundió dos dedos en su interior aún palpitante, y los sacó lentamente cubiertos de la mezcla pegajosa de pastel, semen y leche. Se los llevó a los labios.—Mierda… —murmuró, relamiéndose con los ojos entrecerrados—. Estás mejor que cualquier receta que haya inventado.Checo se encogió, la piel erizada, el cuerpo aún vibrando.Max no había terminado.Solo había ido por el segundo curso.•°๑El suelo de la cocina parecía la escena de un crimen: leche derramada, chocolate embarrado, migas pisoteadas, el aire espeso de sexo y azúcar. Checo apenas podía moverse. Sentía las piernas dormidas, la espalda sudada, el coño latiendo como si aún tuviera algo enterrado dentro.—Arriba,mi niña —le dijo, sujetándola de la cintura como si fuera una muñeca de trapo—. No acabamos. Aún no me das lo que quiero.—¿Y qué chingados más quieres…? —murmuró el, la voz temblando.Max la alzó sin esfuerzo. Su fuerza la hizo gemir de sorpresa. Caminó con ella en brazos hasta la mesa, empujando con un brazo los restos de harina, platos y un colador que cayó con estruendo al suelo. La sentó ahí, de frente, con las piernas abiertas, aún goteando leche tibia y semen.—Quiero que te acomodes aquí —dijo con voz baja, peligrosa—. Y quiero ver cómo se te chorrea todo mientras te meto la cuchara.Checo lo miró, los ojos abiertos, la piel enrojecida por el esfuerzo y el calor. Aún tenía restos de crema sobre los senos, el ombligo lleno de semen. Max la miró como si fuera el pastel más perfecto.fue por la cuchara.Una grande. De metal. Fría.El supo lo que venía antes de que él siquiera se acercara.—No, Max, espera, eso no…Pero él ya estaba de rodillas frente a la mesa. Le levantó una pierna, y con la otra mano le abrió los labios empapados, aún temblorosos. El metal tocó la piel sensible el gritó, arqueando la espalda. La cuchara entró apenas un poco, recogiendo parte de esa mezcla obscena: leche, semen, restos de pastel. Max la sacó con delicadeza, como si de verdad estuviera sirviendo un postre.—Mírame —dijo otra vez.Ella lo hizo. Él se llevó la cuchara a la boca y la chupó entera, cerrando los ojos, gimiendo suave.—Joder… deberías embotellar esto. Serías millonario.Checo no pudo evitar reír entre lágrimas. De nervios, de placer. No sabía ya qué era qué.Max repitió el proceso. Otra cucharada. Otra lamida lenta. Luego metió la lengua directo, como si estuviera limpiando el fondo de un tazón,se sacudía con cada lamida, con cada empuje suave.—Basta, me voy a correr otra vez, Max…Él no respondió. Solo se incorporó y la besó con la boca aún sucia, el sabor amargo y dulce invadiéndola por dentro. Y sin romper el beso, se acomodó entre sus piernas otra vez.—Esta vez —susurró contra sus labios—, me vengo adentro. Y vas a quedarte sentada en esta mesa. Vas a dejar que se te escurra todo… hasta que me den ganas de lamerte otra vez.Entró sin aviso. El jadeó contra su boca, los dedos clavados en la madera de la mesa, las piernas colgando. Max se movía con fuerza, haciendo que la mesa crujiera, que los restos de harina volaran, que el caos aumentara.Checo lloraba. Reía. Maldecía.cuando él acabó dentro de checo, caliente, profundo, rugiendo su nombre con la frente contra su pecho, lo único que pudo hacer fue quedarse ahí… jadeando, con la leche resbalando por sus muslos y el cuerpo temblando de un placer tan ridículo como delicioso.La cuchara quedó tirada al borde de la mesa.Y Max la miraba, otra vez, con esa sonrisa.•°๑El silencio después del caos era denso. Solo se oía la respiración entrecortada de ambos y el goteo lento de la leche deslizándose desde el cuerpo de Checo hasta la orilla de la mesa. Max seguía dentro de ella, ya quieto, con la frente apoyada en su pecho. Pero su mano aún apretaba su muslo, aún la reclamaba como suya.Después de un rato, levantó la mirada. La observó como si evaluara los restos de una obra de arte salvaje.—No hemos terminado.Checo tragó saliva, los labios hinchados y los ojos húmedos. Tenía crema batida en el cuello, pegotes de pastel en las rodillas, y las mejillas rojas del calor y del uso.—¿No? —murmuró.Max salió de ella con lentitud, con un gruñido ronco, dejando un hilo grueso de semen mezclado con caramelo que se estiró entre ambos antes de romperse. Se llevó una mano al miembro, empapado, tibio, cubierto de los restos de todo lo que habían hecho.Se dejó caer en una silla frente a la mesa. Las piernas abiertas. El cuerpo echado hacia atrás. Lo tenía duro todavía. Rojo. Latiendo.—Te toca limpiarme. Como tú sabes.Checo lo miró desde la mesa, aún con los muslos abiertos y el interior goteando. Le costó moverse, pero lo hizo. Bajó de la mesa y se arrodilló frente a él, en medio del desastre.Max la tomó de la nuca con una mano.—Todo.Que quede limpio ¿Me oíste?El asintió, y sin esperar más, se inclinó sobre él y empezó.La lengua de Checo era suave y lenta, como si de verdad estuviera saboreando un postre. Lamía desde la base, recogiendo con paciencia cada resto de pastel, de crema, de leche espesa que aún chorreaba. Lo hacía con los ojos cerrados, como si estuviera en trance, gimiendo bajito con cada lamida. Cada tanto, le daba un beso húmedo en la punta, como si lo agradeciera.Max la observaba con las cejas fruncidas y los dientes apretados.—puta madre… —murmuró—. Eres más golosa que yo.Checo no contestó. Solo siguió. Lo envolvió con la boca, despacio, profunda, dejando que su lengua lo recorriera todo como si limpiara una cuchara. Subía, bajaba, succionaba con fuerza cuando notaba que él temblaba.Max gruñía. Le sujetaba el cabello, pero no la empujaba. No la guiaba. Solo se dejaba hacer.Cuando Checo terminó, limpió los últimos restos con un beso suave en la punta y luego lo miró, con la boca brillando y la respiración agitada.—¿Así está bien, cariño? —dijo con una sonrisa sucia, ronca, con la voz hecha polvo.Max solo pudo reír. Bajo. Feroz.—Ven acá.La atrajo sobre su regazo, pegándolo a él, besándola con desesperación. Y en medio de ese beso, entre lenguas y jadeos, le murmuró al oído:—Te ganaste el postre del refri.•°๑La cocina olía a cuerpo, azúcar y leche tibia. Checo seguía sentado sobre Max, temblorosa, con la piel brillando entre sudor, semen y crema batida derretida. El aire les pegaba a los dos, haciéndolos estremecer.

Max notó que su respiración empezaba a cambiar. Ya no gemía. Jadeaba bajito. Casi temblaba.

Entonces bajó las manos. Su tono también.

—Shhh… ya. Ya, mi niña. Ya termino.

La besó en la mejilla, húmeda y pegajosa. Luego lo bajó despacio de su regazo, la sentó sobre una de las sillas y se agachó frente a el, en el mismo suelo manchado de pastel.

—No te muevas. Yo lo hago. Tú solo quédate aqui.

Fue por un trapito húmedo, lo empapó en agua tibia, y volvió con él entre las manos como si fuera lo más preciado del mundo. Se arrodilló frente a ella. Con cuidado. Como si limpiara a una muñeca rota.

Empezó por las piernas. Las rodillas manchadas de crema. Las pantorrillas llenas de leche ya tibia. Las marcas de sus dedos en los muslos. Cada trazo lo limpiaba con ternura.

—Mírate —murmuró—. Todo embarrado de mí.

Checo cerró los ojos. No dijo nada. Sentía que si hablaba, iba a romperse.

Max pasó el trapo entre sus piernas con extremo cuidado. No presionó. Solo quitó lo superficial. Lo hizo lento, respirando profundo, como si memorizara cada rincón de el.

Después tiró el trapo a un lado. Se inclinó y usó la lengua.

Lamió cada curva que no alcanzó antes. Los bordes, el vientre. Incluso pasó la lengua entre los pliegues que aún palpitaban, limpiando lo que quedaba de su “leche favorita”. Checo se estremeció, pero él no buscaba encenderlo.

Solo cuidarlo. Devolverle el aliento. Lamerla hasta que el ardor bajara.

—¿Duele? —susurró, con los labios húmedos apoyados en su muslo.

—No… —contestó ella, con voz ronca—. Solo arde… poquito.

Max asintió. Le besó la piel con ternura, como si se disculpara. Luego se incorporó, fue por un vasito, lo llenó de agua fría y volvió con él. Se lo acercó a los labios.

—Tómate esto. Para que no me digas que te exprimí toda.

El sonrió débilmente. Bebió. Le temblaban las manos. Él le acariciaba el cabello con los dedos enredados, pegajosos aún de crema.

—Eres perfecto, Checo… —murmuró Max, con la voz baja, como un secreto que no quería que el mundo escuchara.

La abrazó. Fuerte. Contra su pecho.

Y así se quedaron. Pegajosos. Exhaustos. Embarrados hasta el alma. Con la cocina hecha un desastre y el corazón latiéndoles , valido la pena cada gota derramada.•°๑

S.k.☆