Cenizas y Pecado

Summary

Sasuke carga su propio nombre como una maldición. Entre calles mojadas, pecados que no se lavan y recuerdos que arden, solo una nota lo sostiene de no desaparecer del todo: "Cuando te canses de huir de ti mismo... vuelve." Pero volver nunca es fácil.

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3
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n/a
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16+

Sombra

La noche tiene esa forma cruel de escupir a la gente cuando ya no le sirve. La mujer salió del motel como quien escapa de un incendio que solo ella puede ver; iba descalza, con el rímel convertido en surcos negros que le devoraban las mejillas, el rostro hecho un mapa de humillaciones. En una mano apretaba el sostén, como un harapo de dignidad recuperada a medias, y en la otra un zapato solitario. Tenía sangre en el muslo izquierdo, una mancha viva que a nadie le importó. En esa calle, el dolor es el ruido de fondo, algo que se ignora para poder seguir respirando. Nadie preguntó; nadie quería cargar con el peso de su historia.

Adentro, en la penumbra de la habitación, Sasuke no la miró, no había espacio para la piedad. Estaba sentado al borde de la cama, hundido en sus boxers negros, con la espalda encorvada bajo un peso invisible, como si cargara sobre los hombros los cadáveres de todas sus vidas pasadas. Un foco sin pantalla esparcia una luz amarillenta y enferma sobre su nuca, que brillaba por el sudor. El aire acondicionado estaba mudo; no se había roto, era un castigo autoimpuesto. El calor era una masa espesa que sabía a sexo sucio, a perfume barato de farmacia, a ceniza y a ese olor metálico y seco de la pólvora que se queda pegado en la garganta.

Entre sus piernas descansaba una botella de Macallan casi por terminar. Sobre la mesa, una Glock 19 todavía irradiaba el calor del último disparo. Al lado, una bolsa negra, mal cerrada dejaba ver fajos de billetes o quizás ropa empapada en sangre; a esas alturas, ambas cosas valían lo mismo. En el televisor, una película vieja de drama criminal llenaba el silencio con gritos y disparos de utilería, una ironía innecesaria cuando afuera la ciudad rugía con una violencia real, el barrido de las Cheyennes sin placas, el ritmo pesado del reggaetón tumbado y ese llanto lejano de las sirenas que nunca llegan a tiempo. Los vidrios rotos vibraban con cada ruido, la ciudad no descansaba.

La puerta sin el menor rastro de cortesía se abrió de par en par para dejar pasar una ráfaga de aire húmedo y sucio. Naruto entró como entra la tormenta en un callejón sin pedir permiso y arrastrando consigo el olor de la lluvia sucia. Ya no quedaba nada de aquel niño rubio que miraba al cielo esperando a los héroes; la vida se había encargado de molerlo hasta dejarlo convertido en pura calle, en una mezcla de mugre y datos cifrados. Sus jeans estaban veteados de aceite negro, vestía una sudadera desgastada que parecía su única armadura y las cadenas en su muñeca tintineaban con un ritmo metálico y seco, marcando cada uno de sus pasos nerviosos. Cargaba una mochila de cuero viejo, con el cierre carcomido por el óxido y parches de bandas olvidadas que ya solo suenan en los bares de baja monta.

—Ya está —soltó Naruto, lanzando la mochila sobre la cama revuelta. Sus ojos no buscaron los de Sasuke; en ese cuarto, la mirada era un lujo que nadie quería pagar—. Bull quiere cerrar el trato mañana a medianoche en su nueva madriguera.

Sasuke ni siquiera parpadeó y se limitó a beber, dejando que el whisky le arañara la garganta con la saña de un viejo enemigo, intentando quemar el recuerdo de algo que aún dolía, algo que Sakura había dejado grabado a fuego bajo su piel.

—¿Dónde? —La voz de Sasuke salió baja, pero cortó el aire con la precisión de un disparo en el silencio.

—El Infierno —respondió Naruto, dejándose caer en una silla de plástico que gimió bajo su peso como si fuera a partirse—. Luces de neón, perico del bueno, mujeres que parecen de cristal y corridos en vivo y lo más nuevo el Triple. Es tan pura que ya se ha cobrado la vida de dos barrios enteros por el control de la ruta. Dicen que con eso no alucinas... simplemente te vas, que el alma se te despega del cuerpo y te deja vacío.

Sasuke exhaló un suspiro lento, una columna de humo y cansancio ya no había asombro en sus rasgos, solo una fría aceptación. Sus ojos se perdieron en la pared descascarada, donde un grafiti en marcador rojo rezaba como una profecía:“Aquí se paga con vida”.

—¿Quién más va a estar?

Naruto se rascó la nuca con un gesto tenso —Federales. Pero están en la nómina, igual que los porteros. Ya hackeé las cámaras del antro; puedo volverte invisible durante diez minutos, Sasuke. Después de eso... estarás solo con tus demonios.

Sasuke se inclinó hacia la mesa, sus dedos largos y pálidos rodearon la Glock. Revisó el cargador con la lentitud de quien reza un rosario de plomo. No preguntó por el número de enemigos; para él, los hombres eran solo obstáculos, y él no se contaba por números. Él era el final de la cuenta. Él era el último.

—¿Y Sakura? —preguntó de pronto, y el nombre vibró en el aire como una cuerda que se rompe.

Naruto guardó un silencio pesado, un silencio que sabía que esa herida no había cerrado nunca, que solo se había podrido en la sombra. —La última vez que la vi... —empezó, bajando la vista— llevaba un rosario de madera colgando del cuello y una bolsa de morfina en la mano. Sigue viva, Sasuke, pero no por mucho tiempo.

La mandíbula de Sasuke se apretó hasta que los músculos de su cuello resaltaron como cables tensos. No era culpa lo que sentía; la culpa es para los que aún tienen esperanza. Lo suyo era rabia, pura y destilada.

—¿Y tú, Naruto? —dijo al fin, poniéndose en pie—. ¿Lo tienes todo bajo control?

Naruto lo miró directo a los ojos por primera vez en toda la noche. Sus pupilas estaban inyectadas en sangre, cansadas de ver lo que nadie debería ver, pero no estaban rotas, en ellos todavía había un fuego ardiendo en el fondo de ese azul turbio.

—Todo... —susurró Naruto con una sonrisa amarga— menos la traición. Esa madre, Sasuke... esa nunca se deja controlar.

Un silencio denso y punzante se instaló entre ambos, interrumpido solo por una gota de agua que cayó del techo, impactando contra el suelo. Sasuke se terminó de vestir con movimientos lentos, la camiseta negra pegada al pecho, la camisa de mezclilla, la chaqueta que ocultaba el acero. Se amarró la venda en la mano izquierda, ahora más sucia y gris que antes, apretando cada nudo como si estuviera sellando un pacto con el diablo.

Caminó hacia la puerta y Naruto lo siguió, como una sombra que no puede despegarse de su dueño. En el televisor, el protagonista de la película vieja caía muerto entre disparos de luz blanca, pero ninguno de los dos se molestó en apagar la pantalla. Porque esa ficción no importaba, la historia que de verdad iba a manchar el pavimento... acababa de empezar.

El asfalto brilla bajo la lluvia recién caída, pero Sasuke no se detiene a mirar el baile de las farolas sobre los charcos, él camina con esa zancada pesada de quien siente que el mundo le debe una deuda impagable; avanza como si las balas le tuvieran miedo, como si el mismo karma se hubiera cansado de esperarlo en las esquinas y hubiera decidido rendirse. A su espalda, Naruto es una sombra fiel que carga el peso de la mochila y el silencio.

Cruzaron una reja doblada, un acceso que daba paso a un lote baldío. En otra vida, aquello fue un taller mecánico y ahora, no era más que un búnker, un santuario de hierro y una armería improvisada. Las paredes no tenían pintura, tenían rostros: fotografías de muertos que observaban desde el más allá. Nadie se salvaba de ese mural, en ese rincón del mundo, la memoria no era un refugio, era un castigo que te recordaba por qué seguías empuñando un arma.

—¿Quieres blindarla o vas a ir así, a pecho descubierto? —preguntó Naruto, señalando hacia el fondo, donde una Cheyenne descansaba bajo una lona negra. Parecía un féretro motorizado esperando su turno para el entierro.

Sasuke deslizó la palma de la mano sobre el metal frío. La pintura era de un negro tan absoluto que parecía capaz de reflejar el alma de quien la mirara. Le bastaba.

—Solo ponle la segunda guantera —sentenció, mientras extraía de su bolsillo un chip plateado, diminuto como una uña pero pesado como un secreto de Estado—. Esto no puede ir en la maleta, si me atrapan, esto se va conmigo.

Naruto soltó un silbido bajo, cargado de asombro. —¿Qué demonios es eso? —Todo —respondió Sasuke, y la palabra quedó suspendida en el aire, definitiva.

Se despojó de la camiseta empapada y la lanzó a una esquina como quien tira un pellejo viejo. Su torso era un mapa de guerra escrito en braille, una línea de bala mal cerrada le recorría el costado como un río seco, y en el pecho lucía una cicatriz profunda que parecía el dibujo de un país que ya no figuraba en los mapas. En la clavícula, casi borroso, un tatuaje antiguo mezclaba la estética samurái con la de una santa. Algo prohibido, algo que nadie más que él entendía.

Se puso una camiseta nueva, negra y seca, sintiendo el alivio momentáneo del algodón sobre las heridas. Encima, una camisa de mezclilla que ocultaba placas antibalas. Naruto, con movimientos mecánicos, le alcanzó la funda de hombro con dos Glock cargadas. En la empuñadura de una de ellas, las inicialesS.H.relucían bajo la luz mortecina. Sakura Haruno. Nadie en su sano juicio preguntaba por qué cargaba con ese fantasma de metal.

—Hay un dron camuflado listo —dijo Naruto, retomando el tono profesional para no quebrarse—. Lo lanzo en cuanto pongas un pie en el club, tendrás diez minutos de oscuridad en sus monitores. Pero después de eso...

—Después será bonito —lo interrumpió Sasuke, con una voz que no tenía rastro de humanidad—. Cuando empiecen a gritar, sabré que estoy en casa.

Sasuke se detuvo frente a un espejo roto, su reflejo le devolvió una imagen fracturada, multiplicada en mil fragmentos de cristal. Ninguno estaba entero, todos eran peligrosos. Se pasó la mano por la barba de varios días y se limpió los nudillos con un poco de agua sucia, frotando la venda de su mano izquierda con la devoción con la que un creyente acaricia un talismán antes del sacrificio.

—¿Y si no sales esta vez, Sasuke? —La pregunta de Naruto no llevaba rastro de burla, era la duda de un hermano que ya ha enterrado a demasiada gente.

Sasuke lo miró fijamente a través de los cristales rotos. —Entonces armo la fiesta allá abajo. Que me vayan apartando una mesa con vista al fuego.

Antes de salir, sus dedos buscaron una vieja caja de madera escondida entre la chatarra. Dentro, una nota arrugada conservaba el aroma de un tiempo que ya no existía. La caligrafía era de mujer, elegante y firme a pesar del dolor. Decía:“Cuando te canses de huir de ti mismo... vuelve”.

No hubo una sonrisa, ni una lágrima, Sasuke solo la dobló con cuidado y la guardó en el bolsillo interior de su chaqueta cerca del corazón, donde no se mojaba con la lluvia. Donde todavía le dolía existir.

El Infierno no es un club; es una emboscada envuelta en neón; es un templo del exceso donde los santos de plástico se arrodillan ante asesinos recién canonizados. Adentro, el aire es una masa física, un asfixiante cóctel que huele a loción importada, a billetes humedecidos por el sudor de manos nerviosas, a cocaína de cinco mil el gramo y a ese rastro metálico de sangre vieja que ninguna cuadrilla de limpieza ha logrado borrar del todo.

Las luces rojas, verdes y púrpuras vibran con intensidad, como si el techo mismo quisiera vomitar sobre la multitud. Sobre los cofres de Lamborghinis y Rams blindadas, mujeres de belleza afilada bailan con movimientos que son, en sí mismos, una advertencia. Llevan ángeles y pistolas tatuados en los muslos, labios carnosos que no prometen besos y miradas tan vacías que parecen pozos sin fondo. Los gruesos beben Cristal y Blue Level como si fuera agua bendita, los billetes vuelan como confeti en un funeral y la música, una mezcla viscosa que golpea el pecho con la fuerza de un disparo a cámara lenta.

Pero cuando Sasuke cruza el umbral, el pulso del lugar sufre una arritmia.

Aunque el beat no se detiene, la atmósfera se espesa. Es como si una presencia extraña se hubiera filtrado por las grietas del edificio, la sombra que lo envuelve no proyecta las luces del club; parece nacer de sus propios huesos. Camina lento, con esa calma aterradora de quien no tiene nada que perder. Lleva la capucha caída a medias, la camisa abierta y la camiseta pegada al pecho por el calor húmedo. La venda sucia asoma en su mano izquierda como un recordatorio de su propia fragilidad, y sus ojos permanecen ocultos tras mechones de un negro azabache.

Es un aura tan pesada que incluso los más bravos desvían la vista o le ceden el paso sin que él tenga que decir una sola palabra. Las mujeres lo devoran con el hambre del deseo, pero también con el instinto del miedo porque saben que él no ha venido a bailar, él ha venido a recoger almas.

Un matón de mandíbula cuadrada intenta cerrarle el paso en la entrada del VIP. Naruto ya le había soplado el historial por el auricular: nombre, pecados y puntos débiles, Sasuke ni siquiera levanta la mano; se limita a clavarle la mirada. Fue suficiente, el hombre se apartó como si acabara de ver a un fantasma reclamando su sitio en la pista. Y Sasuke no lo niega, él es exactamente eso lo que queda cuando el alma ya se ha marchado.

En el centro del reservado, bajo una lámpara de neón con forma de cruz invertida, Bull. No es un hombre, es una leyenda hecha de grasa, oro y cicatrices. Tiene dientes de oro que brillan con una luz falsa y dedos tan cargados de anillos que parecen llevar munición puesta. Huele a poder absoluto, a impunidad y al sudor rancio de quien ha sobrevivido a mil traiciones.

—Sasuke... Sombra —soltó con una carcajada que retumbó en las paredes de cristal—. Dicen que mataste a tu propia sangre por menos de lo que vale esta botella.

El séquito estalló en una risa servil; todos menos Sasuke, él se sentó frente al hombre, sin pedir permiso, sin una mueca, con la lantitud de un verdugo. Sacó un cigarro y lo encendió con un encendedor plateado donde brillaba una S grabada, la de Sakura.

—¿Todo eso es tuyo? —preguntó el gordo, señalando la maleta plateada sobre la mesa con una avaricia que le brillaba en las encías.

Sasuke dio una calada lenta, saboreando el humo antes de exhalarlo por la nariz, como un animal que ha detectado la trampa en el aire. Su voz fue un susurro afilado que cortó las risas:

—Lo será... si no haces ninguna pendejada.

El hombre relamió los labios, bebió un trago largo de Cristal y tamborileó sus dedos enjoyados sobre la mesa, marcando una cuenta regresiva que solo él conocía.

—¿Y si sí la hago?

Sasuke lo miró entonces como si estuviera viendo los engranajes podridos dentro de su cráneo. No le importaba si era un hombre, un dios o un monstruo.

—No vas a vivir para contarlo.

El silencio que siguió fue denso, casi sólido. Y entonces, ambos se rieron, pero solo uno lo hacía de corazón; el otro ya estaba calculando cuánta sangre mancharía sus zapatos al salir. Porque Sasuke no venía solo con armas, venía con una intención oscura, con un rastro de muertos bajo las suelas y con esa nota escondida en el pecho, recordándole que, aunque quisiera huir, el dolor siempre sabía dónde encontrarlo.

El Infierno nunca fue un destino, siempre fue una emboscada con fachada de paraíso. Un circo de vanidades donde las llamas lamen los pies de quienes se creen reyes, esperando el momento exacto para devorarlos. Y esa noche, bajo el peso de un aire que se podía cortar con un cuchillo, alguien finalmente acercó el fósforo a la mecha.

El primer estallido no vino de Sasuke, lo lanzó un novato, un muchacho con el miedo chorreándole por la frente y una pistola que bailaba entre sus dedos como si tuviera vida propia. Disparó tarde, disparó mal, disparó desde el abismo del pánico y no duró ni un suspiro, la bala de aquel aprendiz apenas había recorrido diez centímetros cuando la bala de Sasuke ya le había partido el cráneo, apagando su vida antes de que el eco del primer disparo terminara.

Sasuke no pestañeó, ni siquiera hubo una descarga de adrenalina; había detectado al tirador desde que puso un pie en el club. Había contado sus pasos erráticos, su respiración rota, la forma en que el sudor le bajaba por la sien cada vez que Sasuke se acercaba a su esquina. Con una lentitud aterradora, Sasuke levantó la muñeca, su Rolex, una pieza de relojería suiza alterada con ingeniería de guerra, vibró una sola vez.

Un pulso electromagnético barrió el lugar.

La oscuridad fue absoluta, un hachazo que cercenó la realidad. Luego, el estallido de una copa de cristal, el grito de una mujer, el sonido de cuerpos tropezando y disparos ciegos que buscaban fantasmas en la penumbra. En ese vacío de luz, la Glock de Sasuke empezó a cantar, era un sonido seco, rítmico, casi una melodía cruel que no buscaba matar, todavía no; disparaba a las zonas blandas, donde el dolor se vuelve una religión. Un matón se dobló con un alarido mientras se sujetaba una pierna atravesada; otro se revolcaba entre charcos de whisky y sangre con un tiro en la entrepierna.

Sasuke se movía entre el humo y los destellos de los estrobos rotos como un animal que ha hecho del encierro su hábitat natural, él no corría, caminaba con la chaqueta abierta y la mirada de un cazador que sabe que la presa ya está sentenciada. Detrás de él, el susurro de su nombre corría como la pólvora, cargado de un respeto que nace del terror puro.

Bull ya se había idoa por la puerta trasera como la rata que siente el veneno en el aire, abandonando su trono de oro y sus aplausos de plástico. Corría por un pasillo de concreto donde las vírgenes de los grafitis parecían llorar sangre ante su cobardía, tenía un arma en el puño, pero ninguna fe en el pecho; una cadena de oro al cuello, pero ni un gramo de dignidad.

Sasuke lo siguió sin prisa, como quien camina hacia lo inevitable. Al llegar al callejón, bajo una llovizna que parecía el llanto del mismo averno, Bull tropezó y cayó de rodillas, entonces lloró con ese llanto amargo de los traidores que se descubren acorralados, sus dedos manchados de sangre apretaban un crucifijo, y sus dientes de oro brillaron por última vez en la oscuridad del pozo.

—No era personal, loco... —gimió, con la voz quebrada.

Sasuke se detuvo frente a él, una sombra que eclipsaba cualquier rastro de esperanza. No había sed de venganza en su rostro, solo una verdad absoluta y fría.

—Todo es personal, perro.

El balazo no fue un estallido, fue un trueno que retumbó en las paredes del callejón como una carcajada del diablo. Bull cayó de espaldas, el último eslabón de una cadena de traiciones finalmente roto, el crucifijo rodó por el suelo hasta detenerse junto al zapato de Sasuke. Él no lo tocó. Solo dio media vuelta y dejó que la lluvia lavara el rastro de la pólvora.

En el comunicador, la voz de Naruto llegaba distorsionada, frenética: —¡Sasuke, se te vienen encima! Federales, estatales, ¡tienes un dron de la Marina respirándote en la nuca!

Pero Sasuke ya habitaba otro plano. Subió a la Cheyenne, el motor rugiendo como una bestia despertada de un sueño de cementerio. Mientras el humo de su cigarro se escapaba de sus labios, miró la ciudad vibrar a lo lejos. Tenía sangre en los nudillos, cicatrices nuevas y aquella nota de Sakura quemándole el bolsillo interior. Pero hoy no iba a volver, hoy solo quería ver el mundo arder.

La Cheyenne se convirtió en un relámpago blindado, reventó retenes, aplastó patrullas como si fueran juguetes y se tragó los semáforos en rojo. Los federales disparaban, pero las balas parecían desviarse, como si la noche misma protegiera a su hijo predilecto y cuando un helicóptero intentó iluminarlo, un segundo pulso electromagnético lo dejó ciego. Gracias a los trucos de Naruto, el barrio entero creía ver diez camionetas huyendo en direcciones distintas, pero solo había una: la maldita, la original.

Sasuke giró el volante con precisión y se hundió en una rampa subterránea que no figuraba en los mapas oficiales. Un túnel húmedo y angosto donde los grafitis eran salmos de un evangelio olvidado. Entre las frases de “el que no sangra, no manda”, vio una pintada con negro sobre negro:“S.H.”. Sakura, un nombre que ni el fuego ni la muerte podían borrar.

Cuando emergió al otro lado, el cielo empezaba a aclararse, pero no era la luz del sol; era el resplandor de lo que quedaba de El Infierno consumiéndose a lo lejos. Detuvo la camioneta frente a un viejo muro, apagó el motor y se permitió respirar sin urgencia.

Bajó del vehículo, agitó un bote de spray negro y, con una letra torcida que parecía una profecía, escribió en el muro:“Aquí no manda Dios. Aquí manda el que sabe desaparecer.”

La imagen captada por una cámara de seguridad se volvió leyenda al amanecer. Pero nadie volvió a ver la Cheyenne, ni a Sasuke. Solo quedó el humo, el olor a neumático quemado y el eco de una historia escrita con la fe torcida de quienes ya no tienen nada que perder.