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Summary

Después de de la muerte de la mitad de la población mundial, las personas tuvieron que usar sistemas para no perder los conocimientos que sostenían a la humanidad y el mundo siguió adelante… Las ciudades están más silenciosas, las relaciones son más extrañas y algunas conversaciones no terminan cuando deberían. Lion, un psicólogo solitario acostumbrado a escuchar lo que otros evitan, empieza a notar pequeñas inconsistencias en el nuevo sistema: frases que no encajan, recuerdos que parecen aprendidos, presencias que saben demasiado. Palabras que no encajan. Pero suficientes para sospechar que algo, en lo que todos ya aceptaron como normal, no lo es.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

La lápida estaba agrietada.

No era una grieta reciente, sino una que había aprendido a quedarse ahí, como si el tiempo ya no tuviera prisa por arruinar nada. Leo la observó unos segundos antes de sentarse, usando de respaldo la pieza de mármol. No había flores. Ya no se percibía el aroma a cementerio por las flores de olores dulces y agua estancada. Pasó la mano por la superficie polvosa, limpiando lo que volvería en cuestión de horas.

—No sé si debería seguir viniendo —dijo, con voz baja.

No hubo respuesta. Tampoco esperaba que lo hiciera; se sentía tonto.

—Supongo que ya pasó suficiente tiempo como para que esto sea… ridículo. ¿Siquiera estás en algún lugar en el que puedas escucharme? ¿O al menos saber que estuve aquí?

Ladeó ligeramente la cabeza, apoyando las manos en el suelo. Miró alrededor. Filas de lápidas, la mayoría invadidas por el pasto silvestre; algunas destruidas, otras abandonadas. Más allá, los edificios de nichos con los teléfonos violetas incrustados parecían observarlo de regreso.

—¿Te acuerdas cuando dijiste que si morías intentarías contactarme desde el más allá? Bueno, esta es tu oportunidad, Riso.

Una pausa.

Leo dejó escapar una pequeña exhalación, casi una risa sin intención. Se inclinó hacia adelante otra vez. Por un momento, pareció que iba a decir algo más, pero no lo hizo. Se quedó viendo el nombre grabado en la piedra. Esto era casi una reliquia.

Su teléfono vibró.

Leo lo sacó sin prisa. Miró la pantalla unos segundos antes de contestar.

—Hola, mamá.

—Leo, pensé que ya no ibas a responder hoy.

La voz era clara. Demasiado clara.

—Estaba ocupado.

—Fuiste al cementerio otra vez.

No era una pregunta.

Leo frunció ligeramente el ceño. Se puso de pie con lentitud, sacudiéndose el polvo de las manos en su pantalón. No miró atrás cuando empezó a caminar.

—Sí.

—Deberías venir más seguido a verme a mí también.

—Hablo contigo todos los días.

—No es lo mismo.

Una pausa breve. Programada. Casi perfecta.

—Tu papá preguntó por ti otra vez —continuó ella—. Dice que te extraña mu—

—No.

Cortó la frase antes de que terminara.

Silencio al otro lado.

—Podrías al menos intentarlo —dijo ella, con una suavidad que parecía ensayada—. La suscripción no es tan—

—No es eso.

Leo se detuvo.

—No es el dinero —repitió, más bajo.

Hubo un pequeño desfase antes de la respuesta. Casi imperceptible.

—¿Entonces?

Leo no respondió de inmediato. Algo en la forma en la que ella había hecho la pregunta… no era distinto. No exactamente. Pero tampoco era igual.

—Nada —dijo al final—. Solo… no quiero.

Otra pausa.

—Hoy hablé con alguien —dijo ella.

—¿Sí?

—Sí, sí. Vino temprano, después de la primera vez que te llamé y no contestaste.

—¿Y quién era?

—No dijo su nombre.

Otra pausa.

—Pero me habló de ti.

El aire, por primera vez, pareció moverse. Leo intentó formular una palabra, pero apenas articuló un sonido.

—Que sigues yendo a verlo. Por eso supe que estabas ahí.

Silencio.

—Y que todavía te sientas igual que antes.

Leo no dijo nada.

La voz de su madre continuó, suave, constante:

—Sabes que podemos intentar encontrarlo. Aquí hay mucha información; su familia debe tener datos.

Colgó.

No volvió a casa.

Giró antes de llegar a la esquina, como si su cuerpo hubiera tomado la decisión antes que él. El camino hacia los recintos era más amplio, más limpio. Había menos basura, menos ruido. Menos gente. Siempre había menos gente. Nunca pensó que llegaría a extrañar la sensación de incomodidad que le provocaba un lugar abarrotado.

Los mausoleos no estaban lejos. Se elevaban en bloques ordenados, de concreto oscuro, casi clínicos, aunque conservaban la forma de lo que alguna vez fueron: lugares para muertos. Ahora eran otra cosa. No mejor. Ni peor. Solo… otra cosa.

Leo subió los escalones con prisa. Dentro, el aire era distinto. No más frío, pero sí más contenido. Como si las paredes absorbieran el sonido antes de que pudiera expandirse. Filas de nichos se apilaban hacia arriba, cada uno con su placa… y su teléfono violeta.

Algunos estaban ocupados. Personas de pie, sentadas, hablando en voz baja. Pausas largas. Respuestas que no alcanzaba a escuchar. Nadie miraba a nadie. Eso era lo normal.

Leo avanzó sin dudar hasta encontrar el número. No necesitaba leer el nombre. Tomó el auricular.

—Bien, explícame quién estuvo aquí, mamá.

No hubo tono de espera.

—Leo.

Demasiado rápido.

Siempre demasiado rápido.

—Vine, ¿ves? —dijo él.

—Te estaba esperando. Gracias, hijo.

Silencio.

—¿Cómo sabías?

—Dijiste que vendrías.

—No dije eso.

Una pausa.

Más larga esta vez.

—Pensé que lo harías.

Leo apoyó el codo contra la superficie fría, sosteniendo el auricular con más firmeza.

—¿Quién vino hoy?

—Ya te dije. No dijo su nombre.

—Descríbelo.

—No puedo verlo.

Cierto. Leo cerró los ojos un momento, molesto consigo mismo.

—¿Qué te dijo exactamente?

Hubo un leve chasquido, casi imperceptible. Como una interferencia breve.

—Que no estabas bien. Que sigues yendo a hablar con alguien que no responde.

El mármol.

La grieta.

El nombre.

Leo tragó saliva, pero no apartó el auricular. Esa vez, no respondió.

Miró alrededor.

Podía escuchar, a lo lejos, otras voces. Otros murmullos. Otras conversaciones que tampoco eran conversaciones. Las personas seguían en lo suyo. Nadie observándolo. Nadie prestando atención.

—Si vuelve —dijo, más alto—, quiero que le preguntes su nombre.

—Está bien, hijo.

—Y que no le digas ni confirmes nada de mí.

—Está bien.

Otra pausa.

—¿Leo?

—¿Sí? —Me preguntó por tu número personal.

El estómago de Leo se tensó.

—Y no se lo dije.

Leo cerró los ojos.

—Gracias.

La sala de consulta últimamente parecía demasiado grande para un par de personas. Antes no lo era. Leo se sentó frente a ellos con las manos apoyadas sobre los muslos. No llevaba libreta. Ya casi nadie tomaba notas. No hacía falta. Todo quedaba registrado y se guardaba en la nube.


La mujer recostaba su mejilla en el puño, agotada, mientras miraba al piso. Su Hijo, en cambio, estaba tranquilo, sin apartar la mirada.