Relato 1 - De Grises, La Bestia y 8000Hz
¿De donde veníamos o por qué arribamos a este lugar? No lo sé, pero...
Llegamos cerca de un parqueo: Yo, Ella, la bestia, Él y el conductor (quien quizás era alguien de confianza por que se quedó hasta el final). Saludamos cordialmente a un conocido para, minutos después, despedirnos. Una buena persona que se merece que le vaya bien en la vida.
Cerca del parqueo se ve un establecimiento para abastecerse de provisiones; no es muy grande. Con Ella, subimos unas gradas buscando otro lugar qué vendiera bebidas hidratantes. Es un poco tarde. La luz del día comienza a parecer tenue, lejana. El lugar que encontramos parece abierto. Dejo que Ella descanse de pie un poco delante del sitio, mientras Yo retrocedo y grito:
- ¡Buenas!...
Antes que alguien me atienda le muestro a Ella lo surtido del local en cereales; de verdad veo muchos. A Ella no parece realmente importarle.
La noche abre sus ojos y me saluda con dientes afilados, me ve con indiferencia sobre que piense sobre ella. Sabe que es pesada sobre mis hombros, oídos y pensamientos.
De la puerta, para atenderme, aparece una amable joven, a la cual pregunto:
- ¿Tiene bebidas hidratantes?
Me responde:
- Por el apagón no. Ni siquiera sé donde puse las que no están en el congelador.
La amable joven solo desaparece.
Al voltear para buscarla a Ella, noto que está congelada en el tiempo, estática en el mismo lugar donde la dejé. Sin moverse, como petrificada e inmersa en la sencillez de sus pensamientos. Al darme cuenta que no se moverá, doy marcha atrás bajando por las gradas mojadas por una lluvia que no veo caer. No bajo por ellas, me deslizo por ellas. Inclusive salto las últimas tres hasta llegar al frente del establecimiento donde quedaron Él, la bestia y el conductor.
El ambiente ya es hostil, hay bruma un poco densa y el silencio es un continuo crujir en mi cabeza. Me apresuro a llamarlo a Él. No me responde. No llamo a bestia; al parecer no me importa donde esté. Corro hacia el frente del establecimiento pero está cerrado. Esos negros portones, barras de metal y un silencio ensordecedor me avisan que algo está por suceder o aparecer frente a mis pensamientos confusos.
En muy poco tiempo todo cambió. Me dirijo al auto estacionado a un lado, justo pegado a una pared. El auto es negro, no como lo recuerdo. Comienzo de nuevo a llamarlo a Él pero de nuevo no responde. Al acercarme a la ventana del copiloto y ver hacia dentro, veo al conductor envuelto en oscuridad, echado hacia atrás con una daga clavada en su frente aun palpitante, aun punzante con cada latido.
Al verlo y erizarme, escucho inmediatamente detrás de mi:
- ¡Lo sabía! Ahora solo espera veinte segundos...
Estoy en dos lugares al mismo tiempo... Soy el conductor y Yo mismo. Compartiendo la misma palpitación, el mismo dolor punzante que nunca se irán. Al bestia no importarme, busco a Él y a Ella, pero no hay rastro de ambos. Estuvieron, están y estarán perdidos en mi memoria como un recuerdo que siempre quise que fuera mejor.