Lo que te prometí.

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Summary

En una prestigiosa academia donde el dinero define el valor de las personas, la llegada de un estudiante becado rompe el equilibrio perfecto. Renji Aoyama, silencioso y aparentemente común, se convierte rápidamente en el centro de miradas, prejuicios y rumores. Entre quienes lo enfrentan están las influyentes hermanas Kurosawa: Yuzuki Kurosawa, orgullosa, impulsiva y acostumbrada a ser el centro de atención, y Reika Kurosawa, fría, impecable y respetada por todos. Lo que comienza como desprecio hacia Renji pronto se transforma en desconcierto cuando demuestra una inteligencia fuera de lo común y una actitud imposible de doblegar. Sin embargo, detrás de su aparente indiferencia, Renji oculta más de lo que deja ver. Mientras la tensión crece dentro del aula y las diferencias sociales se vuelven cada vez más evidentes, un giro inesperado cambia por completo las reglas del juego: el nuevo mayordomo de la familia Kurosawa no es otro que el propio Renji.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: ¿¡Eres tú!?.

Lo que te prometí.

El día era tan claro como de costumbre. Ni una sola nube manchaba el cielo azul, y el sol de la mañana caía sin piedad sobre el patio, haciendo que el brillo de las joyas y los zapatos lustrados resaltara aún más. El eco de los pasos de los estudiantes resonaba contra el mármol pulido de la entrada, un sonido constante y acompasado, como si incluso al caminar tuvieran que demostrar coordinación.

Las mujeres desfilaban con una elegancia abrumadora. Sus uniformes, confeccionados con telas que parecían demasiado suaves al tacto, caían con una prolijidad inhumana. Cadenas con diamantes reposaban sobre sus cuellos, y pulseras de oro tintineaban con cada gesto estudiado. No era solo ropa: era una declaración. Cada pliegue, cada accesorio, gritaba el peso de sus apellidos.

Los hombres no se quedaban atrás. Pantalones negros de corte impecable, tan formales que ni una arruga se atrevía a formarse. Las camisas, de un blanco que dolía mirar directo, parecían recién salidas de una tintorería exclusiva. Solo con verlas podías imaginar las cifras que costaban. En una escuela de ricos, el estatus lo era todo, y la ropa hablaba antes que las personas.

Entre aquella marea de lujo, se escuchó un suspiro.

Provenía de un chico detenido justo frente a la entrada principal. A diferencia del resto, su pantalón carecía de ese brillo refinado. Su camisa, aunque planchada con esmero, dejaba ver pequeñas imperfecciones en las costuras, detalles que nadie más parecía tener. Sin joyas. Sin cadenas. Sin nada que llamara la atención. Solo ropa limpia, cabello negro con el flequillo separado cayéndole sobre la frente, y unos ojos tan oscuros como la noche cerrada.

—Qué ropa más común… ¿Creen que esté perdido? —dijo una chica, frotándose la mejilla con la punta del dedo, la mirada cargada de curiosidad y desdén.

—¿Creen que… sea el becado? Se suponía que la escuela este año, por primera vez, ofrecería una beca —respondió un chico a su lado, bajando la voz como si hablara de un rumor prohibido.

Los oídos de aquel chico becado comenzaron a zumbar ante los murmullos. El peso de decenas de miradas se le clavó en la nuca, filoso y frío. Sin embargo, apretó los labios y simplemente decidió entrar. Sus pasos, más silenciosos que los demás, lo llevaron hasta su casillero. El metal se sintió helado bajo sus dedos cuando lo abrió para guardar algunas cosas.

En ese momento, todo el murmullo se detuvo de golpe. Como si alguien hubiera cortado el sonido del mundo.

La presencia de dos chicas paralizó el pasillo. Tan elegantes como inalcanzables.

—Miren, son las hermanas Kurosawa —susurró una estudiante, con los ojos fijos en ellas, casi sin atreverse a parpadear.

—Siempre se ven increíblemente bien —añadió otra, conteniendo la emoción en la voz, llevándose las manos al pecho.

La hermana mayor avanzaba con paso firme. Su cabello naranja, ligeramente ondulado, caía sobre sus hombros con una elegancia natural. Sus ojos, serenos y centrados únicamente en el camino, ignoraban por completo la atención que generaba. Su mirada era seria, distante, como si el revuelo a su alrededor no le concerniera. Vestía un traje de negocios impecable: botas negras que resonaban con autoridad, una falda del mismo color que marcaba su silueta, camisa blanca sin una sola arruga y un blazer azul oscuro que le daba un aire aún más inaccesible.

La hermana menor, en cambio, se alimentaba de las miradas. Sonreía con orgullo, disfrutando cada suspiro ajeno. Su cabello morado, atado en dos coletas altas, se balanceaba con cada paso. Llevaba una hermosa camisa blanca adornada con un moño morado en el cuello, y un corset negro con tirantes que ceñía su cintura sobre una falda del mismo color que su moño. Todo en ella exigía atención.

—¿Eh? —murmuró la menor de pronto, deteniendo su sonrisa. Su mirada se clavó en una sola persona.

Aquel chico ni siquiera las estaba mirando. Tenía la vista baja, concentrado en su casillero, ajeno al espectáculo.

—¿Qué demonios? ¿Se cree demasiado como para vernos o qué?

Al oírla, los demás estudiantes reaccionaron al instante. Los murmullos regresaron, esta vez más filosos, dirigidos al chico. Las miradas que antes eran de curiosidad ahora se volvieron extrañas, juzgadoras.

—Yuzuki, por favor, tenemos que comportarnos —intervino la hermana mayor, con un tono sereno pero firme. La corrección hecha persona.

—Tsk… como sea —bufó Yuzuki, cruzándose de brazos con fastidio. Le lanzó una última mirada cargada de enfado al chico antes de darse la vuelta y marcharse por el pasillo, sus coletas moradas agitándose con cada paso brusco.

—Lamento mucho las molestias —dijo la hermana mayor, realizando una pequeña reverencia con elegancia contenida. Luego siguió a su hermana, dejando tras de sí un rastro de perfume caro y silencio.

Aquel chico se quedó quieto frente a su casillero, extrañado por la situación. Podía sentir el peso de todas las miradas juzgadoras perforándole la espalda, como agujas invisibles.

"Supongo que esa es mi primera impresión…" Pensó.

Con una pequeña sacudida de cabeza, como si quisiera espantar los murmullos, el chico empezó a caminar por los pasillos.

Las paredes, pintadas de un hermoso color beige, estaban tapizadas de carteles de clubes. Los anuncios coloridos competían por atención: club de literatura, de esgrima, de ceremonia del té. En las esquinas, bebederos de agua relucían bajo la luz, y las máquinas expendedoras emitían un zumbido bajo y constante. El piso, hecho de madera de roble pulida, devolvía el reflejo de sus pasos solitarios. Cada tablón parecía gritar dinero.

Al llegar al salón, la puerta corrediza se deslizó sin hacer ruido. Lo primero que vio fue un enorme pizarrón blanco, impecable, sin una sola mancha de marcador. Las ventanas, ubicadas del lado izquierdo, daban al patio exterior. Desde ahí podía verse una hermosa fuente de agua, cuyo sonido llegaba amortiguado, casi irreal. Los pupitres estaban ubicados con una perfección milimétrica, alineados como soldados en formación.

Paso a paso, el chico se acercó al último pupitre, el que estaba junto a la ventana. El lugar más alejado, el más discreto. Pero antes de sentarse, notó algo.

A unos metros de distancia, estaba sentada Yuzuki con un grupo de chicas. Rodeada, como una reina en su corte. Las risas y susurros giraban en torno a ella.

—Oye, Yuzuki, ¿es verdad lo que se está escuchando? ¿Les van a regalar un nuevo mayordomo a ti y a tu hermana por su cumpleaños? —preguntó una de las chicas, inclinándose hacia adelante con los ojos brillando de curiosidad.

—Sí, es verdad. Mi madre dijo que va a hacerlo por nuestro cumpleaños y por sacar buenas notas… bueno, mejor dicho, porque Reika se saca buenas notas —dijo Yuzuki, cruzándose de brazos. Su tono destilaba una pequeña frustración que intentó disimular con un resoplido.

—Oh, eso es genial. ¿Crees que tu nuevo mayordomo sea guapo? —preguntó otra de las chicas, esperando una afirmación con una sonrisa pícara.

—¿Eso importa? Es genial que tengan un nuevo mayordomo. Definitivamente sería genial tener a alguien que te trate como una princesa —intervino la chica que había hablado al principio, suspirando con ensoñación.

—Por supuesto, no esperaría un trato menor. Después de todo, para trabajar para mi familia tienes que ser el mejor —dijo Yuzuki con orgullo, alzando ligeramente la barbilla.

—¿Y qué le pasó al mayordomo anterior que tenían? —preguntó una de las chicas, ladeando la cabeza.

—No pudo hacer su trabajo bien. Mi padre lo corrió. Después de todo, él solo espera excelencia —respondió Yuzuki. Por un instante, su mirada bajó hacia su falda, y un destello indescifrable cruzó sus ojos morados.

Fue entonces que la mirada de una de las chicas se desvió temporalmente. Sus ojos se posaron en aquel chico becado, sentado en silencio junto a la ventana.

—Oh, él es el becado, ¿no es verdad? —preguntó, inclinando la cabeza con curiosidad, como si observara a un animal exótico.

—Creo que la respuesta es bastante obvia, solo debes ver su ropa —respondió otra de las chicas, cubriéndose la boca con la mano para disimular una risita.

—¿Mmm…? ¿Becado? —Yuzuki giró la cabeza bruscamente, dirigiendo su mirada hacia aquel chico—. ¿¡T-tú!? ¿¡Un tonto como tú, becado en nuestra escuela!?

—¿Eeeh? ¿Por qué está tan enojada? —susurró una de sus amigas al oído de la otra, confundida por la reacción repentina.

—Es que él ni siquiera notó a las hermanas —le respondió en un susurro, devolviendo el gesto.

—¿¡No las notó!? —La chica no pudo evitar levantar la voz al escuchar eso, llevándose las manos a la boca—. ¿Pero cómo? ¿Será posible que no las conoce? —preguntó, tocándose los labios un momento, incrédula.

—No, es imposible que alguien no conozca a las Kurosawa —dijo la otra con una sonrisa nerviosa, negando con la cabeza.

—¡Por supuesto que es imposible! ¡Lo que sucede es que él es un tonto! —exclamó Yuzuki, poniéndose de pie y señalando al chico con el dedo—. No pertenece aquí, es un intruso.

Al escuchar las palabras de Yuzuki, el chico giró la cabeza en esa dirección con lentitud. Su expresión no cambió, pero sus ojos oscuros parecían analizar la escena.

—¿Un intruso? —dijo, mirando alrededor como si realmente buscara a alguien más—. ¿Es que encontraron un depravado? —Su voz era calmada, casi aburrida. Entonces notó cómo Yuzuki lo señalaba directamente—. Oh… ¿el depravado soy yo? Supongo que esa es la segunda gran impresión que doy —añadió con un sarcasmo seco.

—No te hagas el inocente. Sé que estás aquí para aprovecharte de chicas ricas como nosotras —soltó Yuzuki, frunciendo el ceño con fuerza. Sus coletas moradas se sacudieron con el movimiento.

—Si fuera un depravado, probablemente te estaría mirando —respondió el chico con total tranquilidad. Sin embargo, al decir eso, su mirada recorrió a Yuzuki lentamente. Desde la cabeza hasta sus piernas, sin prisa, sin disimulo. Un escrutinio frío y directo.

—Ah… ¿ni siquiera intenta ocultarlo? —murmuró una de las amigas de Yuzuki, completamente sorprendida. Se tapó la boca con ambas manos al notar la mirada descarada del chico.

Yuzuki no pudo evitarlo. El calor le subió al rostro en un instante, tiñendo sus mejillas de un rojo intenso, como un tomate maduro. Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿¡V-Ven!? ¡Se los dije, intentará algo con nosotras! —gritó, mirando a sus amigas mientras señalaba con su dedo tembloroso al chico. La vergüenza y la indignación se mezclaban en su voz.

Justo en ese momento, la puerta del salón se deslizó al abrirse.

El sonido cortó la tensión como un cuchillo.

Pues la hermana mayor había entrado en el lugar.

—¿Tengo que recordarles que estar a los gritos es de mala educación? Sobre todo para una escuela como la nuestra —dijo Reika, entrando al salón. Su voz era serena, pero cortó el aire como una hoja afilada. Su mirada se posó directamente en su hermana, fría y evaluativa.

—¡No es mi culpa! ¡Este plebeyo me está mirando de forma obscena! —gritó Yuzuki, señalando nuevamente a aquel chico. Sus coletas moradas temblaban con la indignación, y el rubor aún no abandonaba sus mejillas.

Al escuchar a su hermana, Reika posó su mirada en él de inmediato. Sus ojos, del color del ámbar bajo la luz de la mañana, no mostraban ningún tipo de emoción en ese momento. No había enojo, ni curiosidad. Era una mirada analítica, distante, como si estuviera diseccionando cada detalle del chico con precisión quirúrgica.

—Eres el chico del pasillo… —hizo una pequeña pausa, midiendo sus palabras antes de volver a hablar—. Si no me equivoco, eres el becado, ¿no es verdad? Renji Aoyama, si no me equivoco.

—Supongo que tú eres la hermana mayor —respondió Renji con total tranquilidad. No se inmutó bajo ese escrutinio. Su voz sonó seca, sin una pizca de nerviosismo.

—Comúnmente esperaría que un becado se sienta nervioso en una escuela de ricos, pero eres bastante diferente a lo que me esperaba —dijo Reika. Su tono era tranquilo, casi amable. No lo decía como un insulto, sino como una observación. Como si anotara un dato interesante en un informe.

—¡Es verdad, este es un descarado! —interrumpió Yuzuki, cruzándose de brazos con fuerza. El enojo le hacía fruncir el ceño, pero en el fondo de sus ojos se veía la vergüenza de antes.

Reika la ignoró por completo. Dio un paso más, acortando la distancia entre ella y Renji. El aire pareció volverse más denso.

—Dime, ¿de verdad eres tan inteligente como dicen? —preguntó Reika. Por primera vez, un pequeño destello de interés genuino asomó en su voz controlada.

Renji simplemente guardó silencio un momento. Murmuró algo ininteligible, y luego, sin responder a la pregunta, dirigió su mirada directamente hacia la falda de Yuzuki. Otra vez. Descarado, sin ocultarlo.

—¿P-pero qué? ¿¡Qué demonios estás viendo, maldito cerdo!? —estalló Yuzuki, retrocediendo un paso como si la mirada quemara. El rojo volvió a sus mejillas con más fuerza que antes—. ¿Lo ves? ¡Te lo dije, es un pervertido!

Reika simplemente dejó escapar un suspiro. Fue breve, casi imperceptible, pero cargado de decepción. Como si hubiera esperado algo más de él.

—¿Es esta tu manera de demostrar tu inteligencia? Porque si es así, es bastante decepcionante… —dijo Reika, clavando su mirada en Renji. Su voz perdió ese matiz de interés y volvió a ser fría, profesional—. Por favor, te pediré que te disculpes con mi hermana. De lo contrario, tendré que reportar esto a los directivos de la escuela.

Al escucharla, Renji simplemente se levantó de su asiento con movimientos pausados. Cerró los ojos un momento, como si organizara sus pensamientos.

—Si eso es lo que quieren…

Lo dijo con calma, y luego hizo una reverencia. No fue una inclinación torpe. Fue una reverencia formal, casi perfecta, ejecutada con una precisión que desentonaba con su ropa sencilla. La tela de su camisa se tensó ligeramente con el movimiento.

—Por favor, discúlpenme —dijo Renji. Al enderezarse, sus ojos oscuros se encontraron con los de Yuzuki por un instante—. Si me deja darle una recomendación, le recomendaría llevar su falda a una costurera.

Al escucharlo, una de las amigas de Yuzuki abrió los ojos con sorpresa. Inmediatamente, dirigió su mirada hacia la falda de su amiga.

—¡Oh, cielos! ¡Yuzuki, tu falda! —exclamó, señalando con urgencia.

—¿Eh? ¿Qué? —Yuzuki bajó la mirada, confundida. Sus ojos se posaron en el lado derecho de su falda, y el color abandonó su rostro tan rápido como había llegado—. Había una rasgadura. Pequeña, pero visible, justo en la costura lateral—. ¡Ay, no! ¡Debo cambiarme rápido! —chilló, tapándose la zona con las manos.

Sin decir más, salió del salón a toda prisa, sus pasos resonando con pánico mientras corría hacia su casillero y luego al baño.

Reika, en ese momento, miró fijamente a Renji. Solo un instante. Sus ojos ambarinos lo analizaron de nuevo, y esta vez pareció comprender. Entendió exactamente qué era lo que él estaba viendo desde el principio. Sin embargo, no dijo nada. No lo felicitó, no lo acusó. Simplemente cerró los ojos, como dando por zanjado el tema, justo cuando el timbre de inicio de clases retumbó por todo el edificio.

—De parte del centro de estudiantes, te doy la bienvenida a nuestra escuela, Renji Aoyama —dijo Reika, con su tono formal de siempre. Sin esperar respuesta, se dio media vuelta para dirigirse fuera del salón.

Tan solo unos minutos después de lo sucedido, el timbre de inicio de clases retumbó por los pasillos, cortando los murmullos como una campanada.

Poco a poco, más estudiantes empezaron a llegar al salón. El sonido de zapatos contra la madera de roble llenó el ambiente, junto al roce de telas caras y el tintineo ocasional de alguna pulsera. Cada uno se dirigió a su pupitre con la precisión de quien lleva años repitiendo la misma rutina, ocupando sus lugares como piezas en un tablero perfectamente ordenado.

El profesor de matemáticas entró casi al mismo tiempo que los últimos alumnos. Era un hombre de mediana edad, con poco cabello peinado hacia atrás y unos lentes que le resbalaban ligeramente por la nariz. Dejó su maletín sobre el escritorio con un golpe seco y sacó su material de estudio: libros gruesos, reglas, y un estuche de marcadores.

—De pie para el saludo —ordenó con voz monótona, sin siquiera levantar la vista.

Todos se levantaron al unísono. La reverencia fue impecable, coordinada, ensayada.

Yuzuki, por su parte, entró al salón en ese preciso momento. Ya se había cambiado la falda; ahora llevaba una nueva, sin un solo hilo fuera de lugar. Sin embargo, sus mejillas todavía conservaban un leve tono rosado, y al pasar junto a Renji, sus ojos morados le lanzaron una mirada cargada de rabia. Aunque no había sido la intención de Renji, ella sentía que había terminado humillada frente a todos.

—Señorita Kurosawa, intentemos no llegar tarde a clases, por favor —dijo el profesor, regañándola mientras acomodaba sus libros sobre el escritorio. Su tono no era cruel, pero sí lo suficientemente firme para que todos lo escucharan.

—N-no fue mi intención. Mi falda estaba rota y tuve que ir a cambiarme —respondió Yuzuki. Su voz, usualmente altiva, tembló un poco al ser reprendida delante de toda la clase. Bajó la mirada, mordiéndose el labio.

El profesor no hizo ningún comentario. Simplemente empezó a hojear uno de sus libros con dedos gruesos, para después girarse y escribir en el pizarrón blanco con trazos rápidos.

Yuzuki aprovechó para deslizarse hasta su asiento, a varios pupitres de Renji. Al sentarse, le dedicó una última mirada venenosa.

—Esto no ha terminado, becado… —susurró entre dientes, lo suficientemente bajo para que solo él y las chicas de al lado la escucharan.

Como si estuviera escaneando a toda la clase con la mirada, el profesor terminó de escribir y extendió su mano, sosteniendo un marcador negro. La punta apuntó directamente al estudiante nuevo.

—Señor Aoyama, ¿le gustaría pasar a resolver este ejercicio, por favor? —preguntó con una sonrisa bastante amable, casi paternal—. No se preocupe si no puede hacerlo, es la primera clase después de todo. Solo me gustaría evaluar sus conocimientos para ver si se adaptará bien a las clases.

Al escucharlo, Renji levantó la vista y observó detenidamente el pizarrón. Al instante, sintió el peso de decenas de miradas curiosas clavándose en su nuca. Algunos estudiantes se inclinaron hacia adelante, expectantes. Otros, desde el fondo, dejaron escapar risitas ahogadas, cubriéndose la boca con la mano.

Lo único que había escrito en el pizarrón era un dibujo.

El dibujo era simple: dos rectas paralelas, perfectamente trazadas, atravesadas por varias líneas diagonales que formaban segmentos desprolijos, sin medidas ni ángulos marcados. Al lado, apenas una indicación escrita con letra apresurada:

“Las rectas son paralelas. Calculen x.”

—¿Será que de verdad se merece la beca? —sonó una voz femenina desde algún lugar del salón, cargada de duda.

—Mira, Yuzuki, tal vez le toque a él ahora ponerse en vergüenza —susurró otra chica, dándole un golpecito suave con el codo en el hombro a Yuzuki, con una sonrisa cómplice.

Yuzuki quedó mirando fijamente el pizarrón. Sus ojos morados recorrieron las líneas una y otra vez, pero su expresión se fue tornando vacía. Una gota de sudor frío le bajó por la sien. No entendía para nada el ejercicio. No había números, no había datos. Aun así, una sensación de alivio le recorrió el pecho. Después de todo, no fue a ella a quien le pidieron resolverlo.

—Mmm… puedo intentarlo. Con permiso… —dijo Renji finalmente, levantándose de su asiento con calma. Su voz no mostró vacilación.

A paso lento, atravesó el salón. El sonido de sus zapatos fue lo único que se escuchó. Con cuidado, tomó el marcador de la mano extendida del profesor. Sus dedos se cerraron alrededor del plástico.

Se quedó mirando fijamente el pizarrón por unos segundos más. El silencio se volvió espeso. Luego bajó la cabeza, miró el marcador en su mano, lo giró entre sus dedos como evaluándolo… y sin escribir absolutamente nada, se lo devolvió al profesor.

Yuzuki dejó escapar un pequeño suspiro de alivio, casi inaudible. Una sonrisa de victoria empezó a formarse en sus labios. Para ella, ver el fracaso de Renji era una pequeña venganza.

—¿De cuánto es su marcador…? —preguntó Renji de pronto, mirando fijamente el marcador que el profesor ahora sostenía de vuelta en su mano.

Un murmullo de confusión recorrió el salón. Los estudiantes se miraron entre ellos, frunciendo el ceño. No entendían por qué Renji había preguntado algo tan insignificante, tan fuera de lugar.

—Supongo que mi hermana se equivocó al aceptar la propuesta de la beca estudiantil —comentó Yuzuki en voz baja, intentando aguantar una risita que le temblaba en la garganta. La victoria le sabía dulce.

Sin embargo, el profesor no se rió. No mostró confusión. En cambio, sus ojos detrás de los lentes se entrecerraron un instante, y una chispa de comprensión cruzó su rostro. Había entendido perfectamente cuál era la respuesta de Renji.

Sin decir palabra, destapó su marcador con un clic seco. Se giró hacia el pizarrón y, con trazo firme, anotó la respuesta junto al dibujo: 3 cm. La medida de su marcador.

Luego se volvió hacia la clase, y luego hacia Renji.

—Al parecer tiene bien ganada la beca, señor Aoyama —dijo el profesor, y esta vez su sonrisa no era amable. Era de respeto genuino.

Después de recibir la respuesta del profesor, Renji regresó a su pupitre en silencio. Sus pasos no hicieron ruido sobre la madera de roble. Al sentarse, su mirada volvió a perderse en la fuente de agua que se veía a través de las ventanas del salón. El agua caía con un ritmo constante, ajeno al peso de las decenas de ojos que ahora lo observaban.

Los estudiantes, al verlo tan tranquilo, tan indiferente ante su propia victoria, no pudieron evitar caer en un silencio ensordecedor. Nadie se atrevió a susurrar. El aire del aula se sentía denso, cargado de incredulidad.

La propia Yuzuki, quien segundos antes había saboreado una pequeña victoria ante el supuesto fracaso de Renji, se sintió completamente vencida de nuevo. El alivio se le escurrió del rostro como agua entre los dedos. Apretó uno de sus lápices con tanta fuerza que el plástico crujió, y sus nudillos se pusieron blancos del enojo.

“Ugh… es un maldito. ¿Tan perfecto se debe creer como para no poder escribir la respuesta y ya?”, pensó Yuzuki, clavándole la mirada a la nuca de Renji. La frustración le quemaba el pecho.

—Señor Aoyama, tengo que admitir que me sorprende. Resolvió el ejercicio bastante rápido —dijo el profesor, rompiendo el silencio. Sus ojos, detrás de los lentes, miraban fijamente a Renji como si esperara que le revelara algún secreto. Había un brillo de genuina curiosidad en su voz.

Renji, al escucharlo, movió lentamente su mirada desde la ventana hacia el profesor. Apoyó ambas manos sobre el pupitre, con calma, y realizó una pequeña reverencia con la cabeza. Fue un gesto breve, respetuoso, como si estuviera agradeciendo las palabras sin darle demasiada importancia.

—Tuve que aprender mucho sobre cálculos cuando era chico. Supongo que por eso soy bueno con los números —respondió, su tono plano, sin orgullo ni modestia.

—¿Aprender desde chico? ¿Por qué un niño tendría que aprender tantas cosas de matemáticas desde tan joven? —preguntó un estudiante desde el fondo, inclinando la cabeza con curiosidad genuina. Su voz rompió la tensión, pero no la disipó.

—Principalmente para ayudar a calcular las cuentas… el resto lo aprendí en mi anterior escuela hasta que… —Renji se calló de golpe. Su expresión no cambió, pero sus ojos se oscurecieron un instante. Sacudió un poco la cabeza, como espantando un recuerdo, y volvió a mirar al chico que había hablado—. Solo tuve que aprender, es todo.

El estudiante masculino se quedó callado. No volvió a preguntar nada más. Simplemente asintió con la cabeza, comprendiendo que Renji no quería decir nada más. Una línea invisible se había trazado, y nadie se atrevió a cruzarla.

Segundos más tarde, el timbre del receso sonó con estridencia, liberando la tensión acumulada. Los estudiantes se levantaron de inmediato, el sonido de sillas arrastrándose llenó el salón. En cuestión de momentos, empezaron a salir en grupos, charlando en voz baja, lanzando miradas disimuladas hacia el becado.

Yuzuki se fue con sus amigas al patio, sus coletas moradas agitándose con cada paso molesto que daba.

Renji, por su parte, también salió. Pero a diferencia del resto, caminó solo hasta una banca bajo la sombra de un árbol. Se sentó sin prisa y sacó de su mochila un sándwich de atún envuelto en plástico transparente, junto a una botella de agua simple. Nada más.

A su alrededor, los otros estudiantes abrían bentos exquisitos sobre manteles individuales. Arroz blanco de primera, brillante como perlas. Cortes de carne de alta calidad, con vetas de grasa perfectamente distribuidas. Vegetales cortados con precisión artística, de colores vivos e increíblemente perfectos. Un aroma indescriptible, cálido y costoso, flotaba en el aire del patio.

—Es impresionante. Al parecer el becado sí es muy inteligente —dijo Rena, una de las amigas de Yuzuki, mientras llevaba un bocado a su boca con delicadeza. Sus palillos se movían con elegancia practicada.

—Sí, debo admitirlo. ¿Tal vez le compita a la Kurosawa mayor? —comentó Aimi, otra de sus amigas, apoyando la mejilla en su mano mientras observaba de reojo en dirección a Renji.

—¿A la mayor de las Kurosawa? No, eso es imposible, no tiene comparación —respondió Rena de inmediato, negando con la cabeza como si la idea fuera absurda.

Al escuchar las palabras de su amiga, Yuzuki frunció el ceño de inmediato. El comentario le cayó como un balde de agua fría. Sus dedos se crisparon alrededor de sus palillos, y una chispa de enojo genuino encendió sus ojos morados.

—Ah… l-lo siento, no era mi intención que sonara como que eres menos que ella —se apresuró a decir Rena, soltando sus palillos con nerviosismo al notar la expresión de Yuzuki.

—Cállate. Sé perfectamente bien que mi hermana es más inteligente que yo —soltó Yuzuki, cruzándose de brazos con fuerza mientras desviaba la mirada hacia otro lado. Su voz sonó seca, pero había una nota amarga escondida debajo.

Aimi se llevó una mano al pecho, sintiéndose mal por haber iniciado la conversación. Sabía perfectamente que Yuzuki no se llevaba del todo bien con su hermana mayor, que esa comparación era una herida abierta. Rápidamente, para cambiar el ambiente, tomó los palillos de Rena, juntó un poco de comida de su propio bento con cuidado y…

Puso la comida directamente en la boca de Yuzuki, sin avisar.

—¡Mmph! —Yuzuki se sobresaltó, abriendo los ojos de par en par por la sorpresa. Sus mejillas se inflaron ligeramente con la comida inesperada.

—Por lo menos te vistes mejor que ella. En eso nadie te gana —dijo Aimi con una sonrisa amplia, intentando animarla.

Yuzuki masticó lentamente, procesando el gesto y las palabras. Tragó, y el calor volvió a sus mejillas, pero esta vez no era de enojo. Era un sonrojo leve, casi imperceptible.

—Ya lo sé, tonta —respondió, alargando un poco la palabra final. Desvió la mirada otra vez, fingiendo desinterés, pero la comisura de sus labios se curvó hacia arriba. Estaba orgullosa de ello, aunque jamás lo admitiría en voz alta.

El timbre que marcaba el final del receso no se hizo esperar. Su eco metálico retumbó por toda la escuela, rebotando en los pasillos de mármol y cortando las conversaciones del patio.

Los estudiantes empezaron a regresar a sus respectivos salones como un río que vuelve a su cauce. Risas, charlas y el sonido de pasos apresurados llenaron el aire.

Renji hizo lo mismo. Se levantó de la banca, guardó el envoltorio vacío de su sándwich y empezó a caminar hacia el salón de clases. Pero al girar en uno de los pasillos, se detuvo.

Ahí estaba Reika.

Caminaba con pasos medidos, cargando una pila de archivos y algunas cajas que amenazaban con desbordarse de sus manos. Su postura era impecable pese al peso, pero se notaba la tensión en sus hombros. De hecho, Renji se dio cuenta de algo: no la había visto en ni un solo momento del receso. Ni en el patio, ni en los pasillos. Una pregunta le cruzó la mente: ¿acaso había estado trabajando en el consejo estudiantil todo el día, sin descanso?

—¿Sabes? Si llevas tantas cosas sola, es posible que se te termine cayendo algo —dijo Renji, deteniéndose frente a ella y extendiendo sus manos para ofrecer ayuda. Su voz sonó casual, sin burla.

Reika se detuvo en seco al notar que Renji estaba frente a ella. Sus ojos ambarinos bajaron lentamente hacia las manos extendidas del chico. Su expresión era distante, fría como el cristal.

—Agradezco tus intenciones, pero yo puedo con esto. Además, tú debes regresar a clases. Tu beca depende de tus notas —le respondió Reika, ajustando su agarre sobre los archivos para que no se deslizaran. No había gratitud en su tono, solo un recordatorio objetivo.

—¿Y una estudiante no debería estar en clases también? —preguntó Renji, levantando una ceja. Una chispa de curiosidad genuina brilló en sus ojos oscuros.

—Renji Aoyama, te recomiendo preocuparte por tus notas ahora. Eso es lo más importante para ti —sentenció Reika, sin cambiar su expresión. No fue un consejo, fue una línea trazada en el suelo.

Sin decir una sola palabra más, Reika retomó su camino con cuidado, equilibrando la carga mientras avanzaba hacia la oficina del consejo estudiantil. Sus botas resonaban con firmeza contra el piso.

Renji se quedó ahí parado un momento, mirando la espalda recta de ella alejarse. Se rascó un poco la cabeza, con una expresión indescifrable, para después darse la vuelta y regresar a clases.

Las clases continuaron con normalidad. Pero algo había cambiado.

Algunos estudiantes, los que antes lo miraban con desdén, habían empezado a acercarse a Renji con sus cuadernos. Al principio con timidez, luego con más confianza. Le hacían consultas sobre algunos temas, señalando problemas con la punta de sus lápices. Al parecer, muchos terminaron por darse cuenta de que él de verdad era muy inteligente. Y no solo eso: tenía una forma de explicar las cosas que hacía que conceptos complicados sonaran simples. Los ayudaba a entender rápido, sin hacerlos sentir estúpidos.

—¡Muchas gracias, Renji! ¡Ya me quedó mucho más claro cómo resolver esto! —exclamó una de las chicas del salón, con los ojos brillando de comprensión mientras cerraba su cuaderno de golpe.

—Me alegra poder ayudar —le respondió él con una pequeña sonrisa. Fue breve, apenas una curva en sus labios, pero sincera.

Desde su asiento, Yuzuki se quedaba mirando la escena con una expresión bastante incrédula. Sus ojos morados iban de Renji a los estudiantes que le agradecían, y luego de vuelta a Renji. Después, su mirada cayó sobre su propio cuaderno.

Las actividades estaban completamente en blanco.

Por unos cuantos minutos, su mirada no se despegó de esa página vacía. El lápiz en su mano temblaba ligeramente sobre la hoja, suspendido, sin hacer un solo garabato siquiera. La punta rozaba el papel, pero no dejaba marca. Finalmente, con un suspiro que nadie escuchó, cerró el cuaderno de golpe y lo guardó en su mochila. Justo entonces, el timbre que marcaba el final del día sonó, salvándola de su propia frustración.

Renji, quien había estado observando todo desde su pupitre, colocó su mano sobre su mejilla y apoyó el codo en la madera. Su mirada se posó en Yuzuki. Por un segundo, pensó en si debería intentar ayudarla, en si debía decirle algo. Pero justo en el momento en que los estudiantes empezaron a levantarse y recoger sus cosas para irse, la puerta se abrió.

Llegó la hermana de ella.

El efecto fue inmediato. Varios estudiantes se detuvieron a mitad de movimiento, girando la cabeza hacia la entrada. La miraron con bastante emoción, como si hubiera entrado una celebridad al salón. El murmullo regresó, pero esta vez lleno de admiración.

—Buenas tardes, Reika —dijo un chico desde su asiento, enderezándose de inmediato con la esperanza de ser saludado por ella.

—Sí, buenas tardes. Espero que hayas tenido un gran día —agregó otro, esbozando su mejor sonrisa.

Reika, en respuesta a los comentarios, simplemente cerró los ojos con calma. Asintió con la cabeza una sola vez, de manera distante y educada. No hubo palabras, no hubo sonrisas. Solo ese gesto mínimo que marcaba una pared invisible entre ella y el resto.

Sus ojos ambarinos buscaron directamente a su hermana.

—Yuzuki, vamos. La limusina nos está esperando —dijo, con ese tono sereno y autoritario que no admitía réplica.

—Sí… ya voy —respondió Yuzuki en voz baja, levantándose de su asiento. Evitó la mirada de todos, especialmente la de Renji, mientras se acercaba a su hermana con pasos arrastrados.

Pronto, las dos Kurosawa empezaron a caminar por el pasillo, una al lado de la otra. Iban en completo silencio. No hubo intercambio de palabras. No hubo miradas cómplices entre hermanas. No hubo sonrisas. Solo el sonido rítmico de sus pasos, uno firme y otro más apagado.

Desde la ventana, algunos estudiantes vieron cómo subían a la limusina negra que las esperaba en la entrada. Todo lo que se escuchó después fue el motor encendiéndose y el vehículo alejándose, llevándose con él el aura de inaccesibilidad que las rodeaba.

El viaje en la limusina para las Kurosawa duró solo unos cuantos minutos. Minutos de un silencio cómodo, pero distante. Cada una hacía lo suyo, encerradas en su propio mundo pese a estar sentadas a centímetros de distancia.

Reika tenía varios papeles sobre el regazo y un bolígrafo en la mano. Su expresión era concentrada, la punta del bolígrafo se deslizaba con trazos precisos mientras revisaba documentos del consejo estudiantil. No levantaba la vista, ni siquiera cuando el auto tomaba una curva.

Yuzuki, en cambio, estaba recostada contra la ventanilla tintada, con el celular entre las manos. Sus dedos se movían rápido sobre la pantalla, y una pequeña sonrisa se le escapaba de vez en cuando.


Chat:

Rena: ¿Ansiosa por tu sorpresa? (^⁠^⁠)

Yuzuki: Sí, seguro que mi madre lo hizo perfecto. Confío mucho en el criterio de ella ;⁠)

Aimi: Pues muy bien, ¡tienes que contarnos todo mañana! >⁠.⁠<

Yuzuki: Por supuesto que lo haré jiji. Bueno, debo irme, ya estamos por llegar. ¡Mañana les cuento todo! ⁠_⁠

Fin del chat


La limusina se detuvo con suavidad justo cuando un hermoso portón de oro comenzó a abrirse lentamente. Los barrotes relucían bajo el sol de la tarde, y en el centro destacaban las letras KS grabadas con elegancia. Segundos después, el chófer, vestido con un traje impecable, rodeó el vehículo y abrió las puertas de las hermanas con un movimiento practicado.

Lo que se reveló ante ellas era una mansión tan grande como hermosa. Las paredes exteriores, de un blanco inmaculado, parecían brillar. En el centro del camino de entrada, una fuente gigantesca dominaba el espacio. La estatua de una mujer, esculpida con detalle exquisito, cubría su cuerpo de manera delicada con un manto de mármol. Alrededor, plantas y flores hermosas conformaban un jardín precioso, de colores vivos y perfectamente cuidados. Y más allá, cerca de las puertas principales, personal de seguridad se mantenía firme, vigilante, casi como estatuas adicionales.

—Bienvenidas a casa, mis señoras. Su madre las está esperando adentro —dijo el chófer, haciendo una pequeña reverencia. Su voz era respetuosa, medida.

Reika y Yuzuki asintieron con la cabeza al mismo tiempo. Un gesto sincronizado, aprendido desde niñas.

—Entendido, muchas gracias —agregó Reika con su tono formal de siempre, para después cruzar el umbral hacia la mansión.

Yuzuki siguió a su hermana, sus pasos más ligeros, casi saltarines por la emoción.

Al entrar, la sala principal las recibió con su inmensidad. Los techos altos hacían que cualquier voz sonara pequeña. Una lámpara de araña de cristal colgaba en el centro, reflejando la luz en mil destellos fríos. Los muebles elegantes, tapizados en tonos claros, parecían más decorativos que cómodos, como si estuvieran ahí para ser admirados, no usados.

A un lado, el comedor se extendía con una mesa larga y ordenada, preparada como si esperara invitados importantes. Estaba conectado a una cocina moderna, impecable, de acero y mármol. Todo en ella gritaba eficiencia, pero nada gritaba calidez. No había olor a comida casera, ni una taza fuera de lugar.

En el centro, una escalera de mármol blanco conducía al piso superior. Sus barandales relucían. Arriba, un pasillo silencioso distribuía las cuatro habitaciones principales. Cada una era amplia, con vestidor y su propio baño privado, más grandes que muchos departamentos completos. Cerca de ellas, una oficina sobria y silenciosa contrastaba con el resto del lujo. Escritorio de madera oscura, estanterías llenas de libros encuadernados. Olía a papel y a decisiones.

En la planta baja, más apartadas, casi escondidas, estaban la lavandería y las habitaciones del personal. Simples, funcionales, sin un gramo de la ostentación del resto de la casa.

Detrás de la mansión, el jardín trasero se abría con una pileta de agua cristalina y una cancha de tenis de superficie perfecta. Casi siempre vacía. El césped estaba tan cortado que parecía artificial.

Todo era perfecto. Demasiado perfecto como para sentirse realmente vivo. El aire olía a limpio, pero no a hogar.

Justo en el salón principal, sentada de espaldas en un hermoso sofá blanco, estaba la madre de las hermanas.

Era una mujer que fácilmente podría pasar por la versión adulta de Reika. Cerca de unos 42 años, pero con una belleza que el tiempo parecía tratar con cuidado. Su cabello naranja ondulado caía sobre sus hombros con la misma elegancia que el de su hija mayor. Sus ojos ambarinos, idénticos a los de Reika, miraban hacia el ventanal. Llevaba un hermoso vestido blanco que se ajustaba a su figura con sutileza.

Aunque claro, a diferencia de Reika, ella irradiaba una gentileza cálida. Había suavidad en la curva de sus hombros, en la forma en que sus manos descansaban sobre el regazo. Una calma que su hija mayor aún no había aprendido.

—¡Mamá! —gritó Yuzuki en cuanto la vio.

Y sin importarle el protocolo, sin importarle el mármol frío ni los muebles intocables, corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo fuerte, enterrando el rostro en su vestido. Por un segundo, la mansión perfecta pareció un poco más viva.

La madre, al sentir el abrazo repentino de su hija menor, no se inmutó. Solo sonrió. Una sonrisa dulce y cálida, de esas que únicamente una madre sabe dar. Abrió los brazos y envolvió a Yuzuki con suavidad, acariciándole el cabello morado con dedos delicados. Por un instante, el mármol frío y la perfección aséptica de la mansión quedaron en segundo plano.

—Bienvenidas a casa, hijas —dijo la señora Kurosawa. Su voz era melodiosa, tranquila, con un tono que llenaba la sala mejor que cualquier lámpara de araña.

—Muchas gracias, madre —respondió Reika, dando un paso al frente. Inclinó la cabeza en una pequeña reverencia, precisa y formal. Su espalda permanecía recta, incapaz de relajarse incluso en casa.

—¿Y cómo les fue en clases hoy? —preguntó la madre, alternando la mirada entre ambas. Sus ojos ambarinos se posaron en Reika, mientras su mano seguía acariciando con ternura la espalda de Yuzuki, que aún no se separaba del abrazo.

Yuzuki, al escuchar la pregunta, levantó rápidamente la mirada. Sus ojos morados brillaban con una mezcla de indignación y ganas de contar chismes.

—Hoy se unió un becado en nuestra escuela. La verdad es que era todo un pervertido —soltó de golpe, separándose al fin de su madre. Se cruzó de brazos con fuerza, inflando las mejillas como una niña ofendida.

—¿Mmm? ¿Un pervertido? —repitió la madre, ladeando la cabeza con curiosidad genuina. Apoyó uno de sus dedos sobre sus labios, pensativa, pero la diversión le bailaba en la mirada.

—Más bien era demasiado directo para ser verdad. Él descubrió que la falda de Yuzuki estaba rasgada, y eso que nadie lo vio —agregó Reika, con su tono frío y analítico de siempre. No defendía a Renji, solo exponía hechos. Su rostro no mostraba emoción alguna.

—¡Eso no quita el hecho de que él me haya mirado como un cerdo! —replicó Yuzuki al instante, alzando la voz con indignación. Señaló al aire, como si Renji estuviera ahí para acusarlo—. ¡Me recorrió de arriba a abajo sin vergüenza!

La madre, que había estado escuchando a las dos con atención, no pudo evitarlo. Una risa dulce, cristalina, escapó de sus labios. Se tapó la boca con la mano, pero sus hombros temblaron ligeramente.

—Vaya, parece que tuvieron un día bastante entretenido hoy —dijo, con los ojos brillando de diversión—. Por mi parte, yo estuve tomando un té que el nuevo mayordomo me enseñó a preparar ayer mientras no estaban. —Cerró los ojos un momento, apoyando la mano en su mejilla con una sonrisa satisfecha, como recordando el aroma—. Es realmente delicioso.

La conversación de las tres se vio interrumpida de golpe por el sonido grave y elegante del timbre principal. Segundos después, uno de los guardias de seguridad entró a la mansión con pasos firmes, deteniéndose a una distancia prudente.

—Mi señora, ya llegó el mayordomo —anunció, mirando directamente a la madre Kurosawa. Su postura era rígida, profesional.

—Muy bien, que pase entonces —respondió la madre, y su voz se iluminó con una emoción casi infantil. Juntó las manos frente a ella, expectante.

—Pueden dejarlo pasar —dijo el guardia, hablando por su walkie talkie con voz baja y clara.

En ese momento, el silencio se adueñó del salón principal.

La enorme puerta de la mansión comenzó a abrirse lentamente, sin hacer ruido. La luz del exterior se filtró en un haz dorado, recortando una silueta en el umbral.

Yuzuki giró de inmediato, emocionada. Sus coletas moradas se agitaron con el movimiento. Juntó las manos frente a su pecho, los ojos brillando con anticipación. Quería ver quién era el nuevo mayordomo que su madre tanto elogiaba.

Reika, por su parte, mantuvo su expresión neutral. No había emoción en su rostro, solo esa calma analítica de siempre. Sin embargo, sus ojos ambarinos siguieron cada centímetro de la puerta al abrirse.

Y entonces lo vieron.

Al notar quién era el nuevo mayordomo, Reika entrecerró ligeramente los ojos. Una pequeña expresión de intriga, casi imperceptible, cruzó su rostro por primera vez en todo el día. Su compostura no se rompió, pero su mente claramente estaba procesando algo.

Yuzuki, en cambio…

—E-eh… ¿¡Eeeeeeeh!? —su grito rompió el silencio de la mansión como un cristal haciéndose añicos. Retrocedió un paso, completamente impactada, incrédula. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas—. ¿¡E-eres tú!?

Con una expresión que era una mezcla violenta de rabia, frustración y decepción absoluta, Yuzuki levantó un brazo tembloroso y lo señaló directamente.

Frente a ellas, de pie en el umbral, vestido con un traje de mayordomo impecable que le quedaba sorprendentemente bien, estaba él.

Aquel que se llamaba Renji Aoyama.